La noche que mi marido me convenció para cruzar el límite
Hay confesiones que solo se cuentan en la oscuridad, susurradas a la pareja entre risas nerviosas. Esta no se la había contado a nadie hasta ahora. La pongo aquí para soltarla, supongo. O para releerla dentro de unos años y reconocer a la mujer que fui esa noche.
Mi marido se llama Iván. Llevamos casi diez años juntos y, desde el verano pasado, nuestra cama dejó de ser solo nuestra. Él fue quien lo propuso, una tarde cualquiera, mientras tomábamos café con vino en la cocina. Dijo que llevaba meses imaginándome con otros y que la idea le quitaba el sueño. Me sorprendió menos de lo que tendría que haberme sorprendido.
El primer trío fue con Damián, un compañero del gimnasio al que llevábamos mirando juntos desde febrero. El segundo, con Damián otra vez y con Tobías, su mejor amigo. A partir del tercero perdí la cuenta. Mi cuerpo aprendió deprisa lo que mi cabeza tardaba más en aceptar: que se podía disfrutar de cosas que la antigua yo, la de los primeros noviazgos, no se habría atrevido ni a buscar en internet.
Nada de eso, sin embargo, me preparó para la noche que voy a contar.
***
Era un domingo de octubre. Iván estaba más callado de lo normal durante la cena. Yo lo conozco demasiado: cuando se queda así, mirando el plato, removiendo la pasta con el tenedor, es porque está dándole vueltas a algo que no sabe cómo decir.
—Suéltalo —le dije, sirviéndome la última copa de tinto.
—Es una idea. Si te parece una locura, dilo y se acabó.
—Iván, suéltalo.
—Quiero veros a los tres otra vez. Pero esta vez quiero verlos hacerte una doble. La de verdad. Los dos a la vez.
Dejé el tenedor en el plato. Sentí el rubor subiéndome desde el cuello hasta las orejas y un cosquilleo en otro sitio que no voy a fingir que no estaba ahí. Mi cabeza dijo «de ninguna manera». Mi cuerpo ya me estaba traicionando.
Eso es imposible. Eso te va a romper.
Pero, mientras lo pensaba, una parte tonta de mí ya se preguntaba cómo se sentiría.
—No te contesto ahora —le dije.
—No te he pedido que me contestes ahora.
Esa noche no dormí. Iván sí, abrazado a mi espalda, con una respiración suave y rítmica que me pareció una pequeña crueldad. Yo me quedé mirando al techo, intentando decidir si lo que sentía era miedo, deseo o las dos cosas mezcladas en una sola sustancia que me ardía en el bajo vientre.
***
Tardé tres días en darle una respuesta. Y la respuesta fue una pregunta.
—¿De verdad crees que se puede hacer sin que termine yo en urgencias?
—Si lo preparamos como hay que prepararlo, sí. Si no, lo dejamos en una idea bonita y ya está.
Lo prepararía bien. Eso era Iván: meticuloso hasta para lo más sucio. Compró lubricante a granel, de ese de silicona espeso que no se seca. Compró una colección de plugs anales por tamaño, en orden ascendente, y los puso en fila dentro del cajón como quien colecciona herramientas. Yo me reía y me ponía nerviosa al mismo tiempo.
Empezamos con el más pequeño. Dormía con él puesto. Al cabo de tres noches subí al siguiente. Cada dos o tres días, otro talla más. Por las mañanas, antes del trabajo, Iván me lo metía mientras me besaba el cuello y me susurraba al oído cosas que prefiero no repetir aquí. Me iba a la oficina con esa presión leve recordándome lo que estaba aceptando hacer. Cruzaba las piernas frente a clientes y compañeros, agarrando el café, sintiéndome una mujer distinta debajo de la falda.
Dos semanas. Eso fue lo que tardé en pasar por todos los plugs sin dolor. La noche que conseguí dormir con el más grande puesto, Iván me despertó al amanecer.
—Estás lista —dijo, como si me hablara de un examen.
***
Llamó a Damián y a Tobías un viernes a media tarde. Yo escuché la conversación desde el sofá, fingiendo que leía. Mi marido tiene la facilidad para hablar de estas cosas con la naturalidad con la que otros pactan una partida de pádel. Cuando colgó, vino, me besó en la frente y me dijo, casi en un susurro:
—El sábado a las diez.
El sábado me desperté con un nudo en el estómago. Me depilé con más cuidado del que recordaba haber tenido nunca. Comí poco. Bebí menos. Iván me preparó un baño caliente con sales por la tarde y se quedó sentado en el borde de la bañera mientras yo me dejaba flotar.
—Si quieres parar, paramos. En cualquier momento. Sin discusión.
—Lo sé.
—Repítelo.
—Si quiero parar, paramos.
Me besó en los labios. Por un instante, en ese baño, fuimos otra vez la pareja que se había prometido fidelidad un domingo de mayo de hacía diez años. Y al instante siguiente, dejamos de serlo.
***
Damián y Tobías llegaron a las diez y dos minutos. Damián trae siempre una sonrisa que parece pensada para tranquilizar a las mujeres asustadas. Tobías, en cambio, tiene una mirada que no tranquiliza nada. Es más grande, más serio. Habla menos. Se le notan los músculos incluso debajo de una camiseta de manga larga.
Iván los recibió con whisky. Yo bajé en bata, sin nada debajo, descalza, y noté las miradas de los dos clavarse en mí antes de saludarme. Tobías me besó en la mejilla más despacio de lo que se besa a una amiga.
—¿Estás segura? —me preguntó Damián, en voz baja, mientras Iván servía la segunda copa.
—Estoy segura —contesté, y al oírme la voz, lo creí.
Subimos al cuarto. Iván había puesto toallas grandes sobre la cama y dos lámparas pequeñas en las mesillas, suficientes para verlo todo sin convertir el dormitorio en una sala de quirófano. La cámara estaba en el trípode, en la esquina, ya encendida. Iván me había avisado: era para nosotros, para verla los dos a solas alguna noche, no salía de allí. Confío en él en esto, igual que confío en él para todo lo demás.
Nos desnudamos sin prisa. Damián y Tobías me besaron a la vez, uno por delante y otro por detrás, las manos pasándome por sitios que ya conocían. Iván se sentó en la butaca de cuero, frente a la cama, en calzoncillos, mirando.
—Tomaos el tiempo que haga falta —dijo.
***
Empezaron por lo de siempre. Damián me comió como come él, con paciencia, leyendo cada respuesta de mi cuerpo. Tobías se ocupó del culo: lengua, dedos, más lubricante, otro dedo, otro más. Yo estaba tan mojada como nerviosa, y eso es decir mucho. Cuando el segundo dedo entró sin esfuerzo, miré a Iván. Tenía los ojos brillantes. No se estaba tocando todavía. Quería esperar.
Tobías se tumbó de espaldas y me pidió que me sentara encima. Lo hice despacio, con la mano de Damián guiándome la cadera, dejando que su polla entrara en mi culo a un ritmo que decidí yo. Sentí cada centímetro. Cuando llegué hasta abajo, me quedé quieta sobre él, respirando hondo. Tobías me sujetó las caderas y me besó las clavículas. Mi cabeza ya empezaba a flotar.
—Damián —oí decir a Iván, y no era una orden, pero tampoco era cualquier cosa.
Damián se colocó detrás de mí. Echó lubricante, mucho, y frotó la cabeza de su polla contra el borde de mi ano ya ocupado. Apreté los párpados.
—Mírame —me dijo Tobías, levantándome la barbilla con dos dedos.
Lo miré. Damián empujó.
El primer empujón no entró. Tampoco el segundo. Damián se retiró, añadió más lubricante, volvió. Yo respiraba como me había enseñado Iván, lento, profundo, como si estuviera haciendo yoga en lugar de lo que estaba haciendo. Al tercer intento, sentí cómo mi cuerpo cedía. La cabeza pasó. Me oí gritar, pero un grito que era mitad protesta, mitad alivio.
—Quietos —pedí, con la voz rota.
Se quedaron quietos los tres. Iván dio un paso adelante, se acuclilló junto a la cama, me apartó el pelo de la frente.
—¿Estás bien?
—Estoy bien. Dame un segundo.
Me concedieron ese segundo. Y otro. Y otro más. Fue el silencio más raro de mi vida: los cuatro callados, dos hombres dentro de mí esperando, un tercero acariciándome la cara. Fuera, un coche pasaba por la calle y aceleraba en la curva. Dentro, yo estaba aprendiendo lo que mi cuerpo era capaz de aceptar.
—Seguid —dije al fin.
***
Empezaron a moverse despacio, alternando. Cuando Tobías se hundía, Damián se retiraba un poco; cuando Damián entraba más, Tobías se quedaba quieto. El roce de sus dos pollas, separadas apenas por una pared de carne mía, me hizo gemir desde un lugar que yo no sabía que existía. No era el placer de antes. Era otra cosa: una intensidad que iba subiendo en escalones, cada uno más alto que el anterior.
Iván volvió a su butaca. Desde allí me hablaba.
—Mírate. Mira lo que estás aguantando.
—Ya no aguanto, Iván… Ya estoy disfrutando.
Me oí decir eso y casi me reí. Era verdad. El miedo se había transformado, durante esos minutos en silencio, en otra cosa. Mi cabeza dejó de calcular y mi cuerpo tomó el mando. Me agarré del cuello de Tobías y empecé a moverme yo, marcando el ritmo, abriéndome más, exigiendo más.
—Más rápido —les pedí—. Más fuerte.
Damián gruñó algo que no entendí y me obedeció. Tobías me sujetó de la nuca y me besó con una violencia que solo había recibido de él una vez antes. Mi piel ardía. Mi pelo se me pegaba a la frente. Las lágrimas que tenía en los ojos no eran de dolor: eran de esa cosa indecible que pasa cuando una se rinde del todo.
Me corrí sin tocarme. No sabía que se podía. Fue un orgasmo distinto a todos los que había tenido, más lento al empezar y más largo al terminar, y me dejó temblando entre los dos cuerpos como si me hubiera atravesado una corriente.
—Joder —oí decir a Iván, en un susurro.
***
Tobías se corrió primero. Lo sentí dentro, caliente, en oleadas, mientras me apretaba la cintura con las dos manos. Damián aguantó unos segundos más, gruñendo, y se vació también. Cuando salieron, despacio, los dos, oí mi propio cuerpo en un sonido que prefiero no describir en detalle. Iván se acercó con una toalla limpia. No dijo nada. Me limpió como se limpia a alguien a quien se quiere de verdad.
Damián y Tobías se vistieron en el baño. Cuando bajaron a la cocina, Iván fue con ellos. Yo me quedé sola en la cama, mirando el techo, sintiendo el cuerpo entero como si volviera de muy lejos. Oí a los tres hablar abajo, en voz baja, y un par de risas masculinas suaves que ya no me sonaron como amenaza.
Cuando Iván volvió, traía un té y un ibuprofeno. Se metió en la cama vestido y me abrazó por detrás. Estuvimos así, sin hablar, mucho rato.
—¿Estás bien? —me preguntó al fin.
—Estoy más que bien.
—¿Lo volverías a hacer?
Lo pensé. Lo pensé de verdad.
—Algún día. No mañana.
Sonrió contra mi nuca. Se durmió antes que yo.
***
Han pasado cuatro meses. Caminé raro tres días, eso es verdad, y aprendí a sentarme con cuidado en las sillas duras de las reuniones. Pero también aprendí algo más, y es lo que me hace querer dejar este texto en algún sitio: lo que más me sorprendió de aquella noche no fue el sexo. Fue la confianza. Que tres hombres me estuvieran esperando cuando pedí un segundo de pausa. Que el mío me limpiara con la toalla limpia. Que ninguno se aprovechara de un cuerpo que estaba rendido.
A veces vemos el vídeo, los dos solos, a oscuras. Iván se pone duro al primer minuto. Yo me reconozco a ratos y a ratos no. Cuando termina, me abraza por detrás y me pregunta lo mismo que aquella noche.
—¿Estás bien?
—Estoy más que bien —contesto.
Y es la respuesta más honesta que he dado en mi vida.