Mi confesión: lo que pasó en las escaleras del salón
Para quienes no me conocen, tengo veintiséis años, soy delgada, de estatura media y con el pelo castaño hasta la cintura, siempre revuelto como si acabara de salir del agua. Mis pechos son medianos, pero mis caderas y mi trasero compensan cualquier discusión sobre proporciones. Lo digo sin pudor porque ese detalle importa para entender lo que les voy a contar.
Recién terminada la carrera entré a trabajar en un complejo de eventos enorme, uno de esos lugares donde se hacen bodas, congresos y conciertos privados. Era mi primer empleo formal y la dirección exigía una imagen muy concreta: tacones altos siempre, ropa moderna pero seria, maquillaje impecable. Lo asumí como un juego. Pasé del sudadera y zapatillas de la universidad a faldas entalladas y blusas finas en menos de una semana.
Funcionó. No tardé en captar miradas en los pasillos, sobre todo de los hombres que cruzaban la oficina rumbo a las salas de montaje. Yo aún no estaba acostumbrada a ser observada así, y al principio bajaba la mirada. Después aprendí a sostenerla.
Uno de esos hombres era Damián. Él no trabajaba en la parte administrativa, sino en operaciones: montaba escenarios, cargaba estructuras, supervisaba al equipo técnico. Tenía cuarenta y siete años, era moreno, delgado, con brazos que no sobraban pero que se notaba que no eran solo de oficina. Llevaba una barba de candado salpicada de canas y una sonrisa de costado, esa que parece guardarse algo. No era alto: con tacones, yo le sacaba media cabeza. Y sin embargo, cuando estaba en la misma sala que yo, era la única figura que veía con claridad.
Una noche había concierto privado en el complejo. Tocaba un grupo que yo seguía desde la universidad, una banda que de adolescente me hacía llorar en el coche de mi madre. Cuando me enteré de que iban a actuar ahí, le pedí a mi jefa que me dejara entrar como un favor personal. No tenía nada que hacer en el evento, era estrictamente para personal operativo. Ella me miró por encima de las gafas, suspiró y me dijo que sí, pero que no me hiciera notar.
Llegué esa tarde con una falda por encima de la rodilla, una blusa de tirantes finos y zapatillas blancas. Quería sentirme cómoda, no profesional. En cuanto crucé las puertas del salón principal busqué a Damián entre el gentío del montaje. Me había dicho un par de veces que cualquier cosa que necesitara, que lo buscara a él. Quería usar esa puerta abierta.
Lo encontré atando cables al borde del escenario.
—¿Te perdiste? —me dijo, sin levantar la mirada.
—Vine a aprender —contesté.
Levantó la cabeza despacio, me miró de los pies a la cara y se le escapó esa media sonrisa.
—Aprender qué, exactamente.
—Lo que se pueda.
Esa fue la primera frase ambigua de la noche. Después vendrían muchas más.
Lo acompañé durante todo el montaje. Iba detrás de él como si fuera mi mentor, le pasaba herramientas, le sostenía el rollo de cinta cuando ataba algo, escuchaba cómo daba indicaciones a sus compañeros con esa voz baja y firme. En cada pausa me preguntaba si estaba bien, si quería sentarme, si no me dolían los pies. No me dolían. Me dolía otra cosa más adentro, una expectativa que todavía no sabía nombrar.
Cuando faltaba media hora para que arrancara el concierto le pregunté:
—¿Crees que me reportan si me tomo una cerveza?
—Beber en horario está prohibido —dijo, fingiendo seriedad—. A menos que la compartas con alguien que ya no esté trabajando.
—¿Tú ya no estás trabajando?
—Yo nunca dejo de trabajar. Pero te invito a que te sientes a probarlo.
Reí más de la cuenta. Fui por un vaso grande, doble. Lo compartimos. A él la cerveza no parecía hacerle nada, seguía moviéndose entre cables y técnicos. A mí se me subió rápido. Pedí otro vaso y después uno más por mi cuenta. Para cuando se apagaron las luces del salón y la banda salió al escenario, yo estaba ya ligeramente borracha y mucho más atrevida de lo que me convenía.
***
El concierto fue como recordaba que sería: gritos, coros, cuerpos sudando en la oscuridad. Damián estaba apoyado contra una pared, controlando que nada se saliera de su sitio, pero me miraba a mí más que al escenario. Yo coreaba, brincaba, me reía sola. Cada vez que me giraba, lo encontraba con la misma sonrisa quieta, como si lo divirtiera verme tan suelta.
A media canción me acerqué.
—Acompáñame a la oficina —le dije al oído.
—¿A esta hora? ¿A qué?
—A nada. Pero no quiero ir sola.
Me miró un segundo más de lo necesario y asintió. Para llegar a la zona administrativa había que cruzar el salón principal, lleno de gente apretada. Caminar derecha era imposible. En medio de la marea me dijo, sin mirarme:
—Dame la mano.
Le di la mano. La apretó con una fuerza que no era de cortesía. Apreté yo la suya con la misma firmeza. Aquel apretón fue nuestro primer contrato. Ninguno lo había escrito, pero los dos lo firmamos en silencio.
***
La recepción de las oficinas era un espacio amplio, alfombrado, con un par de sofás profundos y la pared del fondo cubierta por las persianas cerradas de la oficina principal. Detrás de esas persianas, sombras: tres o cuatro personas terminaban un montaje para otro evento del día siguiente. Se las escuchaba reír, se las veía caminar de un lado a otro como figuras de teatro de sombras.
En la pared opuesta había una cámara de seguridad apuntando justo al sofá grande. Yo sabía que esa cámara solo la veía mi jefe, en directo, desde su despacho. Nunca grababa. Esa noche, además, mi jefe estaba en otra ciudad.
Nos sentamos en el sofá, los dos de espaldas a la cámara. Yo me dejé caer hacia atrás, con los ojos en el techo, como si hubiera bebido más de lo que había bebido en realidad. Damián se acomodó pegado a mi costado.
—¿Te encuentras bien?
—Mareada —dije—. Necesito un minuto.
Cerré los ojos. No me moví. Y entonces sentí su mano.
Empezó por la rodilla. Subió despacio por la cara interna del muslo, con la palma abierta, sin prisa. Cada vez que su mano subía, mi falda subía con ella, milímetro a milímetro, hasta que la tela se acumuló a la altura de mi cintura. Yo no abrí los ojos. No le dije que parara. No le dije que siguiera. Solo respiraba.
—Estás preciosa —murmuró, casi al oído—. Llevo semanas mirándote y no te imaginas cómo.
Sus dedos rozaron el borde de mi ropa interior. Yo ya estaba empapada. Lo notó, porque escuché que tragó saliva.
—Gírate un poco —me pidió.
Me giré apenas, lo suficiente para darle la espalda y ofrecerle, sin decirlo, lo que él quería alcanzar. Su mano pasó del muslo al trasero, lo abarcó entero, lo apretó con una avidez que me hizo morder mis propios labios. Su otra mano regresó a mi muslo. Estaba siendo recorrida por dos manos a la vez, y yo seguía escuchando, al otro lado de las persianas, las voces despreocupadas de la gente que no nos veía.
—Ven aquí —dijo.
—¿Aquí dónde?
—Encima.
Dudé. No por escrúpulo, sino por miedo a que se abriera la puerta que tenía a tres metros. Se lo dije.
—Si alguien se acerca, vemos su sombra antes —contestó—. Da tiempo a separarse.
Me convenció. Me pasé a sus piernas, encarando el respaldo del sofá. Quedé sentada sobre él con la falda ya enrollada en la cintura y solo la tela de mi ropa interior y la de su pantalón entre nosotros. Notaba debajo, perfectamente delineado, el bulto de su erección. Era considerable. Lo era tanto que no pude evitar moverme un poco para verificarlo.
—No me hagas eso —susurró.
—¿Qué cosa?
—Eso. Otra vez no.
Lo hice otra vez. Y otra. Sus manos se cerraron sobre mis caderas y empezaron a guiarme, despacio, en un balanceo controlado. Su boca encontró el lateral de mi cuello, justo debajo de la oreja, y se quedó ahí, besando, mordiendo apenas. Me decía cosas en un hilo de voz. Me decía que estaba deliciosa, que llevaba meses imaginando aquella escena, que le iba a costar volver a su casa esa noche.
Su mano se coló entre nosotros, apartó la ropa interior a un lado con una precisión brutal y me tocó ahí, de lleno, con dos dedos primero y luego con toda la palma. Yo solté el aire de golpe. Estaba mojada de una forma obscena, resbalosa, caliente, y él lo notó al instante porque se rio muy bajo, como sorprendido y satisfecho a la vez.
—Mira cómo estás —murmuró—. Mira ese coño, joder.
Me abrió más las piernas sobre su regazo y empezó a frotarme despacio, hundiendo los dedos en mi humedad, recorriéndome el clítoris con una insistencia que me desarmó en menos de un minuto. Yo ya había dejado de pensar en la cámara, en las persianas, en el personal del otro lado. Solo sentía su mano, el calor de su pierna entre las mías, el roce de mi propia respiración contra su cuello.
—Tócame —le pedí, con la voz rota.
Él soltó una risa breve y me llevó la mano a su entrepierna. Bajo la tela del pantalón tenía una polla dura, pesada, imposible de ignorar. La envolví con la mano y me sorprendió la tensión que tenía, el grosor, el pulso en la base. Damián cerró los ojos de un golpe.
—Más lento —dijo—. Si sigues así, te me corres aquí mismo encima.
—Entonces no te muevas.
No se movió. Me dejó masturbarlo por encima del pantalón mientras él seguía metiéndome los dedos con una precisión sucia, buscando el punto exacto que me hacía arquear la espalda. Después bajó la cabeza, levantó la tela de mi blusa lo justo y metió la lengua entre mis pechos, subiendo despacio hasta el borde del sujetador. Me chupó un pezón por encima de la copa, lo mordió apenas, y yo sentí que la cabeza me daba vueltas de verdad.
—Quiero verte cuando te corras —dijo.
—Entonces quítame esto.
Lo hizo. Me bajó la ropa interior por los muslos, me la dejó en un tobillo y me sostuvo el cuerpo con una mano en la espalda mientras con la otra se desabrochaba el pantalón. Su polla salió lenta, oscura, venosa, pesada, y yo me quedé mirándola sin disimulo. Me lamí los labios. Él me sostuvo la mirada como si me estuviera desafiando.
—¿Sigues queriendo venir aquí? —preguntó.
—Sí.
—¿Y sigues queriendo que te la meta?
—Sí.
—Pues gira.
Obedecí. Me puso de pie solo lo suficiente para darme la vuelta y después me inclinó sobre el sofá, obligándome a apoyar las manos en el respaldo. Me levantó un poco más la cadera con una palma firme y me abrió con la punta de la polla, rozándome primero, empujando después, hasta que entró en mí de una sola vez. Me arrancó un gemido que quise ahogar contra el cuero del sofá. Estaba enorme. Me llenó por completo, hasta la presión más honda, y tuve que esperar un segundo con él quieto dentro porque si no me habría doblado de inmediato.
—Eso es —dijo, apretando los dientes—. Así, quieta.
Cuando empezamos a movernos, el aire cambió. Las embestidas fueron al principio medidas, profundas, cada una acompañada por el golpe seco de su pelvis contra mi culo. Tenía una mano en mi cintura y la otra en mi nuca, sujetándome como si no quisiera dejarme caer ni un centímetro. Yo me aferré al respaldo del sofá, luego a mi propia falda, luego al borde de la tapicería, porque no había otra cosa que hacer con tanto fuego adentro.
—Más fuerte —le pedí—. Así me da igual quién pase.
No le tuve que decirlo dos veces. Me embistió con una rabia que no era contra mí, era contra el tiempo, contra el lugar, contra el hecho de que había una mujer esperándolo en algún punto de la ciudad. Sus caderas chocaban con las mías produciendo un ruido seco que retumbaba en la escalera. Yo gemía con la boca pegada a su hombro, mordiendo la tela de su camisa para que mis sonidos se quedaran ahí.
Él se inclinó sobre mi espalda, apartó el pelo de mi nuca y me habló al oído mientras seguía clavándose en mí sin pausa.
—Te sienta bien esto —dijo—. Te sienta de puta madre que te den duro.
La frase me atravesó y me hizo apretarme todavía más a él. Sentí cómo me abría con cada golpe, cómo mi coño se tensaba y se soltaba alrededor de su polla con una violencia deliciosa. Una de sus manos bajó entre mis piernas, encontró mi clítoris y empezó a frotarlo con dedos rápidos, casi feroces. Yo ya estaba al borde, temblando, sudada, perdida en ese sofá de oficina con la cara aplastada contra la tapicería.
—Me voy a correr —avisé, sin aire.
—Hazlo —gruñó—. Quiero sentirte.
Y me corrí de un modo brutal, con un espasmo largo que me subió por la espalda y me dejó clavada en el lugar. Las piernas me fallaron. Él no paró. Siguió metiéndome la polla hasta el fondo, sosteniéndome con una mano en la cintura mientras con la otra me abría un poco más para seguir golpeando ese punto exacto que me hacía perder la cabeza.
—Date la vuelta.
Me giró sin esperar respuesta. Me apoyó las dos manos en la pared, encima de mi cabeza, y me empujó a flexionar la cadera. Volvió a entrar y volvió a embestir, esta vez más profundo, más rápido, sin freno alguno. Su mano izquierda bajó al frente, encontró ese punto exacto y empezó a presionar al ritmo de sus golpes. Yo había perdido la cuenta de los gemidos que se me escapaban entre los dedos de su otra mano, que de nuevo me tapaba la boca.
—Así —murmuró—. Así te quiero. Cállate y déjame cogerte.
La manera en que me lo dijo me hizo apretar todavía más el cuerpo, y el siguiente orgasmo me partió en dos. Me temblaron las rodillas, me arqueé contra él, y Damián siguió moviéndose dentro de mí con una precisión salvaje. Noté cómo su respiración se aceleraba, cómo el control se le iba a la mierda por fin.
—Mírame —ordenó.
Levanté la cara lo justo para verlo por encima del hombro. Tenía la barba húmeda, los ojos oscuros, la boca entreabierta. Estaba precioso de una manera sucia, feroz, casi brutal. Me agarró la barbilla, me sostuvo la mirada y empezó a dar las últimas embestidas con una urgencia animal.
—Voy a correrte dentro otra vez —dijo—. Te voy a dejar llena.
No me dio tiempo a responder. Se hundió un par de veces más, duro, perfecto, y se vino con un temblor que le atravesó todo el cuerpo. Lo sentí dentro de mí, espeso, caliente, derramándose en pulsos profundos mientras me sujetaba por la cintura con una fuerza que iba a dejar marcas durante días. Se quedó así, sin moverse, respirando contra mi nuca. Yo sentí cómo su semen empezaba a escurrirse por la cara interna de mi muslo y, en lugar de incomodarme, me pareció lo más íntimo que había vivido.
***
Tardamos unos minutos en recomponernos. Él me ayudó a bajar la falda, yo le acomodé el cuello de la camisa. Los dos nos reímos un instante como dos adolescentes que acaban de hacer una travesura, y después volvimos a besarnos, esta vez sin prisa, casi con ternura.
Cuando bajamos, el concierto seguía sonando al otro lado del muro. Nadie había notado nuestra ausencia. Esa fue, quizá, la parte que más me marcó: que el mundo había seguido girando exactamente igual mientras a mí me cambiaba algo por dentro.
En la puerta de servicio, antes de despedirnos para que cada uno volviera por su lado, me sostuvo la mirada durante demasiado tiempo.
—Tengo familia —dijo, como si yo no lo supiera—. No puedo ofrecerte una historia normal.
—No te estoy pidiendo una historia normal.
—Entonces sé lo que te quiero pedir.
—Pídelo.
Tomó aire.
—¿Quieres ser mi amante?
Le sostuve la mirada el mismo tiempo que él me la había sostenido a mí.
—Va a ser un placer —contesté.
Y desde aquella noche, cada vez que cruzo la recepción de las oficinas y miro de reojo el sofá grande, vuelve la sensación exacta del muslo subiendo, la cámara apagada, la sombra detrás de la persiana, y la promesa silenciosa que firmamos los dos sin escribir una palabra.


