Aquella noche de nieve, mi tía dejó de serlo
Me llamo Marcos, tengo 34 años y trabajo como psicólogo clínico en la universidad. Cuento esto porque necesito contárselo a alguien, aunque sé que hay pocas personas que lo entenderían sin juzgarme. Lo que pasó el invierno pasado con mi tía Elena me cambió para siempre, y todavía no sé si lo que cambió fueron mis límites o simplemente la claridad con la que empecé a ver lo que ya existía desde hacía tiempo.
Elena tiene 60 años. Es periodista, conocida sobre todo en el mundo del documental televisivo. No es una estrella mediática, pero tiene nombre propio y en los últimos años había ganado reconocimiento trabajando en proyectos sobre temas sociales complejos. Mi tío falleció cinco años antes, y desde entonces ella y yo nos habíamos vuelto mucho más cercanos. Su hijo Rodrigo, un año mayor que yo, se había ido a vivir a Santander con su mujer, así que en la práctica yo era quien más presente estaba en su vida cotidiana. Vivimos en el mismo edificio, ella en el quinto y yo en el tercero.
Mi madre, que era su hermana, murió durante la pandemia. Ese vínculo de pérdida compartida nos unió de una forma que va más allá de lo que se puede explicar con palabras. Elena me trataba como a un segundo hijo, y yo a ella como a la única familia real que me quedaba.
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El detonante de todo fue un documental. Elena había pasado meses trabajando en un proyecto sobre relaciones incestuosas: causas psicológicas, testimonios anónimos, perspectiva jurídica y antropológica. Como tengo especialización en psicología clínica y llevo años trabajando con pacientes que atraviesan conflictos de índole familiar, me pidió que la ayudara con la parte técnica. Tuvimos dos sesiones de casi una hora en las que hablamos de los complejos de Edipo y Electra, de la atracción prohibida como fenómeno inconsciente y de los mecanismos de represión que usamos para no actuar sobre ciertos deseos.
Hablé desde el rol profesional. Elena tomaba notas con la seriedad de quien sabe distinguir el trabajo del morbo. El documental se emitió por una plataforma de pago y tuvo buena repercusión. Poco después, Elena fue invitada a un programa de debate donde un colaborador le preguntó, con una sonrisa cómplice, si ella había tenido alguna experiencia de ese tipo en su propia vida.
—No —respondió Elena con una sonrisa que duró un segundo de más.
Solo eso. Pero esa sonrisa, esa pequeñísima grieta en su compostura profesional, quedó grabada en mi memoria como una pregunta sin responder.
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Durante semanas no pensé más en ello. O eso me decía a mí mismo. Lo cierto es que una tarde, mientras subía a revisarle una pequeña avería en la cocina, Elena no estaba y la curiosidad me pudo. En su estudio, sobre la mesa de trabajo, había una carpeta con un título escrito a mano: «Incesto materno: ¿tabú o deseo latente?».
Abrí la carpeta. Dentro había impresiones de artículos académicos, nombres de películas, capturas de foros y algunas páginas de revistas eróticas con relatos de madres e hijos. Encendí su ordenador, que no tenía contraseña, y revisé el historial del navegador. Las fechas de las búsquedas eran muy posteriores a la entrega del documental. Elena había seguido buscando. Sobre el tema, sobre relatos, sobre vídeos.
Cerré todo y volví a la cocina como si nada. Arreglé el grifo, esperé a que volviera, tomé un café con ella y me fui a casa sintiéndome extrañamente agitado.
Esa noche no dormí bien.
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No voy a intentar psicoanalizar lo que me pasó a continuación porque sería deshonesto pretender que soy objetivo en este asunto. Solo sé que algo cambió en la forma en que miraba a Elena. Empecé a fijarme en detalles que siempre habían estado ahí: su forma de cruzar las piernas cuando estaba sentada, la ropa que elegía para estar en casa, cómo se movía por la cocina cuando cocinábamos juntos. Elena se había cuidado siempre, más que la mayoría de las mujeres de su entorno. Tenía el cuerpo proporcionado, las piernas largas, una figura que nada pedía disculpas por sus años. Varios compañeros de la facultad, cuando la habían visto en algún evento, la habían calificado sin rodeos como una mujer impresionante.
Yo nunca la había mirado así. Hasta que empecé a hacerlo, y entonces no pude dejar de hacerlo.
Una noche la invité a cenar a mi piso. Le propuse ver el documental juntos como pretexto para hablar del tema con cierta distancia profesional. Elena aceptó. Llegó directa del trabajo, con un conjunto de chaqueta y falda oscura que le quedaba muy bien. Después de cenar, cuando el documental llegó al momento de esa entrevista, pausé la imagen y le dije lo que pensaba: que su sonrisa al responder «no» no era la sonrisa de alguien que rechaza una idea, sino la de alguien que reconoce algo sin querer admitirlo.
Elena me miró fijo durante unos segundos.
—Puede ser —dijo al fin.
Solo eso. Pero con esa mirada, con esa voz. No seguí presionando. Cambié de tema, hablamos de otras cosas, y antes de las once ella se fue a su piso. Yo me quedé solo, con una tensión en el pecho que tardé mucho tiempo en calificar como lo que era.
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Unos días después, Elena me propuso acompañarla a Bilbao. Tenía que reunirse con su equipo técnico para preparar un programa sobre las próximas elecciones locales en el País Vasco, y como yo estaba trabajando en una investigación sobre hipnosis regresiva, me dijo que podía aprovechar el viaje.
—Puedo servirte de conejillo de indias si quieres —bromeó.
Acepté sin dudar.
Salimos a media tarde. Elena conducía, pero a los pocos kilómetros de Madrid se quedó dormida en el asiento del copiloto y le pedí que me dejara tomar el volante. El cielo estaba cubierto y la radio había mencionado posibilidad de nieve en zonas de montaña. Mientras ella dormía con la cabeza apoyada contra la ventanilla, no pude evitar mirarla de perfil. Llevaba un vestido oscuro de tela fina que con el movimiento se deslizaba sobre sus piernas, dejando al descubierto las medias oscuras que las cubrían.
Me pregunté si serían medias de liguero o pantys.
—Céntrate, Marcos —me dije en voz baja.
Ella no se despertó.
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La lluvia empezó a los veinte minutos. Al pasar la sierra, la lluvia se convirtió en nieve, y la nieve fue haciéndose cada vez más densa. Elena despertó cuando los limpiaparabrisas ya apenas podían con la cantidad de copos. En la autovía, varios coches habían quedado varados en los arcenes. Avanzábamos a treinta por hora.
—Esto no va a mejorar —dijo Elena mirando por la ventanilla.
—Hay un motel en la próxima salida —le dije señalando un cartel.
Asintió sin dudar.
Cogí la salida. El polígono donde estaba el motel ya era una extensión blanca sin bordes. Aparcamos lo más cerca posible de la entrada y corrimos bajo la nieve. Llegamos empapados al vestíbulo.
El motel se llamaba Suite Velvet. Por fuera parecía un sitio discreto de carretera. Por dentro, los carteles en las paredes dejaban poco a la imaginación: «Una experiencia para dos», «Descubre nuestras suites de lujo para parejas», «Room service disponible toda la noche». Había algo en la iluminación cálida y en los espejos estratégicamente colocados que dejaba claro que no era el tipo de sitio donde se alojaban los conductores de camión.
La recepcionista nos recibió con total naturalidad.
—Tenemos dos habitaciones disponibles —dijo—. La Suite Clásica, a ochenta y cinco euros la noche, o la Suite Exótica, a trescientos noventa.
Elena me miró.
—La de ochenta y cinco —dijo sin vacilar—. ¿No te importa compartir?
—Ningún problema —respondí.
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La habitación confirmó todas las sospechas. Una cama grande con sábanas blancas, un cabecero acolchado del que colgaba una barra de metal, espejos en la pared lateral y otro en el techo justo sobre la cama, rodeado de luces que cambiaban de color con un interruptor giratorio junto a la puerta. En la mesilla había un folleto del room service y debajo otro catálogo, este de «complementos para parejas», con fotografías muy explícitas.
Lo guardé rápidamente en el cajón cuando Elena desapareció al baño. Mientras ella se duchaba, me quedé sentado en el borde de la cama dándole vueltas a la situación. Aquel motel no era un lugar pensado para la casualidad. Era un lugar pensado exactamente para esto: dos personas, una cama, una noche sin escapatoria.
Elena salió del baño envuelta en el albornoz blanco del motel, con el pelo húmedo y la piel brillante. Sus ropas estaban empapadas y las había colgado en el radiador. Cuando entré al baño después de ella, vi su ropa interior negra secándose junto al vestido. No llevaba nada debajo del albornoz.
Salí intentando aparentar más calma de la que sentía.
***
Cenamos algo que pedimos al room service, sentados uno frente al otro en la pequeña mesa de la entrada. El albornoz de Elena se abría levemente en el escote mientras hablábamos de cosas sin importancia: el temporal, la agenda en Bilbao, el trabajo de Rodrigo en Santander. Intenté no mirar el canalillo con demasiada insistencia. No siempre lo conseguí.
—Me voy a dormir ya —dijo ella poco después, bostezando—. Llevo despierta desde las cuatro de la mañana.
—Descansa. Yo voy a revisar unos apuntes un rato más.
Elena se metió en la cama y en pocos minutos su respiración se hizo pausada y regular. Yo me quedé en el sillón con la documentación sobre hipnosis regresiva, leyendo sin leer, concentrándome con más esfuerzo del necesario.
***
No sé cuánto tiempo pasó. Empecé a oír los sonidos cuando ya había apagado la luz y estaba tumbado al otro lado de la cama, mirando el techo de espejos.
Venían de la habitación contigua, separada de la nuestra solo por una delgada pared de tabique. Al principio eran murmullos, luego gemidos, luego voces que ya no intentaban contenerse. Una mujer que pedía más. Un hombre que respondía con bravuconería.
—Sí, así —se escuchaba nítidamente—. No pares.
Elena seguía de espaldas, completamente inmóvil.
Escuché durante un rato sin moverme. Mi cuerpo reaccionaba sin que yo le diera permiso. La oscilación entre la vergüenza y el deseo duró apenas unos minutos antes de que el deseo ganara. Bajé el pantalón del pijama con cuidado, con movimientos lentos. Agarré mi polla y empecé a moverla en silencio, con los ojos fijos en el techo, escuchando los sonidos que llegaban desde el otro lado de la pared.
Duré poco así. Mi mirada derivó hacia Elena, hacia la curva de su cadera marcada bajo la sábana. Levanté levemente la tela para ver su silueta. A través del espejo lateral, con la poca luz que entraba por debajo de la puerta, pude ver parte de su escote. El albornoz se había abierto mientras dormía, y uno de sus pechos quedaba casi completamente expuesto en el reflejo.
Los sonidos de la habitación de al lado llegaron a su punto más alto.
Me corrí.
Lo hice en silencio, o casi. Me levanté despacio, cogí papel del baño, limpié lo que había salpicado. Con mucho cuidado, limpié también el borde del albornoz de Elena. Volví a cubrirla con la sábana. Me tumbé y cerré los ojos con el corazón todavía acelerado y una mezcla de alivio y vergüenza que tardó en disiparse.
***
—Marcos. Marcos, despierta.
La voz de Elena me sacó del sueño de golpe. Me incorporé sin entender dónde estaba. Ella ya estaba vestida, de pie junto a la cama, con una expresión seria que me heló la sangre.
Lo sabe.
—¿Qué pasa? —pregunté con la voz todavía ronca.
—Mira afuera.
La ventana mostraba un mundo completamente blanco. Más de un metro de nieve cubría el aparcamiento. En la radio del motel informaban de que varias carreteras de la zona permanecían cortadas hasta nuevo aviso.
—Vamos a tener que quedarnos al menos otra noche —dijo Elena.
Me recosté de nuevo en la almohada y dejé escapar el aire lentamente. No sé si lo que sentí entonces fue alivio o algo distinto. Solo sé que mientras Elena llamaba a su equipo para reorganizar la agenda, yo miraba el techo de espejos y pensaba que la nieve no era lo único que nos había atrapado allí.
Y que quizás, en el fondo, ninguno de los dos tenía demasiadas ganas de que escampara.