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Relatos Ardientes

Lo que pasó en los vestuarios ese lunes

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Era lunes a las siete de la mañana cuando Andrés empujó la puerta de cristal del gimnasio. El frío de noviembre todavía le agarraba el cuello, pero adentro olía a goma nueva y desinfectante, y las luces LED iluminaban una sala casi desierta. Le gustaba esa hora. A esa hora no había testigos de que llevaba veinte minutos más motivado para ir al gym que a la oficina.

Llevaba ocho meses yendo tres días por semana. Desde que Carmen lo dejó, o desde que él dejó que Carmen se fuera, según el día y el humor con el que se despertara. Cuatro años de relación evaporados en una conversación de veinte minutos en la cocina. Después de eso, el trabajo, el piso vacío y las noches mirando el techo. El gimnasio fue idea de su médico de cabecera: «Necesitas rutina, Andrés. Necesitas moverte.» Él eligió el gimnasio más cercano al trabajo sin pensar mucho más en el asunto.

Valeria era la razón por la que no había faltado ni un solo lunes desde entonces.

Veintiocho años, entrenadora personal certificada, venezolana criada en Málaga. Pelo castaño oscuro, liso, recogido siempre en coleta alta que le dejaba el cuello al descubierto. Alta y atlética, con esa clase de cuerpo que demuestra que se trabaja de verdad: hombros definidos, piernas largas y fuertes, una cintura que se cerraba hacia arriba desde unas caderas anchas. Llevaba siempre leggings azul marino y una camiseta de tirantes gris que no le llegaba al ombligo. Tenía la costumbre de cruzarse de brazos cuando pensaba, y una cicatriz pequeña sobre la ceja izquierda de una caída en bici que nunca le contó pero que él le había preguntado una vez y ella había respondido con un «de pequeña» y nada más.

Andrés lo sabía todo eso porque la miraba demasiado. Y ella lo sabía.

Esa mañana el calentamiento fue en la máquina de press de piernas. Andrés tenía cargado demasiado peso en el lado derecho y no se había dado cuenta. Valeria se acercó para ajustarlo sin avisar, se puso en cuclillas frente a la máquina y retiró el disco sobrante. Cuando se levantó, quedó de espaldas a él durante un segundo, inclinada hacia adelante para revisar el ajuste, y los leggings se tensaron de la única manera en que los leggings se pueden tensar. El culo redondo, partido en dos por la costura central, se le marcó a un palmo de la cara, y él pudo ver hasta el bulto del coño apretado contra la tela.

No pudo evitarlo.

Cuando Valeria se giró, lo vio de inmediato. La erección marcada bajo los shorts de deporte, la polla dura empujando la tela hacia arriba sin ningún disimulo posible. Andrés agarró la toalla de la barra lateral y se la puso sobre las piernas, pero ya era tarde. Ella lo miró a los ojos. Él esperaba incomodidad, o esa profesionalidad fría de quien cambia de tema sin decir nada, o que ella simplemente mirara hacia otro lado. No esperaba lo que vino.

—Ocho meses —dijo Valeria, sin apartar la mirada—. Llevas ocho meses así y no has dicho nada.

Andrés no encontró las palabras.

—No es la primera vez que lo noto —continuó. La sala seguía vacía. El único sonido era el zumbido del aire acondicionado y el pitido lejano de una máquina de cardio al fondo—. ¿Sabes cuántas veces te la he visto marcada contra los shorts sin decir nada?

—Valeria, mira, lo siento mucho, no era mi intención, es que a veces…

Ella levantó una mano para que callara.

—No me estoy quejando. —Bajó la voz—. Estoy diciendo que a mí también me pasa. Que llevo semanas mojando las bragas cada vez que te corrijo la sentadilla. Y que hoy tenemos cuarenta minutos antes de que llegue nadie más. Los vestuarios de mujeres están vacíos a esta hora.

Andrés la miró durante tres segundos completos, sin moverse.

—¿Qué quieres decir exactamente?

Valeria recogió su botella del suelo.

—Que tienes treinta segundos para decidir si terminas el entrenamiento o si vienes a follarme al vestuario. Y que si vienes, lo que pase ahí adentro no sale de ahí adentro. ¿Entendido?

Él lo entendió perfectamente.

***

Los vestuarios de mujeres olían diferente. Más cálido, con un ambientador de vainilla que se mezclaba con algo limpio y húmedo. Las taquillas eran grises, los bancos de madera oscura, las luces algo más tenues que en la sala principal. Valeria cerró el pestillo de la entrada con un movimiento rápido y se giró hacia él.

—Quítate la camiseta.

Andrés obedeció. Ella lo miró como se mira algo que se lleva tiempo queriendo ver, con esa misma atención clínica con la que había evaluado su postura durante ocho meses, pero diferente. Sin disimulo. Después se quitó los tirantes de un solo tirón, desabrochó el sujetador deportivo y lo dejó en el banco. Las tetas le saltaron libres, más grandes de lo que él había imaginado bajo la camiseta, firmes, con los pezones oscuros y erizados apuntándole directamente. Se desató la coleta y el pelo oscuro le cayó por los hombros.

—Siéntate ahí.

Él se sentó en el banco. Ella se bajó los leggings sin prisa, los dobló sobre el banco de al lado y se quedó delante de él en unas bragas negras minúsculas, empapadas por delante, con la tela pegada al coño marcándole cada pliegue. No hizo ningún gesto de continuar todavía. Solo lo miraba. Calculando.

—¿Cuánto tiempo llevas sin follar? —preguntó.

—Ocho meses —respondió él.

—Demasiado. Se te va a notar.

—Sí.

Se acercó hasta quedar entre sus rodillas. Le puso las manos en los hombros y las fue bajando por el pecho despacio, hasta meter una debajo del elástico de los shorts. Le agarró la polla directamente, sin rodeos, y apretó midiendo el tamaño con la palma. Andrés se mordió el labio. Ella asintió despacio, satisfecha, y le sacó los shorts de un tirón hasta las rodillas. La polla saltó tiesa contra su vientre, brillante en la punta.

—Menos mal —murmuró—. Llevo semanas imaginándomela.

Se la agarró con la mano derecha, cerrando el puño en la base, y empezó a masturbarlo despacio, apretando bien, mirándole la cara mientras lo hacía. Con el pulgar le repartió la humedad de la punta por todo el glande. Andrés tenía las manos quietas en sus caderas sin saber si apretar o no.

—Entonces no te voy a decir que esto es raro —dijo—. Te voy a decir que llevas ocho meses mirándome el culo y las tetas, y que hoy me vas a follar hasta que no puedas más.

Lo besó. Con calma, sin urgencia, mordiéndole el labio inferior al separarse, sin soltarle la polla ni un segundo. Andrés le rodeó la cintura con una mano y con la otra le agarró un pecho, le pellizcó el pezón entre el índice y el pulgar. Ella soltó el aire por la nariz, cerró los ojos un instante, y le apretó más fuerte la polla.

—Chúpame las tetas.

Andrés bajó la boca y le cerró los labios alrededor del pezón derecho, chupando fuerte, mordisqueando la punta. Ella arqueó la espalda y le hundió la mano libre en el pelo. Él pasó al otro, dejando el primero brillante de saliva, y cuando le mordió el segundo pezón la oyó gemir por primera vez, un sonido bajo que le vibró en la garganta.

Ella se separó, le puso una mano en el hombro para empujarlo hacia abajo.

—De rodillas. Cómeme el coño.

Él se puso de rodillas en el suelo de baldosa fría. Valeria se bajó las bragas empapadas hasta los tobillos, las pateó a un lado, y se apoyó contra el banco abriendo las piernas. Él vio el coño de cerca por primera vez: rasurado, hinchado, los labios abiertos brillando de humedad, el clítoris asomando entre los pliegues, endurecido. Le puso las manos en la cara interna de los muslos, se los abrió más, y hundió la cara. Le pasó la lengua entera desde abajo hasta el clítoris, un lametón largo y plano que la hizo gemir de golpe.

—Así, joder —susurró—. Ahí mismo.

Andrés se dedicó a chupar el clítoris con los labios cerrados, tirando de él con una succión suave y rítmica, mientras le metía dos dedos en el coño. Ella estaba tan mojada que los dedos entraron sin ninguna resistencia, apretándolo por dentro, calientes, resbalosos. Empezó a moverlos con la yema hacia arriba, buscando el punto rugoso detrás del hueso, mientras seguía chupándole el clítoris.

Valeria le apretó las piernas a los lados de la cabeza. Le agarró el pelo con las dos manos y empezó a frotarse el coño contra su boca, controlando el ritmo desde arriba con esa misma eficiencia que ponía en cualquier otra cosa que hacía. Él la dejó, chupando lo que le ponían delante, con los dedos moviéndose dentro más rápido.

—No pares, no pares, no pares…

Tardó menos de lo que él esperaba. Cuando llegó, lo hizo con las piernas apretadas a los lados de su cabeza y un sonido ahogado que rebotó contra las paredes de azulejo y se quedó flotando en el silencio después. Se le sacudió el vientre, se le tensaron los muslos, y sintió cómo el coño se le apretaba en espasmos alrededor de sus dedos. Andrés no paró hasta que ella tiró de su pelo hacia atrás, temblando.

***

Valeria necesitó un minuto. Se quedó sentada con los ojos cerrados, la respiración lenta, las tetas subiendo y bajando. Andrés esperó arrodillado, la boca y la barbilla brillantes, sin saber si levantarse o quedarse quieto. El frío del suelo ya le entumecía las rodillas y la polla le dolía de dura.

—Levántate —dijo ella—. Quítate el resto.

Él terminó de quitarse los shorts y la ropa interior. Ella lo miró con la misma calma con la que lo había mirado toda la mañana, con los ojos fijos en la polla que le colgaba tiesa contra el vientre, y asintió.

—De pie. Espalda contra las taquillas.

Él obedeció. Valeria se arrodilló delante de él y lo tomó en la boca sin avisar, hasta el fondo, hasta que él sintió la garganta apretarle la punta. Andrés golpeó el metal con los omóplatos y tuvo que agarrarse al borde de la taquilla para no doblar las rodillas. Ella era lenta y deliberada, sin prisa ninguna, con esa concentración metódica que le conocía de las sesiones. Sacaba la polla entera, se la escupía, la volvía a meter hasta el fondo. Le lamió los huevos uno por uno, se los metió en la boca. Se la volvió a tragar hasta la base, con la nariz pegada al pubis, y aguantó ahí unos segundos mirándolo desde abajo.

—Joder, Valeria…

Ella siguió, con una mano masturbándole la base al ritmo de la boca, la otra pesándole los huevos. Cuando notó que él estaba demasiado cerca, se la sacó de golpe y la apretó fuerte en la base para cortarle la corrida.

—Todavía no. Quiero que te corras dentro.

Se levantó, lo hizo girarse con suavidad.

—De frente. Quiero verte la cara cuando te vengas.

Se sentó a horcajadas sobre él, con la espalda de él contra las taquillas frías, y se guio la polla hacia el coño con la mano. Se dejó caer despacio, dejándose empalar centímetro a centímetro, gimiendo mientras se llenaba. Andrés la sintió apretada, ardiendo, chorreando por dentro. Ella se quedó quieta un segundo con la polla hasta el fondo, ajustándose, y luego empezó a moverse. Lento primero, en subidas largas y limpias, dejándolo acostumbrarse, sintiendo cómo el espacio entre los dos desaparecía. Andrés hundió la cara entre sus tetas, le chupó los pezones, respiró contra su piel. El metal frío de las taquillas le presionaba la espalda cada vez que ella bajaba.

—Abre los ojos —dijo—. Mírame follarte.

Él la miró. Ella le sostuvo la mirada sin pestañear mientras aceleraba, botando sobre la polla con las manos apoyadas en sus hombros, con las caderas moviéndose en círculos cortos y firmes como si lo estuviera corrigiendo en una postura difícil. Las tetas le rebotaban a la altura de su cara. Se oía perfectamente el chapoteo del coño empapado tragándose la polla una y otra vez, un sonido húmedo y obsceno que rebotaba en los azulejos.

—Agárrame del culo. Fuerte.

Andrés le clavó las manos en las nalgas, se las abrió, la levantó y la volvió a bajar sobre la polla marcando el ritmo desde abajo. Ella se dejó llevar, con la boca abierta, los ojos entornados.

—Así, así, más fuerte, méteme la polla hasta el fondo…

Andrés la sostuvo por las caderas y empujó desde abajo, embistiéndola de golpe con las taquillas retumbando en la espalda cada vez que la penetraba entera. Ella dejó salir un gemido más largo, más agudo, y él sintió cómo el coño se le empezaba a apretar otra vez.

—Me voy a correr, joder, no pares —le jadeó al oído—. Córrete dentro, córrete dentro de mí.

Cuando se corrió lo hizo sin control, vaciándose dentro en sacudidas largas, con un sonido que se le escapó demasiado alto y resonó entre las paredes de azulejo. La sintió apretarse en espasmos alrededor de la polla, tragándose cada chorro, mientras ella le mordía el cuello para ahogarse su propio grito.

Valeria no se movió. Se quedó ensartada, quieta, con las manos planas en su espalda, sintiendo cómo él se seguía vaciando por dentro en pulsos cada vez más débiles.

—Bien —dijo simplemente—. Muy bien.

Se levantó despacio y él vio cómo el semen empezaba a bajarle por la cara interna del muslo antes de que ella se pasara los dedos por el coño y se lo llevara a la boca.

***

Las duchas abiertas estaban al fondo, separadas del vestuario por una pared de media altura. Valeria abrió el grifo hasta que el vapor empezó a subir y entró sin esperar. Andrés fue detrás.

El agua caliente borraba los últimos cuarenta minutos y al mismo tiempo los hacía más concretos. Valeria se puso bajo el chorro con la cara levantada, el pelo oscuro pegado al cuello, el agua bajándole entre los pechos hasta el vientre. Él se quedó un paso detrás, dejando que el agua le cayera en los hombros, sin saber exactamente qué rol tenía en ese momento.

—Ven aquí —dijo ella.

Le puso las manos en el pecho, lo hizo girarse, se pegó a su espalda. El agua caía entre los dos. Le pasó las manos jabonosas por el pecho, le bajó una por el vientre hasta agarrarle la polla otra vez. La apretó, la masturbó despacio bajo el agua, y notó cómo volvía a endurecerse en su mano antes de entenderlo del todo. Valeria también lo notó, y sonrió contra su nuca.

—Otra vez. Apóyate en la pared.

Andrés apoyó las palmas contra los azulejos mojados. Ella se dio la vuelta, se pegó de espaldas a él, le buscó la polla con la mano y se la guio entre las piernas por detrás. Se inclinó hacia adelante apoyando ella también las manos en la pared, arqueó la espalda y sacó el culo. Él la tomó de las caderas y la penetró de un solo empujón, hasta el fondo, y la oyó gemir contra los azulejos.

Fue diferente. Más despacio, sin la urgencia de la primera vez. El vapor lo llenaba todo. Andrés le rodeó la cintura con un brazo y con la otra mano la tocó por delante, buscando el clítoris entre los pliegues resbalosos, siguiendo el mismo ritmo que había aprendido en el banco. La embestía largo y profundo, sintiendo el culo mojado chocar contra su vientre, mientras le masajeaba el clítoris en círculos con dos dedos. Ella apoyó la cabeza hacia atrás contra su hombro y cerró los ojos.

—Más fuerte —le pidió—. Ya casi.

Él la agarró de la coleta improvisada del pelo mojado, tiró suave hacia atrás, y aceleró. El chapoteo se mezclaba con el ruido del agua. Ella se corrió antes que él, con una sacudida larga que le apretó la polla por dentro, y él aguantó dos embestidas más antes de vaciarse otra vez, esta vez en silencio, apretando la frente contra su nuca mojada.

Cuando terminaron, se quedaron bajo el agua sin moverse durante un rato, todavía conectados, respirando. El silencio era cómodo de una forma que Andrés no esperaba. Cuando Valeria cerró el grifo, agarró dos toallas del estante y le lanzó una.

—Cinco minutos. Ya tienen que estar llegando los primeros de las ocho.

—¿Y esto? —preguntó él, enrollando la toalla en la cintura.

Ella se secó el pelo sin mirarlo.

—¿Qué quieres que sea esto?

Andrés pensó en Carmen. En los cuatro años. En el piso vacío y los meses de rutina para recuperar algo que no sabía exactamente cómo llamar.

—Todavía no lo sé —dijo con honestidad.

Valeria asintió como si esa fuera exactamente la respuesta correcta.

—El miércoles tienes sesión a las siete y media —dijo—. Llega puntual. Y ven con ganas.

Salió del vestuario sin prisa, con la coleta recogida otra vez y la camiseta de tirantes como si nada hubiera pasado. Andrés se quedó solo bajo las luces tenues, vestido a medias, con el metal frío de las taquillas todavía marcado en las palmas.

Ese lunes había ido al gimnasio a recuperar el control.

No esperaba que alguien se lo quitara tan bien.

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Comentarios(8)

spawntun

Excelente relato, felicitaciones

ToniVzla

jaja y no vas a contar como termino todo?? eso no se hace, quede con ganas de mas

seba70

Me recordo a algo parecido que me paso en el gym, aunque en mi caso no termino tan bien jajaja. Buen relato

CarlosM77

Bien narrado, se siente real. Segui contando

NocheBCN

Lo de Valeria es demasiado jaja, esas instructoras...

Marta_B

Me encanto como lo escribiste, directo y sin tanto rodeo. Se agradece

LuisMex

Tremendo el momento en que ella sonrie. Eso lo dice todo sin necesidad de mas palabras

Adrian Molina

Se hizo cortisimo! Esperando una segunda parte si es que hubo

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