Volvió de viaje y no esperé a que se me pasara
La semana sin Lucas se sentía interminable porque mi cuerpo había decidido conspirar contra mi paciencia. Tenía dos días con la regla y un deseo que no entendía de calendario, de toallas higiénicas ni de sentido común. Cada vez que cruzaba el dormitorio vacío me acordaba del último viernes antes de su viaje, cuando me había prometido que iba a recuperar el tiempo perdido en cuanto bajara del avión.
Habíamos hablado todas las noches por videollamada. Las primeras dos fueron decentes. Las siguientes tres fueron de esas conversaciones que después no se pueden mostrar al técnico cuando arregla el teléfono. La última, antes de que él agarrara el avión de regreso, me había dejado tan encendida que tuve que levantarme a tomar agua y me quedé mirándome al espejo del baño, pensando que no me reconocía. La menstruación me había empezado al día siguiente y, lejos de calmarme, me prendió fuego.
Yo no quería esperar a que se me pasara. Esa fue mi primera decisión consciente del día.
Me puse el vestido rojo. El que él me había regalado para mi cumpleaños y que casi nunca usaba porque decía que no era para salir a la calle, que era para tenerlo a él en casa. Lo elegí a propósito. Si lo manchaba, mejor. Si me veía bajar del avión y me veía con eso puesto, peor para él. Me até el pelo y me lo solté tres veces antes de decidir dejarlo suelto. Me puse perfume detrás de las rodillas, donde sabía que iba a respirarlo cuando estuviéramos juntos.
Llegué a Ezeiza con cuarenta minutos de anticipación. Caminé por la terminal sintiendo cómo el roce del vestido contra los muslos me recordaba lo que había abajo, lo que había dejado de ser un problema y empezaba a ser una promesa. Una mujer me miró las piernas con esa cara que ponen las mujeres cuando reconocen el método. Me senté en una silla frente al monitor de arribos, crucé las piernas y dejé pasar el tiempo, mirando cómo la palabra «aterrizado» aparecía al lado del vuelo.
Cuando Lucas apareció por la puerta de arribos, lo vi antes que él a mí. Traía café en una mano, la valija pequeña en la otra, el saco arrugado del vuelo. Me buscó con la mirada como si supiera que iba a estar exactamente donde estaba. Cuando se cruzaron nuestros ojos, dejó el café sobre el primer banco que encontró y vino directo a mí.
—Vos no sabés lo que me hacés —me dijo cuando se acercó lo suficiente.
—Lo sé perfectamente —le contesté—. Por eso me puse esto.
Me besó ahí mismo, en medio del bullicio de los pasajeros y los carritos. Un beso que no fue de bienvenida sino de aviso. Le dejé el labial impreso en la comisura y no se lo señalé porque me gustaba que llevara mi marca el resto del trayecto.
—¿Vamos? —dijo.
—Vamos.
En el auto, mientras él manejaba por la autopista, le puse la mano sobre la pierna y la fui subiendo despacio. No con apuro, no como una adolescente. Con la calma de alguien que sabe que tiene la noche entera por delante y todavía más después. Lucas miraba al frente, pero su mano derecha bajó de la palanca de cambios para apretarme la mía y dejarla donde estaba.
—Tengo la regla —le dije sin preámbulo, porque entre nosotros no había preámbulos.
Lucas no apartó la vista del camino, pero noté cómo se tensó.
—¿Y?
—Y nada. Solo que lo sepas.
Me miró un segundo, lo justo para que entendiera lo que estaba diciendo y lo que no estaba pidiendo.
—Mi vida —dijo—, llevo siete días pensando en una sola cosa. La sangre no la incluía, pero tampoco la excluye.
Apreté un poco más fuerte. Sentí lo que ya sabía que iba a sentir.
***
Llegamos a casa pasada la medianoche. Subí al departamento dos pasos por delante y empecé a bajar el cierre del vestido en cuanto crucé el umbral. Lucas cerró la puerta con el pie y no esperó a que terminara. Me empujó contra la pared del recibidor y me besó con esa intensidad que tiene cuando lleva demasiados días sin dormir bien.
—Despacio —le dije, riéndome contra su boca—. Tenemos toda la noche.
—No, no tenemos —contestó—. Tenemos toda esta vida.
Me llevó al dormitorio cargada por la cintura. Las luces apagadas, solo la lámpara del pasillo que entraba por la puerta entreabierta. Me dejó caer en la cama, me sacó el vestido por arriba sin desabrochar nada más, y se quedó mirándome con esa expresión que me hacía sentir que no había vuelto solo del aeropuerto.
—Estás hermosa —dijo.
—Estoy llena de sangre —contesté.
—Por eso lo digo.
***
Lo que vino después tuve que reconstruirlo más tarde porque, en el momento, perdí la cabeza por completo.
Bajó por mi cuerpo besando despacio. Le agarré el pelo cuando llegó a las costillas y se rió contra mi piel. Cuando llegó al ombligo levantó la cabeza un segundo, me miró a los ojos, y supe que ya no había vuelta atrás.
—Pará —le dije—. ¿Estás seguro?
—Mi amor —respondió—. Estoy más seguro que de cualquier vuelo de la semana.
Y bajó.
La primera vez que me lamió sentí cómo todo el cuerpo se me convertía en un solo nervio. La segunda, cómo el pudor se iba a otra parte. La tercera, cómo entendía algo de mí que no había entendido en treinta y dos años: que el cuerpo no se divide en partes presentables y partes que hay que esconder. Que era todo o no era nada.
No me reconocía a mí misma y, sin embargo, era yo más que nunca.
Cuando levantó la cara para tomar aire, tenía la boca y la barba pintadas de rojo. Yo me reí. No pude evitarlo. Me reí con la cabeza echada para atrás, con las manos sobre los ojos, con esa risa que solo aparece cuando algo te sobrepasa.
—Tenés cara de payaso triste —le dije.
—Vos tenés cara de mujer que va a venirse —contestó.
Y volvió a bajar.
Cuando me vine, no grité. Me quedé sin voz, que es distinto. Me agarré del respaldar de la cama con las dos manos y sentí cómo el cuerpo me temblaba de un modo nuevo, como si la sangre acumulada de la semana hubiera estado esperando ese momento exacto para salir.
***
Después fui yo.
Me senté arriba de él sin pedir permiso. Lucas se dejó. Lucas siempre se deja cuando entiende que estoy en otro lugar, que esa noche no voy a ser la chica que me da vergüenza ser durante el día.
Me moví despacio al principio. Lo justo para que entendiera el ritmo. Después más rápido. Después dejé de pensar. Las venas del cuello se le marcaban cuando intentaba aguantar y eso me gustaba más que cualquier otra cosa que hubiera visto esa noche.
Las sábanas blancas que habíamos puesto el domingo empezaron a teñirse. No me importó. A él tampoco. Le agarré la cara y le besé los labios manchados, le pasé la lengua por la barbilla, sentí el sabor metálico de mi propio cuerpo en la boca de él y me pareció que, de un modo ridículo, era la cosa más íntima que habíamos hecho en cuatro años de pareja.
—Pará —le dije de pronto.
Se quedó quieto.
—Date vuelta vos —agregué.
Lo hice cambiar de posición. No porque yo no pudiera más, sino porque quería más. Quería todas las versiones de él, todas las posiciones, todas las formas posibles de la noche.
Me puso boca abajo. Sentí cómo me preparaba con los dedos, cómo aprovechaba lo que ya estábamos usando como lubricante natural, cómo entraba despacio en otro lugar. Apreté la cara contra la almohada y me agarré del respaldar otra vez.
—Avisame —dijo.
—Estoy bien —contesté—. Estoy más que bien.
No fue el orgasmo más fuerte de la noche, pero sí el más raro. Algo entre el dolor y la rendición. Lucas terminó adentro, con la mano cerrada en mi cadera, y se quedó así medio minuto, respirando contra mi cuello, sin retirarse.
—Te amo —me dijo bajito.
—Ya sé —contesté—. Yo también.
***
Pensé que ya estaba. Que con eso ya me había sacado todo lo que tenía guardado. Me equivoqué.
Diez minutos después, mientras Lucas estaba acostado boca arriba con el brazo extendido y yo apoyaba la cabeza en su pecho, sentí cómo el deseo volvía. Distinto. No el deseo salvaje de antes, sino algo más profundo. Más antiguo.
—Lucas.
—Mmm.
—Otra vez.
Se rió bajito.
—Mi amor, soy un humano.
—Otra vez —repetí—. Pero arriba.
Me miró con esa cara que pone cuando entiende algo sin que se lo expliquen.
—¿Misionero?
—Misionero.
Se acomodó encima de mí despacio. Yo abrí las piernas y lo recibí. Esta vez no había prisa. Esta vez no había pose. Estábamos los dos cubiertos de sangre, de sudor y de lo que fuera lo otro, y lo único que quería era mirarlo a los ojos mientras se movía dentro de mí.
—Quedate quieto un segundo —le pedí.
Se quedó.
Le pasé la mano por la mejilla, por el mentón manchado, por el cuello. Lo miré con la luz del pasillo dándole de costado. Me acordé de la primera vez que habíamos cogido, en un departamento prestado, con miedo a que volvieran los dueños. Me acordé de la primera vez que me había dicho que me amaba, en un viaje a la costa. Me acordé de todas las veces que había pensado en dejarlo y de todas las veces que había decidido no hacerlo.
—Movete —le dije.
Empezó a moverse. Despacio. Profundo. Yo le agarré la espalda con las uñas, no para marcarlo sino para sostenerme. Esta vez me vine llorando. No de tristeza, no exactamente. De algo que no tenía nombre y que tampoco quiero ponerle uno ahora.
Lucas terminó poco después. Se desplomó arriba mío y yo lo aguanté.
—Sos un desastre —le dije después de un rato.
—Vos también.
—Las sábanas no se salvan.
—Las tiramos.
Nos quedamos abrazados, escuchando los ruidos del edificio, el zumbido del aire acondicionado, algún auto lejano. Le pasé la mano por el pelo y me di cuenta de que no me importaba absolutamente nada de lo que pensara cualquier persona del mundo sobre nosotros.
—Lucas.
—Decime.
—La próxima vez que viajes, no te vayas tantos días.
—No me voy a ir nunca más.
—Mentira.
—Mentira —admitió.
Me reí contra su pecho. Cerramos los ojos al mismo tiempo. Afuera, Buenos Aires seguía haciendo lo que hace siempre. Adentro, dos cuerpos manchados se quedaban dormidos sobre un campo de sábanas perdidas, sin saber que lo que habían vivido esa noche iba a ser, mucho tiempo después, una de esas confesiones que se cuentan en voz baja, riéndose, mirando para otro lado, cuando alguien pregunta cuál fue la noche más tuya.