El radiólogo me pidió que me relajara y obedecí
Hacía dos años que estaba con Camila y nadie dudaba de que íbamos a casarnos. Yo tampoco. Por eso, cuando me llegó la oferta del trabajo que llevaba esperando media vida, di por hecho que sería el último paso ordinario hacia la vida adulta. Sueldo decente, contrato fijo, oficina a quince minutos del departamento. Lo único que separaba a ese cargo de mi nombre era el examen prelaboral, que incluía análisis de sangre, electrocardiograma y, para mi sorpresa, una consulta con el proctólogo.
El médico me palpó sin demasiada ceremonia, me extendió una orden para un enema baritado con doble contraste y me explicó que era una rutina para descartar cualquier cosa. Que en una semana volvía con la imagen y listo. Lo que no me dijo —porque tampoco lo sabía— fue que esa tarde el centro de diagnóstico iba a darme una vuelta por dentro que no estaba en el formulario.
Seguí las indicaciones al pie de la letra. Ayuno completo, dos sobres del laxante a las cinco, y a las nueve estaba listo: vacío, irritable y un poco mareado. Mi turno era el último, las diez y media de la noche, ese horario raro que dejan para los pacientes que no pueden faltar al trabajo durante el día.
Entré convencido de que iba a salir de ahí tan incómodo como había entrado. Entonces apareció él.
—Buenas noches, Tomás. Soy Mateo, el radiólogo. Vamos a hacer juntos el estudio.
Tendría menos de treinta años. Alto, no tanto como yo, pero bien plantado. Un ambo gris ceñido le marcaba cada músculo del pecho y de los brazos. El pantalón, a tres cuartos, dejaba al aire unas pantorrillas trabajadas, de quien pasa horas entre pesas y bicicletas. Barba prolija, ojos oscuros, una sonrisa fácil que parecía pensada para tranquilizar a pacientes nerviosos. A mí me puso peor, pero por motivos que en ese momento todavía no quería nombrar.
—Veo que estás tenso —dijo—. Es normal. Vamos paso a paso. En media hora estamos afuera.
Me señaló el vestidor y me pasó un camisolín azul, de esos que se abren por la espalda y dejan al desnudo todo lo que uno preferiría no mostrar. Me cambié. Cuando entré a la sala de rayos, Mateo se acercó, me ajustó el cuello de la bata y, en el gesto, sus brazos me rodearon apenas un segundo. Sentí el roce tibio de su antebrazo contra mi nuca y un perfume cítrico, mezcla de jabón limpio y algo más. Se me puso la piel de gallina. Recé en silencio para que no se notara.
—¿Cómodo así? Quiero que la bata no se te caiga.
—Sí, todo bien —dije, esquivándole la mirada.
Me ayudó a subir a una camilla rebatible, con apoyos para los hombros y soportes para los pies. Mientras se calzaba los guantes y se ponía el delantal de plomo, me explicó el procedimiento con una calma de instructor de yoga.
—Primero hago un tacto rectal para verificar que esté limpio, medir la ampolla y la elasticidad del esfínter. Después coloco la cánula con el contraste y vamos sacando las imágenes. Voy a usar un gel lubricante con anestésico, así no te molesta. Podés seguir todo en el monitor.
Asentí. Tenía la boca seca.
Levantó la camilla y me dejó casi de pie, con el culo en el aire y la bata bailando sobre los muslos. Untó dos dedos con el gel y me los apoyó sobre el ano. El frío me hizo dar un respingo.
—Tranquilo, en un minuto se entibia.
Empezó a empujar el dedo despacio, milímetro a milímetro, mientras con la otra mano me masajeaba el perineo en pequeños círculos. La erección me llegó antes de que pudiera disimularla. Estaba más duro de lo que me ponía con Camila desde hacía meses, y el camisolín no escondía absolutamente nada.
—¿Te molesta? —preguntó con voz baja, casi al oído.
—Para nada —contesté, y la voz me salió rara, ronca.
—Voy a entrar un poco más. Mirá el monitor.
Levanté la vista. Vi el dedo entrando hasta el fondo, girando, presionando una zona que me sacó el aire. Suspiré sin control.
—Voy a probar con dos para ver si dilata bien. ¿Te parece?
—Sí, sí —apenas susurré.
Metió el segundo dedo y los movió juntos, entrando y saliendo, mientras la camilla basculaba suavemente. La mancha húmeda en el camisolín ya era imposible de ignorar.
—Vamos muy bien. Te estás adaptando bien.
—Sí.
Estuvo así varios minutos, sin apuro, hablando bajito, comentando cada movimiento como si fuera lo más natural del mundo. Yo gemía y trataba de hacer pasar los gemidos por suspiros nerviosos. No engañaba a nadie.
—Listo, ahora viene la cánula con el contraste.
—¿Nada más? —se me escapó, en un tono que pretendía ser de broma.
—Eso depende de cómo salga el estudio —me dijo al oído, sin sacar los dedos, mientras con la otra mano me acariciaba el glúteo derecho.
Me colocó la cánula con la misma suavidad. El líquido empezó a entrar despacio, frío al principio, indiferente después. Mateo tomó varias radiografías desde detrás del biombo, pidiéndome que aguantara la respiración cada vez que el contraste avanzaba un tramo. Yo respiraba con dificultad porque tenía el cuerpo encendido entero, no por el examen.
—Tenés el intestino largo —comentó.
—No sabía.
—Pero no veo nada raro. Estás muy bien.
—Vos también —dije, y me arrepentí al instante—. Digo, el estudio. Lo hacés muy bien.
Sonrió sin contestar. Algo en esa sonrisa me dijo que no había hecho falta aclarar.
—Ya terminamos la seriada. Tenés que ir al baño, eliminar el contraste y pasar por el bidé. Te reviso una vez más para el control final.
Me bajó de la camilla. La erección no me dejaba caminar derecho. Crucé los tres metros hasta el baño con el camisolín pegado al cuerpo, sintiéndolo mirar.
***
Mientras me sentaba en el inodoro y eliminaba lo que tenía adentro, escuché su voz al otro lado de la puerta.
—Tomás, ¿te molesta si me saco la camisa del ambo? Trabajé seis horas seguidas y estoy hirviendo.
—Para nada. Ponete cómodo.
Terminé, me lavé bien con el bidé, me sequé y volví a la sala con el cuerpo todavía cosquilleando. Cuando lo vi de pie, en pantalón y con el torso desnudo, el pecho marcado, los brazos definidos, los pezones rosados sobre una piel sin un solo vello, me quedé sin aire. Se me paró otra vez al instante.
Él lo notó. Se le dibujó esa sonrisa de nuevo.
—No te preocupes. Pasa más seguido de lo que pensás. El masaje del perineo y la próstata excita aunque uno no quiera.
—Es que tenés un cuerpo perfecto —solté.
—Gracias. Hago bastante gimnasia. Trato de comer sano.
—Y estás todo depilado —dije, ya sin filtros, mirándole el bulto contra el pantalón.
—Para no rasparme con la ropa de entrenamiento. Me hice la definitiva en todo el cuerpo.
Me señaló la camilla. Me recosté boca abajo, con el culo apuntando al techo, sin que tuviera que pedírmelo. Mateo no se puso el delantal de plomo. Apagó la pantalla. Se calzó guantes nuevos, untó cuatro dedos con el gel y me separó los glúteos con las palmas tibias.
—Voy a verificar la dilatación. ¿Te molesta si lo hago más despacio?
—Hacé lo que quieras —dije.
Empezó con dos dedos de una mano, hundiéndolos hasta el fondo. Después los sacó y metió dos de la otra. Alternaba el ritmo, las profundidades, los ángulos. Cada vez que volvía a entrar yo sentía cómo el cuerpo me iba pidiendo más.
—¿Te podés relajar un poco?
—Sí.
Fue la señal. Metió los cuatro dedos juntos, con una lentitud que me arrancó un gemido largo, imposible de disfrazar.
—¿Estás bien?
—Puedo estar mejor —contesté, ya fuera de mí.
Se quitó los guantes. Sentí las palmas desnudas separándome los glúteos y, después, el peso de su pelvis contra mi espalda baja. Llevaba el pantalón bajado a la altura de los muslos. Su verga dura me rozaba la raya del culo y me pasaba entre los huevos. Se inclinó sobre mi espalda, me apoyó la boca cerca del oído.
—Tengo que ponerme un preservativo. Por el tema del contraste.
—Ponételo. Por favor.
No supe de dónde lo sacó. Lo escuché abrir el sobre y, en segundos, ya estaba listo. Me echó un chorro de gel en la mano. Me giré como pude y le tomé la verga, sobándosela despacio, deteniéndome en el glande, mirándolo a los ojos por primera vez sin esquivarlo.
—¿La querés toda?
—Entera. Hasta el fondo.
Me empujó con suavidad de vuelta a la posición, me apoyó el glande en la entrada del ano y empezó a meterse sin apuro, milímetro a milímetro, mientras yo gemía y empujaba hacia atrás, ansioso por sentirlo entero. Me tomó de las caderas y me lo clavó hasta el fondo. Arqueé la espalda, me apreté contra él, sentí su pelvis chocando contra mis glúteos.
Lo tenía todo adentro. Empecé a contraer y dilatar el ano para apretarlo. Mateo soltó un suspiro hondo y arrancó un vaivén que me sacaba ruidos que nunca antes había escuchado salir de mi propia boca. Me sostenía las caderas con fuerza, empujando cada vez más profundo, cada vez más fuerte. Después de varios minutos giré la cabeza y nos besamos por arriba del hombro, con la lengua entrando entera, mientras yo le agarraba el glúteo izquierdo para que no se le ocurriera salirse.
Volvió a inclinarme hacia adelante. Las embestidas se hicieron más rápidas. Yo me meneaba contra él, contrayéndome cada vez que iba a sacarla, tratando de retenerlo. No sé cuánto tiempo pasó. Se vino largo, con un quejido contenido entre los dientes, y se desplomó sobre mi espalda. Quise que no saliera nunca. Cuando finalmente se retiró, me dolió.
***
Me pidió que lo acompañara al baño. Tiró el preservativo, terminó de sacarse el pantalón y se enjuagó con jabón líquido en el lavatorio. Yo me senté otra vez en el inodoro a vaciar lo que quedaba del contraste, pidiendo disculpas a media voz. Mateo se rió y me dijo que no fuera ridículo.
Cuando terminó de limpiarse, se acercó. Tenía la verga semierecta, brillante, hermosa. Me agarró la nuca y me dio un beso que duró el doble de lo que habría sido razonable. Después se quedó parado frente a mí, ofreciéndome el glande a la altura de la boca.
No hizo falta que dijera nada. Empecé por la punta, despacio, con la lengua plana. Después le tragué el tronco entero, lo más profundo que pude. Le tomé los glúteos firmes con las dos manos y lo empujé hacia mi cara para que me cogiera la boca. Diez minutos, quizás quince, hasta que se puso tieso de nuevo, arqueó la espalda y se vino dentro. No dejé que se escapara una gota.
Seguí chupando, lamiéndole los huevos, intentando que se le parara una tercera vez. No lo conseguí. Me detuvo con una mano en la cabeza, me besó otra vez y enseguida se arrodilló entre mis piernas. Mi verga estaba goteando contra mi propio muslo. Me la chupó despacio, jugando con el glande, masajeando el tronco, y en menos de cinco minutos le rogué que no parara. Me vine en su boca en varios chorros. Tragó todo y se relamió las gotas que se le habían escapado.
Nos besamos un rato más, sentados los dos en el piso frío del baño, sin decir nada, hasta que él rompió el silencio.
—Nos tenemos que vestir. Si tardo mucho me empiezan a buscar.
Se puso un conjunto de gimnasia lila ajustado, de esos que no dejan nada a la imaginación. Compartimos las últimas pastillas de menta que me quedaban en el bolsillo. Antes de abrir la puerta me dijo que me iba a llamar con los resultados y que se los hacía llegar también al empleador. Y que era probable que le quedara algún turno libre durante la semana.
—Sin contraste ni rayos, si te parece.
—Me parece perfecto.
—Mateo —dijo, antes de que yo preguntara.
—Mucho gusto, Mateo —contesté, y salimos.
***
Camila estaba esperándome en el café de la esquina, con un libro abierto que no estaba leyendo.
—¿Cómo te fue?
—Perfecto. Todo perfecto. —Y la besé en la boca como hacía meses no la besaba.
—Qué rico gusto a menta —me dijo, separándose un poco.
—Me las dio el radiólogo.
—Qué amable.
—Sí. Gentilísimo. Una hermosa persona.
Una hermosa persona, repetí en mi cabeza, y casi me río.
Esa noche, en el departamento, le susurré al oído lo que quería y ella me contestó con el cuerpo. Cogimos largo, fuerte, hasta quedar exhaustos. Yo cerraba los ojos y volvía a la sala de rayos cada vez que entraba en ella, y le pedía cosas que ella no estaba acostumbrada a oír de mi boca y que aceptó sin preguntar.
—Cómo te dejó el estudio —me dijo cuando recuperó la voz—. Vas a tener que ir a todos.
—Muy caliente. El radiólogo es un potro. No te imaginás.
—Me dieron ganas de conocerlo —se rió.
—En la semana paso a buscar los resultados. Me acompañás.
—No puedo esperar a que llegue ese día —contestó, picarísima.
Yo tampoco podía. Por motivos que ella todavía no sospechaba y que, si las cosas seguían el rumbo que parecían tener, iba a descubrir antes de lo que yo era capaz de planear.