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Relatos Ardientes

El regalo de aniversario que cambió nuestros límites

No era la primera vez que pisábamos aquel sex shop. Marina y yo lo habíamos descubierto un par de años atrás, cuando empezamos a hablar más de lo que callábamos, y desde entonces nos llevamos a casa tres o cuatro juguetes que nos sirvieron bien. Una tarde, incluso, terminamos encerrados en una de las cabinas privadas, follando con la respiración entrecortada mientras una pantalla rayada proyectaba algo que ninguno de los dos miraba. Pero esa no es la historia que vine a contar.

La historia de hoy empieza con un aniversario. Catorce años de casados, los hijos ya grandes y durmiendo en casa de mis suegros, y una promesa que le había hecho a Marina dos semanas antes: «Este año el regalo lo elijo yo y no se discute». Ella aceptó con esa sonrisa torcida que pone cuando intuye que algo se está cocinando.

Hablé con Damián, el dueño de la tienda, un par de días antes. No fue una conversación fácil de empezar, pero él manejaba esas cosas con una naturalidad que envidié. Acordamos un horario, una habitación al fondo, y la ayuda de un conocido suyo dispuesto a colaborar a cambio de absoluta discreción. Nadie iba a verle la cara a nadie. Esa era la única condición que yo había puesto.

***

La llevé a la tienda quince minutos antes del cierre. Marina iba preciosa: blusa con el escote justo, falda por encima de la rodilla, tacones que la hacían caminar como si pisara cristal, y un maquillaje que me había llevado por delante en el coche. Le di un beso largo en la entrada y le pedí que se relajara.

—¿Qué estás tramando? —me preguntó por enésima vez.

—Algo que vas a recordar —contesté.

Estaba convencida, según me confesó después, de que pensaba regalarle algún juguete nuevo y obligarla a probarlo allí mismo, en aquel cuarto sórdido que tantas veces habíamos comentado de pasada. Entró con una mezcla de miedo y curiosidad, y con la humedad asomándole entre las piernas, según también me dijo más tarde.

Damián nos saludó con un gesto y nos dejó pasar al fondo. La habitación era pequeña, sin ventanas, con un sillón viejo, un sofá de skay, una pantalla apagada en la pared, la calefacción a tope y una luz rojiza que difuminaba los contornos. Olía a desinfectante con un fondo de tabaco antiguo.

La acompañé hasta la pared opuesta a la puerta, le tomé la cara con las dos manos y le dije:

—Te quiero como un loco. Aquí está tu regalo. Espero que te guste.

Ella me besó sin entender. Cuando me aparté, miró al frente y se llevó las dos manos a la boca.

***

En la pared había un agujero del tamaño de un puño, con los bordes forrados con cinta acolchada. Un glory hole, para entendernos. Y saliendo de aquella oscuridad, una verga negra, gruesa, larga, todavía blanda, circuncidada, atravesada en la base por un pequeño lazo rojo de regalo.

Marina se quedó muda. Yo le hablé bajito, casi al oído.

—Estas son las reglas, mi amor. No hay reglas. Esa polla es tuya por hoy. Hacés con ella lo que se te antoje. La única condición es que yo voy a estar acá. En la tienda solo estamos vos, yo y el dueño de eso. El hombre que está al otro lado no va a entrar nunca, no le vas a ver la cara, no nos puede ver, ni nosotros a él. Es solo una verga. Y por unas horas es tuya.

Me llamó loco con un susurro, sin apartar la mirada de aquel pene. Nunca habíamos involucrado activamente a nadie en lo nuestro. Habíamos coqueteado con la idea de un trío, habíamos intercambiado vídeos con otra pareja por internet, nos habíamos calentado durante meses imaginando situaciones que en realidad no nos animábamos a vivir. Pero al verla a ella, mi mujer, frente a una verga ajena que esperaba paciente, supe que estábamos parados en el filo. O cruzábamos esa línea, o nos volvíamos a casa para siempre con la duda.

***

Se acercó dos pasos. Se quedó mirando, calculando distancias. Se giró hacia mí.

—¿Puedo tocarla?

—Lo que vos quieras, nena.

Por un segundo pensé en decirle que si se sentía incómoda salíamos de allí y no volvíamos a hablar del tema. No hizo falta. Estiró la mano y la tomó. La soltó. La volvió a tomar, esta vez con más firmeza. Me miró con una risa nerviosa, sosteniendo aquella cosa enorme entre los dedos, fingiendo no saber qué hacer.

Sabía perfectamente qué hacer. Empezó a moverla despacio, arriba y abajo, y en cuestión de segundos aquel músculo empezó a despertar. No creció demasiado en largo —ya en reposo era impresionante—, pero ganó un grosor y una dureza que solo había visto en el porno, y en el porno ni siquiera tan a menudo. El silencio se hizo absoluto. Yo desaparecí del cuarto. En el universo solo quedó mi mujer pajeando lentamente una verga desconocida.

Casi sin darse cuenta, se llevó la mano izquierda al pecho por encima de la blusa. Se acariciaba un pezón mientras la otra mano marcaba un ritmo cada vez más confiado. Me miró una sola vez, al principio, buscando una última señal. Después, sus ojos se quedaron clavados en aquel pene, como hipnotizados.

—¿Estás seguro de esto? —preguntó al final, sin soltarla.

Era ella la que ahora me devolvía el ultimátum. Si yo decía una palabra, todo terminaba ahí. Tenía celos, tenía miedo, tenía un nudo en la garganta. Y tenía la verga durísima dentro del pantalón. Asentí con la cabeza.

Marina sonrió. Tomó el lazo de regalo con dos dedos, tiró de la cinta y dejó que cayera al suelo. Después siguió pajeándola, ahora con las dos manos. Se acercó esa carne ajena a la cara, se la frotó por la mejilla, se acarició los labios con el glande sin metérselo todavía. La imaginé sintiendo el olor a otro hombre, el calor distinto, la textura nueva. Se desabrochó dos botones de la blusa, se metió la mano libre por dentro y empezó a apretarse una teta. Aquella escena no era para mi verga, pero el espectáculo era todo mío.

***

El siguiente paso era inevitable. Sin dejar de mirarme, abrió la boca y se metió solo el glande. Esa mirada la conocía de memoria: era la misma mirada con la que, desde hacía años, me hacía perder la cabeza cada vez que se arrodillaba frente a mí. La diferencia ahora era brutal: lo que tenía entre los labios no era mío, la mamada era para otro, pero la mirada seguía siendo para mí. Me dolía y me ponía a mil al mismo tiempo. No había vuelta atrás.

Se quitó la blusa de un tirón. Nunca usaba sujetador. Las tetas le quedaron al aire, pesadas y firmes, balanceándose mientras se esforzaba por abrir la boca todo lo que podía para abarcar la punta de aquella verga. Tomó aire, se la sacó, la sopesó como quien admira una pieza de coleccionista, y miró alrededor buscando algo. Encontró un cojín tirado en el sofá, lo puso en el suelo, se arrodilló sobre él como en misa, y empezó la liturgia en serio.

La metía cada vez más adentro, ya no solo el glande. La saliva empezó a caerle por la barbilla y a chorrearle entre los pechos. Con una mano sostenía la base, con la otra se untaba el pecho con su propia baba, se apretaba los pezones, se masajeaba. Yo no aguanté más: me bajé el pantalón y empecé a masturbarme de pie, contemplando aquella misa pagana que ella oficiaba con una devoción que me hubiera puesto celoso si no fuera porque la había puesto yo. Pensé en acercarme y darle la posibilidad de hacer una doble mamada, pero no. Aquel rato era sagrado. No se podía interrumpir.

***

Estuvimos así un buen rato. Marina entraba y salía de un trance suave: a veces sacaba la verga y la lamía de arriba abajo, jugaba con los huevos depilados que asomaban del agujero, se bajaba la mano libre a la entrepierna y se acariciaba por encima de las bragas. Después volvía a meterse la verga hasta donde podía, casi atragantándose, se soltaba con un jadeo, sonreía con la barbilla brillante, y volvía a empezar.

En un momento se levantó, se desabrochó la falda, dejó que cayera, se quitó las bragas y se quedó solo con las medias y los tacones. Volvió a arrodillarse. Ahora se metía dos dedos mientras intentaba bajar más profundo aquella carne, se quedaba unos segundos con medio miembro tocándole la garganta y se obligaba a aguantar. Cada vez que se soltaba, jadeaba con una sonrisa de niña traviesa. Yo no podía creer lo que estaba viendo.

Me acerqué a ella sin meter mi propia verga en la escena. Me arrodillé detrás, le acaricié las tetas, el vientre, los muslos por dentro. Ella seguía mamando y masturbándose. Sabía que podía correrse cuando quisiera, pero le encantaba retrasarlo, jugar con su propio orgasmo como si fuera un caballo al que iba soltando rienda de a poco.

Tuve una idea. La hice incorporarse un poco sin que dejara de estar de rodillas, le pedí que abriera las piernas y me deslicé debajo de ella, boca arriba, con la cabeza entre sus muslos. Empecé a comerle el coño desde abajo mientras ella, encima, seguía con la mamada. Desde mi ángulo veía sus tetas balanceándose, su barbilla mojada, y aquella verga negra entrando y saliendo de su boca. De vez en cuando se la sacaba, se daba pequeños golpes en la cara con ella, se reía sola, la volvía a engullir.

Se corrió con aquel pene en la boca. Mi cara se llenó de su humedad, mi lengua sintió cómo el coño se le contraía. No se sacó la verga ni para gemir. Me parece un milagro que el desconocido del otro lado no se viniera en ese mismo instante, porque ella, cuando se corre con algo en la boca, aprieta de un modo que no perdona.

***

A Marina le encantaban las mamadas. No solo me la chupaba porque me quería: le ponía burrísima hacerlo. Por eso era la mejor. Y en aquel cuarto rojo lo estaba demostrando con un examen práctico que ningún tribunal podría haber aprobado dos veces.

Después de su orgasmo decidí que también me tocaba a mí. Me salí de debajo, terminé de quitarme la ropa, me arrodillé detrás de ella y la penetré sin aviso. Estaba empapada, tibia, abierta. Sus jadeos quedaban ahogados por la verga que seguía teniendo en la boca. La embestí con ganas, casi con rabia, queriendo recordarme a mí mismo que esa mujer seguía siendo mía. Pensé en lo obvio: si querría meterse aquel monstruo dentro, si llegaría a empalarse con esa cosa. No pude saberlo, porque me interrumpió.

—Va a venirse —dijo, sacándosela un segundo de la boca.

Como mamadora de oficio, sabía lo que decía. Me salí de ella, respeté la liturgia, me puse de pie y me limité a mirar. Marina lo masturbó con la boca abierta y la lengua afuera, apoyando el glande sobre ella. El desconocido se vino primero despacio, un primer chorro tibio sobre la lengua. Después eyaculó como un animal: ella cerró la boca pero no apartó la cara, escupió un poco para que la corrida le bajara por las tetas, y siguió pajeando mientras dibujaba líneas blancas sobre su piel. Del otro lado de la pared se oyeron, por primera vez, unos gemidos roncos.

Cuando él terminó, ella bajó el ritmo hasta detenerse. Apretó la base, asomó una última gota, la lamió hambrienta, y soltó la verga con suavidad. Aquel pene se quedó suspendido un instante, perdiendo erección, y volvió a desaparecer despacio en la oscuridad del agujero.

Marina jadeaba feliz, brillante de saliva, sudor, semen y sus propios flujos.

—Gracias —me dijo, restregándose la corrida por las tetas como si fuera crema.

Me acerqué decidido y no hizo falta hablar. Se la metí en la boca casi sin avisar, prácticamente se la follé con la cara. Ella, todavía de rodillas con las piernas abiertas, se masturbó a toda velocidad. Me corrí en su garganta un segundo antes de que ella llegara a su segundo orgasmo. Esta vez no escupió nada. Se lo tragó entero, con los ojos cerrados y la respiración entrecortada.

***

Nos dejamos caer al suelo. Marina se acostó de espaldas sobre la moqueta gastada y yo me tendí a su lado. Nos abrazamos con los ojos cerrados. El cuarto olía a sexo, a esperma, a perfume mezclado con sudor. Por un momento no dijimos nada.

Cuando abrí los ojos miré hacia el agujero de la pared. Solo quedaba el hueco oscuro. El dueño de aquella verga ya se había marchado, sin un nombre, sin una cara, sin una palabra. Como si nunca hubiera estado.

Hasta el día de hoy, aquella sigue siendo la noche más extrema que vivimos juntos. Marina la nombra de vez en cuando, casi siempre en susurros, casi siempre cuando ya estamos en la cama y la luz está apagada. No sé si volveremos a hacer algo parecido. Sí sé que el regalo le gustó.

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Comentarios (9)

Fernandito99

que relatazo!!! me dejo sin palabras

MarceloRdp

Por favor una segunda parte, quede pensando en como siguio todo despues. Demasiado bueno para terminarse ahi

ValentinaR33

me recordo a una situacion parecida que vivi con mi pareja, aunque mucho menos extrema jaja. Muy bien narrado, se siente real

lecturaNocturna

increible!! sigue escribiendo por favor

MatiasMDP

Como reacciono ella despues? seria buenisimo saber que paso al otro dia entre los dos

SantiagoVera

Tiene esa mezcla de suspenso y emocion que te engancha desde la primera linea. Muy buen relato, saludos

Caro_85

jajaj el giro que da el relato no me lo esperaba para nada, tremendo

Luciana_ok

Que manera de contar una historia... se siente real, como si lo estuvieras viviendo. Mas asi por favor!

TomVargas

el titulo cobra otro sentido al leerlo completo, muy bien pensado

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