El sirviente que mi esposa y yo elegimos juntos
Llevo seis años casado con Camila y todavía no me acostumbro a la suerte que tengo. Me llamo Marcos, paso del metro ochenta y trabajo en un estudio de arquitectura que me obliga a vivir en camisa y pantalón de vestir cinco días a la semana. En casa, sin embargo, soy otro hombre. El gimnasio me dejó un cuerpo que a Camila le gusta tocar, sobre todo el pecho velloso que ella me prohíbe afeitarme.
Camila tiene el pelo hasta la cintura, casi negro, con un brillo que la hace parecer salida de una postal antigua. Sus ojos son color miel y se le encienden cuando algo le interesa de verdad. Tiene caderas anchas, pechos generosos y una boca que se muerde sin darse cuenta cuando piensa algo que todavía no piensa decir. Los dos somos bisexuales, abiertos en la cama y aún más abiertos en las conversaciones que vienen después.
Una tarde de domingo, tirados los dos en el sillón viendo una serie que ninguno seguía, ella apagó la pantalla y giró el cuerpo hacia mí.
—Mi amor —dijo, apoyando la mano sobre mi pecho—. Esto se nos está yendo.
Yo entendí enseguida. Llevábamos semanas con polvo en los rincones, con la ropa amontonada en la silla del cuarto, con los platos del desayuno todavía en la pileta a las seis de la tarde. Entre el trabajo de los dos y los compromisos sociales, el departamento se nos había convertido en una asignatura pendiente.
—¿La limpieza? —pregunté.
—Sí. Necesitamos a alguien que venga dos veces por semana. Una asistenta seria. Si no, los domingos los vamos a pasar pasando trapo en lugar de en la cama.
La idea era razonable. Y ahí debió quedarse, porque mi cabeza es lo que es, y mi cabeza fue por otro lado.
—Una asistenta… —repetí, alargando la palabra hasta que ella levantó una ceja—. ¿Y si en lugar de una asistenta buscamos algo un poco más entretenido? Imagínate a alguien que limpie y, ya que está, nos ayude a relajarnos.
Camila soltó una carcajada que le sacudió todo el cuerpo. Me miró como me mira cuando sabe que estoy diciendo algo que no debería decir y, sin embargo, le interesa.
—Eres un puerco —dijo, y me clavó el dedo índice en el pecho—. Pero la idea no está mal. ¿Tienes algo en mente o estás improvisando?
Me incorporé un poco para mirarla mejor. Le aparté un mechón de la cara.
—Un sumiso —dije, despacio, midiendo su reacción—. Un hombre. Un sumiso de verdad. No uno de fin de semana, no uno que viene a jugar dos horas y se va a su casa con su pareja. Uno que quiera servir.
—¿Servir cómo? —preguntó, ya con la voz un poco más ronca.
—Limpiar la casa, hacer la comida si se la mandamos, vestirse como nosotros le digamos y estar disponible para nosotros dos. Antes de conocerte, salí con varios chicos así. Te juro que esa fantasía es más común de lo que parece. Hay foros enteros, anuncios, comunidades. Si publicamos algo bien escrito, en una semana tenemos cincuenta candidatos.
Camila se mordió el labio inferior. Esa señal yo la conocía bien. Era la señal de que la idea le había encajado en algún lugar de la cabeza del que ya no iba a salir.
—Sigue —pidió—. Cuéntame cómo lo vestiríamos.
Bajé la voz, no porque hubiera nadie escuchando, sino porque me gustaba cómo se le iluminaba la cara cuando yo bajaba la voz.
—Nada de delantal ridículo. Un vestido de sirvienta, pero corto, de encaje negro, ajustado al cuerpo. Tan corto que cuando se agache a fregar el piso no le quede nada cubierto. Medias, liga, todo. Y se lo pondría desde el momento en que cruza la puerta hasta el momento en que se va.
Ella ya respiraba distinto. Había bajado una mano hasta mi muslo y la dejaba ahí, apoyada, como si la presión sola fuera una respuesta.
—Tendría que ser bisexual —seguí—. No nos sirve uno que solo me quiera a mí o solo te quiera a ti. Tiene que desearnos a los dos. Pero la regla es clara: su pene es decoración. No lo toca, no lo usa, no se alivia. Lo único suyo que vamos a usar es la boca y el culo.
Camila se subió encima de mí y me clavó las rodillas a los costados. Sentí cómo se acomodaba sobre la erección que ya tenía atrapada bajo el pantalón. Se inclinó y me habló al oído.
—Quiero uno —susurró—. Quiero que lo busquemos. Y quiero verte con él primero. Quiero verte abrirlo, prepararlo, dejarlo listo. Después es mi turno.
***
El timbre sonó a las diez en punto de la mañana, dos semanas después.
Habíamos publicado el anuncio en un foro especializado y las respuestas llegaron como un río. Cincuenta y tres correos en cuatro días. Filtramos a los que escribían sin signos de puntuación, a los que mandaban fotos retocadas con filtros, a los que pedían sesiones cortas o cobraban en lugar de servir. Quedaban siete. Después de un par de videollamadas con cada uno, quedó él.
Se llamaba Daniel. Veinticinco años, delgado, pelo castaño revuelto, ojos marrones grandes que tenían algo de cervatillo cuando los abría del todo. En la pantalla parecía nervioso de un modo que a Camila y a mí nos había gustado: no era falsa modestia, eran nervios reales. Habíamos insistido en una sola condición previa: que viniera sin teléfono, sin cámara, sin reloj inteligente. Lo que pasara entre las paredes del departamento se quedaba ahí.
Le abrí la puerta y respetó el trato. Camiseta lisa gastada, jean roto en una rodilla, zapatillas viejas. No traía mochila, no traía nada. Solo lo que llevaba puesto.
—Hola, soy Daniel —dijo, y la voz le salió un poco más baja de lo que recordaba de las llamadas. Sus ojos se movieron de mí a Camila, que se había acercado al marco de la puerta con los brazos cruzados.
—Pasá —dije.
Entró como entra alguien a una iglesia que no es la suya. Se quedó de pie en medio del living con las manos cruzadas adelante, sin saber dónde ponerlas. Camila empezó a caminar a su alrededor, despacio, midiéndolo de arriba abajo.
—Gracias por venir, Daniel —dijo ella—. Como te explicamos, te vamos a pagar lo mismo que cobra una asistenta profesional por hora. Eso es por las tareas de la casa. Lo demás no se paga, se acuerda.
Él tragó saliva y asintió.
—Sí. Lo entiendo perfectamente.
Yo me acerqué a la silla donde habíamos dejado preparada la ropa. El vestido negro de encaje, las medias, la liga, todo doblado con cuidado. Lo señalé con la cabeza.
—Esa es tu ropa de trabajo. Te la vas a poner ahora, acá, delante de nosotros.
Daniel miró el conjunto, después a Camila, después a mí. No había duda en su cara, solo un temblor pequeño en las manos. Dio un paso hacia la silla y, antes de tocar la tela, se detuvo.
—Hay una cosa —dijo, y la voz se le quebró un poco—. La jaula. Por favor. La jaula no.
Camila se acercó. Le levantó la barbilla con un dedo y lo obligó a mirarla.
—¿Y por qué no, querido? ¿Le tenés miedo a un poco de metal?
Él negó con la cabeza, las mejillas encendidas.
—No es miedo. Es que… me lastima. Y sé que voy a estar duro todo el tiempo con ustedes dos. La presión adentro de la jaula me deja moretones. Es real. No es un capricho.
Hubo un silencio. Camila y yo cruzamos la mirada por encima de su cabeza. La idea de tenerlo enjaulado nos había gustado a los dos durante esas dos semanas; la idea de verlo aguantar la erección hora tras hora sin poder hacer nada con ella era la otra cara de la moneda y, en algún punto, también nos servía.
—Bueno —dije—. Sin jaula. Pero tu pene no te pertenece. Se te pone duro, te aguantás. No lo tocás, no te aliviás, no te bajás al baño un minuto a hacerte cargo. Es un adorno nuestro. ¿Se entiende?
—Sí —respondió enseguida, casi con alivio—. Acepto. Todo.
—Cambiate —ordenó Camila, y dio un paso atrás para tener mejor vista.
Las manos le siguieron temblando, pero las usó. Se sacó la camiseta, después el jean, después el calzoncillo. La piel era pálida, lampiña, sin marcas. Cuando quedó desnudo, el pene ya estaba a medio camino, latiendo en el aire del living, prueba viva de que lo de la jaula no era exageración. Se puso las medias con torpeza, después la liga, y por último se metió el vestido por la cabeza. La tela le cayó encima y se le ajustó al cuerpo. Los pezones se marcaron bajo el encaje. La falda apenas le tapaba el comienzo de las nalgas.
Quedó parado frente a nosotros con las manos cruzadas otra vez, esperando. Veinticinco años, vestido de sirvienta, con una erección tirante bajo una falda que no daba para tapar nada, listo para limpiarnos el departamento.
***
Camila se acercó otra vez y le dio una vuelta entera. Cuando llegó a su espalda, le levantó la falda dos dedos con la punta de los suyos, dejando al descubierto la curva pálida del trasero. Daniel contuvo la respiración. Ella sonrió.
—Me gusta —dijo—. Encaja bien.
Se separó y se cruzó de brazos otra vez.
—Empezás por la cocina. Quiero los platos lavados, la mesada brillante y el piso impecable. Cuando termines, venís a buscarnos para que te demos la siguiente tarea.
Hizo una pausa y agregó la regla que habíamos definido la noche anterior.
—Una cosa más, Daniel. Cada vez que entres a una habitación a limpiar, bajás la persiana. No queremos espectadores afuera. Acá adentro hacemos lo que se nos canta.
—Sí, ama. Gracias por las instrucciones —dijo él, con una sumisión que parecía respiro.
Se dio vuelta y caminó hacia la cocina. La falda se le movía con cada paso, y a cada paso se le veían los glúteos firmes y blancos contrastando con las tiras negras de la liga. Era una invitación caminando, y nosotros la mirábamos desde el sillón sin decir nada, como dos espectadores de una obra que recién empezaba.
Al llegar a la puerta de la cocina, se detuvo. Estiró el brazo hasta la cinta de la persiana y tiró, despacio. La tela bajó con un susurro y la cocina quedó en penumbra. Un segundo después, oímos el ruido del grifo abriéndose y, enseguida, el chocar de los platos contra la pileta.
Camila se acomodó contra mí en el sillón, apoyó la cabeza en mi hombro y deslizó la mano por debajo de mi camisa.
—Viene bien —dijo, sin apartar la vista de la puerta cerrada.
Yo le besé la sien. Desde la cocina llegaba el ruido de los platos, el agua, la respiración entrecortada de un chico de veinticinco años fregando con un vestido negro de encaje y una erección que no podía atender. No habíamos hecho todavía nada con él, y sin embargo el experimento ya nos tenía a los dos quietos, atentos, expectantes.
—Esto recién empieza —murmuró ella.
Y tenía razón.