La noche que mi amo me entregó a desconocidos
Llegué al estacionamiento del Grand Palace con casi dos horas de retraso. Me miré en el retrovisor: el rímel corrido, los labios hinchados, el pelo revuelto. Intenté arreglarme con lo que tenía en el bolso, pero era inútil. Olía a sexo y a culpa, y ningún perfume del mundo iba a disimularlo.
Marcos iba a estar furioso. Y eso, aunque me avergüence admitirlo, me ponía el coño mojado de solo pensarlo.
Me bajé del coche y caminé hacia la entrada. El sonido de mis tacones contra el asfalto retumbaba en el silencio de la noche. Cada paso me acercaba más a él, y cada paso encendía algo dentro de mí que llevaba años intentando entender.
Mi nombre es Lucía. Tengo treinta y cuatro años, trabajo en una consultora y nadie en mi vida normal sospecharía jamás lo que hago los viernes por la noche. Nadie imaginaría que una mujer como yo, con su traje de chaqueta y su agenda ordenada, se arrodilla ante un hombre, le mama la polla y le llama «señor». Pero así es. Y esta es mi confesión.
***
Todo empezó hace un año, cuando conocí a Marcos en una aplicación que no voy a nombrar. Su perfil era directo: buscaba una mujer sumisa, obediente, dispuesta a explorar sus límites. Yo llevaba meses fantaseando con eso, leyendo relatos a escondidas en el móvil, metiéndome los dedos en el coño en la oscuridad de mi habitación mientras imaginaba que alguien me follaba sin pedir permiso.
La primera vez que nos vimos, me hizo arrodillarme nada más cerrar la puerta de su apartamento. No me tocó. Solo me miró desde arriba durante un minuto entero, en silencio, mientras yo temblaba con la frente casi pegada a la alfombra. Cuando por fin habló, su voz era tranquila, casi amable.
—Vas a hacer exactamente lo que yo te diga. Si en algún momento quieres parar, di «cristal» y todo se detiene. ¿Entendido?
—Sí, señor.
Nunca dije «cristal». Ni esa noche, en la que terminó corriéndose en mi cara después de hacerme mamarla durante una hora, ni ninguna otra.
***
Llamé a la puerta de la habitación cuatrocientos doce y esperé. Se oían voces dentro, risas graves. El corazón me latía en la garganta. Marcos me había dicho que esa noche habría invitados, pero no me dio más detalles. Con él nunca había detalles. Solo órdenes.
La puerta se abrió y ahí estaba, con su camisa negra remangada hasta los codos y esa mirada que me desnudaba antes de que yo pudiera hablar.
—Llegas tarde —dijo sin moverse del umbral.
—Lo siento, señor. Me retrasé en el trabajo y luego el tráfico...
—No me interesan las excusas.
Me agarró del brazo y me metió dentro. El pasillo era corto y olía a velas aromáticas. Al fondo, la suite se abría en un salón amplio con sofás de cuero oscuro y una iluminación tenue que convertía todo en sombras doradas.
Dos hombres estaban sentados en el sofá. Se callaron en cuanto me vieron. Los miré de reojo mientras Marcos me guiaba con la mano firme en mi espalda baja. Eran altos, anchos de hombros, con esa confianza que tienen los hombres que saben exactamente cómo quieren follarte.
—Arrodíllate —ordenó Marcos.
Obedecí. Mis rodillas se hundieron en la alfombra y bajé la mirada como él me había enseñado. El silencio se llenó de respiraciones y del roce de la tela cuando los dos desconocidos se pusieron de pie. Vi cómo se les marcaba el bulto duro en los pantalones, y se me hizo la boca agua.
—Este es Diego. Y este, Adrián —dijo Marcos con la misma naturalidad con la que presentaría a colegas en una reunión de oficina.
Sentí una mano en mi barbilla que me obligó a levantar la cara. Diego me miraba desde arriba con una media sonrisa. Adrián se había colocado al otro lado y noté el calor de su cuerpo cerca de mi mejilla.
—Es un placer —susurré, y mi voz salió ronca, rota por la anticipación.
Marcos se rio en voz baja.
—Todavía no sabes lo que es un placer, mascota. Pero lo vas a aprender esta noche. Te van a follar hasta que se te olvide tu nombre.
***
Lo primero que hicieron fue quitarme la ropa. No con delicadeza, no con cuidado. Marcos tiró del cierre de mi vestido mientras Diego lo arrancaba por los hombros y Adrián terminaba de bajarlo por mis caderas. En cuestión de segundos estaba desnuda salvo por los tacones, que Marcos siempre me hacía conservar. Las tetas me temblaban con cada respiración, los pezones tan duros que dolían. Entre las piernas se me marcaba el coño afeitado, brillante de lo mojada que ya estaba.
—No lleva nada debajo —observó Adrián, pasándome dos dedos por la cara interna del muslo y subiendo hasta rozarme los labios del coño—. Y está empapada.
—Porque sabe lo que le conviene —respondió Marcos, y me agarró del pelo con fuerza, echándome la cabeza hacia atrás—. ¿Verdad, Lucía? Esta zorra viene preparada porque sabe que la vamos a usar entera.
—Sí, señor.
El aire frío de la habitación me erizó la piel. Sentí tres pares de ojos recorriéndome el cuerpo, deteniéndose en las tetas, bajando hasta la rajita brillante entre mis piernas, y en lugar de vergüenza, lo que sentí fue un calor líquido que me bajó desde el pecho hasta el vientre. Eso era lo que nadie entendía, lo que yo misma tardé años en aceptar: me excitaba ser mirada, ser expuesta, ser reducida a un coño que otros deseaban penetrar.
Marcos me llevó al dormitorio tirando de mi pelo. Los otros dos caminaban detrás y yo sabía que me miraban el culo, así que caminé despacio, arqueando la espalda, dejando que mis caderas se movieran con cada paso. Era lo único que podía controlar en ese momento, y quería que valiera la pena.
La habitación estaba llena de velas. Decenas de ellas, colocadas en cada superficie, proyectando sombras temblorosas sobre las paredes. La cama era enorme, con un cabecero de hierro forjado del que colgaban cadenas con esposas de cuero.
Dios mío, pensé. Esto va en serio.
—Al borde de la cama. De espaldas a nosotros, con el culo bien levantado —dijo Marcos.
Obedecí. Me quedé de pie con las manos apoyadas en el colchón, doblada por la cintura, las piernas ligeramente separadas y las nalgas en pompa. Sentí cómo alguien se arrodillaba detrás de mí y me abrochaba una esposa de cuero al tobillo izquierdo. Luego al derecho. Las cadenas estaban tensas y me obligaban a mantener las piernas abiertas en un ángulo obsceno, dejándome el coño y el culo completamente expuestos para cualquiera de los tres.
La sensación del cuero contra mi piel me arrancó un gemido que no pude contener. Había algo en estar atada, en saber que no podía cerrar las piernas ni apartarme, que me vaciaba la mente de todo pensamiento excepto uno: quería que me follaran. Quería que me llenaran el coño, la boca, todos los agujeros si hacía falta. Quería sentirme abierta.
Marcos pasó los dedos por la cara interna de mis muslos, subiendo despacio, rozándome apenas. Cuando llegó a mi coño, me hundió dos dedos hasta los nudillos sin previo aviso. Los retorció dentro de mí buscando ese punto rugoso que me hacía perder la cabeza, y el sonido líquido que hicieron al entrar y salir fue tan obsceno que me sonrojé entera. Mis rodillas cedieron y tuve que agarrarme a las sábanas para no caer.
—Está chorreando —les dijo a los otros, sacando los dedos y mostrándolos brillantes a la luz de las velas, untados con mis jugos hasta la palma de la mano—. Llega tarde y encima se presenta así de mojada. A esta zorra le baja el coño como una fuente. ¿Qué hacemos con ella?
—Empezamos a usarla —dijo Diego con la voz ronca.
Lo oí desabrocharse el cinturón a mi espalda. El sonido metálico de la hebilla, la cremallera bajando, la tela cayendo al suelo. Sentí su erección presionando contra mis nalgas, caliente y dura, mucho más gorda de lo que esperaba. Me la pasó arriba y abajo por la raja del culo, untándola con la humedad que se me escurría por los muslos, y cuando el glande resbaló entre los labios de mi coño y se quedó ahí, justo en la entrada, gemí de pura impaciencia.
—Por favor —dije sin poder evitarlo—. Por favor, señor.
—¿Por favor qué? —La voz de Marcos sonó divertida, casi cruel—. Pídelo. Pídelo con todas las palabras o no te la meten.
—Por favor, que me la meta. Que me folle el coño. La necesito dentro. La necesito hasta el fondo. Por favor, señor, fóllenme ya.
Diego no esperó más. Me penetró de una sola embestida, larga, brutal, hasta enterrarme la polla hasta los huevos. Sentí cómo me abría centímetro a centímetro, cómo las paredes del coño se acomodaban al diámetro de su verga, y el grito que se me escapó rebotó en las paredes de la habitación. Era enorme, mucho más gruesa de lo que había anticipado, y la sensación de estar llena hasta arriba mientras estaba atada e indefensa me llevó a un lugar mental donde ya no existía nada más. No había consultora, no había agenda, no había traje de chaqueta. Solo estaba yo, abierta de piernas, con un desconocido follándome como si fuera una muñeca, recibiendo cada embestida como si fuera exactamente lo que mi cuerpo llevaba esperando toda la semana.
Empezó a moverse con un ritmo lento al principio, sacándola casi entera y volviendo a clavármela hasta el fondo, golpeándome el cérvix con cada empujón. Me sostenía por las caderas con las dos manos y yo notaba cómo sus dedos se me clavaban en la carne, dejándome marcas que iba a llevar durante días. Cada embestida me arrancaba un gemido más agudo que el anterior, y mis tetas se balanceaban contra el colchón al ritmo de su polla entrando y saliendo de mi coño.
Marcos se subió a la cama frente a mí y se arrodilló. Me levantó la barbilla con una mano y con la otra se bajó la cremallera. Sacó la polla y la tenía durísima, larga, con la vena gruesa palpitándole por debajo y el glande brillante de líquido preseminal. Me la pasó por los labios como una brocha, pintándomelos, mientras yo abría la boca jadeando.
—Abre. Más. Saca la lengua.
Obedecí. Me la metió hasta el fondo de la garganta de un solo movimiento, agarrándome del pelo con las dos manos para que no pudiera apartarme. Me ahogué, sentí cómo el glande me golpeaba contra la campanilla y las lágrimas me saltaron de los ojos, pero no quise soltarla. Respiré por la nariz como él me había enseñado y empecé a mover la lengua en círculos por debajo del frenillo mientras Diego seguía empalándome por detrás con un ritmo que me estaba volviendo loca. Tenía la polla de Marcos golpeándome la garganta y la de Diego destrozándome el coño al mismo tiempo, y los oía a los dos jadeando, gruñendo, llamándome puta entre dientes.
Adrián se colocó a mi lado y me pellizcó un pezón con fuerza, retorciéndolo entre el pulgar y el índice hasta que el dolor se mezcló con el placer de una forma que solo alguien como yo puede entender. Con la otra mano se sacó la polla y empezó a masturbársela al lado de mi cara, a centímetros de mi mejilla. Grité contra la carne de Marcos, y el sonido amortiguado los hizo reír a los tres.
—Así me gusta —dijo Marcos, aflojando un poco el agarre del pelo—. Mírame mientras te folla. Que no se te olvide quién manda aquí. Que no se te olvide quién te ha prestado a sus amigos.
No se me olvidaba. Nunca se me olvidaba.
***
Perdí la cuenta de las veces que me corrí. El primer orgasmo me pilló todavía atada al borde de la cama, con Diego enterrándomela hasta el fondo y Marcos follándome la garganta. Sentí cómo se me contraía el coño alrededor de la polla de Diego, apretándola, ordeñándola, y él soltó un gemido grave que me dijo que estaba a punto. Pero no terminó. Me la sacó de golpe, dejándome el coño abierto y palpitando, vacío, y los tres me desataron de los tobillos para subirme a la cama bocarriba.
Me abrieron las piernas otra vez. Diego se metió entre ellas y volvió a clavármela, esta vez cara a cara, mientras yo le mamaba la polla a Adrián por encima de mi cabeza, en una postura que me obligaba a tragarme entera la verga cada vez que él empujaba las caderas. Marcos me agarró las muñecas y me las sostuvo encima de la cabeza, inmovilizándome, mientras me chupaba un pezón y luego el otro, mordiéndolos hasta hacerme retorcer.
Cuando Diego terminó dentro de mí con un gemido largo y grave, sentí cómo el semen caliente se me derramaba en el coño, llenándomelo, deslizándose hacia abajo cuando él la sacó. Eso bastó para desencadenar otro orgasmo que me dejó temblando, incapaz de sostenerme sobre mis propios codos. Sentí cómo la corrida me chorreaba por entre los muslos, manchándome y manchando las sábanas.
Adrián tomó su lugar sin darme tiempo a recuperarme. Me dio la vuelta, me puso a cuatro patas y me penetró por detrás de un solo golpe, hundiéndome la polla en un coño que ya goteaba el semen de Diego. La sensación de su verga abriéndose paso entre los restos de la corrida del otro fue tan obscena que me corrí otra vez sin avisar, gritando contra la almohada. Diego se subió a la cama frente a mí, todavía empalmado, y me ofreció la polla manchada del semen y los jugos de mi propio coño. La chupé entera, lamiéndola de arriba abajo, probando la mezcla salada y espesa, mientras Adrián me follaba con embestidas tan brutales que me empujaban hacia adelante con cada empujón.
Marcos se sentó en un sillón a observar, acariciándose la polla con movimientos lentos, disfrutando del espectáculo que había orquestado. De vez en cuando me daba una orden: «más fuerte», «cállate», «trágatela entera, zorra». Y yo obedecía. Siempre obedecía.
Adrián se corrió encima de mis nalgas, derramándome chorros gruesos de semen sobre el culo y la espalda baja. Marcos se acercó y los esparció con la mano, untándome la corrida de su amigo como si fuera aceite, antes de meterse él mismo dentro de mí, deslizándose en un coño que ya estaba destrozado, dilatado, lleno hasta el borde.
Entonces dijo las palabras que lo cambiaron todo.
—Lucía, tengo una sorpresa para ti.
Levanté la vista, todavía con él moviéndose dentro de mí. La puerta del dormitorio se abrió y escuché pasos. Muchos pasos. Giré la cabeza y vi cómo entraban uno tras otro. Cinco, ocho, diez hombres. Tal vez más. No pude contarlos. Se iban alineando contra las paredes de la habitación, desabrochándose los cinturones, sacándose las pollas, masturbándoselas ya duras mientras me miraban con un hambre que me heló la sangre.
El deseo que había sentido hasta ese momento se convirtió en algo parecido al pánico. Una cosa era estar con tres hombres a los que conocía, que seguían las reglas de Marcos. Otra muy distinta era una habitación llena de desconocidos con la verga en la mano y los ojos clavados en mi coño abierto.
—Marcos, no —dije, y mi voz sonó aguda, casi infantil—. Esto no es lo que acordamos. Por favor.
—Tranquila, mascota. Todos saben las reglas. Nadie va a hacerte daño. Solo van a disfrutar de ti, y tú vas a disfrutar de ellos. ¿O me vas a decir que no es lo que siempre has querido? ¿Una habitación llena de pollas para ti sola?
Me quedé callada. Porque una parte de mí, la parte que llevaba años escondida debajo de la mujer profesional y ordenada, sabía que tenía razón. Había fantaseado con esto cientos de veces. Me había corrido sola en mi cama imaginando exactamente esta escena: una habitación llena de hombres, yo en el centro, incapaz de escapar, sin querer escapar, con todos los agujeros llenos a la vez.
Pero la fantasía y la realidad son cosas diferentes. En la fantasía no tiemblas. En la fantasía no se te seca la boca. En la fantasía no miras a tu amo a los ojos buscando una señal de que todo va a estar bien.
Marcos se acercó a mí y me besó en la frente. Fue el gesto más tierno que me había dedicado en un año juntos.
—Confía en mí —susurró.
Y confié.
***
Me soltaron las esposas y me subieron al centro de la cama. Cuatro manos me sujetaron las muñecas contra el colchón, otras dos me separaron las piernas en un ángulo brutal. Alguien me metió una almohada debajo de las caderas para levantarme y dejarme el coño en bandeja. Sentí dedos desconocidos explorándome, abriéndome los labios, hundiéndose dentro, comprobando lo destrozada y mojada que estaba.
El primer hombre del grupo me penetró sin preámbulos. Era brusco, rápido, impaciente. La tenía corta pero gruesa y me la clavó hasta los huevos de un solo empujón. Otro se arrodilló junto a mi cara y me giró la cabeza hacia él, presionándome los labios con el glande hasta que abrí la boca. Cerré los ojos y dejé que me la metiera hasta la garganta. Sabía a sal y a sudor.
A partir de ahí todo se volvió borroso. No en el sentido de que no lo recuerde, sino en el sentido de que mi mente dejó de procesar cada estímulo por separado. Todo se fundió en una masa de sensaciones: manos sobándome las tetas, bocas chupándome los pezones, pollas entrando y saliendo de mi coño una detrás de otra, sin pausa, mientras otra verga distinta me follaba la boca al mismo ritmo. El peso de un cuerpo encima del mío reemplazado por otro y luego otro. La sal del sudor en mis labios. El sabor metálico del semen que ya se me había derramado en la lengua. El olor espeso, animal, que llenaba la habitación. Mis propios gemidos, que ya no controlaba, mezclados con los gruñidos de hombres cuyas caras no podía ver.
Me corrí tantas veces que dejé de notar el límite entre un orgasmo y el siguiente. Mi coño no paraba de contraerse, exprimiendo cada polla que entraba en él, y los hombres se iban turnando, vaciándose dentro de mí o encima de mí, sobre el vientre, sobre las tetas, en la cara, en el pelo. Sentía el semen escurrirse por entre los muslos en regueros calientes, y cuando uno terminaba y se apartaba, el siguiente se metía en el mismo coño chorreante sin esperar siquiera a que me limpiaran.
En un momento me pusieron a cuatro patas y dos hombres me penetraron a la vez, uno en la boca y otro en el coño, sincronizándose para empalarme por los dos lados al mismo ritmo. Cuando uno terminaba, había siempre otro esperando su turno, polla en mano, masturbándose para mantenerla dura. Perdí la cuenta. De todo. De los orgasmos, de las vergas, de los rostros, del tiempo. Solo sé que en algún momento dejé de tener miedo y me abandoné por completo. Mi cuerpo se convirtió en algo que no me pertenecía, y en lugar de aterrarme, esa idea me liberó. No tenía que pensar. No tenía que decidir. Solo tenía que abrir la boca, abrir las piernas y dejar que me usaran.
Y sentí más de lo que había sentido en toda mi vida.
***
Cuando abrí los ojos, la habitación estaba vacía. Solo quedaba Marcos, sentado al borde de la cama, pasándome una toalla húmeda por el cuerpo con una delicadeza que contrastaba con todo lo que había ocurrido esa noche. Me limpiaba el semen seco de la cara, del cuello, de entre las tetas, de los muslos. La toalla salía manchada y él la enjuagaba en una palangana y volvía a empezar.
—¿Estás bien? —preguntó.
Me quedé mirando el techo. Las velas se habían consumido casi por completo y la habitación olía a cera derretida y a corridas. Me dolía todo. Tenía marcas en las muñecas, en los muslos, en el cuello, en las tetas. El coño me palpitaba en una mezcla de placer y agotamiento, abierto, vacío, todavía chorreando lo que me habían dejado dentro. Pero por dentro sentía una calma extraña, como después de una tormenta.
—Sí —dije—. Estoy bien.
No le dije que había grabado todo. Lo descubrí semanas después, cuando encontré un pendrive en su chaqueta con un vídeo de más de tres horas. Debería haberme enfurecido. Debería haber llamado a la policía, haberlo denunciado, haberlo borrado de mi vida para siempre.
Pero lo que hice fue sentarme en mi cama, a oscuras, con los dedos hundidos en el coño, y verlo entero.
Y cuando terminó, lo volví a poner desde el principio.
***
No sé si algún día dejaré de buscar lo que Marcos me da. No sé si quiero dejarlo. Sé que está mal, sé que es peligroso, sé que si alguien de mi entorno se enterara me miraría con una mezcla de horror y lástima. Pero también sé que ninguna otra cosa en mi vida me ha hecho sentir tan viva como arrodillarme ante él, abrir la boca y decir «sí, señor».
Esta es mi confesión. No busco absolución. Solo necesitaba que alguien lo supiera.