La pareja que recogimos en el camino de vuelta
Marcelo y Damián llevaban seis horas en la carretera. Habían cerrado el trato esa mañana: un terreno en las afueras de Villanueva del Cerro, suficiente para instalar el almacén de distribución que necesitaban en esa zona. Ciento cincuenta kilómetros de vuelta, el sol ya de costado, y los dos con la satisfacción tranquila de quien ha hecho un buen negocio.
—Bien hecho. Aunque me cago en lo que queda de camino —dijo Marcelo desde el volante del BMW X5. Era un hombre que imponía solo por tamaño: metro noventa, cuello ancho, pelo oscuro con las sienes grises y una perilla recortada que llevaba desde los cuarenta. A los cincuenta y dos años seguía teniendo el torso de alguien que cargaba cosas con las manos y le gustaba hacerlo.
—Podemos parar a comer algo. Tengo el estómago vacío desde el desayuno —dijo Damián desde el asiento del copiloto. Era su opuesto en casi todo: bajo, delgado, cara angulosa y una calvicie incipiente que llevaba sin quejas.
—Hay un chiringuito cerca de la costa. Dicen que la langosta no está mal.
—Pues ya está.
Comieron bien. Langosta con vino blanco, postre y café, y dos whiskies de veinte años que justificaban la parada. Salieron a caminar un rato junto al agua para que bajara la comida, encendieron sendos cigarrillos y fue entonces cuando los escucharon.
Era música de un altavoz portátil, el tipo de reggaetón que lleva la letra al límite de lo que se puede emitir. Estaban sentados en la arena, al lado de sus mochilas. Ella era pelirroja, con pecas en los hombros y una minifalda vaquera sobre unas piernas delgadas. Llevaba una camiseta blanca sin sujetador, y con el contraluz de la tarde eso se notaba perfectamente. Piercing en la ceja, tatuajes en los antebrazos. Él parecía más joven de lo que era a distancia: pelo recogido en un moño, pendientes grandes, uñas pintadas de negro, bermudas y camiseta sin mangas. Los dos tendrían veinte años, si acaso.
Cuando los vieron acercarse, la chica se levantó y empezó a bailar. No era para ellos, o al menos fingía que no. Pero sí era para ellos. Se giró de espaldas, dobló las rodillas y empezó a mover las caderas con un ritmo sostenido que dejaba ver el filo de un tanga entre la cintura de la minifalda y la curva del culo.
—Pedazo de chica —murmuró Damián.
Marcelo ya se estaba acercando.
—¿Qué tal, chavales? ¿Tenéis fuego?
El chico les pasó un mechero. Al devolvérselo, Marcelo se fijó en los tatuajes de sus antebrazos: líneas geométricas cruzadas con flores pequeñas, del mismo estilo que los de ella. Parecían hechos por la misma persona.
—Buen ritmo llevabas —le dijo a la chica cuando paró de moverse.
—Me gusta moverme —respondió ella con una sonrisa que no era inocente.
—¿Estáis de vacaciones?
—Trabajábamos en la zona, pero se acabó la temporada. Queremos llegar a Peñagrande, que está a ochenta kilómetros. El problema es que no llegamos al autobús.
Marcelo miró a Damián. Damián asintió con una ligera inclinación de cabeza que podía significar varias cosas distintas, todas ellas en la misma dirección.
—Subid.
***
Ella se puso delante, en el asiento del copiloto. Él se colocó detrás, al lado de Damián. La chica se llamaba Luna. El chico era Mateo.
A los veinte minutos ya habían fumado lo que Mateo llamaba «algo para el camino», que olía bien y pegaba todavía mejor. Marcelo conducía con una mano, la otra en el reposabrazos. Luna había conectado su pendrive a la radio y subido el volumen. El reggaetón llenaba el habitáculo con una insistencia rítmica que se metía en el cuerpo si uno no lo evitaba. Y nadie lo estaba evitando.
El ambiente cambió de forma gradual, como suele cambiar cuando hay un espacio cerrado, música, humo y gente que no tiene nada que perder esa tarde.
Luna se movía en el asiento, un balanceo leve de hombros que iba bajando. Marcelo lo notaba sin mirarlo directamente. Se fijó también en que ella no miraba del todo hacia adelante. Era un tipo de atención lateral, periférica, que fingía no ser atención.
Detrás, Damián le había dicho algo al oído a Mateo. No se oyó qué. Lo que sí llegó fue la respuesta de Mateo: un sonido entre el sí y el ah que no necesitaba más traducción.
Marcelo miró por el retrovisor.
Damián tenía la mano en el muslo de Mateo, justo donde la bermuda terminaba. Mateo no la había apartado. Al contrario, tenía la cabeza ligeramente inclinada hacia él, los ojos entrecerrados con la expresión de quien ya ha decidido.
—Ya están a lo suyo ahí detrás —dijo Luna sin girarse, con la vista fija en la carretera y una sonrisa que no era de sorpresa.
—Mi socio es muy directo cuando quiere algo —dijo Marcelo.
—Ya veo. Y vosotros dos lleváis los anillos puestos.
—Buen ojo.
—No es tan difícil de ver. ¿Saben ellas lo que hacéis cuando salís de viaje?
Marcelo no respondió de inmediato. En el retrovisor, Damián ya no estaba sentado en su asiento: estaba inclinado, la cabeza en el regazo de Mateo, y las bermudas habían bajado hasta los tobillos.
—¿Tú trabajaste mucho tiempo en zonas hoteleras? —preguntó Marcelo, cambiando el ángulo.
—Una temporada larga, sí. ¿Por qué?
—Por nada. Se nota que tienes experiencia con la gente.
Ella se rio. No era una risa incómoda.
—Curré en bares de copas casi dos años. Cada noche era distinta. Ya sabes cómo suele acabar eso.
—Me lo imagino.
—¿Y tú? Pareces de los que no se quedan con las ganas cuando viajan.
—No me suelo quejar del viaje, no.
—¿Qué sería para mí llegar a Peñagrande?
—Depende de lo que estés dispuesta a pagar de peaje.
Luna se giró por primera vez a mirarlo de frente. Tenía los ojos claros, con las pestañas oscurecidas por el rímel, y la expresión de alguien que lleva la cuenta perfectamente bien de todo.
—Eso ya suena a negociación.
—Soy empresario. Es lo que sé hacer.
***
Pararon en una carretera secundaria, detrás de unos matorrales, cuando los jadeos del asiento trasero se volvieron demasiado evidentes para fingir que no se oían. Damián y Mateo bajaron. Encendieron un cigarro juntos. Tenían la ropa parcialmente recolocada pero el pelo revuelto y los ojos de quien acaba de pasar por algo que merece la pena.
Marcelo apagó el motor y bajó despacio. Luna lo siguió.
Le encendió un cigarro. Ella lo aceptó. Se miraron en silencio durante unos segundos, el tipo de silencio que ya ha dicho todo lo que hay que decir.
La besó sin urgencia, como alguien que sabe que tiene tiempo. Ella le puso las manos en el pecho y no lo apartó. Marcelo le agarró el culo con ambas manos y apretó con las palmas abiertas.
—Aquí fuera —dijo ella mirando alrededor.
—¿Te importa?
—Qué va.
Detrás, Damián y Mateo caminaban despacio entre los matorrales, fumando, las cabezas cerca la una de la otra.
—Tu chica está al caer —le dijo Damián a Marcelo al pasar.
—Ya me estoy encargando.
***
Marcelo bajó los pantalones y los dobló sobre el capó. Luna lo miró despacio, de arriba abajo, con una expresión calculada que acabó en una ceja levantada.
—Quítate la ropa —dijo él—. Quiero verla antes.
Luna se bajó del capó donde se había sentado. Se quitó la camiseta de un tirón. Sin sujetador, como ya se sabía desde el chiringuito. Los pechos eran pequeños, con los pezones oscuros y duros por el aire de la tarde. En el centro del pecho tenía tatuado un pájaro en vuelo. En la ingle izquierda, un conejo pequeño. En una nalga, cuando se bajó la minifalda, un corazón del tamaño de un pulgar.
Marcelo la observó sin prisa, como se observa algo antes de decidir cómo usarlo.
—Bien.
Ella se arrodilló en la hierba sin que se lo pidieran. Marcelo no dijo nada. Le puso la mano en el pelo pero no la dirigió, solo la dejó apoyada mientras Luna se tomaba su tiempo. Sabía dónde poner la lengua y cuándo detenerse, y había algo en su concentración que resultaba más perturbador que cualquier destreza técnica. En un momento lo miró desde abajo, con los ojos muy abiertos, y él sintió que esa mirada era también una pregunta a la que no tenía intención de responder en voz alta.
—Levántate —dijo cuando ya no quiso esperar más.
La apoyó contra el lateral del BMW. Le separó las piernas con la rodilla y alargó el brazo por la ventanilla entreabierta para abrir la guantera. Cogió lo que necesitaba.
—Tú primero —dijo ella.
—Eso es lo que estoy haciendo.
Entró despacio la primera vez, para que el cuerpo de Luna lo recibiera bien. Ella apoyó la frente en el cristal tintado y exhaló con lentitud, un sonido largo que no era de sorpresa sino de confirmación. Luego lo miró por encima del hombro.
—Ya puedes.
Y ya pudo.
Tenía el método propio de los hombres que llevan años haciendo algo y han dejado de necesitar demostrarlo: ritmo sostenido, paradas calculadas, la presión justa en el momento justo. Luna apretó los dedos contra el techo del coche y no dijo gran cosa, solo algún sonido breve y preciso que indicaba exactamente lo que estaba pasando.
—¿Más fuerte? —preguntó Marcelo.
—Más.
***
No lo oyeron llegar. El ruido del motor del tractor viejo los pilló en pleno ritmo, con las manos de Luna apoyadas en el techo del BMW y Marcelo empujando desde atrás con la misma concentración metódica que aplicaba a cualquier asunto que le importara. El tractor se detuvo a unos veinticinco metros. El conductor —un hombre de unos cincuenta, gorra de lona, barriga prominente y cara curtida por años de sol— apagó el motor y se quedó mirando desde su asiento sin bajar.
—¿Necesitan algo? —preguntó al cabo de un momento, con la voz de alguien que espera que no lo necesiten.
Marcelo no paró.
—Estamos bien. Solo hemos parado un momento.
El hombre bajó del tractor. Se acercó con paso lento, las manos en los bolsillos del mono de trabajo, mirando el BMW con una mezcla de respeto y curiosidad que no intentaba disimular.
—Buen coche para parar en un camino de tierra —observó.
—Sirve para todo —respondió Marcelo.
El hombre se quedó a unos metros, con la vista fija en la escena. Luna había dejado de prestarle atención: tenía los ojos cerrados y los dedos blancos de apretar el borde del techo. Damián y Mateo, sentados sobre una piedra a unos treinta metros, fumaban en silencio y miraban de tanto en tanto sin levantarse.
El tractorista metió la mano en el bolsillo del mono y se quedó quieto, los pies plantados en la tierra seca, el mentón adelantado.
—Menuda energía tiene el señor —murmuró casi para sí mismo.
Nadie le respondió.
Cuando Marcelo terminó, lo hizo fuera, como Luna había pedido desde el principio. Se limpió con el tanga que había recogido del suelo del coche. El hombre del tractor ya se alejaba, limpiándose una mano en el mono de trabajo mientras subía al asiento.
—Cuando se vayan, no pisen el sembrado. Que está recién plantado —dijo sin girarse.
—Descuide —respondió Marcelo, y se subió los pantalones.
***
DOS DÍAS DESPUÉS
El servicio de limpieza premium de vehículos estaba en un polígono industrial bien organizado. Olía a jabón, a ambientador cítrico y al producto específico que usan cuando hay que tratar tapicerías que van más allá del polvo y las migas.
La mujer que entró no tenía el tipo de aspecto que se asocia con las esperas. Rondaba los cincuenta, llevaba un abrigo largo de cachemira, bolso de piel y gafas de sol aunque estuviera nublado. Recién salida de la peluquería, con el pelo oscuro bien trabajado y las joyas justas.
—Vengo a recoger el BMW X5 de mi marido. Marcelo Saavedra. Dice que está con un cólico y me ha pedido que pase yo.
La recepcionista anotó el nombre, buscó en el sistema y salió a avisar al encargado. El encargado tardó un momento en aparecer. Vino con la factura en la mano y una expresión de alguien que ha elegido las palabras con cuidado.
—Son trescientos veinte euros, señora.
La mujer lo miró por encima de las gafas.
—¿No es un poco excesivo?
El encargado carraspeó.
—Tuvimos que tratar la tapicería entera con producto especializado. Había manchas en los asientos traseros, en la palanca de cambios y en parte del techo del copiloto. El olor requería tratamiento de ozono completo. —Hizo una pausa—. No hemos abierto la guantera; eso queda a su criterio.
La señora no dijo nada. Sacó la tarjeta y pagó sin más comentarios.
—Hemos dejado en una bolsa una prenda que encontramos en el suelo del vehículo.
Cogió la bolsa. La abrió en el aparcamiento, sola, al lado del BMW recién limpio que relucía bajo el sol gris de la tarde. Dentro había un tanga rojo, pequeño, con encaje en los bordes y unas manchas que no dejaban ningún margen para la interpretación.
Lo cerró. Lo metió en el bolso. Arrancó el coche.
En todo el trayecto a casa no dijo ni una sola palabra. Tampoco hacía ninguna falta.