El stripper de la despedida y mi confesión más sucia
Esto es una confesión y, si la cuento aquí, es porque no se la puedo contar a nadie de mi entorno. Ni a mi mejor amiga, ni a mi hermana, ni mucho menos al hombre con el que ahora salgo. Pasaron casi cuatro años, pero todavía hay noches en las que cierro los ojos y vuelvo a sentir esas manos enormes apretándome la cintura como si fuera la primera vez, esa polla gruesa abriéndome por dentro, ese semen caliente bajándome por la garganta.
Todo empezó con una invitación que no esperaba. Magdalena era una excompañera de oficina con la que había compartido cubículo durante dos años. Nos llevábamos bien, pero la rutina y los cambios de trabajo hicieron lo de siempre: dejamos de hablar. Cuando me llegó el sobre con su nombre y el del novio, pensé que se había equivocado de lista. Le respondí confirmando, más por compromiso que por ganas reales.
Una semana después me sumó a un grupo de chat con todas sus amigas y me llegó la segunda invitación: despedida de soltera, sábado a las ocho, bar privado en el centro. Empezamos a hablar otra vez como si no hubiera pasado el tiempo. Yo en esa época estaba destruida. Acababa de terminar con Lorenzo, mi novio de tres años, después de descubrir que llevaba meses escribiéndose con otra. Y para rematar, me había peleado fuerte con Carolina, mi amiga del alma, por una tontería que ahora ni recuerdo. Tenía el ánimo por el piso y aceptar la salida fue casi un acto de supervivencia.
Llegué al bar con un vestido negro corto, tacos rojos y la decisión firme de tomar todo lo que me pusieran enfrente. No conocía a nadie aparte de Magdalena, pero las chicas me adoptaron desde el primer brindis. Doce mujeres, casi todas profesionales, todas con esa mezcla de elegancia y descaro que solo aparece cuando saben que esa noche nadie las está mirando con ojos de juicio.
La decoración era explícita hasta el chiste: globos con forma de pene flotando del techo, sorbetes con la misma forma, una piñata gigante en el rincón. Sobre cada mesa, una caja envuelta en papel rosa con la palabra «sorpresas» escrita a mano. Yo me reía, pero por dentro sentía cómo algo se iba destrabando, cómo el coño empezaba a humedecérseme sin pedir permiso.
***
Los juegos empezaron al filo de las diez. Primero algo inocente, una especie de verdad o reto donde las preguntas eran cada vez más subidas de tono: cuántas pollas habías chupado, si te gustaba tragar, si alguna vez te habían dado por el culo. Después una ronda de adivinanzas con los ojos vendados: te ponían un objeto en las manos y tenías que decir qué era.
Cuando le tocó a una chica de pelo rojo —creo que se llamaba Ivana—, sacó de la caja un dildo de silicona del tamaño de mi antebrazo. Se lo llevó a la cara, lo olió, sonrió y, sin avisar, se bajó las medias y la ropa interior y se lo metió ahí mismo, sentada en la silla, frente a todas. Se lo hundió hasta la mitad de un solo golpe, echó la cabeza para atrás y empezó a moverlo con la mano, entrando y saliendo con un ruido húmedo que se oía por encima de la música. Las demás aplaudían y gritaban como si fuera un espectáculo de circo, y ella se corrió ahí mismo, con los ojos cerrados y una mano apretándose una teta por encima del sostén.
Yo me quedé congelada los primeros segundos. Después me reí. Y a los pocos minutos, cuando una rubia se subió a la mesa y empezó a besarse en la boca con la chica de su lado, con las lenguas visibles y las manos ya metidas por debajo de la blusa, ya no me sorprendía nada. La música subió de volumen, las luces bajaron, y el bar dejó de ser un bar para convertirse en otra cosa.
Yo iba por mi tercer trago cuando sentí que la entrepierna me empezaba a latir, que la tanga se me pegaba mojada al coño. No vine a esto, pensé. O sí. Quizá vine exactamente a esto. Me bajé el resto del vaso de un golpe.
***
A las doce en punto, una de las amigas de Magdalena se subió al escenario improvisado del fondo y anunció con voz de presentadora de televisión que llegaba «el regalo principal». Las luces se apagaron del todo y, durante diez segundos, solo se oyó el bombo de una canción que reconocí de inmediato. Después aparecieron tres hombres caminando entre nosotras como si supieran exactamente qué efecto tenían.
Solo llevaban bóxers ajustados. Tres cuerpos distintos, los tres trabajados, los tres con esa actitud de quien ha hecho ese show cien veces antes. El primero era rubio, con tatuajes en los dos brazos. El segundo, latino, más bajo pero macizo, con un bulto que se le marcaba obsceno debajo de la tela. Y el tercero, el tercero me dejó sin aire.
Era un hombre negro, alto, con los hombros más anchos que había visto en mi vida. Tenía la cabeza rapada, una sonrisa lenta y unos ojos oscuros que parecían darse cuenta de todo a la vez. El bóxer negro le apretaba una polla que se adivinaba enorme, colgándole hacia un costado, gruesa hasta cuando estaba dormida. Caminaba con esa calma de los hombres que saben que no necesitan apurarse. Yo dejé el vaso sobre la mesa y no volví a tomar de él en mucho rato.
—¡Esa Antonella! —me gritó Magdalena, riéndose, porque me vio la cara—. ¡Ya elegiste!
No le contesté. No podía dejar de mirarlo.
***
El show empezó con bailes individuales y fue escalando. A los pocos minutos las chicas ya los tocaban, primero por encima del bóxer, después metiendo la mano por dentro. Las risas se convirtieron en jadeos y los aplausos en gritos. El rubio se besaba con dos a la vez y una de ellas ya le tenía la polla afuera, masturbándolo lento mientras seguía la lengua de él en su boca. El latino tenía a otra sentada sobre él, frotándose contra su pierna, con la falda subida hasta la cintura y el culo casi al aire.
Mi negro hermoso —porque así empecé a pensarlo, sin pedir permiso— estaba bailando para una chica de pelo lacio, en cuclillas frente a ella, las manos sobre sus rodillas. Cuando se levantó y se separó, yo no esperé. Me paré, caminé hasta él y, sin decir una palabra, le pasé las manos por el cuello.
—Hola —me dijo. Tenía una voz grave que me erizó la piel.
—Hola —respondí, y me puse en puntas de pie.
Lo besé. Le agarré la cabeza con las dos manos y lo besé como si lo conociera de antes. Él no se movió al principio, sorprendido, pero a los dos segundos me devolvió el beso con la lengua, con los dientes, con todo. Sentí cómo su mano me bajaba por la espalda hasta el principio del vestido, y cómo se detenía justo ahí, esperando una respuesta.
Le pasé los dedos por encima del bóxer y noté cómo se le iba endureciendo bajo mi mano, cómo crecía y crecía sin parecer terminar. Cuando por fin lo tuve del todo duro, le rodeé el bulto con los cinco dedos y apenas si podía cerrarlos. Era enorme. Groseramente enorme.
—Me encanta lo que tienes ahí —le susurré contra los labios, mirándolo a los ojos, apretándole la polla por encima de la tela—. Después vengo por más. Quiero esta verga entera en la boca.
Él sonrió apenas, con esa lentitud suya, y yo me fui a sentar antes de que las piernas me dejaran de responder.
***
Los bóxers terminaron en el suelo unos minutos después. Las chicas se los bajaron entre risas, gritando como si fuera el evento del año. Yo lo vi salir de su ropa interior y sentí que se me secaba la boca. No era solo grande. Era hermoso, perfectamente formado, oscuro, con esa curva sutil hacia arriba que nunca había visto en otro hombre. Le colgaba pesado entre los muslos, con unas venas gruesas recorriéndolo, y una cabeza brillante que ya empezaba a soltar una gota transparente en la punta. Los huevos, grandes también, pegados al cuerpo, tensos.
Una de las chicas se lo metió en la boca antes de que me diera tiempo a procesarlo. La vi abrir la mandíbula al máximo y aun así solo pudo tragarse la mitad, con los ojos llenos de lágrimas de esfuerzo. Esperé. Esperé mientras le pasaba la lengua otra por toda la vara, de los huevos a la punta, con la saliva chorreándole por la barbilla. Esperé mientras una tercera se reía y apenas lo rozaba con los labios porque le daba impresión el tamaño. Y cuando llegó mi turno, me arrodillé sin pensarlo.
Lo agarré con las dos manos, una encima de la otra, y todavía sobraba polla. Lo miré desde abajo. Él me miraba a mí, ya sin sonrisa, con una concentración nueva. Empecé despacio, sacando la lengua y pasándola solo por la punta, dando vueltas alrededor de la cabeza, chupando el pre-semen que ya le brotaba. Después le lamí toda la vara de abajo hacia arriba, siguiendo una vena que le cruzaba desde la base. Le metí un huevo en la boca y después el otro, chupando con cuidado, sintiéndolos pesados contra la lengua.
Cuando volví a la punta, abrí la boca todo lo que pude y empecé a bajar. Me entraba con dificultad. Se me atragantaba en el paladar, en la garganta, y yo seguía apretando, empujando, forzándome. Lo escuché soltar un gemido grave por primera vez cuando la punta le tocó el fondo de mi garganta. Se me llenaron los ojos de lágrimas, pero no lo saqué. Me quedé ahí, atragantada, sintiendo cómo me palpitaba en la boca, cómo se ponía todavía más dura entre mis labios.
Empecé a subir y bajar, con las dos manos ayudando en la base, girándolas al mismo tiempo. Escuchaba el ruido húmedo de mi boca chupándolo, mi propia saliva chorreándome por el mentón, cayéndome en las tetas por el escote. Le sostenía los huevos con una mano y le pasaba la otra por el muslo, apretándoselo, clavándole las uñas rojas. Lo escuché soltar el aire por primera vez, con un jadeo largo. Eso me bastó.
—Quédate conmigo —le pedí, sacándomelo apenas un segundo de la boca, con un hilo de saliva y pre-semen colgando entre mis labios y la punta de su polla—. Por favor.
—¿Cómo? —preguntó. Tenía la voz más ronca que antes.
—Quédate conmigo. Ahora. Quiero que me folles.
***
No esperé respuesta. Me puse de pie, me solté el vestido por los hombros y dejé que cayera sobre las baldosas. Quedé en ropa interior y tacos. Me desabroché el sostén y lo dejé caer también; las tetas me quedaron libres, los pezones tan duros que dolían. Me bajé también la tanga, empapada, y la tiré a un costado sin dejar de mirarlo. Me senté en uno de los sillones bajos del fondo, abrí las piernas de par en par y me llevé dos dedos al coño, abriéndomelo con el índice y el medio para que él viera todo, lo rosado, lo mojado, lo hinchado que estaba de ganas.
—Métemela —le dije—. Métemela entera. Por favor.
Las demás chicas empezaron a gritar antes de que él reaccionara. Los otros dos strippers también se acercaron a mirar, sin soltar a las que ya tenían encima. «¡Que se la coja, que se la coja!», cantaban como si fuera un himno. Magdalena se reía a los gritos, dando saltos, con las manos en la cara.
Él se acercó. Se arrodilló entre mis piernas primero. Me abrió los muslos con las dos manos, me miró el coño de cerca y bajó la cabeza. Le sentí la lengua ancha subiéndome desde el perineo hasta el clítoris, larga, plana, empapándome todavía más. Me chupó el clítoris con los labios, se lo metió en la boca y lo lamió con la punta de la lengua, insistiendo ahí, sin apuro, mientras me clavaba dos dedos gruesos y los movía dentro haciendo un ruido húmedo obsceno.
—Así —jadeé, agarrándole la cabeza rapada con las dos manos, apretándole la cara contra mí—. Ahí, ahí.
Cuando estuve a punto de correrme, se detuvo. Se puso de pie. Se inclinó sobre mí. Me besó primero en la boca, y me hice sentir mi propio sabor en su lengua. Después en el cuello. Después me chupó un pezón y luego el otro, tirándomelos con los dientes hasta hacerme gemir. Sentí cómo la punta de su polla me tocaba la entrada, cómo se pasaba la cabeza mojada arriba y abajo por mis labios, empapándose en mi flujo, y cómo, despacio, empezaba a abrirse paso.
Me dolió. Me dolió mucho al principio, porque era mucho más grande de lo que estaba acostumbrada. Sentí cómo me estiraba centímetro a centímetro, cómo el coño se me abría a la fuerza para dejarlo pasar. Pero no quise que parara.
—Despacio —pedí, mordiéndome el labio—. Que soy chica.
—Tú me dices —contestó, con esa voz grave, sin dejar de empujar—. Aguanta, mamita.
Fue entrando de a poco. Cada centímetro me hacía soltar un sonido que no sabía que tenía dentro, un gemido rasposo, casi un lloriqueo. Sentí la cabeza empujarme por dentro, tocándome puntos que ninguna otra polla había tocado nunca. Cuando estuvo del todo, con los huevos pesados contra mi culo, se quedó quieto unos segundos, mirándome a la cara, dejándome acostumbrar a tenerlo entero adentro.
—Estás muy apretada —dijo bajito, casi con una sonrisa—. Me estás ahogando.
—Muévete —pedí—. Ya. Fóllame.
Empezó a moverse. Lento. Sacándomela casi entera y volviendo a metérmela hasta el fondo. Yo sentía cómo cada embestida me llegaba hasta la garganta. Después más fuerte. Me agarró las dos piernas por detrás de las rodillas, me las levantó y me las abrió todavía más, y empezó a cogerme con ganas, con la pelvis chocándome contra el culo con un ruido seco que se mezclaba con la música.
—Más fuerte —dije, con los dientes apretados, arañándole la espalda.
—Así.
—Más, más, más. Rómpeme.
Se lo dije con la voz quebrada, sintiendo cómo cada embestida me sacudía las tetas, cómo el sillón crujía debajo de mí, cómo me chorreaba por dentro de los muslos. Sentía su polla entrar y salir con un ruido húmedo, obsceno, y mi propio coño succionándolo cada vez que quería salir. Las chicas seguían gritando. Yo ya no las escuchaba. Solo lo escuchaba a él respirar contra mi oreja, y a mí misma diciendo cosas que en otro contexto me darían vergüenza repetir.
—Me encanta tu verga —gemía—. Me encanta tu verga negra, dámela toda, dámela toda.
Sentí venir el primer orgasmo como una ola que me subía desde adentro. Le clavé las uñas en los hombros y me corrí temblando alrededor de su polla, apretándola con el coño en espasmos, gritándole en la cara. Él no paró. Siguió cogiéndome mientras yo me deshacía debajo de él, alargándome el clímax hasta que casi me dolía.
Me sacó de golpe. Me dio vuelta, sin cuidado, como si fuera una muñeca. Me puso de rodillas sobre el sillón, con las manos sobre el respaldo, con el culo bien arriba, y volvió a metérmela desde atrás de una sola embestida. Grité. Grité fuerte. Con el nuevo ángulo me llegaba más adentro todavía, me tocaba un lugar en el fondo que me hacía ver luces.
Yo apretaba los ojos y mordía el cuero del sillón para no gritar más. Él me agarraba de la cintura con las dos manos, esas manos enormes, y me embestía sin descanso, sacándome un jadeo con cada golpe. En algún momento me pasó una mano por el pelo, me lo agarró y tiró de él, obligándome a levantar la cabeza. Con la otra me dio una palmada seca en el culo, una, dos, tres veces, hasta dejarme la piel ardiendo.
—Dime que te gusta —me ordenó, sin dejar de cogerme.
—Me encanta, me encanta —contesté sin dudar—. No pares. Nunca pares.
Miré por encima del hombro y vi a Magdalena, que me mostraba el pulgar como diciéndome que estaba orgullosa. Me reí dentro de un gemido, y en ese momento me clavó una embestida especialmente honda que me convirtió la risa en un grito.
Me la puso de lado también. Me acostó, me levantó una pierna hasta apoyármela sobre su hombro, y siguió cogiéndome así, mirándome a la cara, viéndome cómo me deshacía. Se agachó y me chupó un pezón sin dejar de moverse. Me pasó el pulgar por el clítoris, insistiendo con círculos rápidos, y yo me corrí otra vez, esta vez llorando de puro placer, sintiéndome vacía y llena al mismo tiempo.
***
Antes de terminar, me la sacó. Caminó dos pasos hacia atrás, con la polla brillando de mi flujo, hinchada, palpitando. Yo me di vuelta, todavía arrodillada en el sillón, temblando entera, y él me señaló el suelo con un movimiento de barbilla.
—Aquí —dijo. Y después, más bajo, con una voz que me hizo temblar—: Ven, mala. De rodillas.
Bajé al piso de inmediato. Me arrodillé frente a él, con la cabeza casi a la altura de su cintura, con las tetas al aire, con los muslos empapados, con el maquillaje corrido. Abrí la boca antes de que terminara de decirme nada y saqué la lengua, plana, hasta apoyármela en el mentón. Él me agarró la cabeza con la mano izquierda, me metió la polla en la boca hasta el fondo de la garganta y se masturbó rapidísimo con la derecha, dos veces, tres, cuatro. Le sentía los huevos golpeándome la barbilla.
Cuando se corrió fue como si me llenara un balde. La primera descarga me golpeó contra el paladar, tan caliente que me sorprendió. La segunda me llenó la lengua. La tercera me chorreó por la comisura, y él la recogió con la punta de la polla y me la volvió a meter en la boca. Siguió corriéndose con espasmos más pequeños, apretándome la cabeza con la mano, dejándome la boca desbordada de semen espeso y salado.
No me moví. No tragué hasta que terminó, hasta que él se sacó la polla y me pasó la punta por los labios, limpiándose. Después sí, lo tragué entero, en un solo movimiento, sin perder ni una gota, sintiendo cómo me bajaba caliente y pesado por la garganta hasta el estómago. Abrí la boca vacía para mostrársela, con la lengua todavía brillante, y él sonrió apenas y me pasó el pulgar por el labio inferior.
El bar entero aplaudió. Literalmente. Me sentí, por un segundo y por última vez en mi vida, como una estrella.
***
El resto de la noche se me borra. Sé que tomé más. Sé que las otras chicas se siguieron divirtiendo con los otros dos strippers, que en algún momento oí a Magdalena gritando mientras se la cogían por atrás sobre la mesa de los tragos. Sé que en algún momento me puse el vestido otra vez, sin ropa interior, sintiendo el semen y el flujo bajarme por dentro de los muslos, los tacos rojos seguían en mis pies. Sé que él me dio un beso en la frente antes de irse, y que me dijo algo que no recuerdo. Y supe, al día siguiente, cuando le pregunté a Magdalena por mensaje, que se llamaba Gabriel. Pero nada más. No tenía Instagram disponible, no tenía teléfono, nada.
Lo busqué durante semanas. Me obsesioné un poco. Después me fui calmando, me concentré en otras cosas, conocí a Lautaro y empezamos a salir. Estoy bien. Estoy enamorada. Pero hay noches en las que cierro los ojos y vuelvo a aquel sillón, y vuelvo a sentir esa polla enorme abriéndome, esa voz grave llamándome mala, ese semen bajándome por la garganta de un modo que ningún otro me ha hecho sentir nunca.
Así que esto es para ti, Gabriel, si por alguna razón estás leyendo esto: yo soy la chica de los tacos rojos, la que te pidió que se quedara contigo, la que se arrodilló al final sin que tuvieras que pedirlo dos veces, la que te tragó hasta la última gota. Si te acuerdas de mí, escríbeme. Aunque sea una vez. Aunque sea solo para que me digas cómo se siente que una mujer no haya podido olvidarse de tu polla en cuatro años.
¿Vivís en Buenos Aires o vas de visita? Hay escorts VIP en Recoleta esperando tu mensaje.