Lo que pasó en el pasillo antes de entrar al cuarto
La noche terminó como siempre terminan las noches con dos niños pequeños. Los dejamos dormidos en nuestra cama porque el pequeño pidió quedarse con nosotros y la mayor no quiso ser menos. Acabamos tirados en el sofá, cada uno con el móvil en la mano, sin hablar, con la televisión puesta en un programa que ninguno de los dos miraba. Él llevaba el pantalón del pijama y una camiseta de algún maratón al que nunca fue. Yo tenía el pelo todavía húmedo de la ducha y un pijama de dos piezas que me gusta porque no pica. El día había sido largo: parque por la tarde, cena con prisa, baño a cuatro manos, dos cuentos y una canción obligatoria. Hay noches en las que terminas tan rota que solo te queda el silencio del salón y las luces de fondo.
Ya es tarde. No tengo sueño, pero tampoco ganas de seguir mirando vídeos absurdos. Me levanto, dejo el vaso en la cocina, apago la luz, vuelvo hacia el pasillo. Me detengo delante de la puerta del dormitorio. Cierro los ojos. Respiro hondo. Es un gesto que hago a menudo sin darme cuenta, como si necesitara prepararme para cruzar al otro lado, a la cama estrecha, a los bracitos que se mueven mientras duermen. El pasillo está casi a oscuras, solo una luz nocturna da un resplandor amarillo tibio contra la pared. Oigo los pasos de mi marido detrás de mí, descalzos, acercándose muy despacio.
Me abraza por la espalda sin decir nada. Me besa el cuello justo debajo de la oreja y yo, por instinto, subo los brazos por encima de la cabeza y entrelazo los dedos detrás de su nuca. Él aprovecha. Sigue besándome, cada vez más abajo, detrás de la oreja, en el hueco del cuello, en el hombro que el tirante del pijama le ha dejado descubierto. Yo le acaricio el pelo con las yemas, despacio, casi sin pensar. Los besos cambian. Dejan de ser suaves. Hay algo impaciente en cómo me mordisquea la piel.
Sus manos suben desde mi cintura hasta mis pechos. Llevo una camiseta fina, sin sujetador, y no tarda ni un segundo en notar que los pezones ya están duros. Me aprieta con las manos abiertas, abarcándolos enteros. Tengo los pechos grandes, los pezones gruesos, y él lo sabe mejor que nadie. No va con cuidado: amasa, suelta, vuelve a apretar. Cuando pellizca uno de los pezones con el pulgar y el índice, por encima de la tela, se me escapa el aire de golpe y tengo que apoyar la frente en la madera de la puerta cerrada.
No voy a aguantar mucho así.
Empiezo a notar su erección contra mi culo. Muevo la cadera hacia atrás, despacio, buscándolo, y él responde pegándose más. Me levanta la camiseta hasta las axilas. Ahora sus manos están directamente sobre la piel. Pasa las yemas por las areolas, en círculos lentos, y los pezones me duelen de lo duros que están. Las bragas ya están mojadas. No ha sido algo gradual. Ha ocurrido todo a la vez: el beso, la mano, el empuje de su cadera contra la mía, la sensación de que cualquier ruido lo rompería todo.
Bajo la mano derecha por dentro del pantalón del pijama, pero todavía no me atrevo a meterla por debajo de las bragas. Me froto por encima de la tela, apenas presionando. Él lo nota al instante. Con una mano sigue apretándome un pecho, pero con la otra me baja el pantalón del pijama hasta la mitad de los muslos. No más abajo, para que no pueda moverme, para que me quede así, con las piernas medio atadas por la tela. Agarra mis bragas por el centro, por detrás, y tira hacia arriba, metiéndome el elástico entre las nalgas, apretándome el culo y el coño con la misma tela húmeda.
Sigo tocándome por encima. Tengo el coño depilado, liso, y la tela mojada se adapta a todo. El clítoris late como si tuviera un pulso propio. Él me amasa un pecho con una mano y me clava los dedos de la otra en la nalga, con fuerza suficiente para dejarme marca. Yo tengo la frente apoyada contra la madera, el brazo izquierdo doblado bajo la cabeza, los ojos cerrados. No puedo hacer ruido. Los niños duermen a menos de tres metros, al otro lado de esa puerta.
Dejo de frotarme un segundo y llevo dos dedos a la entrada del coño, por encima de la tela. Las bragas están empapadas, no exagero. Separo un poco el elástico con el meñique y paso los dedos por mi piel desnuda, de abajo hacia arriba, recogiendo toda esa humedad para volver al clítoris. Cuando lo toco con los dedos resbalosos, se me escapa un gemido que tengo que ahogar apretando la boca contra mi propio antebrazo. Es una de esas cosas insoportablemente buenas. Y él no me deja parar.
Noto que se aparta un poco de mi espalda. Sus manos bajan y tira de las bragas hacia abajo, hasta dejarlas en el mismo sitio que el pantalón, a la altura de los muslos. Por un instante noto el aire frío sobre la piel mojada y casi me quejo. Después oigo que se pone de rodillas detrás de mí. Me agarra de las caderas, me obliga a separar las piernas tanto como me permite la tela caída, y me inclina hacia adelante para que saque el culo todavía más.
Me abre las nalgas con una mano. Con la otra me separa los labios del coño, solo un poco, como si estuviera mirándolo con detalle. No lo veo, pero lo siento en cada centímetro de piel expuesta. Entonces mete un dedo. Entero, de una sola vez, porque estoy tan mojada que no encuentra resistencia. Lo saca despacio, me roza el clítoris con la yema al bajar, vuelve a la entrada. Esta vez son dos. Yo separo las piernas todo lo que puedo, muerdo el antebrazo y aprieto los ojos.
Los mueve dentro de mí con lentitud al principio, curvándolos hacia arriba como si buscara algo concreto. Con la otra mano me agarra una nalga y me muerde la otra, con cuidado, sin dejar marca, solo para recordarme que está ahí. El ritmo va subiendo. Cuando sus dedos entran y salen más rápido, yo llevo otra vez la mano al clítoris. Necesito frotar. Necesito frotar sin parar. Pero todavía no quiero correrme.
Paso los dedos por la entrada del coño, alrededor de los suyos, para robarle más lubricación. Él lo nota. Se detiene un segundo. Me agarra la muñeca con firmeza, sin violencia, y mete mis dos dedos junto a los suyos, dentro de mí. Cuatro dedos a la vez. Los movemos despacio, apretándome las paredes desde dentro, separándolas apenas. Es la primera vez que hacemos algo así y me da vergüenza y me gusta en la misma proporción exacta.
Cuando sacamos las manos, yo vuelvo al clítoris por pura inercia. Él, en cambio, no vuelve a meter los dedos. Me abre las nalgas con las dos manos y pasa la lengua por mi ano, despacio, de abajo hacia arriba. Pego un respingo. Es algo que hacemos poco y nunca en esta postura, con la cabeza pegada a una puerta y los niños respirando al otro lado. Le dejo. Ahora mismo le dejaría cualquier cosa. Vuelve a meter dos dedos en el coño mientras sigue lamiéndome el culo, y yo tengo que apretar los dientes contra la manga del pijama para no hacer ruido.
No sé cuánto dura. Un minuto, dos, tres. Cuando estoy a punto de deshacerme, se mueve. Pasa la cabeza por debajo de mi entrepierna, se coloca casi tumbado en el suelo del pasillo, con la boca justo debajo de mi coño. Noto su respiración caliente antes de sentir la lengua. Plana, larga, un único barrido que recorre todo de una pasada, desde la entrada hasta el clítoris. Se queda ahí. Empieza a trabajar ese punto concreto, sin separarse ni un milímetro.
Le agarro la cabeza con una mano y la empujo hacia mí, sin importarme ya nada. Él succiona el clítoris, suave al principio, después con más presión. Aumenta el ritmo. Yo muevo las caderas contra su boca, pierdo cualquier noción del tiempo, del pasillo, del peligro. Me aprieto los pezones con la mano libre hasta que me duele. Las piernas me empiezan a temblar. Siento el orgasmo llegando como una ola que sube desde los dedos de los pies y que no me va a permitir sostenerme. Levanto la cabeza apenas un segundo, abro la boca contra mi propio brazo y suelto un gemido sordo mientras me corro.
Me corro largo, en oleadas, mordiendo la tela de la camiseta para que no se me escape ni un sonido. Él no se aparta hasta que dejo de moverme. Cuando por fin se pone de pie, tengo las piernas flojas, la frente sudada y el corazón fuera del pecho. Me da la vuelta despacio, con las dos manos en mis caderas, y me besa en la boca. Sabe a mí. Sabe mucho a mí, y no me importa lo más mínimo.
Le sonrío con los labios todavía entreabiertos y le prometo, en un susurro, que mañana le toca a él. Él me contesta, también en susurro, que no hace falta esperar tanto. En ese momento oímos moverse a uno de los niños al otro lado de la puerta, un quejido corto de sueño y luego silencio. Nos quedamos los dos quietos, con la respiración contenida, mirándonos en la penumbra del pasillo como dos adolescentes que casi se llevan una bronca. Sonrío contra su hombro. Mañana, le digo sin voz. Mañana sin falta.