Lo que pasó en el gabinete de cera fue mi secreto
Hace dos meses que reservé esa cita y todavía no se lo conté a nadie. Ni a mi mejor amiga, ni a mi hermana, mucho menos a mi pareja. Lo escribo aquí porque necesito que exista en algún lado, aunque sea anónimo, aunque sea entre desconocidos. Si alguien lee esto y piensa que soy una mala persona, no se lo discuto. Solo digo que esa tarde algo se quebró dentro de mí y todavía no sé cómo volver a pegarlo.
Me llamo Valeria. Trabajo en una agencia de seguros desde hace ocho años y, hasta ese jueves, mi vida tenía la forma exacta que se supone que debe tener: pareja estable, hipoteca a medio pagar, gato gordo, dos viajes al año si las cosas iban bien. Lo único raro era el cosquilleo. Una idea que volvía siempre que me duchaba, que me ponía crema, que me miraba en el espejo. Quería algo nuevo. Quería sentirme distinta.
El centro de estética estaba en una callecita lateral, de esas que ni los mapas del teléfono encuentran a la primera. Lo había descubierto por casualidad en una reseña: depilación íntima, atención personalizada, discreción absoluta. Reservé por mensaje un martes y la chica me confirmó la hora con un emoji de corazón. Eso ya tendría que haberme avisado de algo.
Cuando empujé la puerta de vidrio, me recibió un olor a coco con algo más oscuro debajo, como sándalo o pachulí. La recepcionista, una mujer con la sonrisa demasiado lista, me entregó una bata blanca y me indicó la cabina del fondo.
—Hoy te atiende Mateo —dijo—. Es nuestro especialista en zona íntima. No te preocupes, todas salen encantadas.
El uso del femenino plural me incomodó un segundo, pero me quité los pantalones y la ropa interior y me senté en la camilla con la bata mal cerrada, esperando.
Esto es solo una depilación. Pagas, te depilas, te vas.
Eso me repetía cuando él golpeó la puerta con dos nudillos.
Mateo no era lo que esperaba. Tendría unos cuarenta, alto, con una barba corta y unos antebrazos llenos de venas que asomaban por las mangas remangadas del uniforme. No sonrió cuando entró. Solo me dio la mano, firme, y se sentó en un banquito con ruedas frente a la camilla.
—Valeria, ¿es la primera vez que te depilas la zona completa?
—La primera con cera —dije, y la voz me salió más baja de lo que quería.
—Entonces vamos despacio. Avísame cualquier cosa.
Me pidió que me recostara y separara las piernas. Lo hice. La luz de la cabina era tibia, anaranjada, como de atardecer eterno. Él se calzó los guantes, probó la temperatura de la cera con el dorso de la muñeca y, recién entonces, levantó los ojos hacia mí.
Tenía los ojos grises. No castaños como yo había imaginado en el camino. Grises, con una franja más oscura alrededor del iris, y me miraron sin pedir permiso.
—Respira hondo.
La primera tira fue rápida. Un tirón seco que me arrancó el aire del pecho. Mateo no se rio ni se disculpó: simplemente pasó la mano enguantada por la zona, apretando suave para calmar el ardor, y siguió con la siguiente.
El problema empezó en la tercera tira. La cera tibia, la presión de su mano, el frío del aire cuando levantaba la tela. Sentí el primer tirón de calor entre las piernas y me odié por sentirlo.
—Estás muy tensa —dijo él, sin dejar de trabajar—. Cuanto más te relajes, menos te va a doler.
—Estoy bien.
—No estás bien. Mírame.
Lo miré. Y por un segundo pensé que se daba cuenta de todo. Que me veía la piel rosada, la respiración corta, la humedad que ya empezaba a delatarme.
—Respira conmigo. Inhala. Suelta.
Lo hice. Tres veces. Y a la cuarta tira, cuando la cera se pegó al pliegue interno y él tiró, gemí. Bajo, casi inaudible, pero gemí. Mateo no levantó la mirada. Siguió como si no hubiera escuchado, pero los hombros se le pusieron tensos y el guante volvió a posarse en la zona con menos prisa que antes.
***
Cuando terminó la última tira, yo estaba empapada y los dos lo sabíamos. Él dejó la espátula en el carrito. Se quitó los guantes con un golpe seco y se quedó mirando un punto entre mis muslos durante un segundo de más.
—Te tengo que poner aceite calmante —dijo, y la voz le había cambiado.
—Bueno.
—¿Te lo pongo yo o quieres hacerlo tú?
La pregunta no figuraba en la página web. Yo lo sabía. Él lo sabía.
—Hazlo tú.
Vertió un poco de aceite en la palma, se frotó las manos para entibiarlas y las apoyó sobre mi pubis recién depilado. La piel reaccionó como si nunca antes la hubiera tocado nadie. Cada poro despierto, cada nervio mandando señales hacia adentro. Mateo masajeó en círculos lentos, primero el monte, después los costados de la ingle, después más abajo, y a esa altura yo ya había dejado de fingir que era un tratamiento de belleza.
—Tienes la piel muy sensible —murmuró.
—Sí.
—¿Te molesta si bajo un poco más?
—No.
El pulgar me rozó los labios externos, apenas. Después volvió a subir, como si no hubiera pasado nada. Pero pasó. Y los dos sabíamos que iba a volver a pasar.
—Mateo.
—¿Qué?
—No pares.
Lo dije bajo, mirando al techo, sin atreverme a mirarlo a él. Sentí que se quedó quieto un instante, calculando algo. Y después la mano bajó otra vez, esta vez sin pretexto, y dos dedos se deslizaron entre mis pliegues con una facilidad que me hizo cerrar los ojos.
—Estás empapada.
—Ya lo sé.
—¿Quieres que pare?
—Si paras te mato.
Se rio bajo, una sola vez, y eso fue lo último que dijo durante un rato largo. Sus dedos entraron despacio, primero uno, después dos. Los curvó hacia adelante, buscando, y cuando encontró el punto exacto yo arqueé la espalda y me agarré del borde de la camilla con las dos manos. El pulgar le encontró el clítoris al mismo tiempo y lo trabajó con paciencia, como si tuviera todo el día.
—Bajito —me pidió—. Las paredes son finas.
Mordí la manga de la bata. Sentí el primer orgasmo subir desde algún lugar profundo y abrirse paso hasta la garganta. Me corrí en silencio, temblando, con la frente cubierta de sudor y los ojos llenos de lágrimas que no entendía.
—Buena chica —dijo él, y me odié otra vez por cómo eso me gustó.
***
Lo que pasó después no estaba en mis planes. Te lo juro por lo que quieras. No fui a esa cita pensando en engañar a mi pareja. No me afeité las piernas con segundas intenciones. Pero cuando Mateo se inclinó sobre mí y bajó la cara entre mis muslos, no hice nada por detenerlo. Al contrario. Le abrí más espacio.
Su lengua era cálida y precisa. Lamió primero los costados, evitando el centro a propósito, hasta que me escuché pedirle —a mí, que nunca pido nada— que no me hiciera esperar más. Recién entonces cerró la boca alrededor del clítoris y chupó suave, soltó, volvió a chupar. Sus dedos seguían adentro, moviéndose en un ritmo distinto al de la lengua, y la combinación me partió en dos.
El segundo orgasmo me agarró con la guardia baja. Le clavé los talones en los hombros sin querer. Él no se quejó. Cuando paró y levantó la cara, tenía la barba brillante y los ojos grises más oscuros que antes.
—¿Te sirvió el masaje calmante? —preguntó, con un tono de voz tan profesional que me dieron ganas de pegarle.
—Cállate.
Me senté en el borde de la camilla. Le bajé el cierre del pantalón. No hablamos. No hizo falta. La tenía dura, gruesa, levemente curva hacia arriba, y cuando la tomé en la mano él soltó el aire de golpe, como si lo hubiera estado conteniendo desde que entró a la cabina.
—Mírame —dijo.
Lo miré mientras lo metía en la boca. Le aguanté la mirada todo lo que pude, dos, tres pasadas, hasta que él me tomó del pelo, suave pero firme, y me marcó el ritmo. Me gustó que lo hiciera. Me gustó tanto que entendí, en ese segundo, que mi vida tenía un agujero que yo no me había animado a nombrar.
—Ven.
Me hizo darme la vuelta y apoyarme con las manos en la camilla. Me miré en el espejo grande de la pared lateral —ese espejo que hasta ese momento me había parecido decoración inocente— y vi lo que estaba a punto de pasar antes de sentirlo. Vi su cara concentrada detrás de la mía. Vi mi propia boca abierta. Vi cómo entró.
—Despacio —pidió él, más para sí mismo que para mí.
No fue despacio.
***
Me agarró de las caderas y empujó hasta el fondo. Sentí cada centímetro y solté un gemido que tuve que ahogar contra el antebrazo. Empezó a moverse con un ritmo seco, controlado, como si tuviera memorizado exactamente dónde tocarme por dentro. Cada embestida me empujaba un poco más contra la camilla y yo le devolvía el movimiento sin pensar, perdida en el espejo, perdida en la cara de él, perdida en lo que estaba haciendo.
—Mírame en el espejo —ordenó.
Lo miré. Y él me sostuvo la mirada mientras seguía moviéndose, y eso fue peor que todo lo demás. Porque ya no podía fingir que era solo un cuerpo. Era yo, Valeria, mirándome a mí misma siendo otra persona, y esa otra persona me gustaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.
El tercer orgasmo lo sentí venir desde lejos. Le avisé bajito, casi pidiendo permiso, y él aceleró. La camilla crujió. El espejo se empañó por mi respiración. Cuando me corrí, le mordí la palma de la mano que él me había puesto sobre la boca para callarme, y él soltó un gruñido contenido que me hizo correrme otra vez encima del primero.
—Afuera —le pedí, en algún momento—. Afuera, por favor.
Salió a tiempo. Se corrió en mi espalda baja, caliente, en silencio, con la frente apoyada contra mi nuca. Los dos quedamos así un rato largo, jadeando, sudados, pegados, sin saber muy bien qué hacer con lo que acababa de pasar.
***
Después fue raro, claro. Él me limpió con una toalla tibia, sin mirarme a los ojos. Yo me vestí en silencio, peleando con el cierre del pantalón como si fuera la primera vez que me vestía sola. Cuando salí, la recepcionista me sonrió con la misma sonrisa demasiado lista y me preguntó si quería reservar la próxima sesión.
Dije que sí. Pagué con tarjeta. La descripción del cargo, en el resumen, dice «tratamiento estético íntimo». Mi pareja la vio cuando llegó la notificación al teléfono y no preguntó nada. Comimos pasta esa noche. Vimos una serie. Me dormí abrazada a su espalda como si nada hubiera pasado.
Pero pasó. Y cuando me bañé al día siguiente y me toqué la piel todavía sensible, todavía nueva, supe que no iba a ser la última vez.
La cita está reservada para dentro de tres semanas. La anoté en el calendario como «depilación». Nadie va a sospechar. Yo tampoco quiero saber qué dice de mí que la esté esperando con esta mezcla de culpa y de ganas. Solo sé que cuando llegue el jueves voy a empujar otra vez la puerta de vidrio, voy a sentir el olor a coco y sándalo, y voy a entrar a la cabina del fondo sabiendo perfectamente lo que vine a buscar. Y esta vez no voy a fingir que es por la cera.