Lo que nos confesamos después de la cena de empresa
Llevábamos cuatro años trabajando juntos en la misma empresa cuando por fin nos dijimos la verdad. Cuatro años de buenos días en el pasillo, de cafés en la máquina del hall, de reuniones interminables donde nos mirábamos con esa complicidad silenciosa que se desarrolla sola entre personas que se entienden sin necesidad de hablar mucho. Pero esa noche, después de la cena de empresa en el restaurante del puerto, todo cambió.
Andrés se quedó sentado cuando los demás se levantaron. Yo también. No hubo acuerdo tácito, o quizás sí lo hubo. El caso es que cuando el último compañero se despidió agitando la mano desde la puerta, los dos seguíamos ahí, con las copas de vino a medias y la música de fondo llenando el espacio que debería haberse vuelto incómodo y no lo hizo.
—¿Otro vino? —preguntó él.
—Tengo que trabajar mañana —respondí.
—Yo también.
Pedimos la botella.
Andrés había quedado viudo dos años antes de que yo llegara a la empresa. Lo sabía porque me lo había contado Carmen, la de administración, en mi primera semana, con ese tono de confidencia que tienen las personas que llevan mucho tiempo en un sitio. «Perdió a su mujer muy joven», me dijo. «Pero está bien. Es fuerte.» Yo no supe qué responder entonces. Esa noche en el restaurante, ya tenía más claro por qué era tan reservado con ciertas cosas y tan abierto con otras.
—¿Qué fue lo más raro que te ha pasado en la vida? —pregunté, sin saber muy bien de dónde salió la pregunta. El vino tenía algo que ver.
Él me miró. Una mirada larga, de esas que calibran si uno puede recibir la respuesta real o si prefiere una versión suavizada.
—¿Raro en qué sentido?
—En cualquier sentido.
Otra pausa. Llenó su copa despacio.
—Estuve en un club con mi mujer —dijo al fin—. Un club de intercambio de parejas. Hace bastantes años. Antes de que ella se pusiera enferma. Fuimos un par de veces. Las dos fueron muy diferentes entre sí.
No me esperaba eso. O sí, pero no tan directo ni tan pronto. Me gustó esa directness.
—¿Y? —dije.
—Y fue interesante. Descubrimos cosas el uno del otro que de otra manera no habríamos descubierto en veinte años de matrimonio.
Bebí un sorbo.
—¿Cosas buenas o malas?
—Buenas. —Sonrió de lado—. Todas buenas.
Ahí empezó. Esa conversación que dura horas y que, cuando termina, ya no puedes volver atrás. Me contó que con su mujer habían tenido un trío con otra mujer, y que él se había pasado media noche mirando cómo su mujer le comía el coño a la desconocida mientras él la follaba por detrás, agarrándole las caderas y viendo cómo ella gemía con la boca llena. Me contó también el trío con un amigo de ambos, cómo su mujer les había mamado la polla a los dos al mismo tiempo, alternando entre uno y otro, y cómo después ella había pedido que la penetraran los dos a la vez, uno por el coño y otro por el culo, y que aquello había sido lo más brutal e íntimo que habían compartido nunca. Que él de joven, antes de casarse, había estado con hombres en varias ocasiones, que le había chupado la verga a más de uno y que también había recibido más de una polla dentro. Que no se arrepentía de nada de eso. Que su mujer lo sabía todo y nunca lo juzgó. Que eso era lo que más echaba de menos de ella: tener a alguien que te conociera de verdad y no corriera.
Lo dijo con una calma que me resultó más íntima que cualquier otra cosa que pudiera haber dicho.
Pedí más pan y lo dejé hablar. Hay personas que cuando se abren lo hacen de golpe, sin filtro, con toda la confianza del mundo o ninguna. Andrés era así. Le costaba arrancar, pero cuando arrancaba no paraba a medias. Me contó que después del duelo, había tardado casi dos años en follar con alguien. Y que cuando lo hizo, se dio cuenta de que había cosas que no quería esconder nunca más. Que la vida era demasiado corta para presentarse como una versión recortada de uno mismo.
—¿Y en el trabajo? —pregunté—. ¿Nadie lo sabe?
—Que mi mujer murió, sí. El resto, no. —Hizo una pausa—. Hasta esta noche.
***
Llegó mi turno sin que nadie lo anunciara. Simplemente, cuando él terminó, me miró y esperó. Y yo hablé.
Le conté lo del divorcio. No el relato oficial —el que le daba a la gente para que parara de preguntar— sino el real. Mi exmarido no era mala persona, pero era completamente incapaz de hablar de sexo sin ponerse tenso. Follaba con las luces apagadas, encima de mí, tres minutos y a dormir. Nunca me mamó el coño. Nunca me pidió que le chupara la polla mirándolo a los ojos. Nunca me dijo una guarrada al oído. Lo trataba como algo que se hace y no se comenta, con esa incomodidad de quien ha aprendido desde pequeño que el deseo es algo de lo que hay que avergonzarse. Yo aguanté años masturbándome a escondidas en la ducha, mordiéndome la mano para no gemir. Y en algún momento dejé de aguantar.
—¿Le fuiste infiel? —preguntó Andrés. Sin juicio. Solo curiosidad.
—Sí. Una vez. Con una mujer.
Silencio. De los buenos.
—Cuéntame.
Y lo hice. Le conté lo de Isabel. Nos habíamos conocido en un curso de fotografía, una tarde de otoño. Ella era directora de arte en una agencia. Tenía el pelo muy corto y unas manos que nunca estaban quietas. Nos hicimos amigas primero. Luego, una noche que mi marido estaba de viaje de trabajo, abrimos una botella de vino en su apartamento y acabamos desnudas en su cama antes de la segunda copa. Le conté a Andrés cómo Isabel me había desnudado despacio, cómo me había besado los pezones hasta que se me pusieron duros como piedras, cómo se había arrodillado entre mis piernas y me había separado los labios del coño con los pulgares antes de empezar a lamerme con una lengua que sabía exactamente qué hacer. Me corrí en su boca dos veces esa noche, gritando cosas que nunca antes había dicho en voz alta. Después le devolví el favor, aprendiendo sobre la marcha, con la cara empapada de su humedad, chupándole el clítoris hasta que ella me clavó las uñas en la nuca y se corrió temblando contra mi lengua. Terminamos con ella encima de mí, coño contra coño, restregándose despacio hasta que las dos nos corrimos otra vez, mirándonos a los ojos. No nos fuimos a dormir hasta las cinco de la madrugada.
No me arrepentí entonces ni me arrepiento ahora. Fue la primera vez que entendí que el deseo podía ser algo completamente mío, sin que nadie lo administrara por mí.
—¿Solo esa vez? —preguntó Andrés.
—Con ella, sí. Después del divorcio, con otras mujeres también. Y con hombres. —Hice una pausa—. Estuve un año y medio siendo muy poco responsable con mi propio tiempo libre.
Se rio. Fue una risa limpia, sin malicia.
—¿Y ahora?
—Ahora soy un poco más selectiva. Pero sigo siendo curiosa.
Me miró durante un segundo más de lo necesario antes de responder.
—La curiosidad es lo mejor que puede tener una persona.
El restaurante estaba ya casi vacío. Un camarero joven empezaba a recoger mesas en el otro extremo del local. La botella que habíamos pedido tenía apenas un dedo en el fondo. Ninguno de los dos hizo ademán de levantarse.
—Hay algo que nunca he hecho —dije, sin saber muy bien por qué lo decía en ese momento.
—¿Qué?
—Follar con alguien que ya me conoce. Que me haya visto en el trabajo, que sepa cómo me pongo cuando me estresa una presentación, cómo tomo el café. Siempre he separado mucho esas dos cosas.
Andrés no respondió enseguida. Terminó su vino.
—Yo tampoco. Desde mi mujer, quiero decir.
***
Salimos del restaurante cuando el camarero empezó a apilar sillas en las mesas del fondo. La noche estaba fresca, con ese olor a salitre que tiene el puerto cuando baja la temperatura. Caminamos sin dirección concreta, con las manos en los bolsillos.
—¿Tienes algo que hacer mañana por la mañana? —preguntó él.
—Reunión a las diez.
—Tiempo de sobra, entonces.
Lo miré. Él me devolvió la mirada sin apartar los ojos.
—¿Qué estás proponiendo exactamente? —pregunté, aunque ya lo sabía.
—Que terminemos esta conversación en algún sitio más cómodo.
No era la primera vez que me lo planteaba en abstracto. Durante esos cuatro años de pasillo y cafés y reuniones, había habido momentos. Miradas que duraban un segundo de más. Roces en la fotocopiadora que podrían haber sido fortuitos y probablemente no lo eran. Pero nunca habíamos cruzado esa línea, y los dos lo sabíamos.
—¿Y el trabajo? —dije.
—El trabajo existe mañana. Esta noche solo existimos nosotros.
Era una frase horrorosa. Se lo dije.
—Completamente de acuerdo —admitió—. Pero la pregunta sigue en pie.
***
Su apartamento era exactamente como me lo esperaba: ordenado sin ser frío, una sola lámpara encendida en el salón, libros en los estantes sin criterio aparente, una guitarra apoyada contra la pared que claramente no tocaba desde hacía tiempo. Me quedé mirando los lomos de los libros mientras él abría una botella de whisky en la cocina.
—¿Con hielo? —preguntó desde allí.
—Solo.
Vino con dos vasos y se sentó a mi lado en el sofá. No demasiado cerca. Lo suficiente.
—¿Sigues siendo curiosa? —preguntó, retomando el hilo de antes como si no hubieran pasado cuarenta minutos.
—Depende de qué.
—De lo que te preguntaría si nos conociéramos de hace cinco minutos y no de cuatro años.
—Pregunta y vemos.
Me miró un momento largo antes de hablar.
—¿Alguna vez has estado con alguien que supiera exactamente lo que quería de ti? Sin negociaciones, sin malentendidos. Alguien que simplemente lo entendiera desde el principio.
Pensé en Isabel. Pensé en una noche en Bilbao con un hombre que me había follado contra la ventana de su hotel y me había hecho correrme cuatro veces. Pensé en las veces que había estado con alguien y me había sentido completamente sola de todas formas.
—Pocas veces —dije—. Muy pocas.
—Yo también. —Dejó su vaso en la mesa—. Creo que esta noche podríamos hacer algo al respecto.
Lo que siguió no fue urgente. Eso es lo que más recuerdo: que no hubo prisa. Sus manos en mi cara antes de besarme. Un beso largo, con lengua, sin apuro, mientras su mano bajaba por mi cuello y me rozaba un pecho por encima del vestido, notando cómo se me endurecía el pezón bajo la tela. La forma en que me miró después de ese primer beso, como preguntando si seguíamos. Seguíamos.
Nos movimos del sofá al dormitorio sin dramatismo. Me bajó la cremallera del vestido en el pasillo y dejó que cayera al suelo. Yo llevaba un conjunto negro debajo, medias hasta el muslo, y él se quedó quieto un segundo mirándome antes de acercarse otra vez. Le desabroché la camisa uno a uno, botón por botón, sin prisa, besándole el pecho a medida que iba apareciendo. Cuando llegué al cinturón, se lo desabroché mirándolo a los ojos y le bajé el pantalón. Tenía la polla dura apretada contra la tela del calzoncillo, y cuando lo liberé se me escapó un ruido bajo, casi de aprobación. Era gruesa, con las venas marcadas, más grande de lo que había imaginado en esos cuatro años de imaginaciones robadas en reuniones.
Me arrodillé en la moqueta antes de llegar a la cama. Le cogí la verga con una mano y le pasé la lengua desde la base hasta la punta, despacio, mirándolo. Él se apoyó en la pared. Me metí el glande en la boca y empecé a chuparlo, primero solo la punta, saboreando la gota salada que ya asomaba, y después bajé más, tragándomelo hasta la mitad, sacándolo, volviendo a bajar. Le agarré los huevos con la otra mano y se los acaricié mientras le mamaba la polla con ganas, con ruido, sin fingir elegancia. Andrés me puso una mano en el pelo, sin empujar, solo acompañando, y respiraba profundo cada vez que llegaba al fondo.
—Joder —murmuró—. Así.
Seguí un buen rato, alternando, chupándosela entera y luego lamiéndole los huevos, escupiendo saliva sobre la verga para que resbalara mejor entre mi mano y mi boca. Cuando noté que empezaba a tensarse de más, saqué la polla de la boca y le miré desde abajo.
—A la cama —dije.
Tenía la habitación en penumbra, con la luz del pasillo entrando por la puerta entreabierta. Lo suficiente para verse sin tener que verlo todo. Me tumbó de espaldas, me quitó las bragas por los tobillos y me abrió las piernas sin ceremonias. Se agachó y me besó el interior de los muslos, subiendo despacio, mordiéndome suavemente, hasta que su boca llegó al coño. Ya estaba empapada. Lo notó y sonrió contra mi carne.
—Estás chorreando —dijo.
—Llevo cuatro años estándolo cada vez que te veo —contesté, y era verdad.
Empezó a lamerme con la lengua plana, de abajo arriba, cubriendo todo el coño en cada pasada. Se tomó su tiempo. Y yo me lo tomé también. Me separó los labios con los dedos y encontró el clítoris con la punta de la lengua, dando vueltas alrededor sin tocarlo del todo, jugando conmigo, hasta que le agarré la cabeza y le empujé contra mí. Entonces se puso serio. Me chupó el clítoris con los labios, aspirando suavemente, mientras me metía dos dedos en el coño y los curvaba hacia arriba. Encontró el punto a la primera. Empecé a temblar casi enseguida, agarrando las sábanas con las dos manos, arqueando la espalda.
—No pares —gemí—. Por favor, no pares.
No paró. Me lamió y me la metió con los dedos hasta que me corrí en su boca, apretándole la cabeza entre los muslos, gritando algo que no era una palabra concreta. Me quedé jadeando, con los ojos cerrados, sintiendo el temblor de la corrida bajando por las piernas.
Él subió por mi cuerpo besándome la barriga, el ombligo, los pechos. Me chupó cada pezón con calma, mordiéndolos apenas, y me besó en la boca. Me sabía a mí misma. Le devolví el beso hondo, buscándole la lengua.
—Fóllame —le dije al oído—. Ya.
Se puso un condón que sacó del cajón de la mesilla. Le agarré la polla y la guie yo misma hasta la entrada de mi coño. Empujó despacio, dejándome sentir cada centímetro, y se me escapó un gemido largo cuando lo tuve entero dentro. Era grueso. Me llenaba de verdad.
—Joder, qué apretada estás —dijo entre dientes.
Empezó a moverse. Lento primero, sacándola casi entera y volviendo a meterla hasta el fondo, apoyado en los codos, mirándome a los ojos. Cada embestida me arrancaba un sonido. Le pasé las piernas por la cintura y le clavé los talones en el culo, pidiéndole más profundidad. Él aceleró un poco, sin perder el ritmo, hasta que sus caderas chocaban contra las mías con un ruido húmedo y constante.
Le dije lo que quería con palabras cuando las palabras funcionaban, y con el cuerpo cuando era más claro así. Y él hizo lo mismo. Sin rodeos.
—Ponte a cuatro patas —le pedí.
Salí de debajo de él y me di la vuelta, apoyándome en las manos y las rodillas, con el culo levantado hacia él. Me puso una mano en la cadera y con la otra se guio la polla otra vez adentro. Cuando entró de nuevo me arqueó la espalda de placer. En esa postura llegaba más hondo, tocaba algo dentro de mí que me hacía apretar los ojos. Empezó a follarme más fuerte, sujetándome de las caderas con las dos manos, tirando de mí hacia él con cada embestida.
—Dilo —jadeó—. Dime qué quieres.
—Más fuerte —gemí contra la almohada—. Rómpeme.
Me dio una palmada en el culo, no fuerte pero seca, y aceleró. Sentí el calor subirme por toda la espalda. Bajó una mano y me buscó el clítoris con los dedos mientras me seguía embistiendo, frotando en círculos, y en menos de un minuto me estaba corriendo otra vez, apretando la polla dentro de mí con las paredes del coño, mordiendo la almohada para no despertar al edificio entero.
Pero no había terminado. Fue directo cuando necesitaba serlo. Fue lento cuando yo lo pedí. Me hizo tumbarme boca arriba otra vez y se puso de rodillas entre mis piernas, doblándomelas sobre el pecho, agarrándome los tobillos, y me folló así, mirándome, con la polla entrando y saliendo de mi coño a la vista de los dos. Yo me acariciaba los pechos, me pellizcaba los pezones, le decía guarradas al oído cuando se agachaba a besarme.
—Me encanta cómo me la metes —le susurré—. Llevo cuatro años imaginándome esto.
—Yo también —dijo con la voz rota—. Cada puta reunión.
Cambiamos otra vez. Me subí encima de él, a horcajadas, y me empalé despacio sobre su verga, sintiéndolo llenarme desde abajo. Empecé a moverme, primero lento, meciéndome adelante y atrás, y después subiendo y bajando, con las manos apoyadas en su pecho. Él me miraba desde abajo, con las manos en mis pechos, jugándome con los pezones entre los dedos. Verle la cara así, el hombre que llevaba cuatro años saludándome en el pasillo con un buen día formal, con esa expresión de puro deseo, me puso todavía más caliente.
—Me voy a correr otra vez —le avisé.
—Córrete encima mío —dijo—. Móntame hasta que te corras.
Aceleré. Me apoyé más adelante, buscando el ángulo en que el clítoris me rozaba contra su pubis en cada bajada, y en unos minutos me estaba corriendo por tercera vez, gimiendo su nombre, con el coño convulsionando alrededor de su polla.
Entonces él me dio la vuelta, me puso otra vez boca abajo y se colocó encima. Me metió la verga hasta el fondo y empezó a embestir a un ritmo constante, más rápido, buscando su propio final. Yo tenía la cara contra la almohada, arqueando el culo para recibirlo mejor, sintiendo cómo sus huevos me golpeaban contra el coño en cada envite.
—Voy a correrme —jadeó.
—Córrete —le dije—. Córrete adentro, córrete donde quieras.
Empujó dos, tres veces más, hondo, y se quedó quieto encima de mí con un gemido largo, agarrándome de las caderas mientras se corría dentro del condón. Sentí cómo la polla le palpitaba dentro de mí, cómo respiraba contra mi nuca.
Y en ningún momento dejé de sentir que era yo misma, no una versión performance de mí misma diseñada para impresionar a alguien que no me conoce. Eso, que parece poca cosa, es en realidad todo.
Se dejó caer a mi lado. Nos quedamos un rato así, respirando, con las piernas enredadas. Me acariciaba la espalda con la punta de los dedos, despacio, siguiendo el trazo de la columna.
En algún momento de la noche, entre una pausa y la siguiente —porque hubo otra, más tarde, más lenta, con él detrás de mí como cucharas y su mano en mi coño mientras me penetraba muy despacio hasta que las dos corridas se solaparon en una sola—, le pregunté por qué había tardado tanto.
—¿Tanto en qué? —dijo.
—En decirme todo lo que me dijiste esta noche. En hacer todo esto.
Pensó un momento con los ojos en el techo.
—No sabía si ibas a correr.
—Y yo no sabía si ibas a juzgarme.
—Nunca haría eso.
—Lo sé. Ahora lo sé.
***
No me quedé a dormir. No porque no quisiera, sino porque soy de las personas que necesitan su propio espacio para procesar las cosas importantes antes de dormirse. Salí pasadas las tres con el mismo vestido con que había llegado a la cena, con el coño todavía palpitando y el sabor de él en la boca, caminé hasta el coche y me quedé sentada un momento antes de arrancar.
No me sentí rara. Eso fue lo primero que noté. No había esa mezcla de euforia y arrepentimiento que a veces viene después de estos encuentros. Solo una especie de claridad, como cuando finalmente dices en voz alta algo que llevas tiempo sabiendo y que ya no puedes des-saber.
Al día siguiente, en la reunión de las diez, Andrés entró dos minutos tarde con un café en la mano y se sentó frente a mí. Me miró exactamente el tiempo necesario para que yo supiera que lo recordaba todo, y luego miró la pantalla del proyector como si nada. Nadie en esa sala notó absolutamente nada.
Seguimos trabajando juntos. Seguimos tomando cafés en la máquina del hall. Y de vez en cuando, cuando los dos tenemos ganas y las circunstancias lo permiten, seguimos contándonos cosas que muy poca gente sabe de nosotros. Continuamos explorando juntos esas parcelas que cada uno había recorrido por separado durante años: un fin de semana fuera en el que apenas salimos de la habitación del hotel, una noche en su apartamento con una amiga suya que resultó ser tan abierta como nosotros y que acabó con las tres bocas ocupadas y las tres corriéndonos por turnos, conversaciones a las tres de la mañana sobre lo que queremos y lo que no.
No somos pareja. Lo hemos hablado con claridad. No es lo que ninguno de los dos necesita ahora mismo, y los dos lo sabemos con suficiente honestidad como para no forzarlo. Lo que tenemos es otra cosa: más ligero en algunos sentidos, más profundo en otros. Sin la presión de ser exactamente lo que el otro espera que seas a largo plazo.
Solo dos personas que se encontraron una noche de vino y confesiones, y decidieron no pretender que no había pasado.
A veces la mejor relación que puedes tener con alguien es exactamente la que decidís tener, sin que nadie os diga desde fuera cómo tiene que llamarse.