Lo que la recepcionista escuchó en la 412
Beatriz la oyó antes de verla. Veintidós años atendiendo el turno noche le habían enseñado a reconocer cada paso contra el mármol del lobby: el ejecutivo apurado, el turista perdido, el hombre que volvía tambaleante de una cena de negocios. Ese taconeo era distinto. Firme, espaciado, dueño del pasillo. Clac. Clac. Clac.
La mujer que apareció bajo las luces frías del vestíbulo no caminaba: avanzaba como si el hotel le perteneciera. Vestido negro, ajustado hasta lo imposible, tacones rojos brillantes y una cartera de cuero que crujía con cada movimiento. Mascaba un chicle con esa lentitud arrogante que solo se permiten ciertas mujeres a determinada hora.
—Buenas noches, ¿en qué puedo ayudarla? —preguntó Beatriz con su tono profesional de siempre, ajustándose la corbata negra sobre la camisa blanca.
—En mucho me podés ayudar, hermosa —respondió la otra. Voz ronca, juguetona—. Vengo a ver al señor Damián.
Beatriz consultó la pantalla. Damián Iturralde, suite 412. La nota del huésped era clara: «Se permite el acceso de una acompañante».
—¿Y usted es...? —dejó la frase en el aire, esperando un apellido.
—La trola que pidió —cortó la mujer sin parpadear.
El silencio se hizo denso. Beatriz parpadeó dos veces, sintiendo cómo el calor le subía por las orejas.
—¿Cómo dice? —atinó a preguntar.
—Que soy la trola que él pidió. ¿O acaso no me veo como una?
—Yo... le preguntaba el nombre, para el registro —balbuceó Beatriz, con la mirada clavada en el monitor.
—Perdoná, linda. Camila —dijo ella, y cerró los labios para hacer estallar un globo de chicle. El pop resonó en el vestíbulo vacío como un disparo de salida—. ¿Y vos?
—Beatriz.
—Lindo nombre. Más linda quien lo lleva —Camila se inclinó sobre el mostrador. El crujido del vestido al tensarse fue casi imperceptible, pero Beatriz lo registró igual—. ¿Me acompañás? Me pierdo en estos pasillos.
Beatriz asintió sin contestar. En el pasillo hacia el ascensor, sus pasos sonaron desparejos: los zapatos planos contra los tacones rojos, marcando un compás que ninguna de las dos eligió.
***
El ascensor era estrecho. Demasiado. Beatriz fijó la vista en los números digitales que cambiaban con un bip rítmico mientras sentía la respiración pausada de Camila a unos centímetros de su nuca.
—¿Hace mucho que estás acá? —preguntó Camila, con esa voz que ahora, sin el ruido del lobby, sonaba casi como un ronroneo contra las paredes de acero.
—Seis años en este hotel. Veintidós en hotelería.
—Veintidós años... —Camila silbó bajito, un sonido fino que se filtró entre sus dientes—. Eso es mucha gente atendida. ¿No te cansás de ser siempre la chica buena?
Beatriz no respondió. Camila dio un paso más. Ahora el chicle le sonaba justo detrás de la oreja: una masticación lenta, casi obscena en aquel cubículo metálico.
—Veintidós años siguiendo las reglas —susurró Camila. El aliento caliente le erizó la piel del cuello a Beatriz, que soltó un suspiro entrecortado sin poder evitarlo—. Esta noche, lo único que quiero que sigas es mi voz.
El ascensor se detuvo en el cuarto piso. Las puertas se abrieron con un chasquido metálico. Camila salió primero, sin esperar, y los tacones rojos retomaron su ritmo arrogante sobre la alfombra del pasillo.
—Ah, antes de que me preguntes —dijo, sin girarse—. Atiendo mujeres también. Por si te interesa probar algo distinto a los formularios del hotel.
Beatriz no contestó. Sentía la mandíbula apretada y un calor incómodo entre las piernas que llevaba veinte años convenciéndose de que no existía.
***
La puerta de la 412 se abrió antes de que Beatriz terminara de golpear. Damián apareció con una bata de seda negra, el cabello canoso peinado hacia atrás, los ojos oscuros recorriendo a Camila de arriba abajo con una calma de cazador.
—Tardaste —dijo él. Voz profunda, mandona.
—Lo bueno se hace esperar, bombón —respondió Camila, entrando como si la suite le perteneciera.
Beatriz hizo el ademán de retirarse.
—Espere —la frenó Damián—. Tráiganos una botella de champagne, por favor.
—Por supuesto, señor.
La puerta se cerró tras ella con un clic seco. Beatriz se quedó un segundo de más en el pasillo, escuchando cómo del otro lado las voces se volvían risas, las risas susurros y los susurros, silencio.
***
En la zona de servicio, el aire era distinto: vapor de cocina, tintineo de cubiertos, el zumbido constante del lavavajillas. Beatriz encontró a Mauricio descargando una bandeja.
—¿Podés llevar un champagne a la 412?
—Imposible, Beatriz. Tengo que subir el pedido de la 308 ya. —El metal de la campana cubriendo el plato sonó con un clanc seco al volver a colocarlo sobre la bandeja.
—Está bien. Lo llevo yo —murmuró ella, tomando la cubeta de plata. El hielo chocó contra la botella, un tintineo cristalino que la acompañó hasta el ascensor.
Algo en el pecho le latía mal. Un compás que no era el suyo.
***
Cuando llegó al cuarto piso, supo que algo había cambiado. El silencio del pasillo no era el silencio de antes. Era un silencio cargado, atravesado por sonidos que se filtraban a través de la madera de la 412.
Beatriz levantó la mano para golpear la puerta. La bajó.
Del otro lado se oía un muack, muack rítmico, húmedo, y un gruñido bajo de hombre. Una voz de mujer respondía con un suspiro largo que terminaba en una risita ronca.
Beatriz se quedó quieta. La cubeta le pesaba más de lo que tenía que pesar. Un calor incómodo le subía desde el estómago, y en lugar de tocar, dio un paso atrás. Otro. Apoyó la espalda contra la pared opuesta del pasillo.
Iba a esperar. Solo unos segundos. Hasta que pasara el momento.
Pero el momento no pasó. Se intensificó.
—Mmm... a ver qué tenés vos —oyó decir a Camila, con una claridad que la sorprendió. La pared no era tan fina; era la madera de la puerta, que filtraba todo como si la suite tuviera un micrófono pegado del lado de adentro.
Después vino un sonido que Beatriz no había oído nunca con esa nitidez: el deslizamiento rítmico, profundo, viscoso, de la garganta de Camila trabajando. Un glup, glup, glup sostenido que se mezclaba con los gruñidos guturales de Damián.
—Aaaaah... así, putita... así —rugía él. La voz salía de su pecho como un eco animal.
Beatriz cerró los ojos. La cubeta vibraba en sus manos. Sus dedos, que habían firmado miles de comprobantes, hojeado miles de DNI y entregado miles de tarjetas magnéticas, ahora temblaban con un descontrol nuevo.
***
Tendría que haberse ido. Tendría que haber dejado la cubeta en una mesa de arrimo y bajado al lobby a inventar una excusa. En cambio, dio dos pasos silenciosos hacia la puerta y apoyó la oreja contra la madera.
El ritmo de los sonidos había cambiado. Ahora era un crujido metálico de los resortes de la cama, un golpeteo seco de cuerpos chocando, la voz de Camila convertida en una sinfonía rota.
—Aaah... papito... más despacio... —y enseguida lo contrario—: dale, no pares, no pares, no pares.
Beatriz sintió que su uniforme empezaba a sobrarle. El cuello de la camisa le apretaba. La pollera tubo le pesaba contra los muslos. Dejó la cubeta en la mesa de arrimo del pasillo —el tintineo del hielo le sonó ridículamente pequeño comparado con la tormenta que estaba escuchando— y se llevó las manos a la corbata.
Aflojó el nudo. Solo el nudo, se dijo. Solo eso.
Pero después fue el primer botón. Después el segundo. La seda negra de la corbata cayó sobre la alfombra con un susurro que ella sintió como un bramido.
—¡Plaf, plaf, plaf! —sonaba del otro lado.
El crujido de la cama era constante. Damián gruñía con esa cadencia animal que ya no admitía palabras. Camila reía y gritaba al mismo tiempo, alternando insultos cariñosos con súplicas incoherentes.
Beatriz se cubrió la boca con el dorso de la mano. No sabía si para no gemir o para no gritar. Su otra mano, sin que ella terminara de decidirlo, se deslizó por debajo de la camisa abierta y se posó sobre el encaje del corpiño.
Apretó. Suave primero. Después no tan suave.
***
—¡Aaaaaooohh! —el grito de Camila atravesó la puerta como un latigazo.
Beatriz se mordió el labio con tanta fuerza que sintió el sabor metálico de la sangre. La pollera tubo seguía bajada, profesional, impecable, pero por dentro su cuerpo era otro. Las piernas le temblaban. Tenía la frente apoyada contra la madera fría y la respiración entrecortada se mezclaba con los jadeos de adentro.
Una voz dentro de su cabeza le decía: basta, basta, alguien va a salir del ascensor, basta.
Otra le respondía: nadie va a salir del ascensor a esta hora.
Hizo caso a la segunda.
Con un movimiento brusco —tan brusco que ella misma se sorprendió—, se levantó la pollera hasta la cintura. La tela sintética rozó sus muslos con un fush-fush rápido que se le grabó en la piel. Sus dedos buscaron por encima de la bombacha, frotando despacio, casi avergonzados, hasta que el ritmo de adentro la arrastró.
—¡Plaf, plaf, plaf! —no paraba.
—¡Tomalá, putaaaa! —gritaba Damián.
—¡Sí, hijo de puta, sí! —respondía Camila, con una risa quebrada por el éxtasis.
Beatriz se corrió la bombacha hacia un costado. El primer contacto directo le sacó un suspiro tan largo que tuvo miedo de que la oyeran. Empezó a moverse con una urgencia que no sabía que tenía guardada. Sus dedos chapoteaban contra su propia humedad, un shlic-shlic íntimo que se sincronizaba, sin que ella lo decidiera, con las embestidas del otro lado.
—Aaaaaaah... —se le escapó.
Volvió a taparse la boca. Esta vez con las dos manos, casi a punto de soltar la respiración entera contra sus palmas.
***
Hubo un cambio de ritmo adentro. Un silencio breve, una orden masculina ronca —«ahora vení acá»—, un crujido distinto del colchón. Y enseguida un nuevo sonido: el de un envase plástico al destaparse, un plop seco, seguido de un viscoso shlick que Beatriz no necesitó ver para entender.
—Eso es otro precio, bombón —oyó decir a Camila, con una risa ronca.
—Lo pago. Lo que sea —contestó él.
Lo que vino después fue una sucesión de gemidos nuevos. Más agudos. Más quebradizos. Camila había bajado el tono de mando y subido el de entrega, y a Beatriz, ese cambio le hizo cosas que veintidós años de profesionalismo no le habían preparado para sentir.
Apoyó la frente contra la puerta y dejó que los dedos hicieran su trabajo. Adentro, el ritmo se volvió implacable: un plaf, plaf, plaf mucho más violento, acompañado por unos cachetazos secos que Damián le tiraba a Camila sobre la piel desnuda.
—¡Aaajja, aaajja, aaajja! —gritaba Camila, con la voz desfigurada.
Beatriz sintió cómo se le tensaba el cuerpo entero, desde los talones hasta la nuca. Un calambre dulce le recorrió el vientre y se le instaló entre las piernas. Cerró los ojos. Apretó los labios. Los dedos no dejaban de moverse.
—¡Aaaah, voy a acabar! —tronó Damián adentro.
—¡En las tetas, papito! —respondió Camila.
Beatriz tampoco aguantó. Un espasmo largo, mudo, le atravesó el cuerpo, y se quedó pegada a la puerta, jadeando contra la madera, con los ojos en blanco y el pulso golpeándole en los oídos como un tambor.
Del otro lado, casi al mismo tiempo, los gritos de los dos se apagaron en una serie de jadeos cortos. Después, silencio. Solo el zumbido del aire acondicionado y el latido de su propio corazón.
***
Beatriz se enderezó despacio. Tardó un rato en recuperar el control de las manos. Se bajó la pollera, se acomodó la bombacha, abrochó los botones de la camisa uno por uno y se anudó la corbata frente al espejo del pasillo, con una precisión que ya no respondía a nada interno: era pura memoria muscular.
Levantó la cubeta de plata. El hielo casi se había derretido. La botella estaba tibia.
Tocó dos veces la puerta. Toc, toc.
Damián apareció, todavía envuelto en la bata, con el pelo revuelto y un olor a perfume y sudor flotando alrededor.
—Cómo tardaste, eh —dijo, en un tono relajado, casi divertido.
—Disculpe, señor. Hubo demora en cocina.
—No importa. Gracias, querida.
Tomó la cubeta. La puerta se cerró con el mismo clic seco de antes. Beatriz respiró por primera vez en lo que le pareció una hora.
***
Veinte minutos después, el taconeo familiar volvió a sonar en el pasillo del lobby. Clac, clac, clac. Camila avanzaba hacia la salida con los labios recién pintados, el pelo negro recogido y esa actitud felina de quien acaba de ganar algo.
Se detuvo frente al mostrador. Apoyó dos dedos sobre el mármol y empujó hacia Beatriz una pequeña tarjeta blanca.
—Por si querés llamarme algún día —dijo, con una sonrisa ladeada—. Mi tarjeta personal. Atiendo mujeres, te acordás.
Beatriz asintió. La tarjeta era simple, con un nombre y un número.
—Y tomá —Camila sacó dos billetes de su cartera y los deslizó sobre el mostrador—. Por la atención.
—No hace falta...
—Sí hace falta, muñeca. Fuiste una excelente audiencia.
Beatriz levantó la mirada de golpe. Camila la miraba con una sonrisa cómplice, como quien sabe perfectamente lo que pasó del otro lado de la puerta. Le tiró un beso al aire —un muack sonoro, juguetón— y salió por la puerta giratoria del hotel.
Beatriz se quedó sola con el silencio del lobby, la tarjeta en una mano y los billetes en la otra. Veintidós años de carrera impecable, de uniforme planchado, de sonrisas profesionales. Y una noche entera escuchada desde un pasillo. Mañana, cuando se sentara frente al espejo del baño, no iba a saber bien qué cara ponerle a esa mujer del reflejo.
Pero la tarjeta no la tiró.