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Relatos Ardientes

La guía de Tokio que no venía en el contrato

El aterrizaje en el aeropuerto de Tokio fue un alivio después de dieciséis horas de vuelo. Venía con escala en Bangkok, una parada de casi diez horas que me había dejado el cuerpo destrozado. Por suerte, mi tarjeta de viajero frecuente me abrió las puertas de la sala VIP: ducha, cena caliente, un par de whiskies y un sillón donde dormí tres horas seguidas. Cuando el vuelo final despegó, ya era casi un ser humano.

En Business viajaba a medio gas, así que fui de los primeros en bajar. Crucé la terminal arrastrando la maleta sobre ese suelo impecable que tienen todos los aeropuertos japoneses, con una sola idea en la cabeza: taxi y cama. La empresa me había reservado el Hotel Sakura, en pleno centro de negocios de Shinjuku, para que no perdiera tiempo en desplazamientos. Era el típico cuatro estrellas nipón: silencioso, minimalista, con esa energía casi monacal que tienen los hoteles buenos cuando todo está exactamente donde tiene que estar.

Y en la entrada, justo cuando pagaba el taxi con el móvil, la vi.

Era difícil calcularle la edad. Piel muy clara, estatura pequeña, pero con una figura que llamaba la atención sin estridencias. Llevaba un vestido de color azul grisáceo, de corte sobrio, que se ceñía a las caderas de una manera que hacía imposible no reparar en ella. Nuestras miradas se engancharon apenas un segundo, algo eléctrico, y cuando entré al lobby y giré la cabeza, ya no estaba.

No le di más vueltas. Subí a la habitación, me tomé un whisky del minibar y me quedé dormido encima de la cama sin quitarme los zapatos.

***

A la mañana siguiente me despertó una llamada. Voz femenina, acento japonés marcado pero un español sorprendentemente fluido. El señor Tanaka no podría recibirme hasta la tarde. Tenía todo el día libre.

Me duché, me puse lo más cómodo que encontré en la maleta y bajé al lobby.

Ahí estaba ella.

Sentada en uno de los sillones de la cafetería, esta vez con traje de chaqueta gris oscuro, perfectamente planchado, muy corporativa. En cuanto me vio, se levantó y caminó hacia mí con una sonrisa contenida que no llegaba a ser sonrisa del todo.

Se llamaba Aiko. Era la nieta del señor Tanaka, y su abuelo la había enviado para que me acompañara durante el día libre. A los quince minutos estábamos en una furgoneta negra de cristales tintados, camino al santuario de Meiji.

Sentado a su lado en el asiento trasero, era difícil no fijarse en sus piernas. Las cruzaba con una naturalidad que parecía estudiada. La falda se le había subido lo suficiente para dejar ver el encaje de un liguero negro, apenas un instante, antes de que ella lo notara y bajara la tela con un gesto rápido. Cuando levanté los ojos, los suyos me esperaban. Los dos miramos hacia nuestras ventanas respectivas. El silencio en el interior de la furgoneta tenía un peso específico.

El resto del día fue una negociación sin palabras. En el santuario, nuestros brazos rozaban al caminar. En el mercado de pescado, sus dedos rozaron los míos al señalarme algo en un cartel. En el cruce más concurrido de Harajuku, con todo ese caos alrededor, Aiko se colocó cerca de mí para evitar ser arrastrada por la gente y su hombro quedó contra mi pecho. Ninguno de los dos se movió hasta que el semáforo cambió.

Era una tensión extraña. No agresiva. Casi ceremoniosa.

Al atardecer, mientras tomábamos té verde en un jardín que yo no sabría encontrar de nuevo aunque me pagaran, Aiko me miró directamente por primera vez sin desviar los ojos.

—Daniel-san, ¿alguna vez ha estado en un onsen?

No había estado.

—Hay uno cerca. Es konyoku, mixto. Si quiere conocer Japón de verdad... —Lo dejó incompleto. Pero el mensaje era suficiente.

***

Llegamos por un camino de piedras irregulares flanqueado por farolillos de papel. El sitio era discreto, casi invisible desde la calle. Una mujer mayor nos recibió con una reverencia y nos guio a cuartos separados para desvestirnos. Me entregaron una toalla pequeña, me explicaron con señas que debía ducharme antes de entrar, y me indicaron el camino hacia la piscina exterior.

El agua estaba a una temperatura que bordeaba el límite de lo tolerable. Me metí despacio, apoyé la nuca en el borde de piedra y dejé que el vapor me envolviera. La noche había cerrado y el cielo, entre los árboles, tenía ese tono de añil profundo que solo se ve lejos de las ciudades.

Oí el sonido del agua al desplazarse.

Aiko entró sin ningún tipo de titubeo. Completamente desnuda, con la misma naturalidad con que se había sentado en ese sillón del lobby esa mañana. Se metió en el agua sin mirarme, se acomodó en el extremo opuesto y cerró los ojos.

Yo no cerré los míos.

Tenía unos pechos pequeños y firmes, con las aureolas grandes y oscuras. La figura que el traje de chaqueta había insinuado era exactamente lo que yo había imaginado: cintura estrecha, caderas con curva real, piernas largas que bajo el agua tomaban un tono blanquísimo. Un vello oscuro y muy corto enmarcaba lo que el agua no terminaba de ocultar.

Aiko abrió un ojo, luego el otro. No dijo nada. Se impulsó suavemente con las manos en el borde y avanzó por el agua hasta quedar a medio metro de mí. No era una mirada de pregunta. Era una mirada de respuesta.

Se acercó, me rodeó el cuello con los brazos y me besó con una calma que desmentía la tensión acumulada del día entero. Bajo el agua, su mano me encontró sin buscarme, como si supiera exactamente dónde estaba. Cuando sus dedos se cerraron, el pensamiento racional se evaporó junto con el vapor del onsen.

Estuvimos así un rato largo, moviéndonos apenas, explorando con las manos mientras el agua caliente lo volvía todo más lento y más intenso. Le acaricié los pezones hasta sentirlos endurecerse entre mis dedos. Le recorrí la cintura, las caderas, la parte interior de los muslos. Ella respondía con esa misma economía de movimientos que llevaba empleando todo el día: sin exceso, sin prisa, con una precisión que me dejaba sin saber qué esperar.

***

Nos llevó a una habitación pequeña una mujer que apareció sin hacer ruido, como si aquello fuera el servicio habitual. La habitación tenía un futón en el suelo, luz de velas y ninguna otra cosa. La temperatura era exactamente la que el cuerpo necesita cuando sale del agua caliente.

Me tumbé. Aiko se arrodilló entre mis piernas con la misma calma con que había hecho todo lo demás.

Empezó por el abdomen. Bajó despacio, con la boca, sin ningún apuro. Cuando llegó donde tenía que llegar, me rodeó con los labios y el pensamiento se apagó del todo.

Lo que tenía era una técnica que no intentaba impresionar. Era atenta. Lenta cuando yo me tensaba, más profunda cuando yo me relajaba. Me presionó las manos contra el futón con suavidad, como pidiéndome que me quedara quieto, y yo obedecí sin planteármelo. Sus ojos subían a mirarme de vez en cuando, oscuros y brillantes con la luz de las velas, y esa mirada era casi más intensa que todo lo demás.

Antes de que perdiera el control, ella se incorporó.

Quedó de rodillas sobre mí, mirándome de frente. Se colocó con cuidado, buscó el ángulo correcto y se dejó bajar despacio. La sensación fue tan intensa que tuve que apretar la mandíbula. Estaba muy estrecha, y su cuerpo tardó un momento en adaptarse al mío. Echó la cabeza hacia atrás, dejando ver la línea de su cuello, y empezó a moverse en círculos lentos.

Mis manos encontraron sus caderas solas. Le apretaba los muslos cada vez que el movimiento le arrancaba un sonido que ella intentaba contener. El cuarto estaba en silencio excepto por eso: su respiración cortada, el crujido tenue del futón, el sonido suave y húmedo de nuestros cuerpos.

Se inclinó hacia adelante y me buscó la boca. El beso fue diferente al del onsen. Más urgente. Me clavó las uñas en los hombros y el ritmo que marcaba con las caderas se volvió más directo, más decidido.

—No pares —me pidió al oído. Voz baja, ese acento que durante todo el día me había parecido encantador y que en ese momento me estaba desarmando por completo.

La giré con cuidado y quedé encima de ella. Le subí las piernas, esas piernas blancas que me habían quitado el sueño en la furgoneta por la mañana, y empujé con más fuerza. Aiko cerró los ojos. No gritó. Apretaba los dientes y respiraba por la nariz con esa contención que ya era un rasgo de su carácter, pero su cuerpo no mentía: se tensaba y aflojaba en oleadas que yo podía sentir desde dentro.

Cuando llegó al límite, lo hizo en silencio casi total. Un temblor que le recorrió las piernas, las manos aferradas a la tela del futón, los ojos apretados. Sus músculos se contrajeron alrededor de mí con una fuerza que no esperaba, y eso fue suficiente para que yo también me rindiera. Me dejé ir con un sonido que no intenté controlar, sintiendo los latidos de mi propio corazón mientras la inundaba y cada espasmo nos recorría a los dos sobre ese futón en el corazón de Tokio.

***

Nos quedamos quietos unos minutos. El techo de madera. El olor del onsen y de las velas. La respiración de los dos bajando poco a poco hasta algo parecido a la normalidad.

Después, Aiko se levantó sin decir nada, trajo dos vasos de agua de algún lugar, se sentó con las piernas cruzadas junto al futón y me miró con esa expresión que no era del todo seria y no era del todo una broma.

—El señor Tanaka es un hombre muy tradicional —dijo—. Si supiera cómo he pasado la tarde, me quitaría el puesto de guía.

Me reí. Era la primera vez que me reía en todo el día.

—¿Haces esto con todos los clientes de tu abuelo?

Ella me miró un momento sin responder. Luego sonrió, y fue la primera sonrisa completamente abierta que le había visto en doce horas.

—Tú eres el primero que no me pregunta la edad en el coche.

No supe qué contestar. Así que no contesté nada. Le devolví la mirada y ella aguantó sin desviar los ojos, y en ese momento el silencio no tenía nada de incómodo.

***

Esa noche cené con el señor Tanaka, firmé los papeles que tenía que firmar y estreché la mano del hombre que me había mandado a su nieta como guía turística. Aiko estuvo presente en toda la cena, traduciendo, sirviendo té, impecable con un kimono que no dejaba adivinar nada.

En ningún momento me miró más de lo que debía.

En el taxi de vuelta al hotel, me quedé mirando las luces de Tokio pasar por la ventanilla y pensé en todo lo que cabe en un día cuando empiezas sin expectativas. Las reuniones de trabajo duran lo que duran. Las ciudades se olvidan cuando llevas demasiados viajes encima.

Pero hay cosas que se quedan grabadas con una precisión que no se explica. El borde de un liguero negro en el asiento trasero de una furgoneta. Una mirada desde el otro extremo de un baño termal. Una frase dicha en voz baja que suena diferente en boca de alguien que no es de tu idioma.

Todavía pienso en eso a veces.

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Comentarios (8)

SantiagoVP

increible relato, de los mejores que lei en mucho tiempo!!

Curiosa_99

Y esto paso de verdad? porque se siente muy real, muy detallado todo. Me quede con ganas de saber mas sobre Aiko jaja

Tomas_46

Que manera de escribir, en serio. Te metes en la historia y no podes salir hasta el final. Felicitaciones, espero que haya mas relatos asi.

JuanCruz_BA

Me recordo a un viaje que hice hace años, esa sensacion de que algo esta pasando pero ninguno de los dos lo dice todavia... lo capturaste perfecto.

TokioSoñado

el ambiente japones le da un toque muy especial, casi cinematografico. Muy bueno!!

LauraVdT

Por favor continua esto, no puede quedarse aca. Quiero saber que paso despues con ella

Rodrigo88

excelente, sigue asi!!!

menuditaymona

Muy bien narrado, se nota que quien escribe sabe lo que hace. Me gusto mucho el ritmo, no se apura ni se extiende de mas.

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