Mi entrenadora tenía clases fuera del menú
Era martes, 7:20 de la mañana. El gimnasio olía a goma nueva y al ambientador cítrico que el encargado ponía cada día sin falta, como si pudiera convencer al olfato de que aquello no era un lugar donde la gente sudaba. Había tres personas en la zona de pesas y ninguna me miraba.
Llegué cinco minutos tarde. Era inusual en mí, pero esa mañana me había quedado parado frente al espejo del baño más tiempo de lo normal sin ninguna razón que pudiera explicar.
Jazmin me esperaba apoyada en la pared del fondo, brazos cruzados sobre el pecho, una expresión que no era del todo profesional.
Tenía treinta y un años. Era colombiana, de Cali, y el acento lo delataba cada vez que abría la boca. Llevaba el pelo rizado recogido en un moño alto y apretado, aretes pequeños de plata que captaban la luz de los fluorescentes. Alta, de complexión atlética, con esa clase de cuerpo que solamente existe cuando se lleva años trabajándolo con disciplina: hombros anchos, cintura marcada, piernas que tensaban los leggings hasta el límite de lo razonable. El top deportivo morado era ajustado y dejaba el vientre al descubierto. Tenía un tatuaje en el hombro izquierdo, tres palabras en inglés que yo nunca había podido leer del todo porque para cuando me acercaba lo suficiente, ella ya estaba moviéndose hacia otro lado.
Llevábamos ocho semanas trabajando juntos. Yo acababa de salir de una relación de cuatro años y había entrado al gimnasio con la excusa de «retomar la rutina». Lo que realmente quería era cansar el cuerpo lo suficiente como para dormir sin pensar en todo lo que había salido mal.
No había funcionado. Lo que sí había ocurrido, sin que yo lo buscara, era que desde la tercera sesión no pensaba en nada más que en ella. En su culo apretado dentro de los leggings, en las tetas que le rebotaban cuando me hacía la demostración de un burpee, en la línea de sudor que le bajaba entre los pechos cuando terminaba la hora.
Cada vez que me corregía la postura en la sentadilla, sus manos en mis caderas duraban un segundo de más. Cada vez que me pasaba la botella de agua, había un contacto deliberado en los dedos, una mirada sostenida un momento más de lo que pedía la cortesía profesional. Yo me decía que lo imaginaba. Me lo repetía con bastante convicción, aunque me la pajeaba pensando en ella tres o cuatro veces por semana.
Esa mañana, durante los calentamientos en la máquina de press de piernas, Jazmin se inclinó para ajustar el ángulo de mi rodilla derecha. Su cadera quedó a centímetros de mi cara, y yo llevaba ya diez minutos con una erección que los shorts deportivos no ocultaban en absoluto. Se le marcaba el coño a través de la tela de los leggings, un triángulo húmedo que juraría que le había aparecido de mirarme.
Ella se quedó inmóvil un segundo. Luego me miró por encima del hombro.
—Andrés —dijo, con voz baja—. Explícame eso.
Me sonrojé hasta la raíz del pelo. Intenté cubrirme con la toalla pequeña que tenía en el muslo.
—Lo siento, Jazmin, de verdad... no es que...
Soltó una carcajada corta. Se incorporó despacio, cruzó los brazos y me miró de frente con una expresión que era más curiosa que ofendida.
—¿Qué no es? —dijo—. ¿No es lo que parece? Tienes la polla dura, papi. Se ve desde la puerta.
No tuve respuesta.
—Mira —continuó, bajando la voz hasta convertirla en algo que solo yo podía oír—. Llevo semanas notándolo. Y también llevo semanas haciendo cosas para que lo notes tú a mí. —Hizo una pausa breve—. No sé si te has dado cuenta.
Me había dado cuenta. No lo había admitido ni conmigo mismo.
Se acercó un paso. Lo suficiente para que yo pudiera percibir su perfume mezclado con el calor del entrenamiento.
—Hoy, si quieres, te doy una clase diferente. Una que no está en el programa que firmaste. —Inclinó un poco la cabeza—. En el vestuario de mujeres. A esta hora no entra nadie. Podemos estar sin interrupciones. Quiero comprobar si esa verga funciona tan bien como se ve.
Me costó un segundo procesar lo que me estaba proponiendo.
—¿Y si digo que sí? —pregunté.
—Entonces aprendes cosas que no se enseñan con pesas. Y yo me llevo un buen polvo antes de las nueve.
***
El vestuario de mujeres olía a vainilla y a sudor limpio. Taquillas metálicas de color crema, bancos de madera barnizada, luz indirecta que hacía que todo pareciera más calmado que el resto del gimnasio. Jazmin cerró la puerta con pestillo sin mirarme, se giró y me estudió un momento con los brazos cruzados.
—Quítate todo —dijo.
No fue una sugerencia. Fue una instrucción.
Me quité la camiseta, los shorts, los calzoncillos. Me quedé de pie frente a ella, completamente desnudo y completamente erecto, con la polla tirando hacia arriba y una gota de líquido preseminal ya asomando en la punta. Ella me miró de arriba abajo sin apuro, se detuvo en la verga y se pasó la lengua por el labio inferior.
—Bien —dijo, y se quitó el top de un solo movimiento.
Era exactamente como lo había imaginado durante semanas de insomnio, y al mismo tiempo diferente, más real, más presente. Tetas grandes y firmes, pezones oscuros y duros como piedras, piel morena que brillaba bajo la luz suave del vestuario. Se bajó los leggings y las bragas en un gesto único y natural, sin pudor ni pausa. Debajo tenía el coño depilado casi por completo, solo una franja fina y oscura sobre los labios, que estaban hinchados y brillantes de lo mojada que ya estaba.
Se quedó de pie frente a mí del mismo modo que yo frente a ella. Bajó una mano, se pasó dos dedos por la raja y me los mostró húmedos.
—¿Ves cómo me tienes desde hace semanas? —dijo—. Todo esto es tuyo, mira cómo chorrea.
Se metió los dedos en la boca y los chupó despacio, sin dejar de mirarme.
—Primera parte —dijo—. Arrodíllate.
Lo hice sin pensar.
Se acercó hasta que su coño quedó a centímetros de mi cara. El olor me golpeó de lleno: caliente, salado, femenino, absolutamente hembra. Me pasó los dedos por el pelo y aplicó una presión suave pero clara, empujándome contra ella.
—Ahora me vas a comer bien. Con calma. Sin apresurarte. Que tenemos tiempo. Chúpame ese coño como si te fuera la vida en ello, papi.
La toqué con la lengua despacio, siguiendo la forma de los labios hinchados, subiendo desde la entrada hasta el clítoris con un solo lametón largo. Ella soltó un suspiro y me apretó más fuerte contra su sexo. Le abrí los labios con los dedos y me metí de lleno, chupándole el clítoris entre los labios, tirando suave, dejándolo caer y volviéndolo a atrapar. Le lamí la raja de arriba abajo, hundí la lengua en su agujero y la moví en círculos, sintiendo cómo se le contraía por dentro.
—Así —murmuró—. Sigue así, mierda, así mismo, chúpamelo todo.
El jugo le corría por los muslos y a mí me caía por la barbilla. Le chupé cada gota, saboreando ese sabor ácido y espeso que se me quedaba pegado en la lengua. Cuando le metí dos dedos curvados hacia dentro, buscando ese punto rugoso que hace que las mujeres pierdan la cabeza, su cuerpo reaccionó de golpe: las rodillas cedieron ligeramente y emitió un gemido que resonó en el azulejo.
—Ahí, Andrés, hijo de puta, ahí mismo, no te muevas de ahí.
Seguí con la boca chupándole el clítoris y los dedos entrando y saliendo con fuerza, haciendo un ruido húmedo y obsceno que llenaba el vestuario. Le abrí las nalgas con la otra mano y le pasé el pulgar por el ojete apretado, apenas rozando, y ella se estremeció entera. Sus caderas empezaron a moverse contra mi cara, montándome la boca sin ningún tipo de vergüenza, su respiración se hizo rápida y entrecortada.
—Me corro, me corro, me corro, no pares, no pares, no par...
Se le quebró la voz y una sacudida la recorrió de la cabeza a los pies. Se corrió apretándome la cara contra su coño, ahogándome contra sus labios mojados, mientras un chorro caliente me bañaba la barbilla y el cuello. Se estuvo temblando un buen rato con los dedos aún clavados en mi pelo, apoyando el otro brazo en la taquilla para mantenerse en pie.
Cuando terminó, me miró desde arriba. Tenía la cara enrojecida, los ojos vidriosos, el pecho subiendo y bajando descontrolado.
—Bien —repitió. Esta vez sonaba diferente. Se agachó, me limpió los labios con el pulgar y se lo metió en la boca—. Sabes rico mezclado conmigo.
***
Me levantó del suelo por el antebrazo y me empujó con suavidad contra las taquillas. Antes de darme la vuelta a mí, se arrodilló y me agarró la polla con las dos manos.
—Espera. Un segundo. Deja que la pruebe.
Se la metió entera en la boca sin previo aviso. Sentí cómo la punta le llegaba al fondo de la garganta y cómo tragaba alrededor de ella. Sacó la lengua para lamerme los huevos mientras me tenía toda dentro, luego subió despacio, chupando con fuerza, dejándome un rastro de saliva desde la base hasta la punta. Escupió sobre el glande y usó la mano para embadurnármelo bien, sin dejar de mirarme desde abajo.
—Rico. Bien gorda —dijo—. Ya está lista.
Se giró, apoyó las palmas en el metal frío, arqueó la espalda de esa manera que hace que el cuerpo de una mujer parezca diseñado para exactamente ese momento. Sacó el culo hacia mí, abrió las piernas y con una mano se separó una nalga, dejándome ver el coño abierto y brillante y el ojete oscuro más arriba.
—Ahora entra —dijo—. Despacio primero. Métemela toda.
La agarré por las caderas, me apunté con la mano libre y empujé. La cabeza de la polla se hundió en su coño sin resistencia, tragada por esa carne caliente y apretada. Ella apoyó la frente en las taquillas y soltó un sonido largo y profundo, casi de alivio, como si llevara tiempo esperando esto.
—Más profundo. Hasta el fondo. Toda.
Empujé hasta que mis huevos le golpearon el clítoris y me detuve un momento. El calor era intenso, el interior me apretaba como un puño mojado. Sus caderas empezaron a moverse antes de que yo lo hiciera, marcando el ritmo, follándose sola contra mi polla, diciéndome qué quería sin palabras.
Puse las manos en su cintura y empecé a moverme con más fuerza, sacándola casi entera y volviendo a clavarla hasta el fondo. El sonido de los cuerpos contra el silencio del vestuario era el único ruido del mundo en ese momento: el chapoteo mojado, los golpes secos de mis muslos contra su culo, sus gemidos cada vez más agudos.
—Más fuerte, Andrés, más fuerte, fóllame, no me trates como si me fuera a romper.
Le agarré el moño y tiré hacia atrás, arqueándole más la espalda, y empecé a embestirla con todo lo que tenía. Sus tetas se sacudían contra las taquillas, sus manos buscaban agarre en el metal liso, y sus sonidos se fueron volviendo más cortos, más urgentes, hasta que apretó los dientes y se corrió otra vez, apretándome la polla por dentro con tanta fuerza que casi me arrastra a mí también.
—No pares —dijo antes de que yo hubiera pensado en disminuir el ritmo—. Ni se te ocurra parar.
Le pasé una mano por delante, le agarré una teta y le pellizqué el pezón mientras seguía embistiendo. Con la otra mano bajé al clítoris y se lo froté en círculos rápidos. Ella se puso a gemir sin control, empujando el culo hacia atrás para encontrarme, y yo la penetré con toda la rabia acumulada de ocho semanas mirándola sin poder tocarla.
***
Fue ella quien lo sugirió. Se sacó mi polla del coño con un movimiento lento, se giró hacia mí, me miró a los ojos un momento y dijo con total calma:
—¿Quieres el culo?
La pregunta me detuvo.
—¿De verdad? —pregunté.
Ella asintió despacio y se pasó la lengua por los dientes.
—Despacio al principio. Con cuidado. Pero quiero sentir cómo me la metes ahí.
Se volvió a girar contra las taquillas y me presentó el culo. Se abrió las nalgas con las dos manos y me enseñó el ojete arrugado y oscuro, apretado como un puño pequeño.
Me escupí en los dedos y le froté el agujero, dando círculos sobre el aro apretado hasta que empezó a ceder. Metí primero un dedo, hasta el nudillo, y ella soltó un gemido grave. Luego el segundo, moviéndolos en tijera para abrirla poco a poco. Ella respiraba de forma controlada y deliberada, sin tensarse, como alguien que sabe exactamente qué está haciendo y adónde quiere llegar.
—Ya está —dijo al cabo de un rato—. Métemela. Con saliva.
Me escupí en la palma, me embadurné bien la polla, la apunté contra su ojete y presioné despacio. La punta se resistió un segundo y luego cedió, entrando de golpe entre un anillo de músculo apretado que me atrapó la cabeza como una boca. Ella soltó un sonido que era mitad dolor y mitad otra cosa que no supe nombrar, un gruñido ronco que le salió del pecho.
—Quédate quieto un momento —dijo.
Lo hice. Podía sentir cómo su culo latía alrededor del glande, buscando acomodarse. Poco a poco fui empujando más adentro, milímetro a milímetro, hasta que la tuve enterrada hasta la base. Su culo me apretaba con una fuerza brutal, muchísimo más estrecho que el coño, tanto que casi me da miedo moverme.
—Ahora muévete. Despacio.
Empecé a moverme con cuidado, sacándola apenas y volviéndola a hundir, dejando que su cuerpo se ajustara, hasta que sus caderas volvieron a empujar hacia atrás y entendí que podía seguir. Aceleré poco a poco, y ella empezó a gemir de una forma distinta a antes, más grave, más animal.
—Así, papi, así, rómpeme el culo, así.
Le rodeé la cadera con un brazo y busqué su clítoris con los dedos. Con la otra mano le agarré una teta y se la apreté con fuerza. La combinación la deshizo: sus sonidos llenaron el vestuario, un torrente de guarradas en español y en inglés mezclados sin sentido, sus rodillas temblaron, y se corrió por tercera vez con mi mano apretada entre sus piernas, la espalda arqueada al máximo, empujando el culo contra mí como si quisiera tragárseme entero.
Yo aguanté todo lo que pude, follándole el culo con embestidas cada vez más largas y sucias, pero el calor y la presión eran demasiado. Sentí el orgasmo subiéndome desde los huevos.
—Voy a correrme —advertí.
Se giró de golpe, me sacó la polla del culo con un movimiento rápido y se arrodilló frente a mí. Me miró hacia arriba sin apartar los ojos de los míos, con la boca abierta y la lengua fuera.
—En mi cara. Toda. No te guardes nada.
Me agarró la polla y empezó a masturbarme rápido, apretando fuerte, apuntándome a la cara. Yo no podía ni respirar. Con la otra mano me acarició los huevos, los apretó suave, y eso fue todo lo que necesitaba. Me corrí sobre sus labios en un primer chorro largo y grueso, luego otro que le cruzó la mejilla y le llegó a la ceja, luego otro más pequeño que le cayó en la barbilla y en los pechos. Semen espeso y blanco por toda su cara, colgándole de la nariz, resbalándole por el cuello.
Ella no se movió. Ni un músculo. Pasó la lengua por lo que le había caído en los labios y tragó sin hacer teatro. Luego se recogió con los dedos lo que tenía en la mejilla y también se lo metió en la boca. Se chupó los dedos limpios uno a uno.
—Rico —dijo—. Bien salado.
Se puso de pie. Me miró con la misma serenidad con que había cerrado la puerta del vestuario.
—Falta una parte —dijo.
***
Las duchas eran abiertas: cuatro cabezales en fila, suelo de baldosa beige. Abrió el agua caliente y el vapor llenó el espacio en cuestión de segundos. Se puso bajo el chorro y me señaló el suelo frente a ella con un gesto.
—Esta es la última parte. Si quieres.
Supe lo que me estaba ofreciendo. No pregunté nada. Me arrodillé.
El agua caliente me caía por los hombros y la espalda. Jazmin abrió las piernas, se colocó sobre mí, se separó los labios del coño con dos dedos y me sostuvo la mirada un momento largo. Después se relajó. El chorro cálido y dorado me cayó sobre el pecho, los hombros, parte de la cara, mezclándose con el agua de la ducha. Lo dejé caer. Abrí la boca y dejé que una parte me llenara la lengua, salado y espeso, y ella soltó un gemido bajo al verme tragar. Cuando terminó de mear, se agachó, me puso la mano en la mejilla un instante y me besó en la boca sin importarle lo que acababa de hacer.
—Ya —dijo—. Ahora sí.
Me puse de pie. Nos duchamos en silencio, uno al lado del otro, bajo el agua caliente, como si lo que acababa de pasar fuera perfectamente normal. Ella me enjabonó la polla despacio, sin intención sexual, con una ternura extraña después de todo lo demás.
***
Salí del vestuario cinco minutos antes que ella. En el pasillo me crucé con una mujer de coleta rubia que cargaba una bolsa de deporte y me miró de reojo. Debí de tener la cara de alguien que acaba de vivir algo que no sabe cómo clasificar.
Fui al vestuario de hombres, me vestí despacio y me quedé sentado en el banco un buen rato sin moverme.
Esa mañana no fui capaz de concentrarme en el trabajo durante las primeras dos horas. No por arrepentimiento —no lo hubo— sino porque seguía intentando ordenar lo que había pasado, ponerle un nombre, entender qué clase de persona era yo antes de las ocho de la mañana de ese martes.
Cuando salí al aparcamiento, Jazmin estaba en la puerta revisando el móvil. Levantó la vista al verme.
—Nos vemos el jueves —dijo, con la misma sonrisa profesional de siempre.
Como si nada. Como si los martes a las siete existieran en un compartimento aparte del resto de la semana.
—El jueves —repetí.
Y me fui a trabajar pensando que, a veces, lo que más cambia a una persona ocurre en el único lugar donde menos lo esperas: un vestuario vacío, veinte minutos robados al calendario, y alguien que sabe exactamente lo que quiere y cómo conseguirlo.
Para quienes leen desde Buenos Aires: acompañantes en Recoleta, con fotos reales.