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Relatos Ardientes

Tengo novia y dos secretos que me consumen

La conocí en una cena que organizó un amigo que siempre se mete en los asuntos de los demás. Valeria llegó tarde, con el pelo mojado porque había llovido y se le había roto el paraguas, y se sentó frente a mí disculpándose con esa energía de alguien que no pide perdón de verdad sino que simplemente informa. Me pareció graciosa. Me pareció interesante. Para cuando llegamos al segundo plato ya le había pedido el número.

Llevamos siete meses juntos. Siete meses de cenas en casa, de planes de fin de semana, de esa especie de ritmo compartido que se construye sin darse cuenta. La quiero. No sé si lo suficiente, pero la quiero.

Lo que no sabe Valeria —lo que no puede saber— es que el martes pasado llegué tarde porque estuve dos horas en un piso del centro con Carlos.

Y que el jueves anterior pasé la tarde en casa de Sergio.

***

Carlos tiene cuarenta y siete años, está casado y tiene dos hijos en edad escolar. Trabaja en una empresa de importación de la que nunca me ha contado los detalles, porque nunca le he preguntado. Lo conocí hace más de un año, antes de que Valeria apareciera en mi vida, en una de esas aplicaciones donde los perfiles no tienen foto y todo el mundo dice que busca discreción.

Su mensaje fue diferente al de los demás. Sin rodeos, sin el juego previo que muchos hacen para sentirse menos expuestos. Me preguntó directamente qué me gustaba, si tenía experiencia, y si podía quedar esa misma semana. Me gustó esa claridad.

El piso donde nos vemos es de alquiler, en un barrio tranquilo del centro. Nunca he sabido si su mujer conoce su existencia. Prefiero no pensarlo.

La primera vez que fui, me abrió la puerta con el pelo todavía húmedo de la ducha y un gesto de bienvenida que no era frío pero tampoco era cálido: era neutro, eficiente, el saludo de alguien que sabe para qué has venido y no necesita decorarlo. Me ofreció agua. Me preguntó cómo había llegado. Cinco minutos de conversación normal, y después se puso detrás de mí, me apartó el cuello de la camisa y me besó despacio justo debajo de la oreja.

Ahí fue cuando entendí que iba a volver.

Con Carlos todo tiene un ritmo que hemos establecido sin hablar de ello. Llego, nos saludamos, nos quitamos el tiempo del mundo durante un rato. Él lleva la iniciativa porque a mí me gusta que la lleve, y hay algo en su manera de moverse por esa habitación que transmite una seguridad que no tiene nada de arrogancia. Es el tipo de hombre que sabe lo que hace porque ha tenido tiempo para aprenderlo.

Cuando me pone de rodillas —siempre con una presión leve en el hombro, nunca con brusquedad— yo bajo sin resistencia. No por obediencia, sino porque en ese momento eso es exactamente lo que quiero hacer. Tengo la boca en él durante un tiempo que nunca controlo, y no me importa. Carlos no tiene prisa. Pone una mano en mi nuca, no para empujar sino para mantener el contacto, y se queda así, quieto, dejando que yo marque el ritmo.

Noto su respiración cambiar despacio, hacerse más pesada, y eso me basta. Hay un punto en que deja de pensar en su trabajo, en su mujer, en sus hijos en el colegio, y eso también me produce algo. La sensación de tenerlo completamente en ese instante, sin compartirlo con nada más.

Cuando termina, nos quedamos tumbados un rato en silencio. No es un silencio incómodo. Es el silencio de dos personas que no necesitan fingir que lo que ha pasado era algo que no era. Me gusta esa honestidad sin palabras.

Nos vemos tres o cuatro veces al mes. No intercambiamos mensajes de buenos días, no nos preguntamos cómo nos fue la semana. Esa neutralidad emocional, que podría parecer fría, para mí es casi un alivio. Con Carlos no tengo que construir nada ni mantener nada. Solo tengo que ir y volver.

***

Sergio es otra historia completamente.

Tiene veintiséis años, trabaja como fotógrafo freelance y vive en un estudio lleno de impresiones en blanco y negro que cuelgan de cuerdas con pinzas pequeñas de madera. No esconde nada de lo que es: sus amigos saben que le gustan tanto los hombres como las mujeres, lo dice en conversaciones normales sin que le tiemble la voz, y habla de sus citas con la misma naturalidad con que habla del tiempo o de una película que acaba de ver.

Cuando quedamos por primera vez en un bar, pensé que no iba a poder seguirle el ritmo. Tiene esa energía de alguien que ya tomó todas sus decisiones y no las revisa. Me miró durante un segundo más de lo normal, bebió el último trago de su cerveza y dijo: «Vamos a mi estudio, que aquí hay demasiado ruido». No fue una pregunta.

Su estudio huele a papel fotográfico y a la madera vieja del parqué. La primera noche que estuve allí me quedé mirando un retrato grande colgado encima de la cama: una mujer de espaldas en una habitación a contraluz, con una postura que transmitía algo entre vulnerabilidad y control. Le pregunté quién era. Me dijo que era alguien que había aprendido a estar cómoda consigo misma. Después me miró y dijo: «La mayoría de la gente no sabe hacer eso».

Con Sergio el sexo no tiene protocolo. Con Carlos hay un orden que reconforta; con Sergio hay una improvisación constante que al principio me ponía nervioso y que ahora busco. Puede estar veinte minutos hablando mientras me recorre el brazo con los dedos, sin llegar a ningún lado, solo explorando, y de repente detenerse, sostenerme la cara entre las manos y mirarme de una manera que me hace sentir completamente transparente.

La primera vez que lo tuve en la boca entendí que había estado haciendo esto de manera incorrecta toda mi vida. No porque lo estuviera haciendo mal, sino porque nunca había tenido paciencia para hacerlo bien. Sergio no tiene prisa para nada, y eso cambia todo. Me enseñó a quedarme quieto, a prestar atención a cada detalle, a no ir hacia el final sino a quedarme en el medio el tiempo que haga falta.

Su polla es grande. No voy a andarme con rodeos: es grande y sabe usarla. La primera vez que me la puso en la boca sentí que el tiempo se detenía. Hay un peso específico, una temperatura, una manera en que llena el espacio que no tiene equivalente en nada que haya experimentado antes.

Puedo pasarme cuarenta minutos de rodillas frente a él y no pensar en nada más. Hay algo en ese estado de concentración total —en el calor, en el peso, en la textura— que me vacía de todo lo demás. No pienso en Valeria. No pienso en el trabajo. No pienso en la culpa. Solo estoy ahí, presente de una manera que no encuentro en ningún otro momento de mi vida.

Cuando me folla, a veces me corro sin que nadie me toque. La primera vez que pasó me quedé inmóvil un buen rato después, sin saber qué decir. Sergio me pasó la mano despacio por la espalda y dijo: «Es normal». Como si fuera la cosa más simple del mundo.

En cierto modo, lo es.

El nivel de excitación que tengo con Sergio no se parece a nada de lo que vivo con Valeria. Ella me gusta, hay química entre los dos, pero lo que siento en ese estudio con el olor a papel fotográfico es algo de otro orden. Son sensaciones distintas, y la realidad —aunque me cueste escribirlo— es que con Sergio disfruto más. Esos orgasmos que llegan solos, sin que nadie me toque, son algo que no había experimentado con nadie antes y que no sé cómo dejar de buscar.

***

Valeria no sabe nada de todo esto.

Valeria sabe que a veces llego tarde y que los martes suelo estar más callado que otros días. Sabe que trabajo en un sector que genera estrés y que hay semanas que me pesan más que otras. Sabe que la quiero, porque se lo digo, y porque cuando lo digo lo digo en serio.

Lo que no sabe es que ese silencio del martes tiene más que ver con la culpa que con el cansancio. Que cuando llego a casa después de ver a Carlos y ella me abraza en la entrada y me pregunta si quiero cenar algo caliente, tengo que hacer un esfuerzo real para no derrumbarme. No por arrepentimiento exactamente, sino por la contradicción de querer dos cosas que no caben en el mismo sitio.

No sé si lo que me pasa tiene nombre. No me atraen los hombres en el sentido amplio: no los miro por la calle, no fantaseo con rostros masculinos, no busco conexión emocional con ellos. Lo que busco es algo más específico, más físico: la posición, la sensación, el acto concreto de ser penetrado o de tener una polla en la boca. Si eso tiene categoría, no la conozco. He dejado de intentar encontrarla.

Durante mucho tiempo pensé que era una fase, algo que se iría solo cuando encontrara a la persona adecuada. Valeria es la persona más adecuada que he conocido en años, y el apetito no se ha ido a ningún lado.

Ella quiere exclusividad. No como exigencia, simplemente como parte de lo que entiende que es una relación. Es lo que merece. Y yo no se lo estoy dando.

Los fines de semana juntos son buenos, genuinamente buenos. Cocinamos, salimos a caminar, vemos series en el sofá con una copa de vino. En la cama somos compatibles, hay complicidad, hay ganas. Pero hay algo que con ella no existe y que con Carlos y Sergio sí existe, y no sé cómo ignorarlo sin que crezca.

Antes de conocerla ya tenía estos encuentros. Pensé que conocer a alguien como ella lo cambiaría todo. Me equivoqué. El apetito no distingue entre antes y después, no entiende de compromisos ni de buenos propósitos. Simplemente está ahí, constante, esperando el siguiente martes o el siguiente jueves.

***

Hace tres semanas Valeria me preguntó si estaba bien. Estábamos desayunando un domingo, ella con el café y yo con las tostadas, y me miró de esa manera que tienen las personas que te conocen de verdad: sin acusación, solo atención.

—Estás raro últimamente —dijo.

—Estoy cansado —dije yo.

No mentí del todo. Estoy cansado. Cansado del equilibrio imposible, de revisar el teléfono antes de dejarlo sobre la mesa, de construir coartadas que en su mayoría ni siquiera necesito porque Valeria confía en mí sin condiciones.

Esa confianza me pesa más que cualquier pregunta directa que pudiera hacerme.

Carlos me mandó un mensaje esta mañana. Un solo bloque de texto con hora y lugar, como siempre. Lo leí dos veces y lo borré. Sergio lleva cuatro días sin aparecer, que es normal en él: desaparece, reaparece, no pide explicaciones ni las da. Mañana es martes.

No sé cuánto tiempo más puedo sostener esto. Lo que sí sé es que en algún punto algo va a romperse, y que probablemente voy a ser yo quien lo rompa. Lo que no sé es si voy a elegir bien cuando llegue ese momento, si voy a tener el valor de elegir algo o si simplemente voy a seguir borrando mensajes y llegando tarde a casa hasta que Valeria deje de preguntarme si estoy bien porque ya no le importe la respuesta.

Por ahora solo borro mensajes y llego tarde a casa.

Y cuando ella me mira y sonríe, me alegra que todavía no sepa leerme del todo.

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Comentarios (7)

Santi_cba

tremendo. me quede sin palabras al final

LuisaPam

Que manera de escribir, se siente tan real... espero que lo hayas podido contar por algo jaja. Aguardo la continuacion!

Carlitos_lector

buenisimo!!!

Confesor_X

La parte de la boca llena y el mundo al reves... dios mio. Segui escribiendo por favor.

Rodri_BA

Me recordo a una etapa mia que prefiero no detallar jajaja. Excelente como esta contado, sin vueltas y directo al hueso.

Incognita

y la novia sospecha algo? me pica la curiosidad jaja

tomasete22

corto pero intenso, mas!

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