La dependienta me cerró la cortina del probador
Hugo entró al centro comercial con la mochila de la facultad colgándole de un hombro y una lista mental de pendientes que lo empujaba a moverse rápido. Tenía veintidós años, estudiaba arquitectura en Valencia y llevaba dos semanas postergando la compra de unos vaqueros nuevos. Esa tarde de viernes había decidido escaparse de la última hora de proyectos para resolverlo de una vez. No tenía ningún plan más ambicioso que probarse tres pares y volver a casa antes de cenar.
La tienda de moda rápida del primer piso estaba llena. Adolescentes con bolsas de patatas fritas, parejas discutiendo qué chaqueta probarse, música electrónica a un volumen demasiado alto. Hugo caminó directo a la sección de hombre y empezó a revisar las perchas. Había un patrón que le gustaba: corte slim, tiro medio, lavado oscuro. Pero todas las tallas estaban revueltas y a la mitad de los modelos les faltaba la suya.
—¿Buscas algo en concreto? —preguntó una voz a su espalda.
Hugo se giró y se quedó un segundo de más mirando antes de contestar. La dependienta tenía el pelo recogido en una coleta alta, rizos negros que parecían tener vida propia. Tres aros pequeños en cada oreja. La placa del uniforme decía Nadima. La camiseta blanca de la tienda le quedaba ajustada de un modo que no podía ser reglamentario, marcándole las tetas grandes y firmes debajo, y la falda negra terminaba justo donde había que mirar y luego apartar la vista.
—Vaqueros. Cuarenta y dos —dijo él, intentando que la voz no le saliera más aguda de lo normal.
Nadima ladeó la cabeza y lo miró de arriba abajo sin disimular, deteniéndose un instante extra a la altura de la bragueta.
—Cuarenta y dos te quedan grandes. Tienes la cintura más estrecha de lo que crees. Ven, te enseño.
Lo cogió por el codo con una familiaridad que no se correspondía con dos extraños. Hugo se dejó llevar dos pasillos más allá, hasta una columna de pantalones que él no había visto. Olía a algo dulce, vainilla con una nota oscura debajo. No era perfume de tienda.
—Pruébate estos —dijo ella, sacando un par y un segundo de otro modelo—. Y estos también, por si acaso.
Le señaló con la barbilla los probadores, al fondo. Hugo entró en la cabina libre, cerró la cortina y se cambió en silencio. El primer par le quedaba justo en el punto medio entre cómodo y demasiado ajustado. Salió descalzo al pasillo central de los probadores para mirarse en el espejo grande.
Nadima estaba apoyada en la pared, con los brazos cruzados debajo del pecho, subiéndoselo aún más.
—Date la vuelta —ordenó.
Hugo obedeció, sintiéndose un poco ridículo. La cabeza de ella apareció reflejada por encima de su hombro en el espejo.
—Te marcan todo —dijo sin pestañear, con los ojos clavados en el bulto que se le empezaba a formar en la entrepierna—. Demasiado, casi. ¿Estás seguro de que esos son los que quieres?
Él tragó saliva. La sentía detrás, demasiado cerca, y de pronto era consciente de cada centímetro de su cuerpo bajo la tela. Se dio cuenta tarde de que se estaba poniendo dura, la polla creciéndole contra la costura del vaquero, y de que ella se había dado cuenta antes que él.
—Voy a probar otra talla —murmuró Hugo, cortándolo por lo sano y volviendo a meterse en la cabina.
Cerró la cortina y empezó a desabrocharse, intentando concentrarse en cualquier cosa que no fuera el calor en la nuca. Estaba a medio bajar el pantalón cuando la cortina volvió a moverse y ella entró sin pedir permiso.
—Shhh —dijo, llevándose un dedo a los labios—. Si nos pillan, te juro que la culpa te la cuelgan a ti.
El probador era estrecho. Dos personas dentro era una sola persona contada dos veces. Nadima cerró la cortina con la mano izquierda mientras con la derecha le terminaba de bajar la cremallera. Hugo no se movió. Tampoco se quejó.
—¿Sabes a cuántos os miramos durante el día? —dijo ella, con la voz baja y la boca demasiado cerca de su oído—. Entráis aquí mil tíos. Uno de cada cien me hace pensar lo que estoy pensando ahora mismo.
—¿Y qué estás pensando? —preguntó Hugo, y se odió un poco por preguntarlo.
—Que quiero saber a qué sabe tu polla —contestó ella al oído, mordiéndole el lóbulo—. Que llevo desde que has entrado imaginándome cómo se me pone en la boca.
Sonrió, un gesto rápido y casi predador, y le bajó los bóxers de un tirón. La verga saltó libre, tiesa, la punta ya brillante de una gota espesa. Nadima se la quedó mirando con la cabeza ligeramente inclinada, como si la estuviera calibrando. Luego la agarró por la base con la mano derecha, se la apretó y la sacudió despacio un par de veces, subiendo y bajando el prepucio.
—Bonita —dijo—. Gorda, además. No te la mereces todavía.
Se arrodilló en la moqueta áspera. Le pasó la lengua plana desde los huevos hasta el glande, muy despacio, como quien lame un helado que no piensa dejar caer. Hugo apretó los dientes para no hacer ruido. Cuando llegó arriba, cerró los labios alrededor de la punta y le chupó solo la cabeza, haciendo el hueco de las mejillas, sacándole otra gota que se tragó sin dejar de mirarlo desde abajo.
—Joder —susurró él.
—Shhh.
Volvió a abrir la boca y se lo metió entero, hasta el fondo, hasta que él sintió que se le hundía en la garganta. Se quedó ahí un instante, con la nariz pegada al vello del pubis y la garganta cerrada en torno a la polla, tragando saliva alrededor de la carne para que él sintiera el apretón. Luego empezó a moverse. No era torpe. No era apresurada. Era alguien que sabía exactamente cuánto presionar y cuánto soltar. Subía hasta la punta, hacía un giro de lengua bajo el glande, y volvía a bajar hasta el fondo con un chasquido húmedo. La saliva le empezó a caer por la barbilla y a resbalarle por los huevos de él.
—Joder —repitió Hugo, agarrándose con una mano al perchero metálico que sobresalía de la pared.
—Calla —murmuró ella entre lametones—. La cortina es fina.
Le cogió los huevos con la mano libre, los sopesó, se los apretó suave mientras seguía chupando. Con la otra mano le acariciaba el perineo. Por encima del rumor del centro comercial se oían pasos por el pasillo de los probadores. Una madre regañando a un niño. Una pareja discutiendo en alemán. Cada vez que las pisadas pasaban frente a su cubículo, Hugo se quedaba inmóvil, y Nadima se reía contra su piel sin sacarlo de la boca, haciéndole vibrar la polla con la carcajada ahogada. La música del techo cubría lo demás.
Se sacó la verga un momento, la sujetó contra su mejilla y le escupió encima antes de volver a metérsela. Ahora la mamaba más rápido, más profundo, con las dos manos ocupadas: una en los huevos, la otra masturbándole la base al ritmo de la boca. Hugo notaba cómo cada bajada le cerraba la garganta y cómo cada subida la abría con un gemido bajo que ella dejaba salir a propósito, para que él lo sintiera.
Cuando notó que estaba a punto, intentó apartarla con un gesto torpe.
—Voy a…
—Lo sé —contestó ella, y se lo metió todavía más al fondo.
Hugo se corrió mordiéndose el labio inferior hasta hacerse daño. Sintió cómo se le vaciaba en la boca en tres chorros seguidos, y cómo ella tragaba cada uno sin apartar la cara, con la garganta trabajándole alrededor de la punta. Nadima aguantó hasta el final, le chupó la última gota, y se levantó con calma. Se limpió la comisura con el pulgar, se chupó el dedo mientras lo miraba a los ojos, y abrió la boca para enseñarle que ya no quedaba nada.
—Rico —dijo—. Quítate todo.
—¿Aquí?
—Aquí.
Él obedeció antes de poder pensarlo. La camiseta. Los calcetines. Los vaqueros que ya no servirían para nada. Cuando estuvo desnudo, ella se quitó la camiseta del uniforme por la cabeza con un movimiento limpio, y luego la falda. Llevaba debajo un sujetador de encaje rojo y unas bragas a juego que no parecían pensadas para una jornada laboral. Se soltó el cierre del sujetador y las tetas le cayeron pesadas, los pezones oscuros ya duros. Se pellizcó uno mientras lo miraba.
—Me las puse esta mañana porque sí —dijo, leyéndole la cara—. A veces una se prepara sin saber para qué.
Lo empujó al suelo del probador. La moqueta era barata y áspera, pero a Hugo dejó de importarle hacía un buen rato. Nadima se sentó a horcajadas sobre su cara, apartó las bragas a un lado y le dejó claro lo que esperaba sin necesidad de instrucciones largas. Tenía el coño afeitado, hinchado, brillante de lo empapada que estaba. Hugo subió las manos hasta los muslos de ella, abrió la boca y la siguió donde le pidió ir.
—Más arriba —ordenó—. Más arriba… ahí. En el clítoris. Chúpamelo.
Él cerró los ojos y se concentró en el sabor, en el calor, en el peso de ella sobre su cuerpo. Le lamió el coño entero de abajo arriba, se demoró en la entrada, le metió la lengua todo lo que pudo, y volvió a subir hasta ese punto donde ella se removía sin poder evitarlo. Las uñas de Nadima se le hundían en el pelo cada vez que acertaba. Cada vez que se desviaba, le tiraba un poco para volver a centrarlo. Hugo aprendió rápido. Nunca había hecho nada así con tan poca conversación.
—Los dedos —jadeó ella—. Métemelos. Dos.
Hugo levantó la mano derecha, encontró la entrada resbalando en la humedad, y le metió el corazón y el anular hasta el fondo de un empujón. Ella se apretó alrededor de golpe, cerrándose sobre los dedos como un puño caliente. Empezó a bombear despacio, curvándolos hacia arriba, buscando la zona rugosa donde la sentía temblar. La lengua no dejó de trabajarle el clítoris ni un segundo. Nadima se movía sobre su cara, restregándose, follándole la boca como si fuera otra polla más.
Cuando se vino, lo apretó con los muslos hasta que él sintió que dejaba de oír. Los muslos se le cerraron sobre las orejas, el coño se le contrajo alrededor de los dedos en oleadas seguidas, y le chorreó por la barbilla y el cuello hasta el pecho. Tembló sin hacer apenas ruido, mordiéndose el dorso de la mano para no gritar. Tardó un minuto entero en separarse y un poco más en abrir los ojos.
—Levántate —dijo después, todavía con la respiración entrecortada.
Él se levantó. Estaba duro otra vez sin haber pensado en nada en particular, la polla erguida y goteando de nuevo. Nadima lo miró, asintió como si comprobara una tarea pendiente, y se dio la vuelta. Apoyó las manos en el banco bajito del probador, arqueó la espalda, sacó el culo, abrió las piernas y giró la cabeza por encima del hombro.
—Despacio al principio —avisó—. Si me haces gritar nos echan a los dos. Y métemela entera de una, no me toques con la punta que me pongo peor.
Hugo se acercó por detrás y la sujetó por la cadera con las dos manos. Tenía la piel caliente y la espalda tensa. Se pasó el glande por los labios del coño, arriba y abajo, empapándose en su humedad, y empujó. Entró de un solo movimiento hasta que las bolas le chocaron contra el clítoris. Nadima ahogó un gemido largo contra su propio antebrazo. El espacio entero del probador pareció hacerse todavía más pequeño. Él se quedó quieto un segundo, comprobando que ninguno de los dos se rompía, sintiendo cómo el coño le palpitaba alrededor de la polla, y luego empezó a moverse.
Salía casi entero y volvía a hundirse de un empujón seco. Cada embestida hacía que las tetas de ella se balancearan bajo su cuerpo y que el sonido húmedo de las caderas chocando se colara por debajo de la cortina. El compás se les fue acelerando solo. Hugo apretaba los dientes cada vez que ella se empujaba hacia atrás contra él, culo contra pelvis, ese chasquido de piel contra piel que ninguno de los dos podía disimular del todo. El espejo del fondo le devolvía su propia cara, irreconocible: la boca abierta, el cuello tenso, los ojos clavados en el punto donde su verga entraba y salía de ella brillante.
—Del pelo —pidió Nadima entre dientes—. Cógeme del pelo y fóllame más fuerte.
Hugo le agarró la coleta y tiró hacia atrás. Ella arqueó el cuello y él aprovechó para follársela con más ganas, con embestidas cortas y profundas, notando cómo el coño se le apretaba a cada bajada. Le pasó la mano libre por delante, entre las piernas, y le frotó el clítoris en círculos mientras seguía embistiéndola.
—Así, joder, así —susurró ella—. No pares.
Nadima estiró una mano hacia atrás y se la enredó en el muslo para que no parara. La otra se la llevó a la boca para no gritar. Hugo la sintió apretarse otra vez alrededor de la polla, un temblor que le empezaba muy adentro y se le iba abriendo por todo el cuerpo. Se corrió en su propia mano mordida y él siguió empujando, aguantando lo que podía, hasta que ella recuperó el aliento y giró la cabeza otra vez.
—No te salgas —pidió en voz muy baja—. Tomé pastilla. Quédate dentro. Lléname.
Hugo nunca había escuchado una frase con esa precisión. Se quedó dentro. Le dio tres embestidas más, cada una más profunda que la anterior, y se vino con la frente apoyada en la espalda de ella, el sudor mezclándose entre los dos, los muslos temblándole, vaciándose en oleadas dentro del coño que le seguía palpitando. Sintió cómo se derramaba, cómo se salía por los bordes y le empezaba a resbalar por los muslos a ella. Nadima se estremeció otra vez cuando lo notó dentro, y por una vez no le importó hacer un poco de ruido. Lo silenciaron las dos prendas apiladas contra la cortina.
Estuvieron unos segundos así, sin separarse, escuchando los latidos por encima de la música del altavoz exterior. Cuando Hugo por fin sacó la polla, un hilo espeso de semen le bajó por la cara interna del muslo a ella. Nadima se pasó dos dedos, se los llevó a la boca sin apartar los ojos de los suyos, y se los chupó despacio. Después se incorporó, le besó el hombro de pasada y empezó a vestirse con una rapidez profesional.
—Dame dos minutos antes de salir —dijo, ajustándose la falda—. Si nos ven juntos en la puerta del pasillo, mañana no tengo trabajo.
—¿Volvemos a vernos? —preguntó Hugo, todavía a medio vestir.
Nadima se giró con la mano en la cortina. Lo miró un rato sin contestar. Hugo creyó que la respuesta iba a ser que no.
—Mañana sábado libro —dijo al fin—. Si quieres, te paso la dirección. Pero esto ha sido la versión rápida. La versión lenta dura toda la tarde, y te aseguro que quiero comprobar qué tal follas cuando no te tienes que callar.
Le dictó un número de teléfono que él memorizó al vuelo, sin atreverse a sacar el móvil. Después salió del cubículo dejando solo el rastro de vainilla y un par de marcas rojas en la espalda de él.
***
Hugo terminó de vestirse con los vaqueros viejos. Los del probador estaban arrugados, manchados, claramente inservibles. Los dejó en el banco, junto al perchero, como si nada hubiera pasado allí. Cogió de la pila exterior otro par de la misma talla, los pagó en caja sin atreverse a mirar al chico que cobraba, y salió al pasillo del centro comercial con la sensación de que cualquiera podía leerle en la cara lo que acababa de pasar.
En el aparcamiento se sentó dentro del coche un buen rato sin arrancar. Tenía un mensaje pendiente de su compañero de piso preguntándole a qué hora volvía. No lo contestó. Sacó la cartera y miró el ticket: dos pares de vaqueros, talla cuarenta. Nadima había acertado a la primera.
Esa noche durmió poco. Se despertó dos veces convencido de que había soñado todo, y dos veces el olor a vainilla todavía estaba en la camiseta blanca arrugada al pie de la cama. Al día siguiente, sábado por la mañana, marcó el número que se había memorizado en el probador. Sonó tres veces antes de que ella contestara con una voz ronca de dormida.
—Sabía que llamarías hoy —dijo Nadima, y le dictó la dirección sin pedirle nada más.