Lo que pasó esa noche con el practicante de fútbol
Antes de contarles lo que pasó con Esteban, tengo que aclarar algo. Yo era la asistente del equipo de fútbol del pueblo, junto con mis amigas Carolina y Tatiana. El entrenador anterior, Daniel, había sido amante de mi madre durante años, y también había sido mío en los vestuarios después de cada práctica. Mi madre lo sabía y nunca me dijo una palabra. Cuando Daniel se peleó con la dirección y renunció, todos pensamos que ese capítulo se había cerrado.
Lo que no esperaba era que llegara Esteban a reemplazarlo.
Esteban tenía veintidós años y estaba haciendo las prácticas de Educación Física de la universidad. Le dieron el puesto porque era del pueblo y conocía a media plantilla desde la infancia. Era moreno, alto, demasiado flaco para ser profesor de deporte. Nada que ver con la espalda ancha de Daniel. Pero tenía algo en la mirada que me incomodó desde el primer entrenamiento.
Me observaba sin disimulo. Yo le sonreía y bajaba la cabeza, fingiendo timidez, aunque por dentro la cosa hervía. Que un hombre me mirara así me ponía. Siempre me había puesto. Y a esas alturas yo ya cargaba con cierta fama: medio equipo había pasado por mis manos, empezando por Mateo, que fue el primero, y siguiendo por Iván, Bruno, Nicolás y otros que no vale la pena nombrar. Las chicas del colegio decían que Carolina y yo éramos las putas del equipo, y nosotras nos reíamos porque, en el fondo, no nos molestaba el título.
***
—¿Ves cómo te mira? —me dijo Carolina una tarde, mientras estirábamos en el césped.
—Ya sé.
—Te mira el culo.
—No digas eso, Caro.
—Como si no te gustara —se rio—. A ti te encanta.
Me puse roja, más por costumbre que por vergüenza real. Mateo y Iván estaban a unos metros, hablando con Esteban, y los tres se reían y nos señalaban con la cabeza. Yo sabía perfectamente lo que les estaba contando Mateo. Los hombres son así: lo cuentan todo, lo adornan, lo agrandan. Esteban escuchaba con cara de querer comprobar cada palabra por su cuenta.
—Esos imbéciles te están vendiendo barata —dijo Carolina, escupiendo el chicle.
—A las dos —contesté—. Ya veremos quién se ríe último.
Durante las semanas siguientes me dediqué a provocarlo. No de forma evidente, pero tampoco escondida. Iba a los entrenamientos con vestidos cortos y ajustados, con tops ombligueros que me marcaban hasta la respiración, con shorts ciclistas que dejaban poco a la imaginación. Esteban me seguía con los ojos cada vez que cruzaba el campo. Cuando me agachaba a recoger un balón, sentía su mirada clavada en la espalda como si me estuviera tocando.
Una tarde nos pilló a Mateo y a mí besándonos en una esquina del gimnasio. Estábamos manoseándonos sin pudor, él con la mano metida bajo mi falda. Esteban entró, carraspeó y, con una voz que intentaba sonar firme pero le temblaba, nos dijo que respetáramos el lugar, que ese no era sitio para esas cosas. Mateo se fue riéndose. Yo me quedé un segundo más de la cuenta, mirándolo, sabiendo que él también acababa de imaginarse en el sitio de Mateo.
***
El día que cambió todo lo recuerdo perfectamente. Yo había bajado al salón de Educación Física a guardar conos y petos, una tarea que solía caerme a mí porque las demás siempre encontraban excusas. Esteban estaba sentado al escritorio, ordenando papeles, y yo iba con una blusa blanca ombliguera con letras rojas, los hombros caídos, escote en U, y una minifalda de jean tan corta que no servía ni para inclinarme.
—Hola, profesor —le dije.
—No me digas profesor —contestó—. Todavía no lo soy. Llámame Esteban.
Me recorrió de arriba abajo sin disimulo. Se detuvo en el escote. Y cuando levantó los ojos, ya no era el mismo hombre tímido del primer día.
—Te conozco desde hace mucho —me dijo—. Conozco a tus padres. No me imaginaba que estuvieras así.
—¿Así cómo?
—Así.
Le sostuve la mirada un segundo de más y después me agaché a recoger un balón. Lo hice despacio. Sabía exactamente lo que estaba haciendo. La falda se me subió hasta la cintura, sentí el aire en la piel, y supe que él estaba viéndolo todo: la tanga blanca, los muslos, lo que había debajo. Justo en ese momento entraron Carolina y Tatiana. Lo pillaron mirando. Carolina soltó una carcajada. Esteban se levantó como si le hubieran puesto un alfiler en la silla, balbuceó una excusa y se fue del salón. No volvió hasta que escuchó la puerta cerrarse cuando salimos.
Aquella escena le rompió la última barrera. Desde ese día, cada vez que estábamos a solas, encontraba una excusa para rozarme. Una mano en la cintura para que pasara, un dedo que se quedaba más tiempo del necesario en mi brazo, una mirada que ya no se molestaba en ser discreta. Y a mí me gustaba. Aunque, para ser honesta, en ese momento no quería acostarme con él. Tenía la cabeza puesta en otro chico que acababa de llegar al equipo, Sebastián, un guapo de manual al que le había echado el ojo y al que estaba a punto de cazar. Pero esa es otra historia. Esa la cuento otro día.
***
Lo que terminó de cambiar las cosas fue el viaje.
El equipo tenía un partido en un pueblo a tres horas, uno de esos lugares calurosos donde el hotel tiene piscina y prometen aire acondicionado. Las tres asistentes íbamos: Carolina, Tatiana y yo. Nos avisaron que lleváramos vestidos de baño y ropa de verano, y nosotras hicimos las maletas con una sonrisa cómplice. Sabíamos que esa noche, lejos del pueblo, lejos de las miradas de la gente que nos conocía, las cosas serían distintas.
El partido fue por la mañana. Yo llevaba un vestidito ridículo, ajustado y corto, que de tanto saltar animando se me subía hasta dejar la tanga al aire. Mis amigas me daban codazos para que me lo bajara. Yo me reía. En las gradas había unos chicos del pueblo anfitrión que no nos quitaban los ojos de encima. Uno me guiñó. Yo le sonreí. Esteban lo vio todo desde el banquillo y se le ensombreció la cara como si le hubieran metido el dedo en una herida.
Cuando ganamos el partido, fuimos al hotel. Y en cuanto pisé la piscina supe que el resto del día iba a ser una guerra silenciosa.
Me había puesto un bikini lila, una tanga minúscula y un sostén que apenas me cubría los pezones. Cuando salí del vestidor, hubo unos segundos de silencio. Tatiana suspiró, Carolina silbó, y Esteban dejó de respirar. Lo vi. Vi cómo bajaba el aire al fondo del pulmón y se le quedaba ahí, atrapado.
—Por qué no te tapas un poco más —murmuró Tatiana.
—Porque no tengo nada que tapar —contesté.
Carolina se tiró al agua de cabeza y yo bajé despacio por la escalera, dejando que cada peldaño durara una eternidad. Éramos tres mujeres entre veinticinco hombres. Lo que pasó después era previsible: empezaron los manoseos, los tirones de pelo bajo el agua, las manos que se colaban en sitios que no debían. Tatiana se enfadaba, le contestaba a los chicos, les pedía respeto. Carolina y yo nos lo tomábamos con humor. Mateo y Bruno me agarraron entre los dos para quitarme el bikini de arriba, me dejaron las tetas al aire un buen rato y, cuando por fin Tatiana lo recuperó y me lo devolvió, ya media piscina me había visto.
Esteban también me había visto. Y se le notó.
Empezamos a jugar con una pelota y los toqueteos se volvieron parte del juego. Esteban se acercaba con cualquier excusa, con la pelota, sin la pelota, y en una jugada me arrinconó contra la esquina de la piscina. Sentí su pecho contra mi espalda. Sentí algo más. Lo sentí duro contra mis nalgas, debajo del agua, y un calor que no tenía nada que ver con el sol me subió por la columna. Él no se movió. Yo tampoco.
—Qué rico, si esto fuera mío para hacerle cositas —me susurró al oído cuando logró acomodarse el bañador delante de mí.
Yo le sonreí, ajustándome el sostén con calma teatral.
—Quizá esta noche se le cumple.
***
Después de la piscina hubo un parón largo. Carolina y yo bajamos a una tienda con Tatiana, y de paso coqueteamos con unos chicos en la entrada del hotel. Eran tres, los habíamos visto en la cena del restaurante, y nos miraban como si llevaran semanas sin ver a nadie. Yo me dejé mirar. Caminé un poco más despacio. Me reí más alto. Esteban lo vio todo desde el lobby. Y, esta vez, no me habló durante el resto de la tarde. Ni un saludo. Nada.
Bajé a cenar con un vestido blanco de tirantes, escotado, ajustado, tan corto que se notaba el contraste de la tanga negra debajo de la tela fina. No me puse sujetador. No quería ponerme sujetador. Quería que esa noche pasara algo y no me importaba demasiado con quién.
—Casi sales desnuda —me dijo Tatiana en el ascensor.
—Si pudiera, sí.
—Pareces una loca buscando macho.
—Y lo soy —contesté, mirándome en el espejo del ascensor—. Lo soy esta noche.
Carolina se mordía el labio para no reírse. Esteban estaba en el restaurante, hablando con los jugadores, fingiendo que no me miraba mientras me miraba. Los tres tipos de la tarde estaban en otra mesa. Cuando salimos al pasillo después de cenar, ellos estaban ahí esperando, y Tatiana se enfadó, se fue a la habitación pegando un portazo. Carolina y yo nos quedamos.
Bailamos con ellos en una salita del hotel, bebimos demasiado, dejamos que nos manosearan más de la cuenta. Uno me había metido la mano por debajo del vestido en la pista. Otro le proponía a Carolina un trío conmigo y los tres. Yo le dije que sí, casi sin pensarlo. Estábamos a punto de subir a su habitación cuando aparecieron Esteban y Mateo en el pasillo, con la cara descompuesta. También habían bebido. Nos agarraron de la mano y nos arrastraron de vuelta sin decir una palabra.
***
Mateo se llevó a Carolina y Esteban se quedó conmigo en el pasillo de las habitaciones. Caminaba un paso por delante de mí, callado, con la mandíbula apretada.
—¿Por qué no me hablas? —le pregunté.
—Porque os fuisteis sin permiso.
—Estás celoso.
No me contestó. Llegamos a la puerta de mi cuarto. Hizo el gesto de irse, de darse la vuelta, de salvar lo poco que le quedaba de profesionalismo. Yo lo dejé llegar hasta el final del pasillo y entonces le hablé en voz baja, sabiendo que a esa hora no había nadie más en la planta.
—¿Te vas a ir y me vas a dejar así?
Se detuvo.
—¿Así cómo?
—Así. Con ganas. Con ganas de que me hagas sentir mujer.
Esa frase nunca me había fallado. Funcionaba con ellos como una llave.
Esteban se dio la vuelta despacio. Yo me subí el vestido hasta la cintura, le mostré la tanga mojada, la separé un poco con dos dedos para que viera que no estaba mintiendo. Él dejó de pensar. Lo vi en su cara. Cruzó el pasillo en tres zancadas, me agarró del brazo y me arrastró a un recoveco oscuro detrás del ascensor, donde la luz no llegaba.
Me besó como si llevara meses guardándolo. Me bajó los tirantes del vestido de un tirón, me dejó las tetas fuera y me las chupó con una desesperación que me hizo gemir contra su hombro. Le bajé la mano hasta el bulto del pantalón y apreté hasta que gruñó. Estaba durísimo. Estaba más duro de lo que esperaba de un chico tan flaco.
Me arrancó la tanga. Literalmente. Oí cómo se rompía la costura y me dio igual. Me levantó una pierna apoyándola en su cintura y entró de un solo empujón, sin avisar, sin pedir permiso, y yo tuve que morderle el cuello para no gritar. Empezó despacio, casi con cuidado, y después se le fue olvidando el cuidado. Me embistió contra la pared con una rabia que no era suya, una rabia heredada de toda la tarde viéndome con otros. Yo me dejé. Le clavé las uñas en la espalda por encima de la camisa. Le mordí el labio. Le susurré al oído cosas que solo se dicen cuando una ya está más allá del pudor.
Se vino dentro de mí con un quejido sordo, tapándome la boca con la mano para que el pasillo no nos delatara. Yo sentí cómo se vaciaba en oleadas, cómo se le doblaban las piernas un segundo, cómo después se quedaba apoyado en mi hombro respirando como si hubiera corrido un maratón.
—De rodillas —le dije en voz baja, todavía con su mano en mi boca.
Y se puso. Me la chupé yo a él un rato más, pero antes lo obligué a probarse en mis labios, a saber a qué sabía lo que me había dejado dentro. Después me arreglé el vestido, me peiné con los dedos y caminé hasta mi habitación sintiendo cómo me bajaba un hilo caliente por la cara interna del muslo, marcando el camino que él no veía.
Carolina y Tatiana me esperaban despiertas. Tatiana me miró las piernas, sacudió la cabeza y se metió en la cama sin decir nada. Carolina me hizo señas para que le contara, y yo solo le sonreí.
Aquella no fue la última vez con Esteban. Hubo tres más, en mi casa, cuando mis padres no estaban. Pero esa primera, la del pasillo del hotel a las cuatro de la mañana, fue la única que recuerdo con la piel entera.