Mi cita cancelada terminó en un parking a medianoche
Tengo 32 años y hace tiempo que dejé de sorprenderme por las miradas. No es algo que diga con vanidad, es simplemente un hecho al que me fui acostumbrando. Soy alta, de complexión delgada con curvas que se notan bajo la ropa. Tetas firmes, ni grandes ni pequeñas, con pezones que se marcan al menor cambio de temperatura. Culo redondo, alto, de esos que llenan la falda por detrás. Pelo castaño oscuro con ondas, que suelo llevar recogido en un moño cuando trabajo. Ojos de ese color avellana que cambia con la luz. Un lunar pequeño encima de la ceja izquierda. Cara ovalada, labios carnosos que no suelen sonreír a la ligera pero que, cuando quieren, no necesitan sonreír para conseguir lo que buscan.
Cuento esto porque lo que sigue tiene que ver con todo eso. Con saber cómo funciona mi cuerpo sobre los demás, y con la noche en que ese conocimiento me llevó a un sitio al que nunca pensé que iría.
Llevaba semanas en un estado que solo puedo describir como hambre. No sé si es la palabra más precisa, pero sí la más honesta. Hambre de una polla dura, hambre de que alguien me follase hasta dejarme sin aire, hambre de correrme con algo dentro y no con mis propios dedos en la cama a las tres de la mañana. Habían pasado cosas en mi vida que se habían llevado toda mi energía, toda mi atención, y en ese proceso había descuidado completamente esa parte de mí que también necesita ser atendida. No es algo que uno pueda ignorar indefinidamente. El coño te lo recuerda todos los días, a cualquier hora, con el roce de la costura del pantalón, con la vibración del asiento del metro, con cualquier tontería.
Un martes por la tarde me escribió Marcos.
Lo conozco hace dos años. Está casado, eso lo sé desde siempre, y en otras condiciones sería una complicación que no aceptaría. Pero Marcos es directo. Sus mensajes no tienen adorno ni teatro, van al punto. Y ese martes llegaron exactamente cuando más falta me hacían.
—¿Comemos mañana? —escribió.
No fue más que eso. Pero los dos sabíamos que detrás de esa pregunta había otra: si iba a dejarme follar por él después. Y los dos sabíamos que la respuesta era sí.
Quedamos al día siguiente. Llegué directamente desde el trabajo: falda de tubo gris oscuro, blusa ajustada, tacones bajos que aguantan bien el día entero. No había pensado en preparar nada especial porque no había esperado esto. Pero la comida en el restaurante fue lo bastante cargada como para que el aire tuviese su propia temperatura. Hablamos de lo que no importaba, nos miramos de la manera que sí importaba, y en algún momento, cuando su rodilla tocó la mía debajo de la mesa y no se apartó, sentí perfectamente cómo se me humedecían las bragas. Al final de la comida yo ya sabía que necesitábamos un sitio mejor que ese.
Le pedí unos minutos. Me fui al baño con la mochila del trabajo y tomé la decisión que me pareció lógica en ese momento: saqué la falda y la blusa, las doblé como pude y las guardé en la mochila. Me quité también las bragas, las metí en el bolsillo interior. Salí con el abrigo largo, el sujetador, las medias y los tacones. Nada más debajo. El coño desnudo bajo el forro del abrigo, sintiendo cada paso.
Caminé hacia él por la acera. A mitad de calle abrí el abrigo un segundo.
Fue suficiente para que supiese exactamente lo que le esperaba. Lo vi tragar saliva desde diez metros.
Ya en el coche, con la calefacción encendida y el ambiente que se había ido construyendo durante la comida todavía en el aire, la tarde pintaba exactamente como yo quería que pintase. Su mano subió por el interior de mi muslo por encima de la media, y cuando llegó al final y encontró la piel desnuda y el vello suave y luego los labios ya empapados, se le escapó un gemido bajo, ronco, de tío al que le acaban de confirmar la mejor noticia del día. Deslizó un dedo entre mis labios, arriba y abajo, sin prisa, y luego lo hundió. Me arqueé en el asiento. Un segundo dedo. Sacó los dedos brillantes hasta la muñeca y se los llevó a la boca sin quitarme los ojos de encima. Teníamos un hostal a un cuarto de hora.
Entonces sonó su teléfono.
Lo vio, se quedó inmóvil, y descolgó. Bastó una sílaba de su voz para que yo entendiese quién llamaba: su mujer. En cuestión de segundos el hombre que tenía la mano entre mis piernas se transformó en alguien completamente diferente. Se encogió. Le cambió la cara. Sacó la mano de un tirón como si le quemase. La llamada duró menos de dos minutos y cuando colgó ni siquiera pudo terminar la disculpa que intentó articular.
No le dije nada. Recogí la mochila. Le pedí que me dejase cerca del barrio.
El trayecto en coche fue en silencio. Él abrió la boca un par de veces. Yo miraba por la ventanilla, con el coño palpitando de rabia y de deseo mezclados, notando cómo me chorreaba por el interior del muslo hasta el borde de la media.
Me dejó a cuatro manzanas de casa. Cuando cerré la puerta del coche ya tenía bastante claro que no iba a poder estarme quieta esa noche. No con lo que había dejado a medias. No con la boca ya con sabor a lo que iba a pasar y sin nada dentro para calmarlo.
***
Tardé un rato en darme cuenta de que estaba caminando por la calle casi sin nada.
El abrigo me llegaba a mitad del muslo, justo para no mostrar el inicio de las medias, aunque a cualquiera que mirase con atención no se le escaparía. Hacía frío. Ese frío seco de otoño que entra por el cuello y te recorre los brazos. Pero yo no lo sentía como frío. Lo sentía como una capa más de todo lo que llevaba encima: la tensión acumulada durante semanas, el calor de la comida, la frustración de la tarde, los dedos de Marcos todavía marcados dentro de mí. El frío era parte de todo eso.
Llegué a casa. Me senté en el sofá. Me levanté. Caminé de un lado a otro por el pasillo. Me miré al espejo del baño sin quitarme el abrigo. Seguía sintiéndome exactamente igual que cuando había salido del coche de Marcos: con el coño empapado y vacío, con la piel de las tetas todavía tensa, con las piernas apretadas la una contra la otra buscando cualquier fricción. Metí la mano bajo el abrigo, dos dedos, y me toqué de pie contra el lavabo. Me corrí en menos de dos minutos, temblando y mordiéndome el labio, y cuando terminé y saqué los dedos brillantes seguía sintiendo exactamente lo mismo. Correrme sola no era lo que necesitaba. Necesitaba una polla. Necesitaba una boca. Necesitaba unas manos que no fuesen las mías.
En la cocina me acordé de algo que me había contado tiempo atrás un tipo con el que estuve un par de veces. Me había hablado de un sitio en las afueras, un aparcamiento cerca de una zona industrial que de noche tenía otro uso. Me explicó el código: cómo llegar, qué señales lanzar, cómo indicar que se estaba disponible. Aparcar en un rincón, luz interior encendida, ventanilla algo bajada. Me contó que iban tíos solos, casados en su mayoría, buscando exactamente lo mismo. En ese momento lo escuché con curiosidad, sin ninguna intención real. Guardé la información en algún rincón de la cabeza y no volví a pensar en ella.
Hasta esa noche.
Tomé la decisión en menos tiempo del que tardé en abrir el cajón y coger las llaves. Me quité el abrigo, me desnudé del todo, me lavé rápido entre las piernas con agua fría, me retoqué el maquillaje frente al espejo del baño, me pinté los labios más rojos que tenía, me puse el abrigo y los tacones. Sin bragas. Sin nada. Bajé al garaje.
***
El aparcamiento estaba al oeste de la ciudad, a unos veinte minutos en coche. Lo encontré sin dificultad: una explanada grande entre dos naves industriales cerradas, con farolas encendidas a la mitad de su potencia, lo justo para ver sin ser visto del todo. Había cuatro coches dispersos. No había nadie fuera.
Aparqué en un rincón algo apartado pero con visibilidad suficiente desde el resto. Puse la calefacción al máximo. Encendí la luz interior del techo. Bajé la ventanilla dos dedos. Y me quité el abrigo.
Sentada ahí, con el frío colándose por la rendija y la luz iluminándome desde arriba, completamente desnuda salvo por las medias y los tacones, con los pezones ya duros como piedras y las piernas ligeramente abiertas contra el asiento de cuero, tuve un momento de conciencia muy clara sobre lo que estaba haciendo. Duró unos diez segundos. Luego dejé de pensar. Me llevé una mano al pecho y me pellizqué un pezón, despacio. La otra bajó entre mis piernas, se abrió paso entre los labios ya hinchados, y empecé a tocarme el clítoris con dos dedos, en círculos lentos, mientras miraba fijamente hacia los otros coches del aparcamiento.
No tardó mucho. Un hombre se acercó desde el extremo opuesto del aparcamiento. Tendría cuarenta y tantos, ropa de trabajo, aspecto de llevar un día largo a las espaldas. No era alguien a quien habría mirado dos veces en otras circunstancias. Pero cuando se paró frente a mi ventanilla y vi cómo me miraba, cómo se le detenía la mirada en mis tetas primero y luego bajaba hasta mis dedos ocupados entre las piernas, cuando vi cómo se apretaba el bulto por encima del pantalón mientras me observaba sin apartar los ojos, el criterio dejó de tener ningún peso.
Nos miramos varios segundos sin decir nada. Yo no dejé de tocarme. Al contrario, abrí más las piernas contra el asiento para que viese bien lo que hacía, y hundí los dos dedos hasta los nudillos. Los saqué brillantes y me los pasé por el pezón, dejándolo húmedo.
Él bajó la cremallera. Despacio. Sin apartar la vista de mí ni un momento. Sacó una polla gruesa, no muy larga pero ancha, ya completamente dura, con el glande brillante. Empezó a masturbarse a treinta centímetros de mi cara, con el puño cerrado bien fuerte, moviendo la piel hacia arriba y hacia abajo con la lentitud de quien lleva mucho rato esperando ese momento.
Yo bajé la ventanilla del todo.
El frío entró de golpe y me estremeció de pies a cabeza, y paradójicamente ese escalofrío fue lo primero que me alivió en toda la tarde. Como si el cuerpo hubiese necesitado exactamente eso para soltar algo. Sus manos eran grandes, callosas, frías. Las posó sobre mis tetas sin pedir permiso y empezó a apretármelas, pesándolas, pellizcándome los pezones entre el pulgar y el índice hasta hacerme soltar un jadeo. Recorrió cada centímetro con una atención completamente inesperada. Sin prisa. Como si no hubiese ningún otro lugar en el que quisiera estar. Se agachó, metió la cara por la ventanilla y me lamió un pezón, y luego el otro, y luego me lo mordió con cuidado justo lo suficiente para que yo arquease la espalda contra el respaldo.
Deslicé mi propia mano entre mis piernas. La sensación que encontré confirmó lo que ya sabía: estaba empapada, chorreando, con los labios hinchados y palpitando.
Él apartó mi mano. Colocó la suya. Tres dedos entraron de una vez, sin ceremonia, hasta el fondo, y con la palma me apretaba el clítoris cada vez que empujaba. Solté el aire de golpe, casi sin control. Me follaba con los dedos con un ritmo firme y cada tanto los sacaba brillantes, se los llevaba a la boca y los chupaba, mirándome, antes de volver a hundirlos.
Le abrí la puerta del coche.
***
Entró sin que yo necesitase decirle nada más. Su boca fue directa a mis tetas, sin protocolo ni preámbulos. Chupó, mordió, dejó marcas rojas en la piel de alrededor de los pezones. Le aparté la cabeza al cabo de un momento, me giré en el asiento, apoyé las rodillas en el borde y me puse de espaldas a él, con el culo levantado hacia la puerta abierta, ofreciéndole el coño y todo lo demás sin ningún tipo de disimulo.
Lo que vino después no fue lo que esperaba. En lugar de lo obvio, agachó la cabeza y hundió la cara entre mis nalgas. Empezó a comerme el coño desde atrás, con la lengua entera, de arriba abajo, deteniéndose en el clítoris con vueltas lentas y volviendo a subir hasta el otro agujero, sin saltárselo, sin ningún reparo. Lo hizo con una dedicación que contrastaba completamente con todo lo demás en él: su ropa, su aspecto, la situación. Metía la lengua dentro tan hondo como podía, la sacaba, chupaba los labios uno a uno, volvía al clítoris y me lo trabajaba en círculos apretados con la punta. Sus manos me abrían las nalgas para tener acceso total. Se tomó su tiempo. No se precipitó. Al cabo de un rato, dos dedos entraron mientras la lengua seguía en el clítoris, y hubo un momento en que perdí completamente el control sobre los sonidos que hacía. Grité contra el reposacabezas, con las piernas temblando, y me corrí en su boca de una manera larga y ruidosa que le dejó la barbilla brillante y a mí sin fuerzas en los brazos.
Cuando paró, se colocó el preservativo. Lo oí romper el envoltorio, oí el chasquido del látex al deslizarse. Empujó de una sola vez, hasta el fondo, sin aviso.
Me agarré al reposacabezas con ambas manos. Grité. Era gruesa, más gruesa de lo que había calculado, y entró hasta abajo porque yo estaba tan mojada que no había ninguna resistencia. Empezó a follarme con embestidas largas, sacando la polla casi entera antes de volver a hundirla, y cada empujón me subía por la columna hasta la nuca. Me agarró de las caderas con las dos manos y me atrajo contra él para clavarse más hondo. Podía oír el ruido húmedo de mi coño cada vez que salía, el sonido de sus caderas chocando contra mis nalgas, mi propia respiración descontrolada.
Llevábamos unos minutos así cuando, al girar la cabeza hacia la ventanilla abierta, lo vi. Un segundo hombre estaba de pie a unos pocos metros, quieto, mirando. Más joven que el primero, alto, con la polla ya fuera del pantalón. Tenía la mano cerrada alrededor y la movía de una manera que no dejaba ninguna duda sobre lo que hacía mientras nos observaba. La tenía larga y curvada hacia arriba, y el glande le brillaba bajo la luz naranja de las farolas.
Habría sido el momento de cerrar la ventanilla. Le hice un gesto para que se acercase.
Lo hizo sin dudar.
Llegó hasta la ventanilla. Extendió la mano y la apoyó en mi espalda, fría, y luego la deslizó hasta agarrarme un pecho por debajo, sopesándolo, pellizcándome el pezón entre los dedos. Le pedí al primero que parase un momento. Se retiró de golpe, dejándome el coño abierto y vacío, palpitando por la falta. Salí del coche.
***
Fuera hacía mucho más frío de lo que esperaba. Lo sentí en los pies, en los tobillos, en el viento que entraba por debajo del abrigo que ni me había molestado en cerrar, en los pezones que se me endurecieron todavía más al contacto con el aire. Pero ese frío ya era otra cosa. Era el contraste que hacía que el calor de los dos cuerpos a mi alrededor se sintiese más intenso, más real.
El primero no se alejó. Se colocó detrás de mí, me sujetó por la cadera y volvió a hundirse en el coño de un solo empujón, retomándolo donde lo habíamos dejado. Me arqueé hacia adelante con el golpe. El segundo quedó delante de mí. Deslicé mi mano hacia él, hacia el bulto de su pantalón que ya no era un bulto sino una polla entera que apuntaba hacia arriba, y noté que llevaba un buen rato esperando eso.
La saqué del todo, se la sujeté con la mano y empecé a masturbársela despacio, sintiendo el peso, el grosor, la vena gruesa por debajo. Bajé la mano hasta los huevos y se los apreté con suavidad, tirando de ellos hacia abajo. Él soltó un gruñido y me agarró de la nuca. Yo seguí trabajándosela con las dos manos mientras el primero me empujaba desde atrás. Estaba entre los dos, de pie junto al coche, con una polla entrando y saliendo de mi coño y otra pidiéndome la boca, sintiéndome exactamente como necesitaba sentirme: completamente presente en lo que estaba ocurriendo y en nada más.
Al cabo de unos minutos agaché la cabeza y lo tomé en la boca. Entera. Me la metí hasta el fondo, hasta sentirla golpearme la garganta, y saqué la lengua para lamer los huevos al mismo tiempo. Él soltó un jadeo largo. Empecé a chuparle la polla con ganas, subiendo y bajando la cabeza al ritmo que me marcaba el otro por detrás, ensalivándosela entera, dejándole hilos de saliva colgando cuando la sacaba para respirar. La escupí y la volví a meter. Le chupé el glande con los labios apretados haciendo vacío, y luego bajé por el tronco lamiendo hasta abajo.
Fue en ese momento exacto cuando el primero cambió el ángulo y entró de una manera que no me esperaba, más profundo, dándome contra un punto que me hizo temblar de arriba abajo, y solté un sonido que no fue nada discreto, amortiguado solo en parte por lo que tenía en la boca.
El segundo me agarró el pelo con una mano. Primero con suavidad. Luego con menos suavidad, empujando levemente hacia él sin dejarme alejar del todo, hasta que empezó a follarme la boca al mismo ritmo que el otro me follaba el coño. Los dos se sincronizaron sin decirse nada. Cuando uno entraba, el otro salía. Cuando uno salía, el otro entraba. Yo estaba en medio, atravesada por dos pollas a la vez, con las manos apoyadas en el muslo del segundo para no perder el equilibrio, con la saliva y los jugos chorreándome por todas partes, con los ojos llorosos por la que me golpeaba la garganta.
Me quedé así, sin querer que cambiase nada, hasta que el primero se retiró de golpe y se apartó unos pasos. Oí que se quitaba el preservativo. Un par de gruñidos, un chorro caliente contra la piel de mis nalgas y la parte baja de la espalda. Se corrió sobre mí sin avisar, en varios chorros gruesos, y luego se marchó sin decir nada, sin mirar atrás, subiéndose la cremallera mientras caminaba.
Me incorporé, con la espalda pegajosa y el coño abierto todavía palpitando. El segundo ya se estaba protegiendo. Me giré hacia el coche, apoyé las palmas en la carrocería fría, arqueé la espalda y separé bien las piernas para él.
Lo que siguió no tuvo ninguna delicadeza. Me agarró por la cadera con una mano y por el pelo con la otra, me hizo arquear la espalda todavía más y empujó. Con fuerza. Hasta el fondo. Su polla era más larga que la del primero y llegaba a sitios distintos. Empezó a follarme con un ritmo que no pedía permiso ni lo necesitaba, con embestidas duras que me hacían golpear las tetas contra la chapa fría del coche en cada empujón. Cada embestida me acercaba más al metal, y ese contraste entre el calor de su cuerpo detrás y el frío del capó por delante era una sensación que no había anticipado y que me hizo doblar las rodillas ligeramente, hundiéndome todavía más, ofreciéndole el culo en un ángulo mejor.
Me tiró del pelo hacia atrás. Me obligó a arquear el cuello. Me dijo al oído lo puta que era, lo mojado que tenía el coño, cómo lo apretaba, y yo asentí con los ojos cerrados porque era todo verdad y porque escucharlo mientras me lo hacían me llevó todavía más lejos. Bajó la mano libre por delante y encontró mi clítoris. Empezó a frotármelo con dos dedos al mismo ritmo con el que me embestía por detrás, y en menos de un minuto sentí cómo se me subía todo desde los pies. Me corrí contra el coche, apretando la polla dentro con espasmos que él siguió atravesando sin bajar el ritmo, gritando contra el metal frío sin importarme quién más pudiese oírme en el aparcamiento.
Perdí la noción del tiempo. Los sonidos que se me escaparon no estaban planeados. Me corrí una segunda vez, más corta, más fina, sin dejar de estar clavada contra el capó. En ningún momento quise que parase.
Cuando acabó lo hizo de manera abrupta. Sacó la polla, se arrancó el preservativo, y con dos tirones rápidos se corrió contra mi culo, encima de lo que ya me había dejado el otro, con un gruñido bajo. Tiró el preservativo al suelo y se alejó sin mediar palabra, guardándosela mientras caminaba.
Me quedé apoyada en el coche. Las manos todavía sobre la carrocería fría. El semen de los dos escurriendo lentamente por la parte baja de la espalda hacia las nalgas. Varios segundos hasta que las piernas volvieron a ser mías del todo.
***
Me metí en el coche. Cogí unos pañuelos de la guantera y me limpié la espalda y las nalgas lo mejor que pude, sin ninguna prisa, casi con curiosidad por lo que había pasado. Cerré la puerta. Subí la ventanilla. Solo entonces noté el frío de verdad: en los pies, en los muslos, en las palmas que todavía estaban un poco entumecidas, en el coño abierto y sensible que seguía latiendo aunque ya vacío. Puse la calefacción al máximo y me quedé quieta mirando el parabrisas hasta que dejé de temblar.
Me miré en el retrovisor. Tenía el pelo revuelto, el maquillaje corrido solo un poco, la marca roja de una mordida en el pecho izquierdo. Parecía exactamente como me sentía.
Y lo que sentía, quitando el frío y el cansancio físico, era algo muy parecido a la calma. Esa parte de mí que llevaba semanas instalada en un estado de urgencia constante se había callado por fin. No de la manera que habría planeado, no con la persona que habría elegido en otras circunstancias. Pero se había callado.
Arranqué el coche. Puse música. Conduje a casa sin pensar en nada en particular, con las piernas ligeramente abiertas porque cerrarlas todavía me molestaba, sintiendo cómo me chorreaba un poco por dentro de las medias.
Esa noche dormí hasta las diez de la mañana, de un tirón, sin despertarme una sola vez. Hacía semanas que no dormía así.
Sé que no es una historia que todo el mundo entiende. También sé que eso no cambia nada de lo que cuento. Esa noche hice lo que necesitaba hacer, lo hice de manera completamente consciente, y no me arrepiento de ninguna de las decisiones que tomé desde que cerré la puerta del coche de Marcos hasta que abrí la de mi casa.
A veces la vida se simplifica cuando dejas de escuchar lo que deberías hacer y empiezas a escuchar lo que necesitas.
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