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Relatos Ardientes

Mi abogada vino a la celda con un vestido rojo

Esta es mi confesión, y nunca pensé que la iba a contar. Pero hay cosas que uno no puede guardarse para siempre, y esta me sigue quemando dos años después.

Yo no era un criminal. Necesitaba la plata. Un viejo amigo, Iván, me ofreció dos mil dólares por guardarle «unos paquetes» durante quince días en mi casa. Le dije que sí porque debía tres meses de alquiler y mi novia, Carolina, se había quedado sin trabajo el mes anterior. No pregunté qué había en los paquetes. No quise saber. Fui un imbécil.

A las cuatro de la mañana del jueves, cuatro policías rompieron la puerta de mi casa. Me tiraron al piso, me esposaron, y arrastraron a Carolina hasta la cocina entre gritos. Encontraron los cuatro kilos de cocaína dentro de una bolsa deportiva azul, en el garaje. Uno de los oficiales, un calvo musculoso de bigote, me apretó los testículos con la mano hasta que casi me desmayo. Decí dónde está el resto, nene, me decía al oído mientras los demás revolvían la casa.

No había más. Iván nunca me dejó más.

Me llevaron a la comisaría 47. Estuve doce horas sin dormir, sin comer, sin saber qué me iba a pasar. Me asignaron una abogada de oficio. Y entonces apareció ella.

Mariana Solís. Cuarenta y dos años. Rubia, alta, con un cuerpo que no parecía pertenecer a una abogada penalista. Entró al cuarto de interrogatorios con una pollera negra demasiado corta para el lugar y una camisa blanca con dos botones de más sin abrochar. Cuando se inclinó sobre la mesa para verme la cara, vi el encaje del corpiño y entendí que esa mujer estaba acostumbrada a usar todo lo que tenía.

—¿Cómo te llamás? —me preguntó.

—Tomás.

—Mirame, Tomás. Entre vos y yo no puede haber ningún secreto. Contame todo.

Le conté todo. Ella escuchaba con la mandíbula apoyada en una mano, sin parpadear. Cuando terminé, me apretó la rodilla por debajo de la mesa y me dijo que iba a sacarme de ahí. No fue un gesto profesional. Fue una promesa que no entendí del todo en ese momento.

***

A los tres días me trasladaron a la penitenciaría. Compartí celda con dos hombres: un calvo musculoso al que le decían el Pelado y un negro alto al que llamaban Benítez. Tenía miedo, pero ellos me trataron bien. Me dijeron que ya sabían quién era mi abogada, y se rieron.

—El director se la quiere coger —me explicó el Pelado mientras nos pasaban la comida por la rendija—. A todas se las coge. A las mujeres de los presos, también, cuando vienen a pedir favores.

—¿En serio?

—Acá adentro pasa de todo, pibe. Vos preocupate por vos.

Esa noche soñé con Mariana. Soñé que entraba a mi celda con un vestido rojo que después le vi de verdad. Me desperté con una erección que no sabía cómo justificar y con el Pelado roncando en la cucheta de arriba.

Pasaron dos semanas. Carolina vino a visitarme una vez, pero la trataron mal en la entrada. Mariana me contó después que el director había intentado meterse con ella y que solo la salvó la suerte. Me hirvió la sangre, pero no podía hacer nada. Estaba encerrado y dependía de esa mujer rubia que cada vez se vestía más provocativa cuando venía a verme. Y yo cada vez la miraba menos como abogada.

Mariana logró atrapar a Iván. Mi causa cambió completamente. El fiscal, un amigo personal de ella llamado Tobías, le aseguró que me iban a dar prisión domiciliaria. Cuando vino a darme la noticia, fue distinta a las otras visitas.

***

Eran las cuatro de la tarde de un viernes de marzo. Calor sofocante. Mariana entró al pabellón con un vestido rojo veraniego que se le pegaba a las caderas, sandalias altas, el pelo suelto y los labios pintados de un rojo más oscuro que el vestido. Los presos del patio le silbaron al pasar. Uno hasta se bajó el pantalón. Ella siguió caminando como si nada, escoltada por la secretaria del director.

El director había hecho algo extraño esa mañana. Había mandado a sacar al Pelado y a Benítez a otra celda «por seguridad». Le había dicho a Mariana que podía verme a solas, sin guardias, con un botón antipánico en la mano por si pasaba algo. La secretaria abrió la reja, me miró con una sonrisa cómplice y se fue caminando lento por el pasillo.

Quedamos solos. Yo, sentado en mi camastro de mierda, con el uniforme azul gastado y la barba de tres semanas. Ella, parada junto a las rejas, con ese vestido que parecía pintado sobre el cuerpo y un perfume que no tenía derecho a entrar a un lugar como ese.

—Atraparon a Iván —me dijo—. La semana que viene salís en domiciliaria.

Me levanté. Me acerqué. No sé qué me poseyó. Será que llevaba veintidós días encerrado, será que la había deseado en silencio cada vez que venía a verme. Será que ella me sostuvo la mirada un segundo de más.

La besé.

Y ella no me detuvo.

***

—Esperá, Tomás —me dijo en algún momento, pero su mano ya estaba en mi nuca empujándome hacia ella—. Para un poquito, esto está mal.

—No puedo —contesté.

La giré contra los barrotes. Sus pechos enormes quedaron apretados entre los hierros oxidados. Le subí el vestido rojo y vi que llevaba una tanga blanca diminuta. Le pasé la mano por el muslo, por la cadera, por la curva del culo. Ella apoyó la frente contra la reja y soltó un gemido bajo, ronco, que no parecía de abogada sino de cualquier mujer que hace mucho que no se siente deseada de verdad.

Me arrodillé detrás de ella. Le bajé la tanga a la mitad de los muslos. Le abrí las nalgas con las dos manos y le pasé la lengua entera por el centro. Mariana golpeó la palma contra el barrote y se mordió el dorso de la otra mano para no gritar. Sentí su sabor, su humedad, la forma en que las caderas se le movían solas buscándome la cara.

—Mmm, Dios —dijo entre dientes—. Esto está tan mal.

No le contesté. Seguí. Le pasé la lengua por la entrada, por el clítoris, por todo lo que pudiera alcanzar. Ella se sostenía de los barrotes con una mano y con la otra se apretaba un pecho por encima del vestido. Cuando se le doblaron las piernas, la levanté y la llevé hacia la cucheta.

—La de arriba —le dije—. La de abajo es la mía y no quiero que el Pelado huela tu perfume cuando vuelva esta noche.

Se rió. Una risa de mujer, no de abogada.

Le bajé el vestido del todo. No tenía corpiño. Sus pechos eran más grandes de lo que yo había imaginado en todas mis fantasías de celda. Pesados, blancos, con los pezones rosados y duros como dos botones de ropa antigua. Me los metí en la boca uno por uno. Ella me agarró la cabeza con las dos manos y me empujó contra ella como si quisiera que me ahogara ahí adentro.

—Más fuerte, Tomás. Más fuerte.

Le mordí. Le mordí los pezones, le mordí la curva del pecho, le mordí el cuello. Ella tenía las uñas pintadas de rojo y me arañó la espalda por encima del uniforme. Le saqué la camisa de un tirón y le metí los dedos en la boca. Ella los chupó como si fuera otra cosa, mirándome a los ojos.

***

Después se arrodilló en el piso de cemento. Yo me apoyé contra la pared, con el pantalón en los tobillos. Mariana me agarró con una mano y se la metió toda en la boca. Era una mujer experimentada, y se notaba. Sabía exactamente dónde poner la lengua, cuándo apretar, cuándo aflojar. Me miraba desde abajo con esos ojos verdes y la boca llena, sin perderme la cara en ningún momento.

Tuve que apartarla a la fuerza. Si seguía un segundo más se iba a tragar tres semanas de encierro y se acababa todo antes de empezar.

—No, no —dijo, lamiéndose los labios—. Acabás cuando yo te diga.

La levanté del piso. La di vuelta. La incliné contra la cucheta, una rodilla en el colchón, las dos manos apoyadas en el barrote de arriba. El vestido rojo enrollado en la cintura, las piernas abiertas, todo el peso del cuerpo empujado hacia atrás contra mí. Me la metí de una vez y ella gritó. Gritó fuerte, sin disimulo, sin acordarse de que estábamos en una cárcel y que cualquier guardia podía pasar por el pasillo.

—Bestia —me dijo—. Sos una bestia.

—Vos sabías a qué venías —contesté.

Le agarré las caderas y empecé a moverme. La cama crujía. Los barrotes hacían un ruido metálico cada vez que ella los apretaba. Mariana tenía la cara contra el colchón sucio y lo mordía para ahogar los gemidos. Le pegué una palmada en la nalga derecha. Quedó la marca roja de mi mano sobre la piel blanca. Le pegué otra. Ella gimió más fuerte.

—Más, Tomás. Tratame mal.

Le agarré el pelo. Tiré. Le levanté la cara hasta que el cuello se le tensó como un arco. Ella tenía los ojos cerrados y la boca abierta. Le pasé dos dedos por la lengua, los volví a meter, los empapé, y se los pasé por la otra entrada con cuidado.

—Acá no —dijo de pronto, abriendo los ojos.

—Vos sabés que sí.

—Otro día —contestó—. Hoy no, te lo prometo.

Le hice caso. Volví a la primera. Aceleré. La cama se movía sola contra la pared. El olor a sexo y sudor empezó a tapar el olor a cemento y desinfectante de la celda.

***

Cambiamos de posición. Ella boca arriba en el camastro, las piernas en mis hombros, los pechos saltándole con cada movimiento. Le miré la cara: el maquillaje corrido, el rímel manchado, el rojo de los labios borrado por las mordidas mías. Era otra mujer. No quedaba nada de la abogada que entraba al juzgado a discutir con jueces. Era solo Mariana, una mujer que llevaba semanas deseando esto tanto como yo.

Le hablé al oído. Le dije lo que iba a hacerle cuando saliera. Le dije que la quería en mi cama, que la quería a mi disposición, que después de probarme a mí ya no iba a poder volver a su marido. Ella se reía y me arañaba los hombros con esas uñas rojas.

—Bocón —me dijo—. Sos un bocón. Cogeme y callate.

Cuando estuve a punto de acabar, me apartó con la palma abierta en el pecho. Me empujó hacia atrás un palmo y me agarró con las dos manos.

—Acá —dijo, señalándose entre los pechos.

Le hice caso. Acabé encima de ella, en el cuello, en la barbilla, en los pechos enormes que habían sido mi obsesión durante un mes entero. Mariana se pasó dos dedos por la piel mojada, los miró un segundo y se los chupó mirándome a los ojos sin pestañear.

—Voy a recordar esto cada vez que firmes un papel —le dije.

—No firmo ningún papel más con vos —contestó, y se rió.

***

Después se quedó quieta, recuperando el aire. Yo me dejé caer a su lado en la cucheta, los dos apretados en un colchón hecho para uno solo. La celda olía a sexo, a sudor, a perfume caro mezclado con cemento húmedo. Afuera empezaba a oscurecer y la luz amarillenta del pasillo se metía entre los barrotes y nos cortaba la cara en franjas.

—Tenés que irte —le dije—. Si seguís acá un minuto más no aguanto otra vez.

Se rió. Se levantó con dificultad. Se acomodó la tanga, el vestido, el pelo. Sacó un espejito chiquito de la cartera y se rehizo el rouge con dedos firmes, como si se preparara para una audiencia. Cuando volvió a parecer una abogada, me miró con seriedad.

—Esto no pasó, Tomás.

—No pasó.

—Y cuando salgas, no me llamás.

—No te llamo.

Mintió. Y yo mentí.

A las cuarenta y ocho horas me dieron la prisión domiciliaria. La primera semana en mi casa con Carolina, fingí ser el novio que volvía agradecido del infierno. Le dije que la había extrañado. Le dije que iba a empezar de cero. Le hice el amor en silencio y con los ojos cerrados, pensando en otra cosa. Pero cuando ella se dormía, me bajaba al living y me quedaba mirando el celular esperando algo que no sabía si iba a llegar.

Una semana después llegó el mensaje de Mariana. Una dirección. Una hora. Un emoji rojo que no necesitaba traducción.

Esta es mi confesión. Y nunca pensé que la iba a contar.

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Comentarios (7)

KiloWatts88

Tremendo relato!! me engancho desde la primera linea

PedroDelSur

Que buena ambientacion, el vestido rojo fue el detalle perfecto para arrancar. Sigue escribiendo asi!

RiojaLector

jaja me imagino la cara de los guardias saliendo todos juntos por orden del director. Increible

Romina_K

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como termino todo esto. Muy bueno

NightReader88

Esto si que es una confesion de verdad jaja. Excelente trabajo

ElenaRoja

Me recordo a una situacion que vivi hace años, obviamente mucho mas aburrida que la tuya jaja. Muy buen relato, se siente real

lectura_nocturna7

Bien contado y sin exageraciones, se nota que sabes narrar. Esperando el proximo

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