El inquilino que despertó lo que creía dormido
Llevaba treinta años repitiendo la misma vida, hasta que encontró aquellos pañuelos sobre la mesilla y algo dormido en su interior empezó a despertar.
Llevaba treinta años repitiendo la misma vida, hasta que encontró aquellos pañuelos sobre la mesilla y algo dormido en su interior empezó a despertar.
Llegó a mi despacho con la sonrisa de la mujer intocable que todos admiraban, sin imaginar que esa tarde aprendería a arrodillarse y a llamarme señor.
Solo iba a llevarlas a casa después de la fiesta. No imaginé que su amiga, suelta por el alcohol, convertiría ese viaje nocturno en algo que aún no termino de contar.
La conocí en un curso de inglés y la creí tímida. Esa noche, en el asiento del fondo, descubrí que era mucho más atrevida de lo que aparentaba.
Le di una pastilla para dormir, me puse la falda más corta que tenía y bajé al bar del hotel a buscar lo que él ya no sabía darme.
Nunca pensé que unas vacaciones con mi mejor amiga terminarían así: los cuatro en una habitación que no era la nuestra, y ninguna de las dos con ganas de marcharse.
Llevaba años entregando muchachos al templo soñando con poseer a la suma sacerdotisa. Aquella noche de luna llena, su deseo se cumplió de la peor manera.
Empacó ropa recatada y un cuerpo cansado de esperar. Lo que encontró en casa de su amiga la cambió para siempre, aunque jamás se atrevió a contarlo.
Rubén se reía del cuerpo de la rubia en la pantalla, seguro de que no duraría ni un minuto. No sabía que el que iba a terminar en el suelo era él.
Adrián solo quería llegar a casa después de clase. Dos desconocidos en un callejón decidieron que esa noche se convertiría en el juguete humillado de todo el barrio.
El vaivén del autobús nos pegó tanto que su mano quedó justo donde no debía, y ninguno de los dos hizo nada por evitarlo.
Solo quería engatusarlo para que me subiera la nota, jugar a la carterista que distrae para robar. Nunca imaginé hasta dónde iba a llevarme mi propio farol.
No habían pasado ni cinco minutos de película cuando su mano ya buscaba debajo de mi short, y yo, en lugar de apartarla, recé para que nadie en la sala volteara a mirarnos.
Conocía las reglas: una hora, sin límites pactados, cuatro contra mí. Lo que no sabía es cuánto me iba a gustar perder el control entre sus manos.
Cuando me cambiaron el collar rojo por el verde, supe que ya no había nadie que impidiera a esos colmillos hundirse en lo más sensible de mi cuerpo.
Escupió a la hechicera mientras dos esclavos lo sujetaban. Ella sonrió, lamió el desprecio de su mejilla y prometió convertirlo en su próxima obra maestra.
Se colocó con las piernas abiertas y las manos a la espalda, temblando. Llevaba meses soñando con ese instante, y ella todavía ni siquiera lo había mirado.
Antes de recibir al concilio tiró de la correa, y su mascota emergió temblando desde debajo de la mesa, con la mirada perdida en pura adoración.
Llevaba toda la noche esperándola, atado a la cama de aquella casa, sabiendo que el domingo ella regresaría a terminar lo que habíamos empezado.
Entré al cuarto disfrazada de mimo, con una gabardina sobre la lencería y la certeza de que esa noche iba a hacer algo de lo que nunca me arrepentiría.