Don Alberto me esperaba en la cocina a las tres
Me llamo Sofía y tengo veinte años. Valeria y yo nos conocemos desde el primer año de secundaria, cuando la profesora de Geografía nos puso a trabajar juntas en un proyecto sobre regiones climáticas que no terminamos hasta las dos de la mañana del día de la entrega. Desde entonces somos inseparables. Pasé tantos fines de semana en su casa que sus padres ya no se molestaban en presentarme a las visitas. Y con don Alberto, el abuelo de Valeria, siempre hubo algo especial. Él me preguntaba por mis materias, me escuchaba con atención real, y cada vez que llegaba a la puerta, me recibía con un abrazo y un «¿y mi Sofía?» que me hacía sentir más bienvenida que en muchos lugares donde sí me habían invitado.
Don Alberto tiene sesenta y dos años, aunque nadie le daría esa edad a primera vista. Pasó décadas como capataz de obra y eso se le nota en el cuerpo: hombros anchos, espalda recta, manos grandes y ásperas que parecen hechas para cosas físicas. Lleva el cabello completamente blanco desde los cincuenta y pico, corto y bien peinado, y una barba de pocos días que nunca crece más ni termina de irse. Hay en él una calma que no es aburrimiento. Es la calma de alguien que ya no tiene nada que demostrar, que se mueve por el mundo sin nerviosismo, que habla cuando tiene algo que decir y calla el resto del tiempo. Eso siempre me pareció más raro que atractivo. Hasta esa noche.
Mis padres habían viajado al norte a visitar a mi abuela materna y yo me quedé a dormir en lo de Valeria, como había hecho decenas de veces. Cenamos tarde, vimos una película y terminamos hablando de pavadas hasta pasada la una de la mañana. Valeria se quedó dormida en el sofá antes de que terminara de contarme algo importante, con la cabeza caída hacia un lado y la boca entreabierta. La tapé con la manta del respaldo y subí a la habitación de huéspedes.
Afuera había una de esas noches de verano que no se rompen con nada. El ventilador del cuarto giraba en su velocidad más alta y de todas formas el calor pegaba en la piel como una mano húmeda. Me había puesto una camiseta vieja y muy corta, sin sostén, y ropa interior de algodón. Me tiré en la cama y estuve media hora dando vueltas, cambiando de posición, buscando el lado fresco de la almohada. No había lado fresco. A las dos menos cuarto me levanté.
Bajé las escaleras en silencio, con cuidado de no pisar el escalón que crujía. La cocina tenía la luz encendida, eso me sorprendió. Empujé la puerta y lo vi.
Don Alberto estaba sentado en la silla de la cabecera, con una taza de cerámica entre las manos. Llevaba el pantalón del pijama, gris oscuro, y el torso completamente descubierto. Era un torso de hombre maduro: vello blanco sobre el pecho, los brazos todavía definidos por años de trabajo físico, el vientre plano sin la rigidez artificial de alguien que entrena para verse bien. Me miró desde el primer momento. Sin disimulo, sin prisa. Con esa mirada tranquila que tenía para todo.
—Sofía —dijo, en voz baja—. ¿El calor tampoco te deja?
—El calor —confirmé, y fui hacia la heladera sin saber bien adónde mirar.
Saqué una botella de agua y bebí de pie, de espaldas a él, aunque podía sentir su mirada sobre mis piernas. La camiseta apenas me llegaba a mitad del muslo y la ropa interior no era precisamente discreta. Me giré con la botella en la mano y lo encontré mirándome de una forma que no era exactamente la de siempre. No era agresiva. Era más directa. Como si esa noche, a esa hora, hubiera decidido no molestarse en disimular algo que normalmente disimulaba.
—Siéntate un rato —dijo, señalando la silla de al lado—. Charlar ayuda cuando el cuerpo no se quiere callar.
Me senté. Puse la botella sobre la mesa. Él tomó un sorbo de lo que fuera que estaba tomando y no dijo nada por un momento. Afuera, en el jardín, se escuchaban los grillos. La heladera zumbaba. Era una cocina normal, de madrugada, con una luz demasiado blanca y dos personas que normalmente no estarían ahí solas a esa hora.
—¿Cómo van los parciales? —preguntó.
—Bien —mentí. Tenía dos sin rendir y uno con fecha para la semana siguiente.
Él sonrió apenas. Era la sonrisa de alguien que sabe que le están mintiendo y no va a insistir.
Hubo un silencio que duró más de lo habitual. Después dijo:
—¿Puedo decirte algo que capaz no debería decirte?
No respondí enseguida. El corazón me dio un vuelco extraño, como cuando uno espera que caiga algo y no sabe si va a doler o no.
—Sí —dije, al final.
—Estás muy linda esta noche, Sofía. No lo digo como tu abuelo adoptivo. Lo digo como lo que soy: un hombre con ojos.
Me quedé mirando la mesa. Sentí el calor subiendo a la cara de una forma que no tenía nada que ver con el verano.
—No te quiero incomodar —continuó, en el mismo tono tranquilo—. Solo quería que lo supieras.
Debería haberme levantado. Debería haber dicho «buenas noches, don Alberto» y haber subido las escaleras de vuelta. Pero no me levanté. Me quedé sentada, con las manos sobre la mesa y el corazón latiendo más rápido de lo que debería, y dije:
—No me incomoda.
Extendió una mano y la apoyó sobre la mía. Era grande, áspera en los nudillos, cálida. No hizo más. La dejó ahí, quieta, esperando. Yo no retiré la mía.
—Ven acá —dijo, después de un momento.
No era una orden. Era una invitación que podía rechazar, y eso fue, paradójicamente, lo que me hizo levantarme. Me tomó de la cadera con las dos manos y me sentó sobre su regazo, de lado, con la espalda apoyada contra su pecho. Era como quedar envuelta en algo cálido y firme. Sus muslos eran sólidos debajo de mí y el calor que emanaba de su piel se sumaba al del verano.
—Así —susurró, cerca de mi oído.
Sus manos empezaron a moverse por mis muslos. Despacio, sin urgencia, como si tuviera todo el tiempo del mundo. No era una caricia apresurada ni desesperada. Era algo más lento que eso, algo que aprendía. Cerré los ojos. Solo el roce de sus palmas contra mi piel, subiendo y bajando, con esa calma que él tenía para todo.
—Estás tensa —murmuró.
—Un poco.
—Aquí —dijo, y sus dedos se detuvieron en la cara interna de mis muslos, justo donde la tensión se concentraba—. Aquí especialmente.
Separé las rodillas apenas, sin pensarlo. Sus dedos rozaron la tela de mi ropa interior y se detuvieron ahí, presionando con suavidad. Sentí el calor multiplicarse hacia adentro. Sentí que me estaba mojando.
—¿Está bien? —preguntó, sin moverse todavía.
—Sí —dije. Fue la respuesta más honesta de toda la noche.
Metió la mano por debajo de la tela y me tocó directamente. Sus dedos eran gruesos y sabían exactamente qué buscar. Encontraron el centro sin rodeos y empezaron a moverse en círculos lentos y precisos. Ahogué un sonido contra su hombro.
—Silencio, mi niña —dijo, muy bajo—. La casa duerme.
Puse la boca contra su cuello para ahogar el ruido. Siguió moviéndose, introdujo un dedo dentro de mí y después dos, despacio, sin forzar nada, mientras el pulgar no dejaba de trabajar. Nunca nadie me había tocado con esa paciencia. No había prisa. No estaba distraído con otra cosa. Estaba completamente presente en lo que le hacía a mi cuerpo, y eso era más excitante que cualquier cosa que había sentido antes.
Me vine en su mano sin poder evitarlo, temblando, apretándole el brazo con los dedos, mordiéndome el labio hasta que dolió. Él no paró. Siguió moviendo los dedos hasta que los temblores se calmaron solos. Después retiró la mano despacio y me quedé apoyada contra su pecho, respirando.
***
Sin decir nada me levantó de su regazo —su fuerza me sorprendió— y me sentó sobre la mesa de la cocina. Quedé frente a él, con las piernas colgando al borde. Me miró en la penumbra.
—Quiero probarte —dijo.
Asentí.
Me bajó la ropa interior por los muslos y la dejó caer al suelo. Se arrodilló entre mis piernas. Cuando su boca llegó al centro de mi cuerpo entendí la diferencia entre alguien que sabe lo que hace y alguien que solo imita lo que vio. No había nerviosismo ni prisa ni esa sensación de que la otra persona está esperando que termines para poder continuar con su parte. Su lengua era lenta y directa. Me abrió con los pulgares, lamió toda la longitud de mi sexo, se detuvo en el clítoris y lo succionó con una presión que me cortó la respiración.
Me agarré al borde de la mesa. Metí los dedos en su cabello blanco. Me vine por segunda vez, más fuerte que la primera, con las rodillas apretando sus hombros y la cabeza echada hacia atrás, tragándome el sonido con esfuerzo.
Cuando se incorporó, se bajó el pantalón del pijama. Era un hombre maduro en todos los sentidos. Se acercó despacio, me abrió las piernas con las manos, y empezó a penetrarme centímetro a centímetro, mirándome a la cara en todo momento, pendiente de mi reacción. Era más de lo que estaba acostumbrada. Tuve que respirar despacio para recibirlo.
—Bien —susurró—. Así, tranquila.
Empezó a moverse. Al principio lento, con embestidas largas y controladas que lo sacaban casi por completo y lo volvían a meter hasta el fondo. El borde de la mesa crujió. Me sostenía por la cadera con una mano y con la otra me apretaba el pecho por encima de la camiseta, sin apuro, con esa misma calma que tenía para todo lo demás.
Aceleró gradualmente. Las embestidas se hicieron más cortas y más fuertes. Yo me aferré a sus brazos y apoyé la frente en su hombro. Sentía cada movimiento hasta los huesos. Me vine por tercera vez con él dentro de mí, apretándolo con todo el cuerpo, mordiéndole el hombro para no gritar.
Él gruñó muy bajo, apretó mis caderas con las dos manos, y terminó con una serie de embestidas lentas y profundas que sentí hasta el fondo, llenándome con una calidez que se fue expandiendo despacio.
Nos quedamos quietos un momento. Él con la frente apoyada en mi hombro. Yo todavía en el borde de la mesa, con las piernas rodeándole la cintura. Afuera seguían los grillos. La heladera seguía zumbando.
Se separó despacio. Recogió mi ropa interior del suelo y me la devolvió sin decir nada. Después me dio un beso en la frente, suave, exactamente igual que siempre.
—Sube a dormir —dijo—. Ya vas a poder.
Subí las escaleras en silencio, con el cuerpo liviano y la cabeza todavía dando vueltas. Me quedé dormida antes de que terminara de acomodarme en la cama.
A la mañana siguiente desayunamos todos juntos: Valeria, sus padres, don Alberto y yo. Él me pasó la manteca y me preguntó cómo había dormido, con una voz tan tranquila y una mirada tan ordinaria que por un momento dudé de que todo hubiera pasado de verdad.
Pero había pasado. Y cuando me fui esa tarde, ya sabía que la próxima vez que me quedara a dormir, volvería a bajar a la cocina a las tres de la mañana.