El viaje a Vietnam donde descubrí lo que no sabía
Voy a contar esto porque sigo dándole vueltas un año después y necesito sacarlo de adentro. Tenía treinta y cuatro años, una separación reciente y dos semanas de vacaciones acumuladas que mi jefe me obligó a tomar de una vez. Compré un vuelo a Hanoi sin planearlo demasiado. Una compañera de oficina me había hablado de Vietnam como si fuera un secreto que nadie en mi círculo había descubierto, y yo, en ese momento, necesitaba un secreto.
Los primeros días fueron de turista común. Templos, comida en la calle, cervezas tibias con ingleses en hostales baratos. Pero la quinta noche, cansado de fingir entusiasmo cultural, me bajé en un pueblo costero al sur del país y entré a un bar pequeño con terraza al mar. Pedí una cerveza fría y un plato de mariscos por menos de lo que cuesta un café decente en Madrid. Estaba comiendo cuando ella entró.
Se llamaba Linh. Lo supe cinco minutos después, cuando le ofrecí una copa y aceptó con una sonrisa que no se parecía a la de una desconocida. Tenía la altura justa, curvas reales, el pelo largo y negro recogido a medias en una coleta floja. No era espectacular en el sentido de revista. Era algo mejor: parecía cómoda en su cuerpo, lo cual a mí, recién separado de alguien que se odiaba en cada espejo, me cayó como una bofetada amable.
Hablamos un rato. De turismo, de su pueblo, del calor que aplastaba la calle. Después de la segunda copa, sin cambiar el tono, me dijo lo que cobraba.
—Por la tarde, lo que tú quieras. El día completo y la noche, ciento cincuenta dólares.
Lo dijo como quien explica un menú. No me hice el sorprendido. Llevaba tres días pensando si me atrevería a algo así, y la honestidad de Linh me ahorró tener que mentirme a mí mismo.
—Día completo —respondí.
Pagué la cuenta del bar y caminamos al hotel sin tocarnos. Solo cuando cerré la puerta de la habitación, ella se giró y me miró como si quisiera entender quién era yo antes de empezar.
—¿Es la primera vez que pagas por esto?
—Sí.
—Se nota. Tranquilo. Hoy no hay prisa.
***
Linh se desnudó sin teatro. Camiseta, falda, todo al suelo en menos de un minuto. Yo tardé más. Me temblaban las manos al desabrocharme el cinturón, y ella, en vez de reírse, se acercó y me ayudó. Pasó las manos por mi pecho, lentas, como si estuviera leyendo en braille las cosas que yo no le había contado.
—Tú no quieres lo que crees que quieres —me dijo en voz baja—. Tú quieres que alguien tenga ganas de estar acá. Eso lo hago bien.
Me besó como una novia, no como una clienta. Después me empujó a la cama y se subió encima.
La tarde fue larga. Linh sabía leer el cuerpo de un hombre como si ya lo conociera de antes. Cabalgó con ritmo, cambiando ángulos, frenando justo cuando yo estaba por terminar para mirarme a los ojos y sonreír. Esa sonrisa, cada vez, era una pequeña humillación deliciosa: ella sabía exactamente cuánto me quedaba.
—Despacio, guapo. Tenemos toda la noche.
Me corrí dos veces antes de la cena. Una en su boca, lento, mirándola subir y bajar con una calma que no había sentido nunca antes. La segunda dentro de ella, después de que se me sentara encima de espaldas, apoyada en mis muslos, moviendo apenas las caderas mientras yo le agarraba los pechos desde atrás. Cuando terminé, se quedó quieta encima un buen rato. No habló. Solo respiraba.
***
Cenamos en una terraza al lado del puerto. Pescado a la parrilla, arroz con verduras, dos cervezas más. Linh comía con apetito y hablaba de su hermana pequeña, que estudiaba enfermería en una universidad del norte. Yo intentaba imaginar qué pensaría esa hermana de aquel viaje, de mí, y terminaba pensando que quizá no pensaría nada. Que aquí, en este pueblo, el dinero por compañía era una transacción tan ordinaria como vender mangos en la plaza.
Volvimos al hotel pasada medianoche. Por el camino, ella se detuvo frente al escaparate de una tienda barata y me agarró del brazo.
—Quiero pedirte un favor —dijo—. No quiero que pasemos otro día juntos. No es por ti. Es porque me caes bien, y cuando me caen bien los clientes se me complica el trabajo.
Me tomó un segundo entender. Asentí.
—Pero te voy a dejar a alguien mejor —siguió—. Una amiga mía. Se llama Mai. Ella sí aguanta lo que tú estás buscando, aunque todavía no sepas qué es.
No sé qué estoy buscando, pensé. Pero no le pregunté. Algo en su tono me convenció de que mejor lo averiguaba solo.
***
Mai apareció a la mañana siguiente con dos amigas más, las tres en el pasillo del hotel como si fueran a entrevistarse para un trabajo. La primera era delgada y muy joven, la segunda hablaba poco. Mai no necesitaba presentarse: tenía un cuerpo que llenaba la puerta, caderas anchas, pechos grandes y naturales y una mirada que no pedía permiso. Cuando le dije que era ella, las otras dos se fueron sin protestar y sin malas caras.
—Linh me avisó que eras buen tipo —dijo Mai entrando—. Pero también me dijo que no sabes lo que quieres. Eso lo descubrimos juntos.
Pasamos el día como una pareja en luna de miel. Almorzamos en el mercado, le compré un par de vestidos en una tienda turística que ella eligió sin mirar el precio, una pulsera de plata que se puso en cuanto salimos de la joyería. Me besaba en la calle como si lleváramos años. Era un teatro, claro, pero el teatro estaba bien hecho.
Por la noche, en un bar de luces tenues a tres calles del puerto, se acercó otra mujer. Más alta, más fina, con un vestido corto que se le subía cada vez que se sentaba. Mai la miró y se rio bajito.
—Esta es Tien —dijo—. Te va a gustar lo que ella sabe hacer.
Tien me besó el cuello, sin presentaciones, y me susurró un precio. Yo ni lo escuché. Solo asentí.
***
Volvimos los tres al hotel. En el ascensor, Mai me besó en la boca mientras Tien me besaba en la nuca desde atrás, las manos de las dos compitiendo por dónde tocar primero. Cuando la puerta de la habitación se cerró tras nosotros, ya no había timidez. Mai me empujó a la cama, se sentó a horcajadas sobre mi cara y me ordenó que la chupara mientras Tien se ocupaba de lo demás.
Yo no sabía qué era «lo demás». Pero estaba a punto de aprenderlo.
Tien se arrodilló entre mis piernas, me lamió primero como cualquier otra, despacio, casi distraída. Después subió a los testículos, luego al perineo. Sentí el filo de su lengua presionando contra un sitio donde nadie había estado nunca. Me tensé entero. Mai, encima de mi cara, se rio sin malicia.
—Tranquilo. Ella sabe lo que hace.
Tien se apartó un segundo, untó dos dedos con saliva y un aceite ligero que sacó del bolso. Volvió a apoyar la lengua, pero esta vez un dedo presionó suave, sin entrar.
—¿Confías?
No me salió la voz. Asentí contra el coño de Mai, que ya estaba empapado, y eso fue suficiente. Tien empujó muy despacio, milímetro a milímetro, hasta que el dedo entró entero. Después curvó la mano hacia arriba, buscando algo.
Lo que sentí no se parecía a nada que tuviera nombre.
Era un calor profundo, central, como si alguien hubiera encendido una luz dentro de mí. Tien empezó a masajear con presiones rítmicas, pequeñas, sabiendo exactamente dónde y con qué fuerza. Al mismo tiempo, bajó la boca a mi polla y comenzó a chuparla, sin prisa, succionando solo la parte de arriba mientras los dedos seguían su trabajo silencioso por dentro.
Yo le comía a Mai con desesperación. Le metía la lengua hasta donde llegaba, le succionaba el clítoris, todo lo que había aprendido en mi vida lo estaba volcando en ella, porque no podía hacer otra cosa. Mai se corrió encima de mi boca con un grito largo, las piernas temblando, los muslos apretándome la cabeza durante un minuto entero.
Y entonces fue mi turno.
Tien añadió un segundo dedo, presionó más fuerte, y me corrí de una manera que nunca me había corrido en mi vida. No fue un chorro. Fue una ola larga, continua, que parecía no tener final. El cuerpo entero se me sacudió, las piernas se contrajeron solas, los gritos me salieron sin permiso, ahogados contra Mai. Sentí que se vaciaba algo más profundo que los testículos, algo que estaba detrás de los testículos, en un lugar que yo no sabía que existía dentro de mí.
Cuando terminé, jadeaba como si hubiera corrido diez kilómetros. Mai se bajó de mi cara con cuidado y se tumbó a un lado. Tien sacó el dedo despacio, me besó el muslo y se acostó al otro costado. No dijeron nada durante un rato largo.
—¿Estás bien? —preguntó Mai al final, con una ternura que no esperaba.
—No sé qué fue eso.
—Eso fue tu primera vez de verdad —dijo Tien.
***
Pagué a las dos lo acordado, y un poco más. No por culpa, por agradecimiento. Tien se vistió y se fue antes del amanecer, sin despedirse demasiado. Mai se quedó hasta la mañana, durmiendo con la cabeza en mi pecho como si fuéramos cualquier pareja del mundo, sin urgencias ni cuentas pendientes.
Volví a Madrid una semana después. Me costó dos meses contarle algo de esto a un amigo, y solo le conté la mitad. La otra mitad, la del dedo de Tien y el descubrimiento de un placer que mi cuerpo había guardado en secreto durante treinta y cuatro años, sigue siendo mía. Hasta hoy, que la escribo aquí.
A veces, cuando estoy solo, vuelvo allí mentalmente. A esa cama, a ese hotel, a esa mujer que entendía mi cuerpo mejor que yo mismo. Y pienso que el verdadero motivo de aquel viaje no era escapar de mi separación. Era encontrar a alguien dispuesto a enseñarme lo que nadie en mi vida adulta se había atrevido a probar.
Quizá algún día vuelva. Quizá no. Pero esta confesión la cierro con la única certeza que me traje de Vietnam: hay placeres que uno no descubre solo. Hay puertas que necesitan que otra persona, sin prisa y sin juicio, las abra por ti.