Años mirándola en el bar sin atreverme a hablar
Hay mujeres que no llaman la atención de forma obvia. No son las que entran a un sitio y todo el mundo gira la cabeza. No llevan la falda más corta ni el escote más generoso. Pasan desapercibidas para la mayoría, y precisamente por eso, cuando empiezas a mirarlas de verdad, ya no puedes parar.
Elena es ese tipo de mujer.
La conocí hace muchos años, cuando aún éramos adolescentes y mis padres me llevaban al bar que regentaba su familia en el barrio de siempre. Ella era la hija callada de los dueños, la que recogía vasos sin decir palabra mientras su padre atendía la barra. Después me fui a estudiar fuera, pasé años sin pisar el barrio con regularidad, y cuando volví, el bar seguía ahí. Y Elena también.
Tendría unos veintiocho años cuando la volví a ver despacio, con atención real. Seguía con las gafas de montura oscura, el pelo negro ligeramente ondulado recogido de cualquier manera, los vaqueros rectos que no decían nada llamativo. Seguía sin hablar demasiado, sin reírse a carcajadas, sin intentar que nadie se fijase en ella. Su madre ya no estaba detrás de la barra. Ahora era ella la que llevaba el negocio, junto con su hermano, aunque era ella la que echaba las horas de verdad.
Me senté en la barra aquella tarde sin ninguna intención especial. Pedí una cerveza. Y cuando ella me la trajo sin mirarme a los ojos, algo se me quedó grabado: la forma en que apoyó el vaso sobre el posavasos de corcho, despacio, como si cada movimiento que hacía lo hubiera calculado de antemano.
Hay algo en esta mujer que no entiendo.
Y cuando no entiendo algo, no puedo dejarlo estar.
***
Durante los años siguientes fui al bar con cierta regularidad. No de forma obsesiva, sino la justa para que mi presencia no resultase extraña. Tres o cuatro veces al mes, a veces más. Siempre pedía algo simple: una caña, un café, a veces un chupito si el día había sido complicado. Y siempre me sentaba en el tramo final de la barra, cerca de donde ella solía apoyarse cuando no había nada que hacer.
Al principio las miradas eran accidentales. Me miraba al servirme y yo le devolvía la mirada sin más. Pero en algún momento, no sé exactamente cuándo, dejaron de ser accidentales. Me buscaba antes de que yo la buscase a ella. Levantaba los ojos desde lo que estuviera haciendo —limpiar el mostrador, revisar el teléfono, rellenar el azucarero— y sus ojos iban directamente a los míos. Sin sonreír. Sin modificar el gesto. Solo mirando.
Y yo hacía lo mismo.
Eso duró años. Dos, tres, quizás cuatro. Una conversación silenciosa que ninguno de los dos nombraba, que no tenía forma de avanzar porque ninguno daba el primer paso. Yo porque no estaba seguro de si lo que veía era real o me lo estaba inventando. Ella porque, supongo, tenía sus propias razones, que entendí mucho después.
En ese tiempo me fui fijando en detalles que antes no había notado. Los vaqueros que llevaba eran siempre del mismo estilo, aparentemente normales, pero de una tela que se estiraba y se adaptaba al cuerpo. Cuando caminaba desde la barra a las mesas, sus caderas seguían una cadencia que los vaqueros rígidos no permiten. Y ninguna vez, en todos esos años, se le marcó la ropa interior por detrás. Podía llevar un tanga de hilo, podía no llevar nada. Mi cabeza tardó mucho tiempo en decidir cuál de las dos opciones prefería imaginar, y los ratos en que me ponía a pensarlo eran los mejores del día.
También me fijé en sus pies. En verano llevaba siempre sandalias de tiras finas o zuecos bajos, y había algo en la manera en que apoyaba el peso —el talón firme, los dedos relajados— que me resultaba enormemente concreto. Las personas se revelan en los detalles pequeños. Y los detalles pequeños de Elena empezaron a ocuparme la cabeza más de lo razonable.
A simple vista parecía la chica que nunca había roto un plato. Pero cuanto más la miraba, más veía pequeños gestos que no encajaban con esa imagen. Una pausa demasiado larga antes de responder. Una mirada que se quedaba un segundo de más. La manera en que entrelazaba los dedos sobre el mostrador cuando esperaba que el cliente decidiera qué pedir. Gestos que me hacían pensar en lo que podría haber debajo de toda esa calma.
***
El verano pasado fue diferente.
Entré al bar una tarde de julio, cuando el calor apretaba de verdad y la mitad del barrio buscaba cualquier excusa para no estar en la calle. El local estaba medio vacío, con el ventilador del techo girando despacio y la radio poniendo algo de los noventa a un volumen casi imperceptible.
Elena estaba detrás de la barra. Pero aquella tarde llevaba algo distinto. Una camisa sin mangas con los primeros botones abiertos, vaqueros acampanados de tiro alto que le marcaban la cintura, y unas sandalias de tiras negras que dejaban casi todo el pie a la vista. El pelo lo llevaba en un moño alto del que escapaban mechones por los lados, y las gafas, siempre las gafas, con la montura de carey que le enmarcaba los ojos castaños.
No llegué a sentarme antes de que tuviese que dar una vuelta por el fondo del local con cualquier pretexto. Respiré hondo, me senté en el extremo de la barra de siempre.
Ella se acercó despacio.
—¿Qué te pongo? —preguntó. Los ojos castaños, tranquilos, con esa expresión de siempre que no dejaba leer nada.
—Un chupito de Baileys —dije.
Lo preparó sin prisas, lo puso sobre la barra, y cuando me lo acercó, sus dedos rozaron el lateral del vaso al mismo tiempo que los míos. No fue un accidente. Lo supe de inmediato porque ella no retiró la mano. La dejó ahí, apoyada junto a la mía, durante uno o dos segundos que se estiraron de una forma difícil de describir.
Extendí el dedo índice y lo deslicé despacio por la parte interior de su muñeca.
Vi cómo se mordía el labio inferior. Vi cómo tomaba aire. Y escuché, apenas, una pequeña exhalación que se cortó de golpe cuando alguien abrió la puerta del bar y entró pidiendo un agua con gas.
Se alejó. Yo me quedé con el chupito en la mano y el corazón latiendo más de lo que debería.
***
Salí a fumar para ordenar los pensamientos.
Llevaba años esperando una señal clara, y acababa de recibirla. El problema era que una señal no es una conversación, y lo que yo quería era la conversación. Hablar con ella sin barra de por medio, sin clientes al fondo, sin su hermano apareciendo desde la cocina con una caja de refrescos.
Tardé una semana en decidirme. Analicé sus horarios, algo que había hecho de manera inconsciente durante todo ese tiempo, y elegí un martes de primera hora de la tarde. Los martes el hermano tenía el día libre. El bar solía estar vacío entre la una y las cuatro. Ese era mi margen.
Entré a las dos y cuarto.
Estaba sentada en el extremo de la barra con el móvil, con ese gesto de concentración que tenía cuando leía algo que le interesaba de verdad. Levantó los ojos al oírme entrar.
—¿Qué te pongo?
—Un café con hielo.
Lo preparó. Me lo trajo. Se quedó apoyada en la barra frente a mí, con los brazos cruzados sobre el mostrador, esperando. Como si supiera que no había venido solo por el café.
El local olía a limpiador de suelos y a café recién hecho. El ventilador giraba. La radio estaba apagada. Afuera, en la calle, pasó una moto.
No había forma elegante de decirlo, así que lo dije tal cual:
—Elena, me atraes. Desde hace tiempo. Hay algo en ti que no termino de entender, y eso me pone más que cualquier cosa que entienda.
Se quedó quieta. No cambió el gesto. Solo me miró durante tres o cuatro segundos que se hicieron largos, y entonces dijo:
—Ya era hora de que me lo dijeras.
Respiré. Todo lo que había estado calibrando durante meses —si me equivocaba, si era una proyección mía, si iba a quedar en ridículo— se desinfló de golpe.
—¿Cuánto tiempo llevas esperando? —pregunté.
—Suficiente para saber que no me equivocaba contigo —dijo ella.
Nos miramos desde cada lado de la barra. La distancia entre nosotros era de menos de un metro y medio, pero en ese momento era la distancia más cargada en la que me había encontrado en mucho tiempo.
—¿Y ahora qué? —preguntó ella. Había algo en su tono que no era una pregunta inocente.
—Ahora me gustaría estar en un sitio donde no hubiera barra de por medio —dije.
Elena sonrió. Fue la primera vez en años que la vi sonreír de verdad, con los dientes, con los ojos. No fue una sonrisa dulce ni cálida. Fue una sonrisa que avisaba de algo.
—Tengo que contarte una cosa —dijo—. A mí me gusta mandar en la cama. Me gusta llevar el ritmo, decidir qué pasa y cuándo pasa. Y me gustan los hombres que saben ceder el control sin perder la cabeza.
La miré fijo.
—Eso funciona si eres capaz de ganártelo —dije—. Nadie me ha dominado todavía.
—Primera vez para todo —respondió ella, sin apartar los ojos.
—Tendremos que pelear por eso.
—Me parece bien.
Cogió el móvil y empezó a buscar. En menos de diez minutos tenía en pantalla una casa rural a cuarenta kilómetros de la ciudad: dos noches, piscina privada, sin vecinos en kilómetros a la redonda. Me enseñó la pantalla con una ceja levantada.
—El fin de semana que viene —dijo.
—El fin de semana que viene —confirmé.
Justo en ese momento entró un cliente. Intercambiamos los números de teléfono con la rapidez de quien sabe que hay tiempo de sobra para todo lo demás. Salí a la calle con el sol pegando fuerte y la cabeza completamente en blanco.
A los veinte minutos me llegó un mensaje de ella. Sin texto. Solo una foto: su mano apoyada sobre la tela de unos boxers de algodón azul, con una mancha húmeda que no dejaba lugar a dudas.
Le respondí con otra foto. Mi mano. El resultado de haber llegado al portal de mi edificio y no haber podido esperar al ascensor.
***
No voy a contar aquí lo que pasó ese fin de semana porque todavía lo estoy procesando. Lo que sí sé es que Elena tenía razón en que nadie me había dominado antes, y también tenía razón en que con ella eso iba a cambiar. Aunque no sin que yo me resistiera lo suficiente como para que la batalla mereciera la pena.
Hay mujeres que no llaman la atención de forma obvia. Elena es ese tipo de mujer. Y si llevas suficiente tiempo mirándola, terminas por entender que precisamente eso es lo más peligroso.