Mi confesión sobre los manoseos en público
Nunca pensé que dejaría que un desconocido me sobara el culo entre tanta gente, pero el morbo me pudo y no aparté su mano.
Nunca pensé que dejaría que un desconocido me sobara el culo entre tanta gente, pero el morbo me pudo y no aparté su mano.
Entré al hotel para escapar del calor, pero fue su voz la que me desnudó primero y me hizo desear arrodillarme.
La primera vez solo quería calmarlo para que no saliera de casa, pero cuando lo tuve desnudo bajo mis manos entendí lo mucho que me excitaban los hombres maduros.
Entró cuando todavía me dolían los golpes, se sentó sobre mis piernas y me dejó claro que no había ido a felicitarme.
Me la encontré por azar, me dio su número y una semana después abrió la puerta con una sonrisa que ya prometía problemas.
No quería despertarlo de golpe: quería que sintiera mi boca, mis manos y mi hambre antes de abrir los ojos.
Me puse esos tacones para impresionar a mi jefe, pero acabé de rodillas ante un desconocido que supo leer mi deseo mejor que yo misma.
Estaba indispuesta, pero cuando me dijo que solo quería mi boca, supe que iba a terminar de rodillas tragándome todo.
Empezó con unas medias escondidas bajo el pantalón y terminó de rodillas, obedeciendo mientras me vestían para usarme.
Cada vez que pasaba frente a su tienda, él me desnudaba con los ojos; yo tardé poco en dejar de fingir que no me excitaba.
Cuando abrió la puerta y vio a su ex en el porche, supe que otra vez iba a perderla delante de mis ojos.
Todo empezó con órdenes absurdas en la oficina, y terminó conmigo abierta de piernas para clientes, desconocidos y fiestas que no podía olvidar.
Empezó con besos por una apuesta tonta, pero cuando vi a mi novia abrirse de piernas delante de todos, supe que la noche ya no tenía vuelta atrás.
Llevaba treinta años repitiendo la misma vida, hasta que encontró aquellos pañuelos sobre la mesilla y algo dormido en su interior empezó a despertar.
Llegó a mi despacho con la sonrisa de la mujer intocable que todos admiraban, sin imaginar que esa tarde aprendería a arrodillarse y a llamarme señor.
Solo iba a llevarlas a casa después de la fiesta. No imaginé que su amiga, suelta por el alcohol, convertiría ese viaje nocturno en algo que aún no termino de contar.
La conocí en un curso de inglés y la creí tímida. Esa noche, en el asiento del fondo, descubrí que era mucho más atrevida de lo que aparentaba.
Le di una pastilla para dormir, me puse la falda más corta que tenía y bajé al bar del hotel a buscar lo que él ya no sabía darme.
Nunca pensé que unas vacaciones con mi mejor amiga terminarían así: los cuatro en una habitación que no era la nuestra, y ninguna de las dos con ganas de marcharse.
Llevaba años entregando muchachos al templo soñando con poseer a la suma sacerdotisa. Aquella noche de luna llena, su deseo se cumplió de la peor manera.