Una mano de póker definió cómo terminó esa noche
Bruno me llamó a las once y media de la noche, justo cuando estaba terminando de afeitarme.
—¿Estás listo, Mateo? Estoy a tres cuadras —me dijo con esa voz acelerada de siempre.
—Bajo en cinco. ¿Vas en serio con esto?
—Bien en serio. Carla y Daniela ya dijeron que sí.
Ya las había visto en una foto que me había mandado dos días antes. Carla, morocha, treinta y nueve años, recién separada de un tipo que le había hecho la vida imposible. Daniela, pelirroja, treinta y cinco, cansada de un novio que la trataba como un mueble. Bruno me había vendido la idea de que las dos andaban con ganas de revancha y que no íbamos a tener que insistir mucho.
—Mirá, Bruno —le dije bajando las escaleras—, no quiero ser el viejo del grupo. ¿Cuántos tenemos nosotros? Treinta y dos, treinta. Ellas pasaron los treinta y cinco. ¿No te parece que están en otra?
—Justamente por eso. Las pibas de veinte hablan de TikTok. Estas dos saben lo que quieren y vienen cargadas. Confiá en mí, hermano.
Cuando salí a la vereda casi me caigo de espaldas. Bruno había dejado el patrullero en el garaje y se había aparecido en una camioneta bordó, recién lavada, brillando bajo la luz del farol.
—¿De dónde sacaste esto?
—Cuotas hasta los noventa años. Subí, que llegamos tarde.
Las pasamos a buscar por una esquina del centro. Carla llevaba un pantalón de cuero negro y un top rojo que parecía pintado encima. Daniela, un vestido bordó cortísimo. Cuando se subieron al asiento de atrás, el perfume de las dos ocupó todo el habitáculo y me costó concentrarme en la conversación.
—Así que ustedes son los famosos oficiales —dijo Carla, apoyando la mano en el respaldo de mi asiento—. Bruno me prometió que iba a ser una noche para acordarse.
—Bruno promete mucho —contesté yo—. Después le toca cumplir a otros.
***
Llegamos al boliche más caro de la zona. Bruno mostró la chapa al patovica y nos hizo pasar de largo la cola, que daba la vuelta a la manzana. Adentro retumbaba la música y las luces violetas se reflejaban contra mi camisa blanca.
Pedimos cuatro tragos en la barra y nos separamos sin querer. Bruno se quedó con Carla, hablándole pegado al oído, contándole historias de operativos que jamás había hecho. Daniela me agarró de la mano y me arrastró a la pista.
—¿Sabés bailar? —me desafió moviendo las caderas.
—Aprendí hace mucho. ¿Vos seguís?
La tomé de la cintura y empecé a guiarla con la salsa que me había enseñado mi vieja a los dieciséis años. Daniela se sorprendió. Yo aproveché un quiebre del tema para frenarla en seco contra mi pecho. Su pelo rojo me rozó la cara y sentí cómo respiraba pegada a mi cuello.
—No te tenía como un hombre que sabe lo que hace —me dijo con la boca contra mi oreja.
—Te queda mucho por descubrir.
Estábamos metidos en eso cuando escuché un grito desde la barra. Me di vuelta y vi a un tipo grande, borracho, que se había plantado frente a Bruno. Era el ex de Carla. Había averiguado dónde estaba y se había aparecido para hacer un escándalo.
—¡Vos qué hacés acá con éste! —le gritaba a Carla, sacudiéndole el brazo—. ¿Y el nene dónde lo dejaste?
Bruno se paró con esa calma fría que tenía cuando estaba por pasar algo feo. Le dijo dos veces que se fuera. El tipo le respondió metiendo la mano en el bolsillo y sacando una navaja chica, automática. El clic de la hoja al abrirse cortó el ruido de la música para los que estábamos cerca.
Yo ya estaba detrás del flaco antes de pensarlo. Le agarré la muñeca, le retorcí el brazo hacia la espalda y lo empujé contra la barra. La navaja cayó al piso. El tipo gritó del dolor más por la sorpresa que por la fuerza. Llamamos a los patovicas y se lo llevaron en menos de un minuto.
Carla me miraba como si me hubiera visto por primera vez. Daniela también. Bruno se acomodó la camisa con una sonrisa torcida y me hizo un gesto con la barbilla. Sin decir nada, los cuatro salimos del boliche.
***
—¿A tu departamento? —me preguntó Bruno en el ascensor de mi edificio.
—Sí. Pero no toquen nada que después no encuentro las cosas.
Era mentira que mi departamento estuviera hecho un caos. Era exactamente lo contrario. Tenía las camisas separadas por colores, los libros alineados al milímetro, ningún papel fuera de lugar. Le había heredado la obsesión a mi viejo y nunca pude sacármela de encima. Pero no quería que las chicas se sintieran intimidadas entrando a un museo.
Carla se sacó los zapatos en la entrada sin que nadie le dijera nada. Daniela inspeccionó el living con curiosidad y se sentó en el sillón de cuero como si fuera la dueña.
—Servimos algo fuerte y empezamos —dijo Bruno, abriendo la heladera con confianza.
A la tercera ronda de gin con tónica, las inhibiciones empezaron a evaporarse. Bruno encontró un mazo de cartas que tenía sobre la mesa ratona y lo agitó en el aire.
—Acá hay material para que esto se ponga interesante. Strip póker.
Carla y Daniela se miraron. Se levantaron y se fueron al balcón a deliberar en voz baja. Volvieron a los dos minutos, las dos sonriendo.
—Aceptamos —dijo Carla—. Pero ojo que ustedes pierden mucho más, oficiales.
La primera mano la perdió Bruno. Se sacó la camisa con teatralidad y la tiró al suelo. La segunda la perdí yo y me dolió en el alma porque era una camisa de seda blanca que me había costado lo que no quiero ni decir. Cuando la dejé sobre el respaldo, doblada con cuidado, las dos se rieron a carcajadas.
—Mateo, te estás luciendo —me dijo Daniela—. Doblala bien que después no te queda.
A la tercera mano cayeron los pantalones de Carla. El cuero se deslizó por sus piernas como si lo hubieran puesto ahí para eso. Quedó con una tanga roja diminuta y el top todavía puesto. Bruno la miraba sin disimular.
—Ahora me toca a mí cobrar —dijo con la voz ronca.
La cuarta mano la perdimos los dos, otra vez. Bruno se sacó los pantalones y yo también. Quedamos los cuatro en ropa interior. El living, antes impecable, tenía ropa tirada por todos lados, vasos a medio terminar y una luz tibia que hacía que todo pareciera salido de otra dimensión.
***
—Última mano —dijo Bruno mezclando las cartas con esa concentración fingida de los que se hacen los pícaros—. Si pierden ustedes, los dos sostenes y las dos tangas afuera. Si perdemos nosotros, salimos los dos en bolas a correr una vuelta a la manzana.
—¡Estás loco! —gritó Carla, pero se reía.
—Acepten o se van —presionó Bruno.
Daniela me miró buscando aprobación. Yo asentí. La verdad es que ya no podía pensar.
Bruno repartió. Yo no tenía nada. Bruno tampoco. Daniela mostró un par de damas. Carla dio vuelta su última carta y se le cayó la cara. Tenía un dos y un siete sin ningún juego. Habíamos ganado por azar puro.
Bruno pegó un grito y casi se cae del sillón de la risa. Las dos se pusieron las manos en la cara. Después se miraron, se encogieron de hombros y empezaron a desabrocharse los broches de la espalda con esa naturalidad de quien ya había decidido todo antes de jugar la última mano.
Los tops cayeron al suelo. Daniela se mordió el labio. Carla nos miró sin pestañear, todavía arrodillada en el sillón, con los pechos al aire y la respiración acelerada.
—Bueno, oficiales —dijo Carla—. Cobren lo que ganaron.
***
Bruno se acercó a Carla y le pasó la mano por el cuello, despacio, como si estuviera midiendo algo. Ella levantó la cara y lo besó primero, sin esperar permiso. Fue un beso largo, hambriento, de los que no dejan dudas. Bruno la agarró de la nuca y la apoyó contra el respaldo del sillón, pasándole la otra mano por la cintura, bajando hasta meterle los dedos por debajo de la tanga.
A mi lado, Daniela me tiró del brazo. Cuando me giré, ya tenía la boca pegada a la mía. Sabía a gin y a labial. Sus manos me recorrieron el pecho y me empujaron contra la pared. La levanté de las caderas y la apoyé sobre la mesa de vidrio, separándole las piernas con la rodilla. Ella se rió contra mi boca y me agarró el pelo con las dos manos.
—Hace tiempo que no sentía algo así —me susurró al oído.
No le contesté. La besé de nuevo, esta vez bajando por el cuello, mordiéndole el hombro, recorriéndole la clavícula con la lengua. Daniela arqueó la espalda. Sus pechos me rozaron la cara y se le escapó un gemido cuando le pasé la lengua por el pezón derecho, despacio, dibujando círculos.
Del otro lado del living escuché a Carla soltar una carcajada nerviosa que terminó en un gemido bajo. Bruno la había puesto de espaldas contra el sillón y le estaba bajando la tanga roja con los dientes. Carla tenía la cabeza apoyada en el respaldo y los ojos cerrados, las manos enredadas en el pelo de él.
Daniela me agarró la cara con las dos manos y me obligó a mirarla.
—No me hagas esperar más —me dijo.
Le saqué la última prenda. Me deshice del bóxer. Cuando me hundí en ella, sentí que el cuerpo entero se me tensaba. Daniela cerró los ojos y se abrazó a mi cuello, hundiendo la cara en mi hombro mientras yo me movía despacio, encontrando el ritmo. Esto no se parece a nada que haya pasado antes, pensé, sin poder sacarme la idea de la cabeza.
Bruno y Carla se habían deslizado al piso. La alfombra que tanto cuidaba ya tenía una mancha de gin y la prenda perdida de alguien hecha un bollo. Carla estaba arriba de Bruno, montándolo con las manos apoyadas en su pecho, los pechos sacudiéndose con cada movimiento, el pelo negro cayéndole sobre la cara.
En algún momento, Daniela me empujó suavemente y se bajó de la mesa. Caminó hasta donde estaban los otros dos y se sentó al lado de Carla. Las dos se miraron. Se besaron con una naturalidad que me dejó sin palabras. Bruno me hizo una seña para que me acercara.
Terminamos los cuatro en el suelo, repartidos en una geometría imposible. Carla con la cabeza apoyada en el muslo de Bruno, recibiendo a Daniela que se había acomodado entre sus piernas. Yo detrás de Daniela, agarrándole las caderas, perdiéndome en el calor de su cuerpo. El living se volvió un único cuerpo respirando con ritmos cruzados, jadeos que se mezclaban con los míos, manos que aparecían de cualquier lado.
Cuando terminamos, los cuatro nos quedamos quietos, sin hablar, escuchando solo nuestras respiraciones y el zumbido suave del aire acondicionado. Bruno fue el primero en moverse. Se sentó, se pasó la mano por la cara y soltó una risa baja.
—Mateo —me dijo—, esto se va a repetir.
***
Las llevamos a sus casas a las siete de la mañana. Carla me dio un beso en el cachete antes de bajar y me dijo que no le contara a nadie. Le prometí que no. Daniela me apretó la mano un segundo más de lo necesario y se metió en el edificio sin mirar atrás.
Cuando volví al departamento, encontré la camisa blanca todavía doblada sobre el respaldo del sillón y la copa de Carla con un poco de gin en el fondo. La alfombra tenía dos manchas que iban a ser difíciles de sacar. Me senté en el sillón un rato largo, mirando todo aquel desorden que jamás habría tolerado en otra circunstancia, y me sorprendí pensando que no tenía ningunas ganas de levantarme a limpiar.