Confesión: mi viaje a Filipinas lo cambió todo
Hay cosas que uno jura llevarse a la tumba. Esta es una de ellas. Nunca se la he contado a nadie, ni a mi mejor amigo, el único que sabía que aquel verano me había marchado quince días solo al sudeste asiático. A mi mujer le dije que iba a una convención de trabajo en Madrid. Ya pasaron tres años, y todavía pienso en aquello cada vez que ella me abraza por la espalda.
Aterricé en Manila un martes por la mañana, con los ojos hinchados por el insomnio del vuelo y una mochila con lo justo. Había leído foros, había hecho lo que se hace cuando uno se va así de solo: había estudiado barrios, precios, direcciones. Me decía que iba a desconectar, que necesitaba aire, pero la verdad es que iba a buscar lo que en mi casa llevaba años sin encontrar.
Los primeros días fueron un desastre. No voy a entrar en detalles porque todavía me da vergüenza, pero digamos que aprendí rápido que no todo lo que parece una mujer lo es, y que yo era más ingenuo de lo que creía. Pasé tres noches maldiciendo mi suerte en la habitación, pidiendo cervezas al servicio y planeando el regreso a España.
El cuarto día salí temprano, dispuesto a no volver con las manos vacías. Entré en un bar con terraza que daba al malecón y pedí mariscos. Estaba comiendo tranquilo cuando la vi entrar. Se llamaba Lian. Morena, con curvas reales, los hombros anchos y una forma de caminar que parecía ensayada frente a un espejo. Me miró directo, como quien no tiene tiempo que perder, y se sentó sola dos mesas más allá.
Le ofrecí una copa. Aceptó. Hablamos media hora de nada: del calor, de la música que ponían, de lo caro que era el pescado en Europa. Le pregunté, sin mucho rodeo, si estaba trabajando. Ella sonrió y me dio los precios con la misma naturalidad con la que me había pedido un trago más.
—Depende de lo que quieras —me dijo.
Después de mis días de confusión, no pensaba confiar en nadie sin más. Le pedí que me enseñara que era quien decía ser. Ella se rio, me llevó al baño del bar, cerró la puerta y, sin dramatismo, me despejó la duda. No hubo perversión en aquel gesto: fue un trámite, como mostrar el pasaporte en una frontera.
Negociamos un precio por toda la tarde y toda la noche. Pagué la cuenta, cogí mi mochila y volvimos caminando al hotel. Lian iba tres pasos por delante, con las sandalias golpeando las baldosas rotas de la acera.
***
—Ya estás duro, guapo —me dijo en cuanto cerré la puerta.
Dejé el dinero sobre la mesita y me tiré en la cama. Ella puso música en el móvil, algo lento con voz grave. Se quitó la falda despacio, sin espectáculo barato, y se quedó en ropa interior. Tenía el cuerpo de quien hace el trabajo cinco días a la semana: seguro, limpio, consciente de cada movimiento.
Al principio fui brusco. Me doy cuenta ahora. Le agarré la nuca, la dirigí, le dije cosas que solo había escuchado en películas. Ella se dejó hacer un rato, hasta que sacó la boca y me puso una mano en el pecho.
—Tranquilo. Tenemos toda la noche. Así no vas a aguantar ni treinta minutos.
Aquella frase me ajustó algo por dentro. No era una queja. Era una instrucción profesional. La miré a los ojos y entendí que el que no sabía lo que hacía era yo.
Cambié el ritmo. Me dejé llevar por ella. Se tumbó boca arriba, abrió las piernas y me pidió que me tomara mi tiempo. Le pasé la boca por el cuello, por la clavícula, por las costillas. Le pregunté qué le gustaba y me lo dijo. Le pregunté qué no y me lo dijo también. Me pareció más honesto que cualquier conversación que hubiera tenido en años.
Pasamos dos horas así, entre la cama y la ducha, hablando de cosas ridículas entre caricia y caricia. Me contó que tenía una hija de cuatro años, que vivía con su madre en un pueblo tierra adentro, que quería montar una peluquería antes de cumplir los treinta. Yo le hablé de mi trabajo, de cómo llevaba diez años haciendo lo mismo sin levantar la cabeza del ordenador.
En algún momento de la madrugada, Lian se dio la vuelta y apoyó la frente en mi hombro.
—Me pagas por estar aquí —me dijo bajito—. No por esto. Esto no se lo hago a casi nadie.
No supe qué contestar. Le besé la frente como un idiota y nos quedamos dormidos.
***
Al día siguiente, Lian se fue con la mitad del dinero metido debajo de la almohada.
—No me debes lo de anoche —dijo desde la puerta—. Pero sí me debes un favor. Te voy a mandar a alguien que te va a gustar más que yo.
Protesté. Le dije que no quería a nadie más, que me sobraba con ella. Me miró como si yo no entendiera nada.
—Te quedan once días. Tú no viniste aquí a enamorarte. Y yo no voy a quedarme atrapada por un tipo simpático.
Cerró la puerta con suavidad. No la volví a ver.
A mediodía llamaron a la habitación. Lian cumplía su palabra: había mandado a tres chicas distintas para que yo escogiera. Una era demasiado joven para mi gusto y le dije que no con un gesto. La segunda tenía prisa y se le notaba. La tercera se llamaba Nok. Tenía los ojos un poco cansados, la boca ancha y un modo de quedarse quieta que me pareció inteligente.
—Cinco días —le dije—. Hasta que me vaya.
—Cinco días —repitió ella, como quien firma un papel.
***
Con Nok aprendí cosas que no voy a justificar. Una fue que pagar por una semana entera transforma la relación en algo más parecido a un matrimonio extraño que a una transacción. Desayunábamos juntos, salíamos a mercados, cenábamos en terrazas sobre el agua. Le compré ropa que no necesitaba; ella me compró a mí una pulsera trenzada con mi nombre mal escrito que todavía conservo en un cajón.
La otra cosa que aprendí es que las mujeres que viven de esto conocen cuerpos mejor que cualquier libro. Nok se fijaba en reacciones mías que yo ni sabía que tenía. Me avisaba cuando iba a correrme antes de que lo supiera yo. Me obligaba a parar cuando quería hacerlo fácil. Pagaba un día entero de libertad, y ella decidía el ritmo como si fuera la dueña del tiempo.
Una tarde, tomando cerveza en un balcón, Nok me preguntó algo que no esperaba.
—¿Alguna vez has dejado que una mujer te enseñe a ti? No al revés.
Me quedé callado. No entendía bien la pregunta.
—Hay una zona de tu cuerpo —siguió ella— que tu mujer no ha tocado nunca y tú tampoco. Puedo probar, si me dejas. Y si no te gusta, paramos y no hablamos más.
Dije que sí antes de tener tiempo de arrepentirme.
Esa noche apareció en la puerta con otra chica, Akari, más alta y con una risa ronca. Yo no había pedido otra compañía, pero Nok me dijo que ella sola no lo hacía igual, que necesitaba manos libres. Me bebí dos cervezas seguidas antes de volver a decir que sí.
***
No voy a contar los detalles, y no porque me dé vergüenza lo que pasó —que también—, sino porque todavía no encuentro palabras que le hagan justicia. Lo intento rápido.
Me tumbaron boca arriba en el centro de la cama. Akari me acarició el pecho con aceite caliente mientras Nok se ocupaba de la parte baja. Hablaban poco, en su idioma, como si estuvieran leyéndose la una a la otra. No hubo prisa. Hubo algo casi clínico, casi cariñoso, en la forma en que me prepararon.
Cuando Nok decidió que era el momento, fue suave. Un dedo, despacio, mientras yo aguantaba la respiración pensando que esto no podía estar pasando. Dos dedos, curvados hacia arriba, buscando algo que yo no sabía que existía. Y entonces lo encontró.
No fue solo físico. Fue como si alguien apretara un interruptor del que me había pasado la vida alejándome sin saber que estaba ahí. Un lugar dentro de mí que reaccionaba con una intensidad que nunca había conocido. Lloré, literalmente, sin saber por qué. Akari me besó la frente y me dijo al oído algo que no entendí pero que sonó a «está bien, está bien».
Cuando terminó, me quedé mudo cinco minutos enteros. Nok se acostó a mi lado, pasándome la mano por el pelo como si fuera un niño. Akari se vistió, me dio un beso en la mejilla y salió de la habitación con la discreción de quien sabe que sobra.
—¿Ves? —dijo Nok en voz baja—. No te conocías entero.
***
Me quedé dos días más. Paseamos por un mercado donde ella regateó por una camisa de lino que todavía guardo. Cenamos pescado en un chiringuito donde la luz se iba cada media hora y los clientes aplaudían cuando volvía. Dormimos sin sexo la última noche, ella pegada a mi espalda como si fuéramos pareja de muchos años.
Al volver a Madrid, mi mujer me esperaba en el aeropuerto con una sonrisa que me partió por dentro. Me pidió que le contara qué tal la convención. Le inventé nombres de ponentes, salas, coffee breaks. Ella me creyó, o fingió creerme, que a estas alturas es lo mismo.
Han pasado tres años. Sigo casado. Sigo queriéndola. Y sigo pensando, a veces de noche, en aquella pregunta que me hizo Nok en un balcón frente al mar.
Esta es mi confesión. No sé qué quería al contarla. A lo mejor solo eso: contarla una vez, en alguna parte donde nadie pueda leerla dos veces con mi cara delante.