Lo que pasó en aquella consulta nunca lo confesé
Llevaba semanas notándome una protuberancia rara debajo del ombligo. Marcela me insistía a diario para que pidiera cita, y yo, como siempre, lo postergaba. Hasta que una mañana, mientras me duchaba, la presión bajo la piel se hizo lo bastante incómoda como para que cogiera el teléfono y reservara la primera consulta disponible.
La clínica quedaba en un edificio sin pretensiones, en una calle tranquila a tres cuadras de mi oficina. El doctor Adrián Solís recibía los martes por la tarde. La recepcionista me dijo que era nuevo en el centro, que llevaba apenas seis meses ejerciendo allí. Yo asentí sin escuchar demasiado y me senté a esperar mi turno con un sobre de radiografías en el regazo.
Cuando me llamaron, entré a un consultorio pequeño, ordenado, con un olor leve a desinfectante y café recién hecho. Adrián estaba detrás del escritorio, con la bata blanca colgada de los hombros como si se la acabara de poner. Calculé que rondaba los cuarenta años. Pelo negro, espeso, contextura ancha, hombros que se notaban incluso bajo la camisa. No era alto. Tenía esa cara de hombre que sonríe siempre un poco, aunque no sonriera del todo.
—Pase, pase. Siéntese —dijo, señalándome la silla frente al escritorio.
Me preguntó lo de rutina: alergias, medicación, antecedentes familiares. Lo notaba atento, pero también algo distinto. Sus ojos se quedaban un instante más de lo necesario cada vez que yo levantaba la cara para responderle. No me molestó. Si acaso, me dio una curiosidad rara. Era esa clase de mirada que uno reconoce, aunque nunca la haya recibido antes.
—Vamos a revisar ese bulto. Pase al fondo, por favor, y túmbese boca arriba en la camilla. Quítese la camisa.
Pasé detrás del biombo y obedecí. La camilla estaba fría. Doblé la camisa con cuidado y la dejé sobre la silla. Adrián llegó al cabo de un minuto, con un manguito de presión en una mano y unos guantes de látex sin estrenar en la otra.
—Está usted nervioso —comentó mientras me ajustaba el brazalete—. Le subió un poco la presión.
—Será que llevo evitando esto desde marzo.
Sonrió. Esta vez, la sonrisa duró más de la cuenta.
Empezó por el cuello, palpando los ganglios con dos dedos firmes. Bajó por el esternón, marcando con la yema el espacio entre las costillas. Cuando llegó al abdomen, sus manos se volvieron más lentas. Las palmas calientes, los dedos pacientes. Encontró el bulto enseguida, justo a la izquierda del ombligo, y se quedó ahí un rato largo, presionando con suavidad y mirándome de reojo para ver si me dolía.
—No duele —le dije.
—Mejor. Pero quiero descartar una hernia inguinal. Voy a necesitar que se baje un poco la cinturilla del pantalón.
Aflojé el cinturón y me bajé el pantalón hasta los muslos. Me quedé con el bóxer puesto. Adrián volvió a tocar, esta vez por debajo del ombligo, justo en el límite de la goma elástica. Sus dedos rozaron el algodón. Yo cerré los ojos un segundo.
Cuando los abrí, él estaba mirándome.
—¿Le incomoda?
—No.
—Bien. Para revisarle el conducto inguinal voy a tener que bajarle el bóxer también. Si prefiere, le doy una sábana.
—No hace falta.
No sé por qué dije eso. Llevaba toda la vida casado con Marcela. Tenía dos hijos durmiendo en sus literas. Las únicas manos que había sentido sobre el cuerpo en los últimos quince años eran las de mi mujer y las del peluquero del barrio. Y, sin embargo, dije «no hace falta» con una facilidad que me sorprendió a mí mismo.
Adrián bajó la goma del bóxer hasta la mitad del muslo. Me empezó a palpar la zona, cerca de la ingle, primero a un lado y después al otro. Tenía la mano de alguien que sabe lo que busca. Pero también la mano de alguien que sabe que está haciendo algo más que buscar.
Y entonces noté que la sangre me bajaba a donde no debía. Intenté pensar en otra cosa. La factura de la luz. El partido del domingo. Marcela diciéndome que cambiara el filtro del lavavajillas. No funcionó.
—Veo que está bastante… reactivo —dijo Adrián, sin retirar la mano.
—Perdón. Es involuntario.
—No tiene que disculparse. ¿Le pasa esto siempre que lo revisan?
—No. La verdad es que no.
Hubo un silencio. Adrián me sostuvo la mirada. Tenía la mano todavía apoyada en mi ingle, ahora con todos los dedos, sin pretender ya buscar ningún conducto inguinal.
—¿Le importa si sigo? —preguntó, y la voz le bajó medio tono.
No le contesté. Solo asentí.
Su mano se cerró sobre mí. Despacio, sin prisa. Yo tragué saliva y miré al techo, donde un fluorescente parpadeaba muy levemente, como si también estuviera dudando.
***
Lo que vino después fue extraño y nítido, las dos cosas a la vez. Adrián me bajó el bóxer un poco más. Me acarició con una lentitud profesional que rozaba el cinismo. Murmuró algo sobre el tamaño que no entendí del todo, o no quise entender. Y luego, como si fuera la continuación natural del examen, agachó la cabeza y me besó la punta.
Esto no está pasando.
Pero estaba pasando. Sentí la lengua caliente, los labios firmes, el contraste con el aire frío de la camilla. Era una boca de hombre, sin duda. No había suavidad de mujer en aquello. Era todo decidido, todo firme, todo dirigido. Y, contra todo lo que yo creía saber de mí, no había en mi cuerpo ni una sola célula que quisiera apartarlo.
Me agarré al borde de la camilla con la mano izquierda. Cerré los puños. No emití un solo ruido, porque al otro lado del biombo, en la sala de espera, había gente con citas a las seis y media. Adrián seguía con la cabeza baja, concentrado como si estuviera leyendo un electrocardiograma.
Estuvo así unos cuantos minutos. Yo perdí el sentido del tiempo. En algún momento, Adrián se incorporó, se limpió los labios con el dorso de la mano y miró el reloj de la pared.
—Vamos a dejarlo aquí. Tengo dos pacientes esperando y esto se sale del protocolo, por decirlo finamente.
Me reí, todavía aturdido. Él sonrió de verdad, por primera vez.
—Apúnteme su número en este papel. Si le interesa hablar fuera del consultorio, le escribo yo.
Lo hice sin pensarlo. Cuando salí a recepción, intenté caminar normal. La recepcionista me sonrió como si no hubiera pasado nada, porque, en efecto, ella no sabía que había pasado algo. Pagué la consulta en efectivo. Subí al coche. Conduje hasta casa. Cené con Marcela y los niños. Me lavé los dientes dos veces, como si el sabor de aquello fuera detectable desde fuera.
Aquella noche, en la cama, me masturbé pensando en él. Lo hice en silencio, con la mano izquierda apoyada en la cadera de mi mujer, que dormía profundamente.
***
Adrián me escribió al cabo de tres días. Un mensaje corto, formal, casi médico: «¿Cómo va la zona del abdomen?». Le contesté que mejor. Él respondió enseguida: «Me gustaría verte fuera del consultorio. Tengo una camioneta con los cristales polarizados. Podemos hablar tranquilos».
«Hablar» era un eufemismo del que ninguno de los dos pidió disculpas.
El viernes a las siete y media le dije a Marcela que tenía cena de empresa. Una mentira sencilla, sin adornos, que ella aceptó sin levantar la vista de la cazuela. Salí, caminé tres calles y me subí a la camioneta de Adrián en una esquina poco iluminada, detrás de una farmacia cerrada.
Apenas cerré la puerta, él arrancó. Condujo unos diez minutos hasta una zona industrial que conozco de memoria, porque mi cuñado tiene allí un taller. Aparcó entre dos contenedores, en una calle sin tráfico y sin farolas vivas. Apagó el motor y se giró hacia mí.
—Tengo pareja —dijo, antes de que yo dijera nada—. Un chico, se llama Iván. Llevamos seis años. Él sabe lo que hago, no le importa. Y sé que tú tienes familia. Esto es solo lo que es. ¿Estamos?
—Estamos.
Adrián se desabrochó el cinturón y se inclinó hacia mí. Me besó la boca por primera vez, y el beso fue más lento de lo que esperaba. Tenía sabor a café y a algo metálico, quizás el aire del coche. Me llevó la mano al cuello y me apretó suavemente el pelo de la nuca. Yo me dejé hacer.
Me quitó la camisa por la cabeza y la dejó arrugada en el asiento de atrás. Empezó a besarme el pecho, las clavículas, los pezones. Cuando le rocé la entrepierna por encima del pantalón, ya la tenía dura. Le bajé la cremallera. La saqué.
Era gruesa, más gruesa de lo que recordaba haberla intuido bajo la bata. Me quedé un instante mirándola, con la mano cerrada alrededor de la base, sintiéndome ridículo y excitado a partes iguales. Después me incliné y me la metí en la boca, despacio, intentando no atragantarme. Nunca había hecho aquello. Resultó que improvisar no era tan difícil como temía.
Alguien pasó junto a la camioneta. Oímos los pasos secos sobre el adoquín. Nos quedamos los dos quietos, yo agachado, él con la cabeza echada hacia atrás. Los pasos se alejaron. Adrián soltó una carcajada baja.
—Tranquilo —dijo—. Desde fuera no se ve nada.
Volvimos. Esta vez nos turnamos. Él me chupaba, yo le chupaba, nos besábamos en mitad. Tenía manos grandes y un poco rugosas, sorprendentes en alguien que se gana la vida palpando hígados ajenos. Me lamió la base, me mordió ligeramente la cara interna del muslo, me apretó los testículos con una habilidad que evidentemente no era improvisada.
Yo cerré los ojos cuando me corrí, en su boca, sin avisar. Él se tragó casi todo y se limpió el resto con un pañito húmedo que guardaba en la guantera, como quien tiene previstas las cosas.
Le tocó a él. Se corrió dentro de mi boca, con un gruñido bajo, y un sabor espeso y caliente que me costó tragar entero. Tosí un poco. Él me sonrió y me pasó la mano por la mejilla como si me felicitara por un examen difícil.
Nos quedamos en silencio diez minutos. Las ventanas estaban empañadas. Él volvió a poner el motor y bajó un dedo el cristal para que entrara aire.
—¿Estás bien?
—Sí —dije, y no estaba mintiendo del todo—. Es raro. Pero estoy bien.
Me dejó a dos calles de mi casa. Antes de bajarme, me tocó la rodilla.
—Si quieres volver a verme, te aviso de un sitio mejor. Conozco un motel discreto en las afueras. Pero piénsalo bien. Una cosa es esto y otra es lo otro.
—Lo pensaré.
Salí del coche. Caminé hasta mi portal con las piernas un poco flojas y pensando, otra vez, en lo extraño que era estar diciendo «lo pensaré» cuando ya sabía perfectamente la respuesta.
Lo del motel pasó, claro. Pero esa es otra confesión que aún no me atrevo a contar entera.