Confesión: el camionero que rompió mi rutina nocturna
Tengo cuarenta y dos años y desde hace dos vivo en San Vicente de los Olivos, un pueblo de mala muerte donde el único movimiento lo ponen los camioneros que paran a comer en la Parada El Cruce. Soy la encargada del local. Sirvo cafés, controlo a los camareros y por las noches subo a mi piso a fingir que esta vida me alcanza.
Esto pasó en septiembre, durante las fiestas del pueblo. Todavía me cuesta creer que fui yo la que terminó en aquella cama. Pero fui yo. Y no me arrepiento de nada.
Lo vi entrar un martes por la tarde. Camisa hawaiana abierta, vaqueros que marcaban más de lo que un vaquero debería marcar, una cadena gruesa al cuello y un aro dorado en la nariz. La piel oscura, los hombros anchos, los brazos trabajados de quien lleva años subiéndose y bajándose de un camión. Pendientes de diamante en cada oreja y el pelo con una pequeña cresta teñida de rubio. Un personaje, vamos.
Vanesa, una de mis camareras, le clavó la mirada desde el primer minuto.
—¿Lo conoces, Bea? —me preguntó pegándose a la barra.
—De vista —mentí.
—Menudo macho. ¿Has visto el paquete que marca?
—¿Ya te lo quieres tirar?
—Una amiga me dijo el otro día que no me podía morir sin probar a uno así.
Le sonreí sin contestar. Vanesa tiene veintiún años, dos tatuajes en el antebrazo y un piercing de aro en la nariz. Es de las que deciden rápido. La había visto subir a su cuarto a media docena de camioneros desde que vivía en el piso de arriba del local. Esa noche supe que iba a ser uno más.
A la hora de cerrar, él seguía sentado en la mesa del fondo. Vanesa se le acercó con cualquier excusa, le habló bajo y diez minutos después los dos habían desaparecido por la puerta trasera. Yo me quedé recogiendo la barra con Damián, el otro camarero, fingiendo que aquello no me interesaba.
A la mañana siguiente, mi móvil tenía un mensaje de Vanesa enviado a las dos y media de la madrugada. Una foto: ella desnuda con un rastro de semen que le cruzaba el pecho hasta la barbilla. Al lado de su brazo, el envase de un condón Durex XL. Detrás, él dormido boca abajo en su cama.
«Ha sido bestial. Estos son los amos».
Le contesté con un emoji y no le hice más caso en todo el día. Llevaba demasiados años viendo a Vanesa contar lo mismo con distintos hombres.
***
Volvió diez días después. Pasó al lado de Vanesa sin saludarla, se sentó en una de las mesas que servía Damián y pidió ternera. Vanesa vino a la barra echando humo.
—¡El cabrón ni me mira!
—Es lo que hay, hija.
—Menudo hijo de puta.
Damián atendió la mesa con la profesionalidad de siempre, pero yo lo vi sonrojarse cuando él le dijo algo en voz baja. Damián tiene veintiún años, es bajito, delgado, lampiño y se mueve por la sala como si caminara sobre brasas. Es abiertamente gay y lleva dos años aguantando comentarios en este pueblo de cuatro casas. A las cuatro de la tarde libraba. Lo vi salir de la cocina con la mochila al hombro y subirse al camión que lo esperaba con el motor encendido en la calle de al lado.
Vanesa y yo nos miramos.
—No te lo crees —dijo ella.
—Me lo creo perfectamente.
—Lo va a partir en dos.
—A estos les da lo mismo. Cualquier agujero les sirve.
Damián volvió al trabajo dos días después caminando raro. No le pregunté. Él tampoco contó.
***
La tercera vez que lo vi entrar fue el sábado de las fiestas del pueblo. Yo estaba detrás de la barra cuando se me acercó y se me plantó delante sin pedir permiso.
—Tendríamos que hablar.
—Ahora no puedo.
—Esta noche, entonces.
—Hay verbena. Pensaba salir.
—Allí estaré.
Lo dijo como quien anuncia una hora del tren. Se dio la vuelta y se fue, y yo me quedé fregando vasos con las manos temblando un poco. No me pasaba eso desde hacía años.
No sé por qué me arreglé tanto esa noche. Bueno, sí lo sé. Saqué el vestido negro que me había comprado para una boda a la que al final no fui, me puse tacones, me solté la melena y me pinté los labios. Me miré al espejo y por primera vez desde hacía mucho tiempo me reconocí.
Llegó sobre las once. Los focos de su camión iluminaron toda la calle desde la curva. Lo vi entrar en la plaza con los hombros echados hacia atrás, abriéndose paso entre la gente con esa seguridad de quien sabe que lo están mirando. Recién duchado, una colonia barata pero bien puesta, la misma camisa hawaiana del primer día. Me localizó enseguida.
Se pidió una cerveza y se apoyó en la barra a mi lado.
—Veo que te han contado cosas —dijo.
—Quizás tenemos algo en común.
—¿Negocios con el mismo hijo de puta?
—Algo así.
—Y las consecuencias, entiendo, las pagasteis con carne.
Asentí. Me miró de arriba abajo sin disimulo.
—Pues estás cojonuda. Al menos vestida.
Se me escapó una carcajada sin querer. Pasó Damián en ese momento, me saludó con la mano y siguió. Cuando se alejó, le dije:
—Así que también mariconeas.
—Todo agujero que lo valga.
—Activazo, entiendo.
Me bebí la cerveza despacio. Sentía que toda la plaza nos miraba. Seguramente nos miraban. Dos años sin acostarme con nadie del pueblo y aparecía este hombre y yo, en lugar de mandarlo a paseo, me reía con él como una quinceañera.
—Puedes invitarme a tu casa —dijo de pronto—. Mañana salgo temprano.
—Lo exiges, no preguntas.
—¿Cuánto llevas enterrada en este cementerio?
—Dos años. Me iré pronto.
—Mientras tanto, soy tu mejor opción.
Tenía razón. Lo había dicho con la naturalidad de quien constata el clima, y tenía razón. Apuré la cerveza, dejé el vaso en la barra y le hice una seña con la cabeza para que me siguiera.
***
Subimos a mi piso por la calle de atrás para no cruzarnos con la gente de la verbena. Nada más cerrar la puerta me empujó contra la pared y me besó. Olía a colonia barata y a algo más, a cuero y a gasoil, a hombre que ha conducido todo el día. Me agarró la nuca con una mano grande y caliente y con la otra me apretó el culo por encima del vestido.
Hace tanto que nadie me toca así, pensé.
Le fui abriendo la camisa botón a botón. Tenía el pecho duro, la cadena dorada le caía entre dos pectorales que olían a jabón nuevo. Le bajé la cremallera del vaquero. La tenía dura ya y al sacarla casi me asusté. No por miedo. Por respeto.
—No te lo habrán contado —dijo viendo mi cara.
—Algo me dijeron.
Me puse de rodillas sin pensarlo. Llevaba años sin hacerlo y de pronto me parecía la cosa más natural del mundo. Le lamí el tronco entero, le metí en la boca lo que pude, le succioné los testículos hasta que él tuvo que apoyar la mano en la pared.
—Para —dijo con la voz ronca—. Vamos al dormitorio.
Me llevó casi en volandas. Encendí la lamparita de noche. Por la persiana entraba la luz amarilla de la verbena y el ruido lejano de los cohetes. Me sacó el vestido por encima de la cabeza, me desabrochó el sujetador y se quedó un momento mirándome, con la mirada que pone un hombre cuando todavía no ha tocado pero ya está decidiendo por dónde empezar.
—No estás mal para tener cuarenta y tantos.
—No tienes ni idea de lo que tengo —le contesté, y le mordí el labio inferior.
Me tiró sobre la cama. Me bajó las bragas con los dientes y enterró la cara entre mis piernas. Tenía la lengua larga y experta, alternaba el clítoris con las entradas, me metía dos dedos despacio y volvía a la lengua, y yo, agarrada a los barrotes del cabezal, intentaba no gritar para que no me oyera la vecina del rellano.
—Dios… —se me escapó.
Me dio la vuelta y me puso a cuatro al borde de la cama. Me escupió en el coño y me dio un cachete sonoro en la nalga derecha. Yo, que llevaba dos años sin permitir que nadie me hablara fuerte, esa noche solo quería que él siguiera haciendo exactamente lo que estaba haciendo.
Entró de una sola embestida. Me quedé sin aire.
—¡Ay!
—Tranquila —dijo, y se quedó quieto dentro de mí, esperando a que mi cuerpo lo aceptara.
Después empezó a moverse, despacio al principio, buscando el ritmo. La cama crujía. Los cohetes seguían reventando fuera. Yo le pedía más, él me daba más. Me agarró del pelo y me levantó hasta dejarme casi sentada sobre él, todavía clavada de espaldas. Me mordió el cuello, me apretó los pechos, me apretó el clítoris con dos dedos. Los muslos me empezaron a temblar antes de que pudiera avisarlo.
—Me… me corro —dije apretando los dientes.
—Córrete.
Me corrí con una intensidad que llevaba años sin sentir. Se me nubló la vista, se me escapó un gemido que no reconocí como mío. Cuando volví a respirar, él seguía moviéndose, ahora con los ojos cerrados y las mandíbulas apretadas. Lo sentí ponerse rígido detrás de mí, salir bruscamente, y descargar caliente sobre mi espalda con un rugido que no me esperaba.
Nos quedamos un minuto en silencio, jadeando, sudados, pegados como dos animales después de la pelea.
Después se levantó, se vistió sin decir mucho, se metió una pastilla de menta en la boca y se acercó a darme un beso en la frente.
—Gracias —dijo—. Mañana arranco a las seis.
—Pues vete a dormir.
Bajó las escaleras. Desde la ventana lo vi cruzar la calle hacia su camión. Antes de subir, se paró en una caseta de la verbena que todavía estaba abierta y compró unas muñecas y unos juguetes pequeños. Para sus hijos, pensé. Tenía mujer y cuatro hijos al otro lado del mundo. Lo había visto en una foto del salpicadero la única vez que asomé la cabeza al camión, semanas atrás, durante una tontería que ahora ya no recordaba bien.
No me importó. Esa noche, no.
Al día siguiente, en la barra, Vanesa me miró fijo mientras se servía un café.
—Te lo follaste.
—Sí.
—Hija de puta.
—Una cosa no quita la otra —le dije. Y seguí limpiando los vasos como si no acabara de sentirme, por primera vez en mucho tiempo, un poco viva.