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Relatos Ardientes

Mi profesor me citó en la biblioteca al final del viernes

Mi nombre da igual ahora; lo que importa es lo que pasó aquel semestre con el profesor Suárez, el que daba literatura los miércoles y los viernes, justo después del recreo.

Tengo veintidós años hoy y ya nada de aquello me parece tan inocente como me lo parecía entonces. Tenía dieciocho recién cumplidos. Era pequeña, apenas un metro cincuenta y tres, con un cuerpo que llamaba la atención más de lo que yo controlaba. Llevaba el uniforme con la falda flojita, no por descuido sino por cálculo: me gustaba que se moviera sola cuando cruzaba las piernas en el aula. Era una tontería, lo sé. Pero las tonterías a esa edad pesan distinto.

El profesor Suárez tenía treinta y pocos. Camisas siempre planchadas, el pelo corto, la barba a medio crecer. No era guapo del modo en que se entiende guapo, pero tenía esa forma de mirarte como si te estuviera leyendo el reverso. Y a mí me gustaba que me leyeran.

Todo empezó un jueves cualquiera, en la clase del mediodía. Yo había estrenado una tanga negra, de las que mi hermana mayor llamaba «de adulta», y por algún motivo había decidido que ese día merecía ser visto. Crucé la pierna una vez. Nada. La descrucé. Volví a cruzarla. Cuando levanté la vista hacia el frente, él ya no leía. Me miraba.

—Profe —preguntó otro alumno desde el fondo—, ¿qué página?

—Cincuenta y siete —contestó sin apartar los ojos de mí.

Yo bajé la vista al cuaderno y sentí cómo algo me subía por el pecho. No fue vergüenza. Fue otra cosa. Algo que se parecía a tener poder sobre alguien por primera vez en mi vida.

A los diez minutos me llamó al escritorio. Caminé despacio, agarrándome la falda con la punta de los dedos. Cuando llegué, me dijo en voz baja, casi sin abrir la boca:

—No me distraigas, por favor.

Le sonreí. No le contesté.

Volví a mi sitio y volví a cruzar las piernas. Él se levantó solo cuando sonó el timbre, y noté entonces, mientras se acomodaba el pantalón con un gesto disimulado, que tenía una erección. Se le marcaba la polla dura contra la tela, gruesa, tirando hacia un lado, y él trató de disimularla con la carpeta pero yo ya se la había visto entera. Lo noté yo y lo notaron mis ganas de seguir.

Esa noche me tumbé en mi cama y me metí la mano dentro de las bragas imaginando que él me miraba desde el otro lado de la habitación. Ya estaba empapada antes de tocarme. Me abrí el coño con dos dedos y me acaricié el clítoris despacio, en círculos, como me habían enseñado revistas que había leído a escondidas. Me imaginé la polla que le había visto marcada en el pantalón, me la imaginé sacada, dura, apuntándome. Me metí dos dedos hasta el fondo y los saqué brillantes. Me chupé mi propio flujo y me corrí mordiendo la almohada, apretando los muslos, pensando en su cara viéndome hacer eso.

***

El siguiente viernes fui preparada. Había escogido la tanga blanca, la más fina, la que casi no se ve cuando llevas algo encima. Entré, saludé a todo el mundo y me senté en la primera fila, justo enfrente del escritorio.

Pasó lista. Empezó la clase. Yo abrí las piernas un poco más de lo habitual, lo justo para que él lo viera al levantar la vista del libro.

Lo vio.

—Caro —dijo, usando mi nombre por primera vez—. Ven un momento.

Me acerqué. Él escribía algo en una libreta sin mirarme.

—No juegues con esto —murmuró—. No vas a aguantar lo que pase si sigues.

—¿Y si quiero que pase? —contesté yo, en el mismo tono.

Levantó la vista una décima de segundo. Volvió a bajarla.

—Vuelve a tu sitio.

Volví. Y cinco minutos después le pedí permiso para ir al baño. Me lo dio sin levantar la cara.

En el baño me quité la tanga. Me la guardé en el bolsillo del suéter. Me ajusté la falda dos dedos hacia arriba, con cuidado, y me miré en el espejo. Me reí sola. Antes de salir me pasé un dedo por el coño desnudo, lo saqué mojado y me lo llevé a los labios. Quería llegar al aula con el sabor puesto.

Cuando volví al aula, él me siguió con la mirada desde la puerta hasta mi silla. Me senté. Crucé las piernas, las descrucé, las volví a cruzar, muy despacio, dejando que la falda se me subiera de un lado. Él tragó saliva. Lo vi tragar saliva y lo vi apretar los dedos sobre el borde de la mesa.

A los pocos minutos volvió a llamarme al escritorio.

—Si ya no la llevas puesta —dijo bajito—, dámela.

Yo lo miré sin entender al principio. Después entendí.

—¿Para qué la quieres?

—La devuelvo el lunes —respondió—. Con sorpresa.

Lo pensé tres segundos. Saqué la tanga del bolsillo del suéter, hecha una bola, y se la dejé sobre el escritorio junto al libro. Él la metió en su portafolio sin mirarla y siguió la clase como si nada. Yo me pasé el resto de la hora con las piernas un poco abiertas y la falda subida más de la cuenta, sabiendo que él tenía a la vista, cada vez que levantaba los ojos, mi coño desnudo apenas en penumbra bajo la tela. Él me miró tres veces. Tres veces se le tensó la mandíbula, tres veces se removió en la silla para acomodarse la polla que le crecía sola bajo el escritorio.

***

El lunes pasé el día entero pensando en ese portafolio.

Llegué a su clase y me senté en el mismo sitio. Pasó lista. Cuando dijo mi nombre, levantó la vista, y yo abrí las piernas. Él se acercó a mi pupitre, dejó un sobre blanco encima de mi cuaderno y siguió como si nada.

—Ve al baño —dijo al pasar.

Salí. Dentro del sobre estaba mi tanga, doblada con cuidado. Olía a algo nuevo. Un olor cargado, mezclado con su perfume. La olí mucho rato, apoyada contra la puerta del baño. Y ahí me di cuenta de lo que era ese olor: era su semen seco. Se había corrido encima de mi tanga durante el fin de semana. La tela tenía manchas endurecidas, transparentes, y otras más blancas en el centro, justo donde había estado mi coño el viernes. La abrí con las dos manos, la olí de nuevo, y sin pensarlo pasé la lengua por la parte más manchada. Sabía salado, denso, a hombre que se ha corrido pensando en mí. Me tuve que apoyar contra el lavamanos porque se me aflojaron las piernas.

Después me la puse. La subí más de la cuenta para que se ajustara, para que la tela húmeda y endurecida se me pegara contra los labios del coño. Caminar de vuelta al aula me pareció una ceremonia: cada paso me frotaba su corrida seca contra mi carne, y yo llegué al aula con el coño chorreando por dentro y la respiración descuadrada.

Cuando volví a sentarme, él me miró. Solo me miró. Y siguió con la clase. Pero yo sabía que él sabía qué llevaba puesto y dónde lo llevaba, y esa complicidad me tuvo mojada la hora entera.

Al final del módulo, antes de irse, dijo en voz alta para todo el grupo:

—Caro, eres la alumna más obediente que tengo. Te mereces una recompensa. Pásate por la biblioteca al terminar la última hora.

La clase entera se rió, pensando que era un comentario inocente sobre mis notas. Yo me reí también. Pero por dentro me temblaban las rodillas.

***

A última hora avisé al profesor de matemáticas que el profesor Suárez necesitaba unos libros conmigo. El de matemáticas me dijo que me llevara la mochila por si acaso ya no volvía. Lo dijo sin malicia, pero yo me sonrojé de una forma que él interpretó como timidez.

La biblioteca de la escuela estaba al fondo del segundo piso. A esa hora no había nadie. Empujé la puerta y él estaba dentro, junto a una de las mesas largas, con la chaqueta colgada del respaldo de una silla. Cerró la puerta detrás de mí y giró la llave.

—Ven —dijo.

Caminé hacia él muy despacio. Me agarró por los hombros, me los apretó con las dos manos. No me besó. Me olió primero el cuello, despacio, como si quisiera asegurarse de algo. Después bajó la nariz por mi escote, me subió la falda con una mano hasta la cintura y me olió también entre las piernas, por encima de la tanga.

—Todavía la llevas puesta —murmuró contra mi muslo—. Con lo mío encima.

—Toda la mañana —le contesté.

—¿Sabes lo que llevo días queriendo hacer? —me preguntó, poniéndose otra vez de pie, con la boca en mi oído.

—Tocar lo que llevas días mirando —contesté.

—Follarte —me corrigió—. Follarte hasta que no puedas caminar.

Sonrió contra mi pelo. A mí se me escapó un gemido bajo, ridículo, involuntario.

Me fue empujando hacia el pasillo del fondo, el que estaba entre dos estanterías altas, donde se guardaban los libros de filosofía que casi nadie pedía. En el suelo había una colchoneta de gimnasia, doblada en dos. La extendió con el pie sin dejar de mirarme.

—¿Y si entra alguien? —pregunté yo.

—No va a entrar nadie. Tengo la llave.

Me senté sobre la colchoneta. Él se arrodilló frente a mí. Me apartó la falda con las dos manos, despacio, como si estuviera abriendo un libro raro. Me miró el coño a través de la tela empapada un segundo largo, y sin decir nada me hizo a un lado la tanga con dos dedos y bajó la cabeza sin avisar.

Me mordí la mano para no hacer ruido.

Su lengua se me metió entera entre los labios, de abajo hacia arriba, con una calma que no tenía nada de tímida. Me lamió despacio, largo, saboreándome, como si quisiera reconocer todo lo que llevaba días imaginando. Después se centró en el clítoris. Me lo chupó suave al principio, cerrando los labios alrededor, y después con la punta de la lengua, dando vueltas cortas, rápidas, que me hacían levantar las caderas contra su cara. Me metió un dedo dentro y lo movió despacio, curvándolo hacia arriba, hacia el punto exacto que yo misma tardaba en encontrarme. Cuando le sumó un segundo dedo y siguió chupándome, yo ya no podía cerrar los muslos: se los tenía abiertos con los antebrazos, pegados contra el suelo.

—Estás empapada, Caro —dijo entre lamidas—. Llevas todo el día así, ¿verdad?

—Sí —le contesté, jadeando—. Desde que olí lo que me devolviste.

—¿Y qué olía?

—A tu corrida.

—¿Y qué hiciste?

—La chupé.

Él gimió contra mi coño y me clavó los dedos más rápido. Yo me retorcía sobre la colchoneta y le sujetaba la cabeza con una mano, empujándole la cara contra mí. La otra la tenía clavada en mi propia boca, mordiéndome los nudillos para que no se me escapara nada. Sentí que la corrida se me acumulaba muy adentro, un peso caliente que me subía por las piernas.

Cuando ya no aguantaba más, lo aparté con suavidad. Quería verlo yo a él. Quería su polla en mi boca antes de correrme.

Le bajé el cinturón con torpeza y se lo desabroché de un tirón. La tela del pantalón cayó pesada hasta los tobillos. Por encima del calzoncillo se le marcaba la erección, una mancha oscura de líquido preseminal en la punta. Cuando le bajé la ropa interior y se lo vi, me reí. No por burla, sino porque me pareció una cosa absurdamente entera, bonita incluso, con las venas marcadas de un modo casi gráfico. La polla le colgaba dura, gruesa, la punta roja e hinchada, brillante de lo que ya soltaba.

Me puse de rodillas. La agarré por la base con una mano y le pasé la lengua desde los huevos hasta el glande, muy despacio, sintiendo cada vena bajo la lengua. Le lamí la punta, recogí la gota que le salía y me la tragué mirándolo a los ojos. Él soltó un juramento bajo.

Lo metí en mi boca despacio al principio. Le chupé solo la cabeza, jugando con la lengua debajo del glande, apretándole los huevos con la otra mano. Después me lo tragué más, empujando hasta donde podía, y me lo saqué toda babeada. Volví a metérmelo, esta vez entero, y él me agarró el pelo con suavidad. Después no con tanta. Me lo hundió hasta la garganta y yo le golpeé el muslo con la mano izquierda para avisarle. Él se retiró un segundo, me dejó respirar, y volvió. Otra vez. Y otra. Me follaba la boca a un ritmo constante, con las manos en mi nuca, y yo sentía sus huevos golpearme la barbilla en cada empujón. Lo miré desde abajo, con los ojos llorosos, la saliva chorreándome por la barbilla hasta las tetas, y vi que él me miraba a mí con una cara que no le había visto nunca en clase.

—Trágalo todo —me dijo, sacándomelo un segundo para escupirme en la lengua y volver a metérmelo.

—Para —dijo de golpe, con la voz rota—. Acuéstate. Me voy a correr en tu coño si no paras.

***

Me tumbó sobre la colchoneta y me apartó la tanga otra vez. Se pasó la polla por mis labios, arriba y abajo, mojándose entero con mi flujo antes de empezar a meterla. Entró despacio, mirándome la cara para ver si dolía. No dolía. Pesaba, llenaba, se abría paso por dentro con cada centímetro, pero no dolía. Cuando estuvo hasta el fondo, me quedé un segundo sin aire. Yo le clavé las uñas en los hombros y él se rió contra mi cuello.

—No me reclames si gritas —murmuró—, pero no grites.

Empezó a moverse. Sacaba la polla casi entera y volvía a hundírmela de golpe, con un ruido húmedo que llenaba el pasillo entre las estanterías. Me besó por primera vez ahí, mientras me follaba con embestidas largas, apoyando el peso encima de mí. Me besó como si llevara semanas guardándose ese beso: con la lengua entera dentro de mi boca, mordiéndome los labios, tragándose mis jadeos. Yo le mordí el labio inferior cuando empezó a moverse más fuerte, y él gimió bajito, contra mi boca. Me subió la blusa sin dejar de embestir, me bajó el sujetador de un tirón y me chupó los pezones uno detrás del otro, mordiéndomelos hasta hacerme arquear la espalda.

—Qué tetas tienes, joder —murmuró contra mi pecho—. Todo el semestre mirándotelas.

Me metió un dedo en la boca para que se lo chupara mientras me embestía. Después bajó la mano y me lo pasó por el clítoris al ritmo de la polla, y yo empecé a temblar debajo de él, con la primera corrida subiéndome desde muy adentro. Me corrí apretándole la polla con el coño, mordiéndome el brazo, y él siguió empujando dentro de mí sin dejarme parar.

A los pocos minutos me hizo levantarme. Me apoyó contra una de las estanterías, con las dos manos sobre los lomos de los libros. Me subió la falda hasta la cintura. Me abrió las piernas de un rodillazo, se agachó un segundo para volver a lamerme el coño por detrás, y después se enderezó, se agarró la polla y me la volvió a meter de una sola embestida. Me agarró por las caderas con las dos manos y empezó otra vez, esta vez más fuerte, con golpes secos que me hacían empujar la frente contra el cuero de los libros antiguos. Yo bajé una mano y me toqué mientras él me embestía, sintiendo cómo la polla entraba y salía chorreando de mi propio flujo.

—¿Ahora qué eres? —dijo bajo, contra mi nuca.

—Una alumna mala —contesté.

—Más bajo.

—Una alumna mala.

—Eso es. ¿Y qué hacen las alumnas malas?

—Se dejan follar por el profesor.

—Más.

—Se tragan lo que les den.

Me dio una nalgada que sonó más de lo que esperábamos los dos. Nos quedamos quietos un segundo, escuchando el silencio del pasillo del fondo. Nadie. Reanudó, más fuerte todavía, agarrándome del pelo con una mano y clavándome la otra en la cadera. Me escupió en la espalda, se pasó la saliva con el dedo y me lo llevó al culo, apretando sin meterlo, solo amenazando.

—Otro día —me dijo al oído—. Aquí también.

Yo asentí sin voz. Se me escapó otra corrida contra la estantería, más corta, más seca, mordiéndome el antebrazo para no gritar.

***

Sonó el timbre de salida del colegio. Lejos. Como si fuera otro mundo.

—Termina —le pedí—. Termina ya, antes de que pase alguien por la puerta.

Él me dio la vuelta. Me empujó otra vez sobre la colchoneta, esta vez bocabajo, con el culo levantado, y me volvió a meter la polla por detrás. Aceleró. Me follaba en serio ya, con embestidas rápidas y secas, los huevos golpeándome el coño en cada empujón. Sentí que respiraba más rápido contra mi nuca, que se le entrecortaba la voz en gemidos cortos. Le dije, sin pensarlo, que terminara fuera, y él entendió.

Se salió a último segundo, se agarró la polla con la mano y se pajeó dos veces sobre mí. Cuando se vino, lo hizo sobre la parte baja de mi espalda y sobre la tela de mi falda, en chorros gruesos y calientes que me resbalaron por la piel, en silencio, mordiéndose el dorso de la mano para no soltar el gemido. Sentí caer una gota, otra, y una tercera más espesa justo en el hueco de la espalda. Después se pasó la punta de la polla, todavía dura y babeante, por mi culo y mis nalgas, embadurnándome con lo que le quedaba.

Yo me corrí justo después, casi sin darme cuenta, con dos dedos en el clítoris y su mano todavía apretándome la cintura, sintiendo su semen chorrearme por la piel hasta la tela.

Nos quedamos así un minuto entero. Quizá dos. Yo escuchaba mi propia respiración volver a su sitio, y notaba cómo su corrida se me iba enfriando en la espalda.

—Tienes que salir antes que yo —dijo después—. Mézclate con tu grupo.

Asentí. Me limpié con la tanga lo que pude, pasándomela por la espalda y por el interior de los muslos, donde también me había chorreado mi propio flujo mezclado con lo suyo. Me la subí otra vez, empapada, ahora doblemente empapada, y bajé la falda. Me peiné con los dedos. Él me miró con una mezcla de orgullo y de susto que solo entendí mucho después.

—Caro —me dijo cuando ya estaba en la puerta—. Esto no se cuenta.

—Ya lo sé.

—Lo digo en serio.

—Yo también.

Salí al pasillo. La luz me pareció muchísimo más fuerte de lo que recordaba. Caminé hasta la puerta de salida con paso normal, sintiendo su semen todavía tibio entre las nalgas y la falda pegándoseme a la piel, alcancé a mis compañeros antes de la salida principal, me reí con ellos de algo que no escuché, y subí al autobús como si volviera de una clase normal.

***

En casa me encerré en el baño. Me bajé la tanga en silencio. La olí. Pasé la lengua por la parte más manchada, con calma, saboreando la suma de los dos: mi flujo espeso y su semen ya seco, mezclados hasta no poder distinguirlos. Me supo a algo nuevo, algo que no era ni él ni yo del todo. Me metí dos dedos entre las piernas, todavía sensible, todavía hinchada por dentro, y me toqué una última vez, despacio, hasta correrme sentada en el borde de la bañera, con la tanga entre los dientes. La enrollé y la guardé en el fondo del cajón de mis camisetas, donde mi madre no metía la mano nunca.

Después fui a mi cuarto. Me tumbé sobre la cama vestida, con la falda todavía húmeda, y me quedé mirando el techo durante mucho rato.

No me sentí culpable. Tampoco orgullosa. Sentí algo más raro, más adulto: la certeza de que algo dentro de mí había cambiado de sitio y ya no iba a volver donde estaba. Esa certeza me asustó un poco, pero me gustó más de lo que me asustó.

Volví a la clase del profesor Suárez seis veces más antes de que terminara el curso. Tres de esas seis veces volvimos a la biblioteca. Pero la primera, la del viernes de la colchoneta y la tanga en el sobre, fue la única que conté nunca, aunque solo me la haya contado a mí misma, hasta hoy.

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Comentarios(8)

Luna73

Que relato!!! me dejaste sin palabras, genial

Valentina_91

Por favor seguí!! me quedé con las ganas de saber que paso después de que cerró esa puerta jeje

SofiaKV

Me recordó algo que viví en la universidad con un profe... no llegó tan lejos pero la tensión era igualita. Muy bien narrado!

Chucho85

increible!!! sigue así por favor

PalomaRdz

La forma en que construyó la tension antes del desenlace es lo mejor. Se nota que sabes escribir bien

NachoRivero

Excelente, me gustó mucho que no fue todo de golpe sino de a poco. Eso es lo que hace que sea tan bueno. Ojalá haya una continuación!!

Chelo2001

jajaja el viernes en la biblioteca... de los mejores escenarios que leí en mucho tiempo, tremendo

LibraMX

¿Va a haber segunda parte? quedé con muchas ganas de saber como siguió todo despues de esa tarde

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