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Relatos Ardientes

Entró tímida a la entrevista y salió siendo otra

Adriana tenía veintisiete años y la costumbre de mirarse al espejo demasiado tiempo antes de salir de casa. No era que se gustara más o menos que otras mujeres; era que nunca terminaba de reconocerse del todo. La melena oscura le caía hasta media espalda y los ojos color avellana le daban un aire que la gente confundía con misterio cuando, en realidad, era solo timidez. Llevaba años escondiéndose detrás de jerséis anchos y de trabajos discretos en los que casi nadie reparaba en ella.

Hasta que dejó de hacerlo.

Había llegado a esa decisión sin grandes dramas, sin discusiones, sin un detonante claro. Una mañana cualquiera, después de un café demasiado caliente y un correo demasiado frío de su jefe, abrió el portátil y rellenó el formulario de una agencia de modelos para adultos. Lo envió antes de poder arrepentirse. Pensó que nadie le contestaría. Una semana más tarde, le pidieron una entrevista.

El edificio estaba en una calle tranquila del centro, sin cartel a la vista, con un portero automático que pedía dos códigos antes de dejarla pasar. Adriana subió en un ascensor que olía a madera nueva, se miró en el espejo de pared y se prometió no echarse atrás. Las palmas de las manos le sudaban contra la carpeta donde llevaba dos fotografías y un currículum que de poco servía allí.

No voy a salir corriendo.

—Pasa, te estábamos esperando —dijo el hombre que abrió la puerta.

Tendría unos treinta y tantos. Camisa azul oscura, sin corbata, manos cuidadas. Se presentó como Mateo y le tendió la suya con una firmeza que a Adriana le pareció ensayada. Olía a un perfume que no supo identificar y que, durante el resto de la tarde, ella iba a asociar con cosas que todavía no tenían nombre.

—Adriana —respondió, dejando que él sostuviera la mano un segundo más de lo necesario.

La condujo a una sala alargada, con un sofá blanco y dos sillones enfrentados. Las cortinas estaban corridas a medias y la luz, dorada, caía en franjas sobre la moqueta. Mateo le ofreció agua, le pidió que se sentara y encendió una pequeña lámpara de mesa.

—¿Has hecho algo parecido antes? —preguntó.

—No.

—¿Por qué ahora?

Adriana se quedó callada. Tenía una respuesta preparada, ensayada en el metro, pero al escucharla en su cabeza le sonó hueca. Optó por encogerse de hombros.

—Quiero descubrir qué pasa si dejo de tenerme miedo.

Mateo asintió despacio, como si esa respuesta valiera más que un currículum.

—En este oficio, la actitud cuenta tanto como el cuerpo. Voy a hacerte algunas preguntas. Algunas serán incómodas. ¿De acuerdo?

—De acuerdo.

Las preguntas vinieron una tras otra, sin pausas. Cuántos hombres había tenido. Cuántas mujeres. Qué fantasías la acompañaban cuando estaba sola. Qué cosas no había probado nunca. Qué cosas no probaría jamás. Adriana respondió con voz baja, primero ruborizándose, después con una calma que no se reconoció. A medida que hablaba, le iba pareciendo más absurdo haberse sentido mal por desearlo.

—¿Te sientes cómoda con tu cuerpo? —dijo él al cabo de un rato.

—A veces.

—Eso es más sincero que un sí.

Mateo se reclinó. La miró largo. No con prisa, no con grosería; la miró como quien evalúa un cuadro al que todavía le falta un detalle.

—Necesito verte sin ropa, Adriana. Lo sabías al venir aquí. Vamos a ir despacio. Si quieres parar, dilo.

Hubo un instante en el que ella pensó en levantarse, recoger la carpeta y volver al ascensor. Lo pensó de verdad. Y, sin embargo, lo que hizo fue llevarse las manos al primer botón de la blusa y desabrocharlo. La sala estaba en silencio, salvo por el zumbido lejano de la calefacción. El segundo botón. El tercero. La tela se abrió y dejó ver la tira blanca del sujetador y un trozo de piel que la luz dorada hacía parecer otra piel.

—Sigue.

Adriana se quitó la blusa. La dobló con un gesto absurdo de orden, como si fuera importante hacerlo bien. Mateo no se movió. Ella desabrochó el sujetador y lo dejó caer junto a la blusa. El frío del aire le tocó los pezones antes que ninguna mirada.

—Bonitos —dijo él, sin tono. Solo bonitos.

Era curioso lo poco que esa palabra le pesaba. No la sintió como halago ni como ofensa. La sintió como un dato. Algo le subió por la espalda, una corriente que no era miedo y que tampoco era todavía deseo.

Se quitó los pantalones a continuación. Los dejó sobre la silla. Se quedó de pie, en bragas, en mitad de aquella sala iluminada en franjas, frente a un desconocido que le había hecho preguntas sobre su deseo y que ahora callaba.

—Termina.

Adriana se mordió el labio. Bajó la última prenda hasta los tobillos y se incorporó. Estaba completamente desnuda. Si se hubiera preguntado a sí misma una hora antes cómo se sentiría en ese instante, habría dicho «aterrada». No estaba aterrada. Estaba, de pronto, presente. Como si toda ella, por primera vez en años, ocupara el sitio exacto donde estaba.

—Date la vuelta. Despacio.

Lo hizo. Sintió la mirada recorrerla por la espalda, las caderas, los muslos. Sintió que el rubor le bajaba del cuello al pecho.

—Siéntate. Pon las piernas sobre los reposabrazos.

Ella obedeció. Se sentó en el sillón frente al de él, abrió las piernas y las apoyó sobre los brazos del mueble. Quedó completamente expuesta. Mateo se levantó, se acercó y se acuclilló delante. No había nada brusco en su forma de moverse, nada que sonara a violencia. Aun así, Adriana sintió el corazón en la garganta.

—¿Puedo? —preguntó él.

—Sí.

Le rozó la cara interna del muslo con dos dedos. Subió despacio, como si midiera. Cuando llegó al sexo, lo tocó apenas; separó los labios con suavidad y se quedó mirando, sin prisa.

—Estás mojada.

Adriana cerró los ojos. No por vergüenza; por concentrarse en lo que sentía. Llevaba mucho tiempo sin permitirse esa atención. La respiración se le hizo más lenta y más honda. El zumbido de la calefacción se volvió otro: un golpeteo en el cuello, una presión en el bajo vientre, una humedad que crecía con cada caricia.

—¿Quieres que pare?

—No.

Lo dijo sin pensarlo. Y al escucharse decirlo se dio cuenta de que llevaba años sin contestar a nadie con esa rapidez sobre nada.

Mateo siguió con los dedos. La rozó, la presionó, la abrió. Aprendió en pocos minutos lo que a otros amantes les había costado meses. Adriana arqueó la espalda contra el respaldo, se mordió el dorso de la mano para no gemir y, cuando él le susurró «no te calles», descubrió que tampoco sabía hacer eso. Su voz salió ronca, baja, una sucesión de jadeos cortos que no reconocía como suyos.

—Levántate —dijo él al cabo de un rato.

Adriana se puso de pie con las piernas temblando. Mateo había vuelto a su sillón. Estaba vestido. La miraba.

—Quiero ver cómo te tocas.

Otra petición que, una hora antes, le habría parecido imposible. Otra que aceptó sin discutir. Se llevó la mano entre las piernas, descubrió que estaba más mojada de lo que recordaba haberlo estado nunca y empezó a moverla. Cerró los ojos un segundo. Luego los abrió y los clavó en él. Quería verle la cara mientras lo hacía. Quería que la viera.

Mírame. Mírame entera.

—Acércate.

Caminó los tres pasos que la separaban de él. Se inclinó hacia adelante, le acercó los pechos a la cara y dejó que él los tocara con la lengua, despacio, midiendo. Le rozó los pezones con los dientes y Adriana soltó un gemido que ya no intentó contener.

—Date la vuelta. Apóyate en la mesa.

Ella se giró, se inclinó sobre la mesa baja del salón y separó las piernas. Sintió a Mateo levantarse a su espalda, oyó el sonido del cinturón, el roce de la ropa al caer. No giró la cabeza para mirar. Quería sentir antes de ver.

La penetró sin pedir permiso esta vez, porque ya estaba dado. Adriana sintió cómo entraba en ella de un solo movimiento, hasta el fondo, y se le escapó un grito corto contra el cristal de la mesa. Mateo le sujetó las caderas con las dos manos y empezó a moverse despacio, midiendo todavía, observándola en cada embestida.

—Más —pidió ella.

Él aceleró. La mesa se quejó en cada golpe. Adriana cerró los ojos y se entregó al ritmo, a la sensación de que algo en ella se rompía y se ordenaba al mismo tiempo. Cada embestida le arrancaba un sonido nuevo, cada uno más grave que el anterior.

—¿Has hecho esto antes? —dijo él, con la voz cortada.

—No así.

Mateo se inclinó sobre su espalda y le mordió el cuello. Le susurró algo que Adriana no entendió del todo y que, sin embargo, contestó con un asentimiento. Él se retiró por un momento, le pasó la mano por el sexo para mojarse los dedos y volvió a apoyarse contra ella; pero más arriba, más estrecho, en un sitio donde nadie le había pedido entrar nunca.

—Despacio —pidió ella.

—Despacio.

Lo cumplió. Entró milímetro a milímetro, esperando a cada paso a que el cuerpo de Adriana se abriera. Hubo un dolor inicial breve y, después, una sensación nueva que no supo nombrar: una mezcla de plenitud, de transgresión, de obediencia. Mateo le acarició la espalda, el pelo, la nuca, mientras se quedaba quieto unos segundos. Cuando ella movió las caderas, fue señal suficiente. Empezó a moverse con un cuidado que la sorprendió.

—Estás bien —dijo él. No era pregunta.

—Estoy bien.

El placer le llegó por capas. Primero como un calor difuso, después como un latido concreto entre las piernas, finalmente como una marea que le subió por el vientre y le explotó en algún sitio detrás de los ojos. Gritó contra la madera de la mesa, sin disimulo, sin pudor, porque ya no le quedaba ninguno. Mateo terminó poco después, contra la base de su espalda, con un gemido contenido que parecía ensayado y no lo era.

Se quedaron así un rato largo, sin hablar, oyendo cómo la respiración volvía. Luego él se separó con cuidado, le pasó una toalla limpia, le ofreció el botellín de agua. Adriana lo bebió a tragos cortos, sentada al borde del sofá, todavía desnuda, sin sentir necesidad de cubrirse.

—¿Por qué accediste? —preguntó él.

Adriana se quedó un segundo callada, buscando la respuesta de verdad y no la cómoda.

—Porque me lo preguntaste tú —dijo—. Y porque ya nadie me preguntaba nada.

Mateo le sonrió. No fue una sonrisa de hombre satisfecho. Fue una sonrisa de alguien que reconoce a otra persona.

—Has pasado la prueba —dijo, después de un silencio—. Pero la prueba no era lo que crees.

—¿Y qué era?

—Saber si ibas a decir «sí» porque te apetecía o porque tenías miedo de decir «no». Me has dicho «sí» porque querías. Te lo noté en los ojos.

Adriana se vistió despacio. La blusa ya no le quedaba como por la mañana; la sentía más ligera, como si parte del peso lo hubiera soltado en aquel sillón. Se peinó con los dedos delante del espejo del recibidor y, antes de salir, se permitió mirarse a los ojos. Se reconoció. Por primera vez en mucho tiempo.

—Te llamamos la semana que viene —dijo Mateo, abriendo la puerta.

—Bien.

El ascensor olía igual que a la subida. La misma madera nueva. El mismo espejo. Pero la mujer del reflejo no era exactamente la misma. Adriana lo supo al cruzar el portal, al notar el aire frío de la calle contra una piel que llevaba toda la tarde aprendiendo a estar.

Aquella noche, en casa, no contó nada. Tampoco hizo falta. Se sentó en el sofá, descalza, con una taza de té entre las manos, y se quedó mirando un rato largo por la ventana. Pensó que ya no le interesaba volver a esconderse. Pensó que iba a aceptar la siguiente llamada. Pensó, sobre todo, que el cuerpo en el que llevaba veintisiete años caminando había decidido, sin avisarla, dejar de pedirle permiso.

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Comentarios (6)

LauraDeNecocha

increible relato, se me hizo corto!! quiero mas

PatricioLect

Por favor una segunda parte! Adriana me genero una curiosidad enorme. Termine de leer y quede con ganas de saber que paso despues.

Dante_22

Que manera de escribir, se siente como si estuvieras ahi. Uno de los mejores relatos de Confesiones que lei en mucho tiempo, en serio.

Zapatilla

el titulo ya me enganchó desde el primer momento, y el relato no defraudó para nada. Tremendo!!

NatySV

me quedo pensando cuanto de esto es real, porque se siente muy autentico todo. Impresionante.

Rodrigo88

Me recordó a una situacion parecida que vivi yo hace años... ese momento donde uno entra siendo una persona y sale siendo otra distinta. Bien escrito, me llego de verdad.

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