Le confesé todo a mi mejor amiga y no terminó ahí
Después de aquella tarde con el conductor que me había llevado a casa, pedí incapacidad en el trabajo. Cinco días encerrada, dándole vueltas a lo mismo una y otra vez.
Por un lado, el miedo y la ansiedad de revivir cada detalle. Por otro, una excitación que volvía cada vez que cerraba los ojos. Recordaba una palabra, una textura, y el cuerpo respondía solo. Lo peor era admitir que quería repetirlo.
Llevaba dos días con esa batalla interna cuando Daniela apareció en mi puerta sin avisar. Es lo que pasa cuando una amistad lleva diez años: ya no te creen los pretextos.
Antes de seguir tengo que describírsela. Daniela mide un metro sesenta y dos, castaña con mechones más claros por el sol, ojos verdes. La piel apenas más tostada que la mía, los pechos firmes y las nalgas un poco más marcadas. Y calza del veintitrés. Ese último detalle se vuelve importante en cuanto entiendan lo que pasó después. Es una mujer guapísima, de esas que saben el efecto que provocan y juegan con él.
Abrí la puerta vestida solo con una bata semitransparente, mi conjunto de encaje debajo y unas sandalias planas. Ella venía del gimnasio: leggings negros pegados como una segunda piel, top deportivo y tenis blancos. El cabello recogido en una coleta alta, el flequillo todavía húmedo de sudor.
—¿Y esa cara? —me preguntó al sentarse en el sofá—. No vas a salirme con que estás enferma otra vez.
—Daniela, en serio…
—En serio nada. Llevas días contestándome los mensajes con monosílabos. ¿Qué pasó?
Me lanzó esa mirada a la que nunca he podido mentirle. Suspiré, me levanté y fui por la botella de tequila que tenía en la barra. Volví con dos caballitos.
—Sirve. Si quieres saberlo, voy a necesitar algo fuerte para contártelo.
Parecía un poco asustada, pero llenó las copas sin decir palabra. Bebimos el primero de un golpe y le solté la historia. Le omití algún detalle, claro. No iba a contárselo todo de entrada.
Cuando terminé, Daniela tenía la boca entreabierta. Me miraba fijamente, sin saber por dónde empezar.
—Bueno, amiga, eso es lo que pasó. Y por eso he estado tan desconectada estos días.
—No sé qué decir. ¿Cómo te sientes ahora que lo soltaste?
—Rara. Te voy a confesar algo y prométeme que no me juzgas. Al principio tenía miedo. Ahora, cuando lo recuerdo, me excita.
Bajó la mirada un segundo y se sirvió otro tequila ella sola. Cuando me volvió a mirar, tenía las mejillas más rojas que antes.
—No quiero verme mal, pero te voy a ser sincera: mientras me lo estabas contando, yo también empecé a sentir algo.
—Tranquila. Bienvenida al club.
Nos reímos, pero la risa duró poco. El alcohol ya estaba haciendo su trabajo y yo seguía con la lengua suelta. Le terminé contando también lo que había pasado con Mateo, el amigo de Sebastián. Le expliqué con lujo de detalles cómo, después de aquella noche, mi novio se había convertido en algo distinto, en alguien que disfrutaba escucharme contar lo que otros me hacían.
—¿Y Sebastián lo sabe? ¿Cómo pudiste?
—Sebastián no solo lo sabe. Fue él quien me dio permiso. Es más, después fue él quien me pidió que se lo repitiera con detalle, mientras me besaba los pies.
—¿Te besa los pies? —se le escapó una sonrisa entre la sorpresa.
—Mira, yo al principio pensé que era una rareza incómoda. Pero cuando me convenció, cuando lo vi arrodillado, mirándome como si yo fuera otra cosa, entendí. No es solo lo físico. Es la postura. Es saber que él está ahí porque yo lo permito.
—¿Y qué se siente, en lo físico?
—Cosquillas, calor. Besos suaves en el arco, mordidas en el talón. La lengua entre los dedos. Te lo juro, es de las cosas más placenteras que he sentido.
Daniela bajó la vista hacia sus tenis y los movió un poco, como si de pronto fuera consciente de ellos.
—Yo siempre cuido mucho mis pies. Pero nunca he estado con alguien que tenga ese gusto.
Fue ahí donde algo se cruzó dentro de mí. No sé si fue el tequila, la conversación o que siempre me había gustado más de lo que me permitía admitir. Me incliné hacia ella sobre el sofá.
—¿Y si te lo demuestro?
Se quedó congelada.
—¿Cómo que me lo demuestres?
—Lo que escuchaste. Déjame que te haga lo que Sebastián me hace a mí.
Su cara cambió en un segundo. Sorpresa, miedo, curiosidad. Las tres cosas mezcladas. No me dijo que no de inmediato, y eso ya era mucho.
—Daniela, no voy a hacer nada que tú no quieras. En el momento en que me digas que pare, paro. Así de simple.
Se quedó mirándome unos segundos eternos, jugando con la copa entre los dedos. Después, sin hablar, se tomó el tequila de un solo golpe, se puso de pie y caminó hacia mi recámara. Yo me quedé un instante en el sofá, casi sin creérmelo.
***
La encontré recostada boca arriba, con los pies asomando al borde de la cama, tal como le había pedido sin pedírselo. La bata se me había abierto un poco al caminar. No me molesté en cerrarla.
Me detuve un momento a mirarla. Mi mejor amiga, a la que llevaba años contándole mis secretos, la que más de una vez había aparecido en mis fantasías sin que ella lo supiera, estaba ahí, esperándome.
Me arrodillé al pie de la cama. Le quité los tenis con cuidado, primero el derecho, después el izquierdo. Los dejé alineados en el piso. Las calcetas blancas, todavía un poco húmedas, le ajustaban perfectas al empeine.
El aroma me alcanzó antes de acercarme del todo. No era desagradable. Era cálido, apenas dulce, mezclado con el cuero del tenis. Me llevé uno a la cara y respiré profundo. Sentí cómo se me erizaba la piel entera, cómo la entrepierna empezaba a palpitar con un ritmo propio.
Dejé el tenis a un lado y acerqué la nariz a sus calcetas. Pasé la cara muy despacio, rozando apenas la tela. Ella arqueó los pies de golpe.
—Cosquillas —susurró, casi una disculpa.
No le contesté. Le quité la calceta derecha con una lentitud deliberada y dejé su pie descubierto frente a mí. Era hermoso. Blanco, suave, con el arco bien marcado, los dedos perfectamente alineados, las uñas pintadas de un rojo muy oscuro.
Empecé por el talón. Besos pequeños, casi castos al principio, subiendo despacio por la planta hasta los dedos. Rozaba la piel con la nariz entre beso y beso, dándole tiempo a que su cuerpo se acomodara a lo que estaba pasando.
Sentí cómo se relajaba. Los hombros se le soltaron contra el colchón, las piernas dejaron de estar tan tensas. Entonces me animé y pasé la lengua una sola vez, de arriba abajo.
—Ay…
El sonido fue tan bajo que casi se me escapa. Pero ahí estaba. Cerré los ojos y seguí. Le tomé el pie con las dos manos, lo llevé un poco más cerca de la boca y le dediqué cada centímetro: el arco, el talón, los dedos uno por uno. Le metí el dedo gordo en la boca y la sentí estremecerse.
Le hice exactamente lo mismo con el pie izquierdo. Para cuando terminé, Daniela respiraba más fuerte y tenía las manos apretadas contra la sábana.
—Quítate la ropa —le dije, sin levantarme.
Me miró fijamente, sin decir palabra. Se incorporó lo justo para sacarse el top, los leggings y la ropa interior. Cuando volvió a recostarse, estaba completamente desnuda, depilada, con la piel brillante por una capa fina de sudor.
Me deshice de la bata y del encaje en cinco segundos. Subí a la cama y nos besamos por primera vez. Fue un beso largo, con lengua, sin el miedo de los primeros besos torpes. Sabía a tequila y a algo más, algo suyo.
Empecé a bajar. Le besé el cuello, la clavícula. Me detuve en sus pechos un buen rato: los besé, los mordí con la suavidad justa, le pasé la lengua por los pezones hasta que se le endurecieron del todo. Seguí bajando por el vientre. La piel se le enchinaba bajo cada beso.
Cuando llegué a su entrepierna, ya estaba completamente mojada. Me lo decía el brillo entre sus muslos, el olor, la respiración entrecortada.
No tenía prisa. Empecé por los costados, besos largos y lentos en la cara interna de los muslos. La oí soltar un quejido de impaciencia y sonreí contra su piel. Inhalé profundo. Era un aroma íntimo, embriagante. Solo entonces hundí la cara en ella.
No sé cuánto tiempo estuve ahí. Perdí el sentido del tiempo entre sus piernas. Lamí, succioné, jugué con el clítoris con la punta de la lengua. La sentí temblar varias veces antes del final. Cuando llegó, no fue silencioso: arqueó la espalda completa, me apretó la cabeza con los muslos y soltó un grito ronco. Me empapó la cara y el pecho.
Subí muy despacio, limpiándola con la lengua, hasta volver a su boca. La besé para que se probara a sí misma. Después me senté a horcajadas sobre ella, justo encima de su cara.
—Ahora tú —le dije.
Bajé. Su lengua empezó a moverse, primero dudosa, después con un atrevimiento que no esperaba en alguien que nunca lo había hecho. Tenía a mi mejor amiga lamiéndome como si lo hubiera hecho toda su vida. Le tomé el cabello, le marqué el ritmo y la sentí responder.
Terminé en su boca a los pocos minutos. Cuando bajé y me dejé caer a su lado, los dos cuerpos seguían temblando.
***
—Date la vuelta —me dijo después, cuando recuperamos el aire.
Me acosté boca abajo. Sus manos empezaron por los hombros, la espalda, las nalgas. Tenía buenas manos. Bajó por las piernas, los gemelos, los tobillos. Y entonces llegó a mis pies.
Sentí su lengua antes de verlo. Pasó por la planta del pie derecho de un solo trazo largo. Cerré los ojos y sonreí contra la almohada.
—Estás aprendiendo rápido.
No me contestó. Estaba ocupada. Lo que sí oí fue otro sonido: su mano entre sus piernas, el ritmo inconfundible. Me estaba lamiendo los pies y se masturbaba al mismo tiempo.
De pronto sentí una humedad distinta. Levanté un poco la cabeza. Daniela se había arrodillado y se estaba frotando contra mi talón derecho, con los ojos cerrados, las manos en sus propios pechos. Gemía bajito.
No la interrumpí. La dejé moverse, encontrar su ángulo. A los pocos segundos terminó por segunda vez en la noche, y lo hizo encima de mis dos pies. Como si me los hubiera metido en agua tibia.
Y entonces hizo algo que no esperaba. Se inclinó y empezó a limpiar mis pies con la boca, despacio, sin asco. Se estaba comiendo lo suyo directamente de mí. Esa imagen fue suficiente para que yo terminara otra vez sin que me tocara más arriba.
Cuando levantó la cara, tenía una sonrisa que no le había visto nunca.
—Gracias —me dijo en voz baja.
Tardamos un rato en levantarnos. Nos vestimos casi sin hablar. En la puerta, me dio un beso lento, distinto a los que nos dábamos siempre para despedirnos.
—Esto se repite —dijo—. Pronto.
Cerré la puerta y me quedé un momento apoyada contra ella. Me había prometido a mí misma no abrir más cajas. Y acababa de abrir otra.