Lo que Lucía me pidió en aquella playa desierta
Salí del agua temblando de frío y la vi acomodándose el bikini al sol. Ninguno de los dos sabía que esa mañana lo cambiaría todo entre nosotros.
Salí del agua temblando de frío y la vi acomodándose el bikini al sol. Ninguno de los dos sabía que esa mañana lo cambiaría todo entre nosotros.
Volví al colegio esa tarde con la excusa de estudiar en la biblioteca, pero ninguna de las dos íbamos a abrir un solo libro. Íbamos por ellos.
Sonó el teléfono y era él, ofreciéndome una sesión esa misma tarde. Por su tono supe que no íbamos a hablar solo de masajes.
Esperé a que las puertas se cerraran. Diego ya besaba a su novia sin disimulo, y la hermana de ella me miraba de reojo, mordiéndose el labio, sin saber qué hacer con las manos.
Sabía que él me deseaba desde hacía meses, y yo no iba a parar hasta tenerlo en mi cama. Lo que no calculé fue quién nos descubriría después.
Entré al baño por error y lo encontré bajo el agua. Desde esa tarde, cada noche que estoy sola vuelvo a esa imagen y no logro sacármela de la cabeza.
Hay cosas que nunca dije en voz alta. Esta es una de ellas: lo que mi prima planeó conmigo aquel enero, sin que yo me diera cuenta hasta que ya era tarde.
Conduje dos horas hasta una casa de piedra en mitad de la nada. No sabía que esa noche dejaría de ser un simple invitado para convertirme en su fantasía.
Habían pasado dos años. Entró con su sobrino de la mano, se sentó a tres mesas de la mía y, sin decir una palabra, empezó a recordarme todo lo que fuimos.
Llevaba ocho años de matrimonio cómodo y vacío cuando aquel hombre le sonrió entre las góndolas. No imaginó que esa sonrisa la dejaría sin marido, sin amante y, por fin, frente a sí misma.
Bianca llevaba siete años acostumbrada a no sentirse deseada. Esa noche, en una cama ajena, descubrió que su cuerpo podía ser el centro de todo.
Lo vi quitarse la camiseta sudada mientras subíamos los muebles al tercer piso. No imaginé que esa misma madrugada su mano buscaría la mía bajo las sábanas.
La azafata tocó el timbre justo cuando él estaba dentro de mí. Lo que hizo cuando abrió la puerta cambió la noche, el viaje y todo lo que vino después.
Llevaba el sombrero de vaquera y ninguna intención de volver sola. No imaginaba que un desconocido me propondría algo que nunca antes me había atrevido a probar.
Lo dijo en voz baja entre las máquinas, con el sudor todavía en la espalda: necesitaba que alguien la deshiciera. Carla sonrió y sacó el teléfono del bolsillo.
Siempre es tan serio frente a los demás. Nadie imagina que basta una mirada suya para que yo baje la vista, me acerque y me arrodille sin que tenga que pedírmelo.
Le pedí ayuda para llegar al lavabo con ese traje imposible. Lo que hizo cuando cerró la puerta a nuestras espaldas no entraba en mi contrato.
Sabía que su mirada estaba clavada en mi espalda mientras me desnudaba junto al armario. Dejé la puerta del baño entornada a propósito: la invitación estaba servida.
Salí a hacerme un café con una bata de satín y nada debajo. Él estaba en el sofá, fingiendo leer, y los dos sabíamos que esa mañana iba a pasar algo.
Mientras limpiaba el escritorio descubrí lo que mi marido leía a escondidas. Esa misma noche decidí averiguar hasta dónde estaba dispuesto a llegar conmigo.