El pacto que firmó por placeres que no entendía
Revisé el expediente unos minutos antes de que se abriera el portal. Caso rutinario, sin sorpresas en los márgenes.
«Pacto por el alma del contratante».
Estos trámites solían resultar grises y predecibles, y «predecible» era justo el sabor que llevaba meses persiguiendo. Tras el desastre del expediente anterior, un par de casos sencillos nos vendrían bien al equipo y a mí para recuperar el ritmo.
Cuando el portal se abrió, ahí estaba el mortal, plantado dentro de un pentagrama de sal. Sí, sal de cocina. Le tomó unos segundos cerrar la boca y farfullar una plegaria de protección sacada de algún libro de saldo. Los fraudes editoriales que circulan en esta realidad merecen un departamento aparte.
Di dos pasos fuera del portal adoptando una forma difusa, por recomendación de mi asistente. Si el cliente buscaba teatro, le daría teatro. Había sido una jornada larga y cualquier cosa con tal de cerrar el contrato.
—¿Quién se atreve a llamarme a esta realidad? —pregunté, dejando que la voz retumbara contra las paredes y conjurando llamas violetas a mis espaldas. Apagué con una corriente de aire las velas negras, cuidando de no borrar el pentagrama. Podía sentir a mi asistente y al resto del equipo tragándose la risa.
—Oh, señor oscuro, escucha mi súplica… Te he invocado para realizar un pacto por mi alma.
Al menos sabía a qué venía. Yo había leído el informe del fiasco de 1949 en esta misma realidad: empezó con alguien que tampoco sabía bien lo que estaba pidiendo. La diferencia entre cerrar un trato y reventar una ciudad es saber leer el contrato.
—Habla, mortal. Di tu oferta y tu precio —ordené, bajando un poco la voz y prendiendo de nuevo las velas. El cliente temblaba, pero hacía esfuerzos visibles por mostrarse en control. Pobre.
—¡Escuchadme, oh tenebroso maestro! —Cada vez que abría la boca perdía un grado de originalidad—. ¡Deseo riquezas y placeres reservados sólo a los más altos! A cambio, te entregaré… ¡mi alma!
Menos grandilocuencia, más sustancia, comentó mi asistente desde el otro lado de mi mente. Al menos no pidió inmortalidad. Le ordené silencio. Este era el momento exacto de amarrar al cliente.
—Tendrás riquezas que no alcanzarás a gastar en lo que te resta de vida natural, y más placer del que jamás imaginaste. Pero has de saber que tu alma será nuestra el día que tu cuerpo la libere.
El cliente dudó apenas un instante. Tomó aire, levantó la vista y asintió con la decisión de quien lleva demasiado tiempo ensayando.
—Acepto el pacto —dijo—. Pídeme el servicio que mandes y te obedeceré.
Eso es lo que me fastidia de esta realidad: las ideas equivocadas se reproducen con la misma facilidad que las telenovelas.
—Tu alma será nuestra. Tu servicio no es necesario.
—Mi alma es tuya, oh señor.
Telepáticamente, mi asistente confirmó el pacto y me envió la secuencia. A mis espaldas, sobre la pared, seis dígitos se grabaron en fuego morado. Desaparecerían en cuestión de minutos, pero ya habían hecho su trabajo. Al cliente le tocaba descifrarlos. Romperíamos el encanto satánico si le dijéramos sin más que se trataba de los números de la lotería local. La cantidad de pactos cerrados en este planeta gracias a la invención del dinero, no la sabe nadie.
***
El mortal entendió. Una chispa cruzó sus ojos y sacó el teléfono para fotografiar los números. Avanzó un paso, abriendo sin querer su propio pentagrama, demasiado embelesado en el premio para notarlo. Daba igual. De no estar esta realidad bajo protección, su alma habría sido mía con pentagrama o sin él.
—Y… ¿de lo otro? —añadió, ruborizándose como un adolescente.
Lo miré fijamente. Por un instante entré en su cabeza y lo congelé en el tiempo. No me llevó mucho encontrar lo que buscaba: «El Manto de la Piedad», ese pliegue de la mente que limita la percepción humana. Un tal Fausto escribió sobre esto hace más de un siglo, en un proyecto para normalizar nuestra naturaleza ante los mortales. El proyecto no dio fruto, pero su alma todavía habita entre estrellas que ningún ser humano alcanza a comprender.
Hice un par de ajustes finos y le devolví el albedrío. Para él, ni un segundo había pasado. Pero ese pliegue al que no se había asomado le cambiaría la vida. Le abrí los sentidos, todos. A partir de ahora la música, la comida, el perfume y el roce de otra piel le inundarían la mente de un placer nuevo. Este ajuste hay que hacerlo con cuidado: si te pasas, el cliente termina blindándose contra cualquier placer para no caer en el dolor del exceso. En el año 666 uno de los nuestros escribió un tratado sobre el tema. ¿O fue en 1666? Como dije, el tiempo va distinto para nosotros.
Envíame dos sombras, pedí a mi asistente. A mis lados, dos nuevos portales se abrieron. Dos nubes de oscuridad cobraron forma al pisar la habitación. De nuevo, el Manto del cliente le ahorró el espanto.
Tan pronto se recompuso, vi cómo se le iluminaba la cara. La sombra de mi derecha tomó la forma de una mujer voluptuosa: caderas amplias, pechos generosos, casi un cliché. Cabello negro y liso, piel canela, ojos felinos color ámbar. En una realidad sin chicas gato habría sido un desliz; en esta, un detalle que cualquier cosplay podía justificar.
Fue la segunda sombra la que llamó mi atención. Delgada, de formas delicadas, piel muy pálida, ojos enormes y oscuros, cabello castaño con un rizo suave. Pequeña, casi tres palmos más baja que la primera. Pechos en punta que no competían con la generosidad de su compañera, pero que en su sutileza completaban un cuadro casi perfecto.
Pero, oye, ¿no era…?, intervino mi asistente. La hice callar con un gesto. Quizá me equivoqué. Dile al equipo que puede retirarse. Yo cierro el caso. Sentí cómo se iban marchando uno a uno.
El cliente miraba a sus sombras con la boca entreabierta. Se preguntaba cómo habían adoptado justamente las formas que él deseaba. Es uno de los extras que definen a mi equipo. Mientras le ajustaba el Manto, hurgué en sus deseos. Las formas vinieron a mí. Con el tiempo aprendería a modificarlas, pero por ahora «ellas» estaban frente a él, vestidas con la ropa que él mismo proyectaba. Deseos poco originales y, sorpresivamente, tampoco vulgares.
Me fundí con la penumbra de la habitación, dejando que las sombras tomaran el escenario.
—Estarán contigo siempre que las llames. Puedes nombrarlas como quieras y te obedecerán en todo. Pero ten cuidado: pueden morir, y habrás de responder por ellas.
Eso último no era estrictamente cierto. Las sombras son entes menores que acompañan a sus clientes y, terminado el compromiso, regresan al cieno primigenio del que las sacamos. La mentira ha evitado durante siglos que se les dé un mal uso. Funciona.
—Te llamaré Sienna —dijo el mortal a la primera. Ella sonrió y se le acercó—. Y a ti… te llamaré Lía —añadió tendiendo la mano a la segunda.
***
Sienna, enfundada en un vestido de noche con lencería bastante menos delicada por debajo, atrapó la mano del cliente y la dejó descansar en el nacimiento de sus nalgas, mientras pegaba sus pechos al pecho de él. Lía, más casta en apariencia, con una falda tableada corta y una playera ajustada que marcaba dos pezones erguidos, le pasó el brazo del cliente sobre los hombros y escondió la cara en su cuello.
Este primer contacto, con los sentidos recién abiertos, el olor de ellas, la humedad de su piel, el calor crudo del cuerpo ajeno, había desmayado a más de uno. En este caso, la única señal visible fue una erección notoria que tensó la túnica. Y digo única porque el resto del cuerpo no movió un músculo. Se quedó congelado varios segundos hasta que Sienna tomó el mando.
Le bajó la túnica de los hombros, dejándole el torso desnudo. Delgado, lampiño, casi sin músculo, tembló cuando los labios pintados de Sienna le rozaron justo debajo del pezón derecho. Un suspiro lo trajo de vuelta.
Con habilidad, ella le desabotonó el pantalón y se fue agachando hasta acuclillarse. Sobre el bóxer tensado, depositó un beso largo que dejó la marca del labial rojo sobre la mancha oscura del líquido previo. Levantó la vista y habló por primera vez.
—¿Sigo? —preguntó, acariciándole los muslos. Él apenas consiguió asentir.
Arriba, Lía le besaba la mejilla y se acurrucaba en un abrazo silencioso. Sienna fue bajándole el bóxer poco a poco. Pasó la lengua por la línea donde el resorte daba paso a la piel y siguió descendiendo, deteniéndose un momento eterno en la base del pene. El cliente se tensó como una cuerda. Lía aprovechó para acercarle los labios a la boca.
Cuando él rozaba la cima de su propia espera, Sienna le bajó el bóxer de un tirón. La verga saltó liberada y fue atrapada de inmediato por la boca de ella, que la guardó hasta el fondo de la garganta en una sola embestida. El cliente abrió los pulmones buscando aire ante la oleada que lo arrastraba. Lía le selló la boca en ese instante exacto, hundiéndole la lengua. Con el pecho a punto de estallar, alcanzó el primer orgasmo en apenas segundos. Sienna no dejó escapar una gota.
El mortal experimentó algunos estertores antes de tomar conciencia de su «pobre» desempeño. Es difícil para un humano educado por las películas porno entender que, con los sentidos recién abiertos y las mujeres de sus sueños trabajando sobre él, no durará más de unos instantes. Lo que hace doblemente generoso que, tras la primera explosión, su mástil siga aún más firme que antes.
***
Sienna se incorporó sonriente y le clavó un beso largo mientras le acariciaba la carne dura con la mano. Lía empezó a abrirle los broches del vestido a su compañera. La tela cayó al suelo dejando ver a una mujer de curvas amplias y lencería a la altura de su oficio. Lía siguió con los broches del sostén, una prenda más estética que funcional: los pechos de Sienna desafiaban la gravedad de esta y de cualquier otra realidad.
De puntillas, Lía le apretó los pechos a su compañera, escondiéndole los pezones a la vista del cliente. Sonrió con una traviesa que se le marcó en los ojos. Sienna le devolvió un beso largo y húmedo al mortal mientras Lía la empujaba a arrodillarse de nuevo. Los pechos, ahora libres, envolvieron la verga del cliente. Lía dictaba el ritmo desde atrás, empujando a Sienna contra él, marcando la marea. El glande, lubricado por el primer orgasmo, se deslizaba perfecto entre las dos montañas. Sienna apretaba sus pechos formando una cueva estrecha, anticipo de lo que vendría. El cliente descubrió sensaciones que no figuraban en su repertorio. Con la cara así, distorsionada por el placer, no había forma de que reclamara incumplimiento de contrato.
El segundo clímax se anunció con la respiración entrecortada. Lía detuvo a Sienna en seco. Una pausa sublime y, después, varios chorros de leche cubrieron rostro y pechos. El cliente se dejó caer sobre el piso, agotado, montado en la cresta de una ola que tardaba en romperse.
Ambas se arrodillaron frente a él. Sienna se lamió los pechos limpiando lo que pudo. Lía, sin apartar los ojos del mortal, le pasó la lengua por la cara, recuperando lo que su compañera no alcanzaba. Después fundió a Sienna en un beso largo, húmedo, intenso. Para sorpresa del cliente, ese beso le levantó otra vez la lanza.
Cuando ellas lo notaron, gatearon hacia él. Sienna tomó la verga con una mano y le acarició el glande con la lengua, lubricando otra vez. El mortal soltó un gemido largo. Poco a poco, la morena arrastró a Lía a compartir el mismo palo. Sus lenguas se enredaron alrededor, explorando juntas la dureza.
Esta vez, antes de que estallara, Sienna se sentó sobre la cara del cliente. Lía se quedó con la verga para ella sola y se desquitó hundiéndola en su garganta mientras le acariciaba las bolas con ambas manos.
Sienna le hizo a un lado la tanga diminuta. El liguero y las medias funcionaban de arnés para mantenerlo pegado a su entrepierna. El olor a almizcle, la humedad, incluso el roce de una tira fina de vello cuidado, eran para él como morder una fruta jugosa después de meses de sequía. La lengua del cliente exploró cada pliegue, deteniéndose en la parte superior de la entrada y en esa pequeña perla sagrada. La respuesta de la morena llenó la habitación con gemidos invitantes.
Lía, por su parte, le besaba la base de la verga y le lamía las bolas. Abrió las piernas de él y le recorrió con la lengua y los dedos el interior de los muslos. De vez en cuando bajaba la lengua un poco más allá. Ah, claro, pensé. Eso fue lo que sentí.
Sienna se restregó sobre la boca del cliente, al borde de su propio orgasmo. Lía había descubierto que él agradecía también que ella le metiera la lengua entre las nalgas. Atrapado bajo las piernas de Sienna, ofrecía resistencia escasa frente a la lengua que se encargaba de lubricarlo.
Sobre su cara, Sienna empezó a tensarse. Un gemido largo anunció su llegada al paraíso. Es el momento, sentí pensar a Lía. Dos dedos delgados y largos se hundieron de golpe en el ano del cliente. Al mismo tiempo, Sienna soltó un chorro abundante de jugos que le bañaron la cara. Cargado con tanta sensación junta, el cliente lanzó al aire otra eyaculación que Lía atrapó al vuelo, recuperando con la lengua lo que le caía por los muslos.
Lía sacó los dedos. El mortal tomó un suspiro largo, incorporándose poco a poco sobre los codos, lamiéndose las últimas gotas de los labios.
***
—¿Te gustó, amor? —preguntó Lía, sacándose la playera y dejando a la vista sus pechos sutiles.
—S… sí, mucho —contestó el cliente, recuperando poco a poco un ritmo de respiración decente.
—Entonces esto te va a encantar, papi —dijo Sienna, ahora apoyada sobre una mano con las piernas abiertas en compás, abriendo con la otra su cueva mojada, dejando que la fragancia llenara el aire. Ante esa esencia, la verga del cliente reaccionó una vez más.
Lía empujó al mortal hacia la invitante Sienna y guió la punta hasta la entrada de ella. Un beso rápido, primero en él, después en ella. Él entró de un solo golpe, decidido. Sienna lo recibió con un gemido capaz de despertar muertos. Pegó su sexo a la verga firme, encontrándose con él a medio camino en cada embestida. Cada recorrido, él sentía la piel rozando con las paredes ardientes de ella. Apretada, lubricada, dispuesta. Los pechos rebotaban en sismos deliciosos mientras le dejaba marcas en la espalda con las uñas. El dolor y el placer fundiéndose por completo.
Lía se arrodilló detrás del cliente. Primero se bajó la falda tableada hasta las rodillas y, después, poco a poco, deslizó hacia abajo su panty de algodón blanco, descubriendo su secreto. Una verga delicada, delgada, de unos dos palmos, se levantaba lista. Ahí está, entonces no me equivoqué, pensé, con la satisfacción tranquila de quien lleva razón.
Los dedos de Lía encontraron la boca de él. La saliva fue acumulándose. Él recibió la caricia de la punta de sus dedos sin protesta, incluso cuando ella le abrió las nalgas para lubricar mejor. Sienna lo atrapó en un abrazo con las piernas y no le dejó moverse. Sus brazos, su boca, lo apretaban, lo aprisionaban. Atrás, Lía preparó la estocada.
Despacio, primero una punta perfectamente lubricada, luego un glande amplio y rojo y, detrás, un tallo tan delicado como su dueña, se abrió paso a las entrañas del cliente. En el primer momento, por sorpresa, gimió de dolor. Sus gritos quedaron acallados por la boca de Sienna, cómplice de la conquista. Lía, una vez hundida hasta el fondo, le dio al esfínter unos minutos de tregua. Él, perdido en su mar de sensaciones, se quedó completamente quieto, abandonado. La tregua duró poco. Lía empezó un vaivén suave mientras él recuperaba la conciencia sólo para hundirse de nuevo en un río de placer mayor al que jamás había creído posible.
Su verga, rebosante, se movía apretada por las paredes de Sienna, mientras sus propias entrañas eran trabajadas por la verga de Lía, en una sincronía bien ensayada donde las dos intérpretes hacían protagonista al debutante.
El dolor dio paso a un placer infinito. El cuerpo entero del mortal despertando a sensaciones que llevaba años descartando. Los pechos de ambas rozándolo, la boca de Sienna en su cuello, la de Lía en su nuca. Tres cuerpos confundidos en un abrazo delirante.
Los gemidos de los tres alcanzaron su punto más alto cuando Lía, por fin, llegó a un orgasmo potente. Sin salirse de él, descargó su semilla adentro. El cliente, alcanzando por fin el deseo que durante años se había negado a sí mismo, explotó de placer, sabiéndose por primera vez completo. Sus contracciones llenaron a Sienna, que lo recibió en sus brazos acunándolo en su momento más vulnerable.
Los tres, recostados en el suelo, abrazados, llenos, terminaron quedándose dormidos.
***
No te equivocaste, dijo en mi mente mi asistente.
Creí que te habías ido, respondí, ligeramente incómodo.
Aquí sigo. Nunca te equivocas. Quería saber por qué las sombras parecían no corresponder.
Sí correspondían. Sólo que él mismo se lo negaba. Un desperdicio.
Yo me encargo de marcar el caso. Me retiro, dijo abandonando mi mente.
En algunos años, un suspiro para nosotros, el mortal dejará su cuerpo y avisaremos al departamento de recolección. Yo, por mi parte, creo que me daré una vuelta por la Edad Media de esta realidad. Hay una monja a la que le vendría bien una visita. Y, la verdad, a mí también.