Esa noche le mostré a Valentina lo que se perdía
Era finales de octubre y en Buenos Aires empezaba ese calor pegajoso que avisa que el verano viene en serio. Llevaba un mes desde la noche con Ramiro en el after de Palermo, y aunque intentaba actuar normal en la facultad y en el piso, mi cabeza volvía una y otra vez al mismo punto: esa polla enorme, cómo me había abierto, cómo me había hecho sentir sucia y completamente viva al mismo tiempo. Ya no era la misma chica que había llegado de Rosario con una mochila y una idea romántica del sexo. Ahora quería más. Quería volver a sentirme desbordada.
Mi compañera de piso se llamaba Valentina. Cordobesa, de la capital. Veintitrés años, piel morena del color del caramelo oscuro, pelo negro liso hasta los hombros, ojos grandes y quietos que siempre parecían estar pensando en otra cosa. Era delgada y casi frágil de figura: cintura angosta, piernas largas pero finas, tetas pequeñas y firmes que no necesitaban sostén pero que ella usaba igual. Siempre vestía ropa holgada y en colores apagados, como si quisiera pasar sin que nadie la notara demasiado. Hablaba poco, observaba mucho. Cuando se reía era bajito, casi disculpándose. Llevaba cuatro meses recién separada de su novio de toda la adolescencia y desde entonces estaba en una especie de modo pausa: miraba chicos en la calle, instalaba y desinstalaba aplicaciones de citas, pero nunca terminaba de dar el paso. Hasta la noche que le conté lo de Ramiro.
Fue en el balcón del piso, entre botellas de cerveza fría y el ruido sordo del barrio. Le solté todo sin filtro: cómo Ramiro me había acorralado contra la pared de un baño de boliche, cómo me había tenido ahí durante casi una hora sin que yo quisiera que terminara, cómo me había llenado hasta el límite. Valentina me escuchaba en silencio, mordiéndose el labio inferior, con las mejillas coloradas aunque la noche no hacía calor. Al final solo dijo, con voz muy quieta:
—Dios. Yo nunca sentí nada parecido. Me da una envidia espantosa.
La miré fijo.
—Pues venite esta noche conmigo. Hay una rave en un galpón en Barracas. Dark techno, hasta que amanezca. Si aparece Ramiro te lo presento. Y si no, nos buscamos la vida las dos.
Se quedó callada un rato largo, mirando la calle oscura. Después asintió despacio.
—Dale. Pero no me dejés sola mucho rato, ¿eh?
Nos arreglamos en el piso. Yo fui directa: body negro de encaje con transparencias que dejaba ver los pezones, minifalda corta, botas altas, el rímel ya corrido de antemano. Valentina tardó casi media hora parada frente al armario abierto con cara de no saber qué era ella exactamente. Al final se decidió por un vestido negro ajustado, largo hasta el muslo, cuello alto y manga larga, pero con la espalda casi al aire que dejaba ver su piel perfecta. Tacones bajos, pelo suelto, un poco de gloss en los labios. Saliendo del piso parecía una chica que iba a una cena; mirándola bien, en la oscuridad, era otra cosa completamente distinta.
Llegamos al galpón después de las tres. La cola era corta pero intensa: piercings en sitios creativos, vinilo, olor a porro mezclado con perfume barato, máscaras que nadie explicaba. Adentro, el bajo te aplastaba el pecho desde el primer paso, un kick industrial que vibraba en el suelo y subía por las piernas. Nos metimos a la pista. Yo bailaba sin vergüenza, con los brazos en alto y el cuerpo siguiendo lo que la música pedía. Valentina al principio se quedó más atrás, moviendo apenas las caderas, mirándolo todo con esos ojos grandes. Pero poco a poco fue soltándose. Bailábamos pegadas, su cuerpo delgado contra el mío, riéndonos bajito sin motivo.
No tardó en aparecer Sebastián. Porteño, pelo largo recogido en un moño, tatuajes en el cuello y los antebrazos, unos veinticinco o veintiséis. Se puso a bailar cerca de mí, rozándome sin invadir demasiado. Le seguí el juego. Valentina se corrió un poco hacia el costado, pero no se fue; se quedó mirando, con el labio entre los dientes.
Sebastián me pasó el brazo por la cintura.
—Bailás muy bien.
—Vos también —le contesté, pegándome más—. ¿Querés algo más que bailar?
Sonrió, me miró la boca.
—Quiero todo.
Le dije a Valentina al oído que iba a estar cerca, que silbara si me necesitaba. Ella asintió, nerviosa pero con los ojos brillando de algo que no era miedo. Sebastián me llevó detrás de unas cortinas de plástico grueso a una zona de sofás viejos contra la pared. Me sentó en uno y me subió la falda sin apuro, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Me trabajó con los dedos y la lengua hasta que me corrí rápido, apretándole la cabeza con las rodillas. Después se puso de pie y se bajó el pantalón. Polla gruesa, bien parada. Me la metí en la boca, tranquila al principio, más hondo cuando él empezó a mover las caderas. Me puso a cuatro patas en el sofá y entró de una vez. Dolió de esa manera que te avisa que vas a querer repetirlo. Me folló duro y rápido hasta correrse adentro con un gruñido ahogado.
Salí con las piernas flojas. Valentina me esperaba apoyada en la barra con una cerveza en la mano y cara de no saber muy bien qué hacer con lo que le pasaba por adentro.
—¿Bien? —preguntó bajito.
—Rápido y lleno —contesté riéndome—. ¿Y vos?
—Estuve mirando —admitió, con las mejillas coloradas—. Me puso muy... no sé. Muy mal, en el buen sentido.
***
Sobre las seis menos cuarto, cuando la fiesta seguía latiendo pero ya el humo olía un poco a amanecer, lo vi.
Ramiro. En el centro de la pista, bailando con esa soltura que parecía completamente inconsciente. Remera negra sin mangas, brazos tatuados brillando de sudor, piel oscura captando cada destello estroboscópico. Nuestras miradas chocaron desde lejos. Sonrió de un lado, esa sonrisa lenta que yo llevaba un mes intentando olvidar.
Se acercó sin ningún apuro.
—Hola. Volviste —dijo, con esa voz grave que se instala debajo de la piel.
—No podía olvidarte —contesté, acercándome—. Y traje compañía.
Se giró hacia Valentina. La recorrió de arriba abajo, despacio, sin ninguna intención de disimularlo.
—¿Y ella?
—Valentina —dijo ella en voz baja, sin apartar la mirada—. La compañera.
Ramiro sonrió más amplio.
—¿Bailás?
Valentina tragó saliva.
—Un poco... sí.
La tomó de la mano con cuidado, después a mí de la otra.
—Vengan las dos.
Nos llevó a un rincón oscuro junto a unas columnas de hormigón. Pared fría contra la espalda, humo denso alrededor, el bajo retumbando en el suelo de cemento.
Primero me besó a mí. Profundo, la lengua entrando a fondo, una mano agarrándome la nuca. Después se giró hacia Valentina y le levantó la barbilla con dos dedos, muy despacio.
—¿Puedo? —preguntó bajito.
Ella asintió, temblando apenas. Él la besó lento, exploratorio, como si tuviera tiempo de sobra y quisiera usarlo bien. Valentina soltó un gemido cortísimo contra su boca, casi sorprendida de sí misma.
Ramiro me miró.
—El vestido —dijo.
Valentina se lo sacó despacio. Quedó en ropa interior negra, piel morena perfecta, el cuerpo delgado estremeciéndose bajo la poca luz que llegaba desde la pista. Tenía las manos quietas a los costados, sin saber dónde ponerlas.
Ramiro se bajó el cierre. Sacó la polla que yo llevaba un mes recordando en momentos que no debía: larga, gruesa, curvada, oscura e hinchada en la punta.
Valentina abrió los ojos de verdad.
—Dios mío —susurró—. ¿Eso entra?
—Entra —dijo Ramiro, con media sonrisa—. Vení.
Me arrodillé primero. La lamí despacio, saboreando el sabor salado de la punta. Valentina se arrodilló a mi lado, tímida, mirándome hacer. Después se acercó y metió la lengua. Lamimos juntas, las lenguas rozándose alrededor de él, desde lados distintos. Ramiro soltó un sonido bajo y cerrado desde el fondo del pecho.
Luego me puso contra la pared, me levantó una pierna y entró despacio. Gemí sin cuidarme de nadie.
—Otra vez me partís…
—Aguantás todo —murmuró, y empezó a moverse en serio.
Valentina se acercó por detrás de mí, me besó el cuello, me pellizcó los pezones por encima del encaje. Después se agachó y metió la lengua donde nos unía: yo, él.
—Saben igual —murmuró, con la voz ronca de quien acaba de descubrir algo que no esperaba.
Ramiro metió el ritmo. Me corrí temblando, con las piernas casi cediendo bajo el peso de eso.
Después le tocó a ella.
La puso de rodillas apoyada en la columna, manos contra el hormigón frío. Se frotó despacio antes de empujar.
Valentina jadeó.
—Es demasiado… despacio…
—Respirá —dijo Ramiro—. Vas a querer que dure.
Entró centímetro a centímetro. Cuando estuvo adentro del todo, ella soltó un gemido largo y cerrado, como si lo hubiera estado guardando toda la noche.
—Me llena entera… no sabía que podía ser así…
Empezó a moverse. Yo me puse frente a Valentina y le puse la boca en la boca mientras Ramiro la embestía por detrás. El ritmo de él la movía hacia mí y hacia atrás, hacia mí y hacia atrás. Después me senté en el suelo delante de ella y abrí las piernas. Valentina me lamió sin que nadie se lo pidiera, los gemidos ahogados contra mí cada vez que Ramiro empujaba más fuerte.
—Decí que son mías —gruñó él—. Las dos.
—Soy tuya —jadeó Valentina—. No pares. Más.
Se corrió apretándolo, los sonidos ahogados contra mi cuerpo, el cuerpo entero sacudiéndose. Ramiro aceleró y terminó adentro con un sonido grave y largo.
Después volvió conmigo. Me levantó, las piernas alrededor de su cintura, me tuvo contra la pared mientras Valentina lamía desde abajo. Me corrí muy bajito, con la boca apretada contra su hombro. Él terminó adentro otra vez.
***
Salimos al amanecer. Los tres juntos, pegados, oliendo a sudor y a noche larga. Caminamos sin rumbo por las calles vacías mientras el cielo se iba poniendo del color del durazno. El barrio todavía dormía. Nuestros pasos hacían demasiado ruido.
Valentina me tomó la mano en silencio. Caminamos así un buen rato antes de que dijera nada. Después, con la voz muy tranquila, casi como si hablara del clima:
—Gracias por traerme.
Ramiro nos miró a las dos desde el costado.
—La próxima vez, en mi casa. Cama grande y sin apuro.
Yo sonreí con el cuerpo dolorido de esa manera que no tiene nada de malo y todo el tiempo del mundo por delante.
—Hecho.