El mandado al taller que mi papá no debió pedirme
Esto fue hace dos veranos. Esa semana ya no había clases; estábamos contando los días para irnos de viaje de egresados. Me levanté tarde y bajé a la cocina con la cara hinchada de sueño. Mi papá me esperaba con dos sobres unidos por una bandita elástica.
—Necesito que hagas un mandado, gordi —me dijo, y me los tendió como si fueran algo sagrado—. Llevale esto a Roberto al taller. Es plata para empezar el laburo. Mamá no está y yo me voy a Mendoza el martes temprano.
—¿Puedo ir al mediodía?
—Si vas, andá ahora. Tienen que arrancar hoy o se les complica.
Subí a cambiarme. Hacía un calor de esos que pegan la ropa al cuerpo apenas pisás la vereda. Saqué del cajón una pollera de jean que me había quedado un poco corta desde el verano pasado y una musculosa blanca de algodón. Pensé en ponerme corpiño, pero los pezones se me marcaban demasiado y me gustó la idea. No de exhibirlos, sino de saber que estaban ahí, debajo de la tela, atentos.
Estrené una tanga negra que mi tía me había traído de Brasil. Cuando me la subí, el roce me erizó la piel desde los muslos hasta la nuca. Chatitas blancas en los pies. Comí dos tostadas con queso untable, livianito. Guardé los sobres en una mochilita ajustada al cuerpo y salí.
Los anteojos negros me hicieron sentir otra. La chica que un día de semana paseaba con un mandado importante, con plata adulta, fuera de la rutina del colegio. La ropa suelta, el viento en las piernas, la cabeza ardiendo. Nunca me habían mirado tanto en mi vida. Sentía a los hombres girar la cabeza al pasar, los autos bajar la velocidad, los chistidos de costado. La cadera se me fue acomodando en otro andar. Sonreía hacia el piso y quebraba más la cintura. Serpenteaba.
En una esquina, una ráfaga me levantó la pollera hasta la cadera. La bajé a manotazos.
—¡Qué cola, mi amor! —gritó alguien desde un auto.
Me sonrojé. Me reí con la cabeza baja. Seguí caminando.
Hacía años que no iba al taller, pero reconocí la entrada apenas crucé la avenida. El portón gris descascarado, el cartel con la letra cursiva, el olor a aceite quemado que salía hasta la calle. Entré. Adentro estaba oscuro y todavía más caluroso. Predominaba el olor a grasa, a metal viejo, a sudor de hombre. Uno de los empleados, el más alto, dejó caer una llave inglesa y se acercó.
Me miró las piernas un rato largo antes de hablar.
—¿Sí? ¿En qué te puedo ayudar?
—Busco a Roberto. Tengo que dejarle algo de parte de mi papá.
—Roberto no está. Está Mateo, el hijo. ¿Te sirve?
—Sí, perfecto.
—Está arriba. Esperá que le aviso.
Subió por una escalera de chapa. Vi de reojo cómo los otros dos empleados habían interrumpido su trabajo para mirarme. Me saqué los anteojos y me los colgué del cuello de la musculosa. Cada vez que un golpe metálico resonaba contra el chasis de algún auto, me sobresaltaba. Arriba, en una oficina con vidrio repartido, vi al chico abrir una puerta y vi también unos ojos que se asomaban entre las persianas americanas. Me miraban a mí.
El empleado bajó como un perrito.
—Que subas vos —me dijo.
La escalera era alta, de metal, con la base de rejas que formaban diamantes. Me agarré la pollera con las dos manos y la pegué a los muslos, pero igual no servía. Subí lento, sintiendo todos los ojos colados entre mis piernas, sin animarme a mirar hacia abajo. Llegué arriba y golpeé el vidrio con los nudillos.
—¡Pasá! —contestó una voz en movimiento.
El picaporte estaba flojo. Cuando entré, lo primero que vi fue a Mateo de espaldas, descolgando un póster de la pared. Alcancé a ver una rubia en bikini, modelo, antes de que él lo enrollara.
—La saco —dijo, girándose con la sonrisa puesta— para que no se ponga celosa de vos.
Me reí, sorprendida. Tenía una camisa de gabardina abierta al cuello y un tatuaje tribal que le bajaba por el antebrazo izquierdo. Era mucho más joven que el padre, más flaco, con unos ojos color miel que me sostenían la mirada sin pestañear. Hermosa sonrisa, llena de dientes blancos.
—Vengo de parte de Anatoli Kowalski.
—El polaco. Sí, ya sé.
—Ucraniano —le corregí, aunque mi viejo era polaco hasta los apellidos. Me salió por inercia.
—Es lo mismo. Igual se nota. Una rusita. Más blanca, imposible.
Reímos. Me invitó a sentarme y se acomodó él detrás del escritorio de vidrio.
—¿No te acordás de mí?
—Eras chiquita —siguió, sin esperar respuesta—. Se notaba que ibas a quedar hermosa. Se te oscureció un poco el pelo, pero esa piel de porcelana sigue igual. Venías con tu viejo y yo te traía acá arriba a dibujar para que no te aburrieras. Eras un fideo. Ahora tenés más curvas que el circuito de Nürburgring.
—No conozco —me reí—. Pero sí, me acuerdo de los lápices.
—Dejá la mochila ahí, en el sillón del fondo.
***
Fui hasta el fondo y la apoyé. Cuando volví, Mateo ya había levantado el teléfono y pedido comida. Insistió en que me quedara. Que todos los empleados se iban a comer al fondo, que él tenía hambre, que me invitaba. Dudé. Pensé en mi papá esperando. Pero le dije que sí.
Mientras esperábamos la comida, hablamos de tonterías. Le conté del viaje de egresados, de mis amigas, de que íbamos a Bariloche.
—Uy, el descontrol que vas a hacer —dijo, sacudiendo la cabeza—. Pobres pendejos.
Llegó la comida. Ensalada con milanesa para los dos. Me sirvió un vaso de agua bien fría y la tomé de un trago, temblando un poquito. Se me escapó un hilo por la comisura de la boca y bajó hasta el cuello. Él miró. Me lo limpié con el dorso de la mano.
Estaba sentado del otro lado del escritorio, pero la mirada se le escapaba todo el tiempo al límite de mi pollera. Yo me la bajaba apenas con la mano libre, sin saber si se le veía o no la línea blanca de la tanga. Cuando tuve que cortar la milanesa, me costó con una sola mano. Apoyé los dos codos y levanté el cuchillo. La pollera se me trepó. La mirada de él entró derecho, como un foco. Crucé las piernas.
Me dejé.
Bajé los ojos a su pantalón y vi el bulto. La hinchazón empujando contra la tela como si quisiera salir a respirar. El calor empezó a treparme por los pies, los gemelos, los muslos. Era un calor distinto al de la calle. Más adentro.
—Está rica, ¿no? ¿Cuántos novios tenés?
Me atraganté. Tosí. Me sirvió más agua, riéndose, y otra vez el agua se me cayó: una gota en la pollera, otra en el muslo. Se paró, vino con un repasador y me secó la pollera. Pero en el muslo me dejó una mancha de grasa por error. Bufó, me pidió disculpas y, sin pensarlo, me limpió con la palma directo sobre la piel. La mano le ardía. Acomodé la cola más adentro de la silla y arqueé un poco la espalda.
—Era solo una pregunta —dijo, levantándose con los platos—. No querías contestar.
—No tengo novio.
Levantó las cejas y, mirando otra vez al triángulo entre mis piernas, dijo con una voz ronca:
—Es increíble.
***
—Te paso la plata —dije, para romper el silencio.
—Como quieras.
Fui al sillón del fondo y me agaché a buscar la mochila. La pollera se me trepó por atrás; debió haberle mostrado el nacimiento del culo y un dedo de tanga. Lo escuché tomar aire.
—No, no —dijo, riéndose despacio—. Quedate así para siempre.
Me quedé. En vez de levantar la mochila, la abrí ahí mismo sobre el sillón y empecé a sacar el sobre con una lentitud que no era casual. Sentí los pasos atrás. Su voz me llegó al oído.
—Es mucha plata. Rico perfume.
La respiración me erizó la nuca. Olor a aceite, a metal, a hombre. Me incorporé y quedamos enfrentados con el sobre de papel madera entre los dos. Lo agarró. Sus dedos rozaron apenas el nacimiento de mis pechos. Los sentí ponerse duros, pesados, urgentes. Me mordí el labio sin querer. Se rió.
Se dejó caer en el sillón y abrió el sobre. Contó los billetes con esa habilidad que tienen los que cuentan plata todos los días. Frunció el ceño.
—Tu viejo me mandó la mitad.
Me agarró un temblor de verdad.
—¿Podés empezar igual, no? —dije, tartamudeando.
—No, no puedo.
—Llamo a mi papá y le digo que la traiga.
—Olvidate. En una hora viene el flaco con el repuesto. Lo arrancamos otro día.
—¡No! Te juro que mi papá lo necesita para el martes. ¿No podés pedirle al flaco que te deje el repuesto y le pagamos mañana?
—Le fui claro: no me deja nada y menos como está todo. Quiere la guita ya.
—¿Y vos no tenés para adelantarle y mañana te lo llevamos?
—No, no sé.
***
Le empecé a rogar y me bajé al piso, despacito; primero las rodillas, después los codos sobre las suyas. Él me miraba con el ceño fruncido, como sin entender. O entendiendo demasiado bien. Sentí, debajo del pantalón, su erección estirando el pliegue de la tela. Lo miré. Se dio cuenta de que yo había mirado.
Deslicé las manos por la parte interna de sus muslos. Carraspeó. Se acomodó en el sillón. La cara se le puso seria.
—No sé —dijo con la voz ya temblando—. Quizás tenga algo de plata acá guardada.
—¿Sí? —susurré, e incliné la cabeza hasta apoyarla contra su rodilla derecha. Lo miraba desde abajo, con los ojos muy abiertos. La mano izquierda la arrastré hasta llegar al bulto. La levanté un milímetro. No lo tocaba; se rozaban solo los calores, mi mano y su tela hinchada.
Bufó. Me bajó la mano con la suya. Con la otra me abrió los labios; sentí el pulgar tocarme los dientes, que se separaron solos, mecánicos, y lo recibí con la punta de la lengua hecha lanza.
***
Las respiraciones se nos aceleraron a ritmos distintos. Él fue rápido a desabrocharse el pantalón. Lo frené.
Negué con la cabeza. Le abrí las piernas con las manos y me metí entera entre ellas. Llevé el mentón al pecho y, sin dejar de mirarlo, le abrí yo el botón. Me mordí los labios. Le bajé el cierre con los dientes apenas, después con los dedos. Metí la mano. Choque de calores: mi mano tibia y la verga ardiendo, todavía un poco blanda. La saqué de la tela elástica. Salió rebotando. La agarré con las dos manos; entraba justa.
Empecé a masajearla de arriba abajo. Tiré saliva.
—¿Puedo?
—Sí —contestó con un hilo de voz.
Acerqué la cara. Junté toda la saliva que pude y la dejé caer despacio para que él la viera; un hilo brillante desde mi boca hasta la cabeza rosada de su pija. Tiró la cabeza hacia atrás un segundo y volvió enseguida; no se quería perder nada. Acerqué la lengua, di círculos, y entró en mí, despacio. Me agarró la cabeza con la mano. Se la saqué. No dejé de mirarlo. Le tiraba la piel para atrás, le daba besos lentos, dejaba caer más saliva que se mezclaba con la suya.
—No podés ser tan puta.
—¿Viste? —contesté yo, con la pija en la boca.
***
Se paró y me levantó del piso. Me dio vuelta y me empezó a besar el cuello, los hombros, el nacimiento de la espalda. La otra mano, por adelante, se me coló debajo de la pollera. Dedos grandes, de mecánico, con esos callos. Me pasaba por encima de la tanga, cada tanto acertaba el clítoris, y yo se lo agradecía con un quejido. Las rodillas me chocaban entre sí.
Me empujó suavemente hacia el escritorio de vidrio. Apoyé las palmas; la cola, levantada para él. Me bajó la musculosa hasta la cintura. Me corrió la tanga a un costado. Sentí la humedad ahí, sin disimulo. Se arrodilló y me dio besos desde la cintura hasta las nalgas. Metió la cabeza entera. Los dedos que masajeaban el clítoris se deslizaron adentro mío. Gemí más fuerte, más suelto.
—Cogeme ya —supliqué.
Se paró. Me dio vuelta. Bailamos un instante; mi cabeza buscaba su boca, su boca encontraba la mía. Me besó como muerde un perro. Murmuró algo que no entendí pero que sabía qué era. Le dije que sí con los ojos húmedos.
Me terminó de sacar la musculosa. Las tetas al aire, los pezones erizados de un rosa que no me reconocía. Me empujó la cabeza contra el vidrio frío del escritorio. Movió más la tanga; oí el pequeño desgarro de la costura.
—Uy, sí —recé.
En cuatro, entregada, sentí cómo la verga húmeda pasaba primero por la nalga, después por el medio, y empezaba a masajearme los labios de la concha. Apreté los puñitos contra el vidrio. Sabía lo que se venía. Fue entrando despacio. Elástica, me fui abriendo, la carne mezclándose con la mía. Cuando entró del todo, tiré la cabeza hacia atrás. Hizo un movimiento corto un par de veces, asentándose adentro. Me agarró del pelo y me tiró. La cintura se le acomodó en un metrónomo que se aceleraba solo. No pude contener los gemidos agudos. Me decía «puta» al oído. Una baba se me cayó sobre el vidrio y, sincronizado, me la limpió con el pulgar.
***
Me levantó, me dio vuelta, me sentó sobre el escritorio. El frío en el culo me hizo arquear. Se escupió la pija con habilidad. La esparcí yo con la mano. Él se escupió la otra mano y me la pasó por la concha. Nos besamos. El gusto a metal y a sexo en la boca era delicioso. Sin que me diera cuenta, me entró otra vez como un ariete prendido fuego. Crucé los brazos por su cuello. Encontramos el ritmo igual, los dos juntos, los dos presentes. Estuvimos así un rato largo.
Me levantó agarrándome del culo, conmigo todavía empalada en él. Le abracé la cintura con las piernas. No quería que saliera. No quería que se moviera. Caminó hasta su silla y se sentó. Empecé yo a saltar; me chupaba las tetas. Me puso la mano en la boca y le chupé el dedo.
Me dio una cachetada suave.
—Más —dije sin pensar.
Me pegó otra vez, un poquito más fuerte.
—Sí, dame… dame —me agarró del pelo con una mano y con la otra me daba palmaditas en la mejilla mientras yo saltaba sobre él. Todo era líquido.
Empecé a gritar. Sentía el cosquilleo nacer en la pelvis y subir. Tiró la silla hacia atrás. Me paró de un tirón. Me dio vuelta otra vez y me acostó en cuatro contra el escritorio. El frío otra vez en los pezones.
—No, pará… —le dije.
—Callate.
Se arrodilló, me abrió las nalgas con las manos y me empezó a chupar el culo. Era violento, húmedo, necesario. Las piernas me temblaban tanto que no me sostenían. Se paró. Lo escuché escupirse la mano. No me animé a mirar. Me mojó la concha y entró otra vez. Después escupió sobre la espalda y la saliva bajó hasta el medio. Empezó a bordearme el ano con un dedo. Le quise sacar la mano con el brazo derecho. Me lo agarró y me lo llevó adelante, contra el escritorio.
El dedo entró. Dolía. Pero algo me gustaba. Subí el volumen del gemido. La otra mano me buscó la boca; le mordí el dedo. Se quejó. Me sacó la pija, se escupió y, sin pedir permiso, entró por el culo.
Tuve que juntar las rodillas del dolor. Grité. Al principio fue lento, doloroso, raro. Pero el calor estaba ahí. Poco a poco el movimiento se hizo natural. La pelvis le golpeaba la cola; ese sonido también era nuevo. Me decía cosas. Yo solo intentaba ahogar el grito contra el vidrio. Apoyé la mejilla. Sentí venir el final en su respiración.
Sacó la pija. Me tiró del pelo. Entendí. Me bajé, me arrodillé. Se masajeó la pija contra mi cara, pintándola de blanco. Lo miré, llena de semen, y le sonreí.
***
Nos abrazamos un instante, ridículo y tierno.
—Me tocó pintar a mí —dijo, con esa misma sonrisa de la entrada. Me dio una toalla. Me limpié la cara, el cuello, el pecho.
Recién entonces escuché que el movimiento había vuelto al taller. El metal contra el metal, la radio.
—¿Está la gente?
—Sí. Comen abajo.
Cerré los ojos. Vergüenza pura. Busqué la tanga. Me la subí como pude, con un costado roto.
—Me muero. Bueno, me voy. Mañana te traigo la otra mitad.
—No, dejá. Te la regalo, para Bariloche. Volvé cuando quieras.
Le di un pico. En la mochila ya solo estaban la mitad del sobre y la bandita elástica rota.
—No me animo a salir —dije.
—No deben haber escuchado nada. Quedate tranqui.
Me dijo eso y se sentó. Se puso a mirar un cuaderno como si nada hubiera pasado. Salí de la oficina. Todos miraron para arriba al unísono. Empecé a bajar la escalera; los diamantes de chapa, los ojos por debajo. Vi que uno le daba un codazo a otro y murmuraba algo. Pensé en taparme con las manos. Decidí sonreír y seguir.
Las piernas me ardían cansadas, torturadas, irradiando un calor insoportable. Me puse los anteojos negros y volví caminando a casa, distinta.