Confesión de un detective: la viuda del crimen
Lo voy a contar como pasó, sin maquillarlo. Llevo veintidós años en homicidios y nunca había roto una sola regla. Aquella llamada de un viernes lo cambió todo.
Eran pasadas las diez cuando sonó el móvil. La voz de un patrullero al otro lado.
—Inspector Mendoza, doble homicidio en el 482 de la calle Almendros. La forense ya está allí.
Conduje hasta la urbanización con la radio apagada. Almendros era una calle sin salida con cuatro mansiones que parecían sacadas de una revista de decoración. Los agentes interrogaban a los vecinos en la acera de enfrente y, en la entrada, me esperaba la subinspectora Soledad Romero, mi forense de confianza, vestida con el mono blanco de escena.
—Arriba, jefe. Dormitorio principal. La viuda está en el estudio.
Subí los escalones de mármol y me detuve en el umbral. Llevo dos décadas viendo cuerpos y todavía hay un par de segundos en los que el estómago se me cierra. Sobre la cama, dos personas desnudas. El hombre, de unos cincuenta años, sujetaba con la mano derecha un cuchillo de cocina hundido en el pecho de la mujer que tenía debajo. En la espalda de él, seis o siete puñaladas profundas. La habitación olía a alcohol, a sudor de follada reciente y a algo dulzón, miedo viejo. La abogada muerta seguía con las piernas abiertas y el coño empapado del semen del tipo que la había apuñalado.
—¿Qué tienes, Romero?
—Dos horas distintas de defunción. Ella murió primero, sobre las nueve. Él, una hora y media después. Esto es un montaje, jefe. Lo del cuchillo en su mano lo colocaron tarde, casi se les pasa.
Me agaché junto a la cama. En el suelo, garabateadas con sangre, había dos letras: una C y una B.
—¿Carmen Belmonte? —pregunté.
—Eso parece. Y la mujer que tienes en el estudio, la viuda, se llama así. Tiene una herida contusa en el cuero cabelludo. Alguien alto la golpeó por la espalda. Le he vendado, pero necesita sutura.
Bajé al estudio. Carmen Belmonte fumaba en un sillón orejero, recta como una vara de bambú. Cuarenta y siete años, melena oscura todavía mojada, los ojos secos. Me miró de arriba abajo antes de hablar, como si valorara si valía la pena perder tiempo conmigo.
—Detective Diego Mendoza, señora. Le agradecería un par de respuestas.
—Adelante.
—¿Qué pasó esta noche?
—Le sugerí a mi marido que invitara a Victoria Salas a casa para celebrar una sentencia favorable. Ella era abogada de su despacho. Cenamos los tres. Cuando acabé de recoger la mesa, habían desaparecido. No me costó encontrarlos. Estaban arriba, desnudos. Eduardo había clavado el cuchillo en el pecho de esa mujer y, según lo veía, alguien le había apuñalado por la espalda mientras él la follaba. Bajé a llamar a emergencias y entonces alguien me golpeó.
—¿Sabía usted de la aventura de su marido?
—Por supuesto. Llevaba meses alardeando de la polla que le metía a la abogada.
—¿Y no le importaba?
Esbozó una sonrisa que no era sonrisa.
—Hace mucho que follar dejó de interesarme, detective.
Me marché con esa frase clavada como una astilla. No le creí ni una palabra.
***
El sábado por la mañana regresé a la mansión con dos agentes. En el porche, junto a una maceta de geranios, encontré algo que centelleaba a contraluz: un pendiente de plata con forma de media luna. Lo guardé en una bolsa, marqué la fecha y salí a recorrer la cuadra.
Los Belmonte tenían tres vecinas: Beatriz Aguilar, Lorena Castaño y Roxana Vidal. Las tres habían pasado la tarde juntas en casa de Beatriz mientras los maridos cenaban fuera. Las tres aseguraron haber oído un grito hacia las nueve y media. Las tres se enredaron en cuanto pregunté por las llaves.
—A mí me dieron una copia hace tiempo —admitió Lorena Castaño, demasiado rápido—. Para regar las plantas cuando se iban a la sierra.
Apunté el dato. Una cuadra cerrada. Una llave que circulaba. Una viuda tan fría como un cuchillo limpio.
—Soledad —llamé a Romero por teléfono al volver al coche—. Necesito huellas en el cuchillo y un perfil de quién apuñaló al marido.
—Ya lo tengo. La diferencia entre las dos muertes es de diez minutos. Eduardo mató a Victoria, sin duda. Y a Eduardo lo mató una mujer, diestra, fuerza media, joven. La cantidad de heridas y la profundidad: rabia, celos. No fue la viuda.
—¿Cómo lo sabes?
—Carmen es zurda. Eso, por cierto, no lo pongas todavía en el informe oficial.
Esa frase también se me quedó. «No lo pongas todavía en el informe oficial». Soledad y yo nos conocíamos hacía siete años y jamás me había pedido callar nada.
***
El lunes solicité órdenes preventivas contra Beatriz Aguilar y Lorena Castaño por complicidad. Se presentaron con sus abogados noventa minutos después, junto con sus maridos. Lorena soltó un detalle absurdo durante el interrogatorio: dijo que esa noche no se había movido de casa de Beatriz, pero un vecino de la cuadra contigua la había visto cruzar el jardín de los Belmonte hacia las diez. Suficiente para una orden de registro.
En el escritorio de Lorena encontré una llave nueva, sin llavero, que coincidía con la cerradura de los Belmonte. En el cobertizo, debajo de unas lonas, una tubería de cobre con sangre seca. Le puse las esposas en su propio salón mientras su marido lloraba sin entender nada.
El registro siguiente fue en casa de Beatriz. La hija mayor, Renata, dieciocho años recién cumplidos, abrió la puerta con cara de no haber dormido. Encontré el segundo pendiente —el de media luna— sobre la cómoda de su cuarto. Cuando bajé y se lo enseñé a su madre, Beatriz se desplomó sobre el sofá. La hija no.
—¿De quién es este pendiente, Renata?
—Mío.
—¿Cómo terminó en el porche de los Belmonte?
—Se me cayó.
—¿Esa noche?
Asintió.
***
El interrogatorio de Renata duró cuatro horas. Su abogado se presentó tarde y ella, contra todo consejo, habló. Dijo que Eduardo Belmonte y ella eran amantes desde hacía siete meses, que la había desvirgado en el mismo cobertizo donde ahora había aparecido la tubería, que se dejaba follar por él en cualquier rincón, con la boca, con el coño y con el culo, cada vez que él se lo pedía. Dijo que esa noche había entrado por la cocina con la copia que su madre guardaba para Lorena. Dijo que oyó a Eduardo gritarle a Victoria, entre embestidas, que era la única mujer que había querido en su vida y enloqueció. Subió, esperó a que él la apuñalara mientras seguía dentro de ella y entonces cogió el cuchillo y lo clavó por la espalda hasta que dejó de moverse encima del cadáver de la abogada. Antes de salir, escribió las iniciales C. B. con sangre en el suelo, para incriminar a la viuda.
El jurado tardó cuarenta y cinco minutos en condenarla. Veinte años con posibilidad de condicional a la mitad de la pena. Beatriz y Lorena cayeron por encubrimiento. Carmen testificó como testigo principal, vestida de luto riguroso, recogida y digna. No nos miramos hasta el último día.
Cuando salí del juzgado le guiñé un ojo desde la escalinata. Ella no me devolvió la sonrisa hasta que se subió al coche.
***
Esperé tres meses antes de tocar el timbre del 482 de Almendros. Tres meses de silencio absoluto, los necesarios para que ningún juez ni ningún periodista pudiese unir los puntos. Tres meses pensando en ella cada vez que cerraba los ojos, con la polla dura debajo de las sábanas y la mano trabajándomela hasta correrme imaginándome su boca.
Cuando abrió la puerta, casi se me cae el aire al suelo. Camisón de raso negro, corto, con un escote que enmarcaba un busto operado con buen gusto, dos tetas grandes y firmes que se le movían solas debajo de la seda. Tacones de aguja que no eran para andar. El pelo recogido en un moño deshecho a propósito. Y los ojos verdes, no azules como yo había creído al principio.
—No esperaba verle tan pronto, detective.
—Diego —corregí—. Esta noche soy Diego.
Pasé delante de ella adrede, para que entendiese que esa noche no había placa. Cerré la puerta. Una canción latina sonaba desde un altavoz al fondo del salón. Olía a velas de higo y a algo más íntimo, perfume puesto media hora antes y coño limpio.
—¿Vino? —ofreció.
—Después.
Se rió bajito. La agarré por la cintura antes de que llegara a la mesa y la apoyé contra la pared del recibidor. Carmen no se sorprendió. Llevaba semanas esperándome igual que yo a ella.
***
La besé despacio, midiendo, dándole margen a parar. No paró. Me metió la lengua hasta la garganta y me mordió el labio de abajo hasta hacerme sangre. Sus dedos subieron por mi camisa y reconocieron uno a uno los tatuajes del antebrazo, después bajaron a mi cinturón y me apretaron el bulto por encima del pantalón con una fuerza que no me esperaba de una mujer de cuarenta y siete años.
—La tienes dura —murmuró contra mi boca—. Como pensaba.
Le bajé los tirantes del camisón y las tetas cayeron al aire con los pezones ya duros, oscuros, gordos. Le agarré una con la boca y se la chupé entera, tirando con los dientes, y ella me estampó la cabeza contra su pecho para que no parara. Le subí el bajo del camisón y descubrí que no llevaba bragas. Le pasé dos dedos por el coño y estaba tan mojada que me chorreó hasta la muñeca.
—Empapada, Carmen. Llevás meses esperándome.
—Cállate y súbeme al dormitorio.
La llevé al dormitorio sin soltarle la cintura. Sobre la mesilla, junto a la lámpara, había un frasco nuevo de gel a base de silicona. Lo había comprado esa misma tarde, lo supe luego. Lo había comprado para mí, para que le follase el culo por primera vez en veinte años.
—Túmbate —le pedí.
Se tumbó de espaldas, se abrió el camisón y se abrió las piernas ella misma, sin vergüenza, mostrándome un coño depilado, hinchado, con los labios brillantes y separados por lo mojada que estaba. Me arrodillé al borde de la cama y bajé a comerle el sexo igual que se come fruta caliente. Le pasé la lengua entera desde el culo hasta el clítoris, despacio, chupándole todo el jugo. Ella soltó un gemido ronco y me agarró de las orejas.
—Ahí, papi. Ahí mismo. No pares.
Le clavé la lengua en la entrada del coño y se la metí lo más adentro que pude, follándola con la boca mientras le apretaba el clítoris con el pulgar. Carmen no era de las que actúan; cuando se sacudió contra mi boca por primera vez, fue porque se había olvidado de respirar. Sentí cómo se le contraía el coño alrededor de mi lengua y cómo me llenaba la barbilla de flujo caliente. Le sujeté los muslos abiertos, no le dejé cerrarlos, y le chupé el clítoris hasta el segundo orgasmo, que le bajó desde el pecho hasta los tobillos y le hizo temblar los muslos como si tuviera fiebre.
—Ven —jadeó tirándome del pelo—. Ven aquí, quiero mamártela antes.
Subí a la cama, me arrodillé sobre su cara y le acerqué la polla a la boca. Carmen abrió los labios y me tragó entera del primer movimiento, hasta el fondo, hasta que sentí el nudo de su garganta en la punta. Me miraba desde abajo, con los ojos verdes muy abiertos, y no soltaba. Chupaba con las mejillas hundidas, sacando saliva a chorros, y me la escupía por los huevos, que después lamía uno por uno. Le agarré el moño deshecho, se lo apreté como una brida y empecé a follarle la boca despacio, entrando y saliendo, viendo cómo la baba le corría por la barbilla y le caía al cuello.
—Así, Carmen. Ahogate un poco. Eso es.
Le dejé la polla hundida hasta el fondo cinco segundos, hasta que empezó a arcadear, y se la saqué de golpe para que respirara. Ella tomó aire, tosió y me volvió a agarrar la verga con las dos manos.
—Métemela ya. Rómpeme.
Me bajé de su cara, le abrí las piernas hasta arriba, le agarré los tobillos y se los puse sobre mis hombros. Le apoyé la punta en la entrada del coño, muy mojada, muy caliente, y empujé de una sola embestida hasta que le di con los huevos en el culo. Carmen gritó, un grito de verdad, y se agarró a las sábanas con las dos manos. La penetré despacio las tres primeras veces, mirándola a los ojos, observando cómo se le rompía la compostura por primera vez en cuatro meses. La viuda fría del estudio había desaparecido. Debajo de mí solo había una mujer madura que se había olvidado de cómo se respiraba con una polla dentro.
—Más fuerte, Diego. Más fuerte, joder.
Empecé a follarla a un ritmo brutal, clavándomela hasta el fondo, sacándomela hasta la punta y volviendo a hundírsela sin piedad. Las tetas le rebotaban contra el pecho, se le pusieron rojas del roce, y ella no dejaba de gritar «así, así, cabrón, así te quería». Le solté los tobillos, le di la vuelta y la puse a cuatro patas al borde de la cama. Le agarré las caderas con las dos manos y la volví a ensartar por detrás, mirándole el culo blanco temblando cada vez que le empujaba.
Con el pulgar mojado en su propio flujo empecé a acariciarle el ojete. Carmen no se apartó. Al contrario, arqueó la espalda y sacó el culo hacia mí, ofreciéndomelo.
—¿Estás lista? —pregunté apartándome.
Entendió a qué me refería. Cogió ella misma el frasco de gel, vertió una cantidad generosa en mi mano y otra sobre su propio culo, dejando que el aceite le resbalara por la raja hasta empapármela a mí también. Se puso de rodillas en el calzador del rincón, apoyando el torso sobre el respaldo. Arqueó la espalda como una gata vieja que se acuerda de cómo cazar y separó las nalgas con las dos manos, enseñándome el ojete apretado, brillante de gel.
—Despacio, papi —murmuró con voz infantil—. Hace años que nadie me lo mete ahí.
—Tranquila. Sé lo que hago.
Le preparé el camino con los dedos, primero uno, después dos, después tres, girándolos, abriéndolos, notando cómo el músculo se iba rindiendo. Ella respiraba hondo, jadeaba, empujaba hacia atrás pidiendo más. Le puse la punta contra el ojete y empujé despacio, ganando terreno milímetro a milímetro. Cuando entré, Carmen contuvo el aire y se mordió el antebrazo. Le dolió, lo supe por las lágrimas saladas que vi caer cuando le giré la cara hacia mí. Pero también supe, por la forma en que arqueó las caderas hacia atrás para tragarme entero, que el dolor formaba parte del juego.
—Toda dentro, Carmen. Ya la tenés toda.
—Fóllame, hijo de puta. Fóllame el culo hasta romperlo.
Empecé despacio y fui ganando ritmo. Le clavé las manos en las caderas y la separé del respaldo del calzador para llegar más adentro. El ojete se le abría y se le cerraba alrededor de mi polla cada vez que salía, chupándomela hacia dentro. Le pasé una mano por delante, encontré el clítoris y se lo froté al mismo ritmo con el que le follaba el culo. Carmen empezó a decir palabras que no había dicho en años —«puta, cerda, tu puta, la puta de tu polla»— y se vino tres veces seguidas, una detrás de otra, sin darle tiempo a recomponerse. Cada orgasmo le apretaba el culo alrededor de mi verga y me estrujaba tan fuerte que casi me hace acabar antes de tiempo.
Aguanté hasta que sentí que no podía más. Le agarré el moño deshecho, se lo tiré hacia atrás y le follé el culo con las últimas embestidas, brutales, hasta el fondo. Cuando me dejé ir dentro de ella, corriéndomele a chorros dentro del culo, le mordí el hombro y me derrumbé sobre su espalda. Le besé los hombros, el cuello, la nuca empapada. Se me salió despacio y vi cómo un hilo blanco de semen le bajaba por la raja del culo hasta el coño y de ahí goteaba sobre el calzador.
Lloró un rato sin hacer ruido. No de pena, sino de algo más complicado.
***
A media mañana del día siguiente sonó el timbre. Era Soledad Romero. Subió a la cocina sin esperar invitación, dejó un sobre sobre la encimera y aceptó el café que Carmen le servía con la naturalidad de quien ya conoce la casa.
—¿Todo bien? —preguntó Soledad guiñándole un ojo a Carmen.
—Todo bien —respondió ella—, gracias a ti.
Esto es lo último que voy a confesar. Carmen mató a Eduardo. Yo le entregué el plan en una servilleta de bar tres semanas antes y, cuando llegué a la mansión a las diez de la noche, ya estaba todo hecho: el cuchillo de Eduardo encajado en su propia mano izquierda, las puñaladas de Carmen en su espalda, las dos letras escritas con sangre en el suelo. Soledad falsificó la cronología en el informe forense, plantó el pendiente de Renata en el porche al amanecer y la tubería en el cobertizo de Lorena un sábado por la tarde, mientras los Castaño discutían en el jardín delantero. Renata sí era amante de Eduardo desde hacía siete meses, se dejaba follar por él a cambio de regalos, y eso bastó para que el jurado se la creyera entera.
Lo único que no esperábamos era que Eduardo matase a Victoria por su cuenta esa misma noche, con la polla todavía metida en su coño, sin que nadie se lo pidiera. «Solo lamento que el muy canalla la hubiese follado antes de matarla», me dijo Carmen meses después, sin dejar de removerme el café.
Llevo seis meses durmiendo en el dormitorio donde encontré los cuerpos, follándome a Carmen todas las noches sobre el mismo colchón. A veces, antes de cerrar los ojos, escucho el eco de aquel grito que la vecina aseguró haber oído a las nueve y media. No me deja dormir, pero tampoco me arrepiento.
Esa es la confesión.