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Relatos Ardientes

Nos descubrieron en el vestuario y no paramos

Llevo tres años yendo al mismo gimnasio, y en ese tiempo aprendí una cosa: el cuerpo que uno tiene es el que uno trabaja. El mío no es alto —mido uno sesenta y uno— pero lo que me falta en estatura lo tengo en curvas. Cintura estrecha, caderas generosas, piernas torneadas. Y unos glúteos que, si uno los trabaja bien, terminan siendo los protagonistas de cualquier sala donde uno entre.

No me avergüenza decirlo. Nunca me avergonzó.

Andrés, mi novio desde hace dos años y medio, siempre fue el primero en aplaudir que me esforzara tanto. Desde que empezamos a salir me animó a usar ropa ajustada para entrenar: tops deportivos escotados, licras cortas, las que marcan cada curva como si las hubieran dibujado encima. Dice que si una tiene el cuerpo, tiene el derecho de mostrarlo. No necesité que me convenciera: ya usaba ese tipo de ropa antes de conocerlo, porque me resulta cómoda para moverme. Que también quede bien es un bonus que acepto sin protestar.

Mi día favorito en el gimnasio es el de glúteos. Para esos días tengo reservada una licra en particular: negra, muy corta, que al hacer sentadillas profundas se sube sola y queda metida entre las nalgas, marcando todo. He notado que cuando llego a esa parte del entrenamiento, la zona de pesas se llena un poco más de lo habitual. Caras que estaban en el cardio aparecen de pronto cerca de la barra. Me hago la distraída, pero lo registro todo. Me gusta sentirme admirada. ¿A qué persona en su sano juicio no le gusta?

Ese martes en particular, Andrés apareció sin avisar.

Eran cerca de las nueve de la mañana. Yo estaba terminando la última serie de sentadillas con barra cuando lo vi parado junto a la entrada, con la misma cara de quien examina algo en un escaparate, mezclado entre los desconocidos que ya llevaban un rato mirándome desde distancias estratégicas. Terminé la serie sin cambiar el ritmo, me sequé el cuello con la toalla y esperé a que se acercara. Lo hizo despacio, sin apuro, como si no nos conociéramos.

—No te bajes el short —me susurró cuando llegó a mi lado—. Quiero verte así un rato más.

Algo se movió en mi estómago. No era incomodidad.

Lo miré de reojo, sin girar la cabeza, y obedecí: agarré la tela y la subí un poco más, acomodándola bien entre los glúteos antes de ponerme los auriculares y caminar hacia las cintas de correr. A esa hora ya no había tanta gente como al mediodía, y los que quedaban me siguieron con la vista desde donde estaban. Andrés se quedó atrás, observando igual que todos, sin revelar que me conocía.

Hice veinte minutos de cardio así, sabiendo que él me miraba desde algún punto de la sala. Cuando terminé, fui directa al vestuario de mujeres.

Aún no me había quitado el top cuando Andrés apareció por el pasillo que daba a las duchas. No dije nada. Él tampoco necesitó decir nada.

Empezamos a besarnos contra las baldosas frías. Me quitó el top con las dos manos, me tocó los pechos; yo ya estaba excitada desde que lo había visto mezclado entre los desconocidos, fingiendo que no me conocía. Metió la mano en mi licra y me acarició ahí abajo. La adrenalina de que pudiera entrar alguien en cualquier momento me excitaba más que cualquier otra cosa. Me bajó la licra hasta los muslos; yo saqué lo suyo del pantalón y lo estimulé un momento, aunque no necesité hacerlo durante mucho tiempo porque ya estaba completamente listo.

Lo que vino después fue rápido y exactamente lo que necesitaba. Estuvimos debajo del agua sin molestarnos en regular la temperatura, pegados el uno al otro, con la puerta sin cerrojo y el ruido del gimnasio colándose por la rendija. Terminamos con el corazón acelerado y la ropa empapada, y cuando salimos media hora después caminábamos con esa tensión en el cuerpo que no es cansancio sino algo completamente distinto.

***

Esa noche, mientras cenábamos pasta en su departamento, Andrés me miró con esa cara que ya reconozco —la de cuando tiene una idea y está midiendo cómo contármela— y dijo:

—¿Qué te parece si llevamos esto un poco más lejos?

Me explicó la idea mientras yo seguía comiendo, como si estuviera hablando del clima: un gimnasio diferente, donde nadie nos conociera. Yo entraría primero, con una falda deportiva y nada debajo salvo una tanga. Él llegaría diez minutos después, haciéndose pasar por un desconocido que me ve y decide acercarse. El objetivo era que nos vieran juntos, que notaran lo que había entre nosotros, pero que nadie supiera que éramos pareja.

Lo pensé durante exactamente tres segundos.

—¿Cuándo vamos? —pregunté.

Sonrió sin levantar la vista del plato.

***

Llegamos al gimnasio un sábado por la mañana. Era más grande que el nuestro: dos plantas, más máquinas, más gente. Entramos con diez minutos de diferencia; yo fui primero.

La falda era negra, de tela elástica, llegaba justo por debajo de los glúteos. En casa me había pasado un buen rato frente al espejo midiendo ángulos: con solo inclinarme un poco hacia adelante, la tela subía y dejaba ver lo que había debajo —una tanga de encaje que desaparecía entre las nalgas, dejando visible más piel de la que cualquiera esperaría ver en una sala de entrenamiento. Sabía exactamente qué se veía y desde qué distancia.

Me instalé en la zona de peso libre y empecé con el peso muerto.

La primera serie fue suficiente para aclarar el panorama. El peso muerto tiene esa mecánica: inclinar el torso hacia adelante con la espalda recta, llevar la barra hasta la altura de la tibia y volver a subir. En cada bajada, la falda subía sola. No me la bajé. Para la tercera serie había cuatro hombres en esa zona del gimnasio que definitivamente no estaban ahí cuando llegué. Lo sé porque los conté.

Me detuve a tomar agua entre cada serie, como siempre. Miraba de reojo sin girar la cabeza, lo justo para ver sus expresiones: esa cara de quien no está seguro de si lo que está viendo es real o si se lo está imaginando. Nadie decía nada. Nadie se acercaba. Solo miraban en silencio desde sus posiciones, fingiendo estar haciendo otra cosa.

Me pregunté cuánto tardaría Andrés en aparecer.

Estaba terminando la última repetición cuando sentí que alguien me rodeaba por la cintura desde atrás.

Me quedé completamente quieta.

Sentí el calor de su cuerpo pegado al mío, sus manos en mis caderas, y su voz baja en mi oído diciéndome algo que no importaba demasiado por el contenido, sino por el tono en que lo decía. Me volteé despacio, como si fuera la primera vez que lo veía en mi vida. Él jugó su parte a la perfección: una sonrisa tranquila, sin disculparse, sin soltarme. Yo le devolví una mirada que no era de rechazo.

Los que llevaban un rato observándome desde sus puestos dejaron de entender qué estaba pasando.

Andrés se colocó detrás de mí mientras yo completaba las últimas repeticiones. Sus manos seguían en mis caderas, y en cada bajada sentía el calor de su cuerpo siguiendo el movimiento, su cadera contra mis glúteos, la presión contenida de su short rozando la tela de mi falda. Los espectadores se fueron yendo uno a uno. Ya no podían ver lo que querían ver, y lo que sí podían ver —una pareja enredada entre las máquinas— era demasiado incómodo para observar desde afuera sin saber qué hacer con ello.

Cuando terminé, Andrés fue a recostarse en un banco de press. Yo fui detrás.

Me senté a horcajadas sobre sus caderas, de cara a él, mientras empujaba la barra. En cada repetición yo acompañaba el movimiento con las caderas, adelante y atrás, lenta y deliberada. Solo la tela entre los dos, pero esa fricción ya era suficiente para que los dos supiéramos adónde llevaba esto. Alguien nos miraba desde el otro extremo de la sala. No me molesté en disimular que lo sabía.

Andrés bajó la barra al soporte, se incorporó, me tomó de la mano sin decir nada y me llevó hacia el fondo del gimnasio.

***

El vestuario de hombres estaba vacío cuando entramos. Me sentó sobre un banco de madera frente a una fila de taquillas y me miró un momento —ese segundo que se toma a veces, sin apuro, como para fijar la imagen— antes de incorporarse y bajarse el short.

No había urgencia esta vez. Teníamos tiempo y los dos lo sabíamos.

Me subí encima de él, aparté la tanga a un lado con los dedos y lo recibí despacio. Ya estaba muy húmeda, más de lo que me esperaba, y no supe del todo si era por el calor acumulado del entrenamiento, por los veinte minutos de miradas de desconocidos en la sala, o simplemente por Andrés y su manera de tener las manos en mis caderas sin presionar, solo guiando, dejándome llevar el ritmo.

Empecé a moverme.

Me quitó el top por encima de la cabeza. Lo dejé hacer. Me aferré a sus hombros, cerré los ojos un momento y seguí marcando el ritmo, sin apuro.

Cuando los abrí, habían entrado dos hombres.

Se quedaron parados junto a la puerta, sin moverse. Los miré de frente sin parar. Andrés también los vio —lo noté porque apretó levemente los dedos en mis caderas, no para detenerme sino como señal de que era consciente— pero tampoco paró.

Los dos hombres se sentaron en el banco de enfrente.

Solo miraban. En silencio, sin grabarnos con el móvil, sin acercarse, sin decir nada. Había algo casi ceremonioso en su quietud, como quien entiende que le han dado acceso a algo y prefiere no arruinarlo moviéndose. Yo seguí encima de Andrés, ahora completamente consciente del peso de sus miradas sobre mi espalda desnuda, sobre la tanga corrida a un lado, sobre el movimiento de mis caderas. Eso le añadía algo al calor que ya tenía. No supe exactamente qué, pero lo añadía.

Terminamos así: con ellos mirando, nosotros sin detenernos, hasta el final.

Cuando nos vestimos, los dos hombres seguían sentados en el mismo banco. Andrés les hizo un gesto con la cabeza al pasar, como quien reconoce a alguien en un pasillo, y salimos sin prisa.

***

En el coche, de vuelta a casa, estuvimos callados durante un buen rato.

—La semana que viene volvemos ahí —dijo Andrés, con la vista en la carretera.

—La semana que viene —respondí— los invitamos a participar.

No contestó de inmediato. Solo apoyó la mano en mi muslo y aceleró un poco.

Yo ya estaba pensando en qué ponerme.

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Comentarios (8)

Gaston_MDQ

Buenisimo!!! una de las mejores que lei ultimamente, segui escribiendo por favor

MarisolF

Me encanto como lo contaste, se siente real y nada exagerado. Espero la segunda parte!

RubenPC

El final me mato jajaja, tremendo

tomas_sur

Muy bien narrado, con detalles que te meten en la escena. Gracias por compartirlo

CarlitosBA

La adrenalina de saber que te pueden ver y seguir igual... eso es otro nivel. Me recordo a una situacion parecida que tuve hace tiempo jaja

SofiaBaires

Como no los echaron del lugar??? me muero de curiosidad jajaja, necesito saber mas

jorge_69

Que atrevida!!! los relatos de confesiones reales son los mejores, se nota que paso de verdad

LuciaNov

Lo lei de un tiron y al terminar quede con ganas de mas. Muy bueno, la tension del principio esta muy bien lograda. Sin dudas voy a seguir leyendo

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