La noche del cumpleaños que jamás conté a nadie
El champán me tenía floja la vista, pero la cabeza la tenía clarísima. Cada minuto de esa noche se me grabó por dentro como si alguien me lo hubiera dictado en voz baja para que no lo olvidara nunca.
El cumpleaños de Lorena era un campo de batalla. Cuerpos por todas partes, música retumbando como un latido animal, risas mezcladas con el reflejo de las luces sobre el agua de la piscina. Y ella en el centro, Lorena, treinta y nueve años cumplidos a la medianoche, moviendo las caderas con esa promesa que solo las mujeres seguras de su deseo saben proyectar.
Me acerqué hasta que mi pecho rozó su espalda y le hablé al oído.
—Feliz cumple, reina. Sigues siendo la mejor anfitriona de la ciudad.
Se rio bajito, una risa ronca, de garganta. Su mano bajó y me apretó una nalga sin pudor, los dedos hundidos en la tela del vestido.
—Tú también, Cami. Siempre lista para romper todas las reglas.
Y no se imaginaba cuánto. Una hora antes, en la penumbra del jardín, mientras los demás se enredaban en la pista de baile, Mateo me había arrastrado detrás de unos setos. No dijo una palabra. Me levantó el vestido, me arrancó el liguero de un tirón y me embistió por detrás de pie, sin pedir permiso, sin besos previos. Me folló contra el muro como un animal apurado, con la música ahogando los sonidos que se me escapaban. Cuando terminó, su semen me goteaba por dentro de los muslos y se escurría despacio por entre las nalgas mientras yo volvía a la fiesta como si nada. Nuestro secreto. Nuestra prueba de fuego.
Poco a poco, los invitados de medio pelo se fueron diluyendo. La terraza quedó casi vacía: Lorena, un grupo de amigos cercanos, Mateo, yo y dos camareros que aún recogían copas. Una de ellas se llamaba Belén. El aire se espesó, cargado de feromonas y de algo que olía a permiso. Fue Lorena quien rompió el hechizo.
—¡Por mis putos años! —gritó—. A la mierda la ropa.
Se lanzó de cabeza a la piscina, completamente desnuda. Su cuerpo, una escultura de mujer madura y segura, cortó el agua y toda la tensión se rompió en una carcajada general. Algunos la siguieron. Otros se quedaron mirando, copa en mano, eligiendo presa.
Mateo ya había fijado su objetivo. Sus ojos devoraban a Belén. Veinte años recién cumplidos, casi sin pechos, los pezones diminutos asomando bajo la blusa blanca del uniforme. Cuerpo de chiquilla. Cara de animal asustado y fascinado a la vez. Mateo se le acercó, le pidió una copa y le habló al oído con esa voz suave que él reserva para hipnotizar. La vi sonrojarse, bajar la vista. Pero no se movió. Estaba atrapada.
Minutos después, los vi desaparecer escalera abajo, ella tomada de su mano. Una punzada me recorrió entera. Celos, sí. Pero también un morbo espeso que me humedeció hasta la raíz. Sabía exactamente lo que iba a pasarle a esa chica, y la idea me volvía loca.
***
—La noche se está poniendo buena, ¿no, Camila?
Octavio, uno de los amigos de Lorena, me había rodeado los hombros con un brazo pesado. Su mano bajó hasta posarse sobre mi cadera, jugueteando con la tela.
—Más que buena —respondí, dejando que el escote se abriera lo justo.
—¿Y qué se te ocurre?
Acercó la cara a la mía. Olía a ginebra y a colonia cara.
—Algo parecido a lo que hiciste detrás de los arbustos —murmuró—. Tu cuerpo ardiendo y la excusa de que nadie nos ve.
Me quedé quieta un segundo. ¿Cómo sabía? ¿Nos había visto? Le seguí el juego para no perder ventaja. Le toqué el pecho por encima de la camisa, le susurré promesas sucias al oído, lo dejé con una erección de piedra apretada contra mi muslo. Pero mi cabeza estaba en otra parte.
—Luego, Octavio. Ahora voy a buscar a mi hombre.
Me liberé de su abrazo con una caricia en la mandíbula y me alejé sintiendo su mirada clavada en la espalda. No me gustó cómo se sentía ese cosquilleo. Me dije que era el champán.
***
La puerta del dormitorio del fondo estaba entreabierta. Los sonidos que se filtraban —gemidos ahogados, el golpeteo rítmico de un cuerpo contra otro— eran toda la confirmación que necesitaba.
Asomé la cabeza despacio. Allí estaban. Belén, desnuda sobre la cama, los muslos abiertos como si alguien la hubiera doblado al medio. Entre sus piernas, Mateo, también desnudo, moviéndose con esa brutalidad lenta y calculada que yo le conocía de memoria. La vi morderse el puño para no gritar. Vi una mancha en las sábanas que no estaba antes.
La había desflorado. La estaba marcando como suya.
El recuerdo me cortó la respiración. Esa chica era casi una niña hace una hora, y ahora era otra cosa.
Me desnudé en silencio en el umbral. Cuando entré, Mateo me vio y sonrió, una sonrisa de complicidad absoluta. Sin dejar de embestir a Belén, me extendió la mano. La tomé y trepé a la cama. Me coloqué a horcajadas sobre la cara de la camarera, que abrió mucho los ojos, sorprendida y al borde del miedo.
—Cómeme —le dije, los dedos en su pelo—. Ahora.
Y obedeció. Su lengua, inexperta, encontró mi clítoris al segundo intento. Mientras Mateo aceleraba el ritmo, ella me lamía con una urgencia que no tenía nombre. El trío se armó solo, un único organismo respirando al unísono. Él, follándola; ella, devorándome a mí; yo, agarrada al cabecero, sintiendo cómo el placer me trepaba desde la planta de los pies. Me corrí en su cara con un grito ronco. Sentí los gemidos de ella vibrar contra mi sexo.
El champán y la intensidad empezaron a pesarme. Me recosté en un costado de la cama, los ojos cerrados, escuchando el baile de los dos seguir sin mí. Me dormí con una sonrisa.
***
No sé cuánto pasó. Me despertó algo nuevo, una sensación casi tierna entre las piernas.
Abrí los ojos. Belén estaba acostada sobre mi vientre, la cabeza enterrada entre mis muslos, lamiéndome despacio. Detrás de ella, Mateo la sujetaba por las caderas y la penetraba con esa lentitud que pone a temblar a las mujeres enteras. La cara de Belén era una máscara de placer puro. Ya no había miedo en ella. Ya no había nada que no fuera deseo.
Esta vez me uní distinto. La incorporé hasta tenerla cara a cara y la besé con furia, saboreando mi propio gusto en su boca. La acaricié, la guie, le susurré qué quería de ella. Mateo aumentó el ritmo. Belén me gritaba contra los labios cada vez que él la embestía. Sudor, saliva, lujuria sin freno.
Cuando él terminó, lo hizo con un rugido que pareció sacudir las paredes. Belén se vino temblando, contraída, abrazada a mí, repitiendo «no puedo más» mientras yo seguía estimulándola. Las tres acabamos enredadas en la cama, agotadas, con olor a sexo y a cumpleaños y a algo más oscuro que ninguna quiso nombrar.
***
El sol empezaba a colarse por la persiana. Belén respiraba con dificultad, boca abajo, el cuerpo marcado por horas de placer y dolor. Se giró despacio, los ojos llenos de lágrimas, y miró a Mateo.
—Otra vez —pidió, en un hilo de voz—. Por favor.
Él abrió un ojo y le sonrió cansado.
—¿Estás segura? Te he dejado destrozada.
Ella asintió. No eran lágrimas de pena. Era pura, absoluta lujuria.
Yo, en cambio, sentía la noche entera en cada músculo. Necesitaba un baño. Me levanté con cuidado, envolví el cuerpo en una sábana y caminé hacia el baño principal por el pasillo en penumbra.
***
No llegué.
Una figura me bloqueó el paso a la altura del cuarto de invitados. Octavio. Borracho hasta no tenerse en pie, los ojos turbios.
—Camila. ¿Te ibas? Te dije que no te ibas sin mí.
El tono ya no era coqueto. Me agarró del brazo con una fuerza que me hizo gemir. Los dedos se me clavaron en la piel.
—Suelta, Octavio. Estás loco. Me haces daño.
Me empujó contra la pared. Su peso me aplastó el pecho y le sentí el aliento a alcohol contra el cuello. De un manotazo me arrancó la sábana. Sacó la verga ya dura, me apretó contra el muro y empezó a buscarme entre las nalgas con una insistencia ciega.
El pánico me subió helado por la columna.
—¡Suéltame, hijo de la gran puta! —grité con todo el aire que tenía.
El grito atravesó el pasillo entero.
***
Mateo apareció en menos de tres segundos. Desnudo, descalzo, con los ojos de un animal que protege a su hembra. Vio a Octavio aplastándome contra la pared, vio mi cara, y se le endureció la mandíbula.
No dijo nada. Lo agarró por el hombro, lo giró con una fuerza brutal y le aplicó una llave de brazo que lo hizo arrodillarse en el suelo gritando de dolor.
—No vuelvas a tocarla —le advirtió, la voz baja y mortal—. Ni a mirarla siquiera.
Sin soltarlo, lo arrastró hasta la habitación de invitados y lo empujó adentro. Cerró la puerta con pestillo y lo dejó allí, encerrado y gimoteando.
Justo entonces se abrió la puerta del dormitorio principal de Lorena. Apareció ella, envuelta en una bata de seda que se le pegaba al cuerpo. El pelo revuelto. Los ojos brillantes de una calentura que no se había apagado en toda la noche. Vio a Mateo desnudo y furioso. Me vio a mí, temblando, apretando la sábana contra el pecho.
Su sorpresa duró apenas un segundo. Después, una sonrisa carnal le partió la cara.
—Joder, Mateo. ¿Siempre tienes que hacer de héroe? —se acercó, los dedos rozándole el pecho todavía sudoroso—. A los héroes hay que premiarlos, ¿no?
Lo miró de arriba abajo, demorándose en la zona donde su cuerpo aún conservaba algo de la noche.
—Y tú me debes un regalo de cumpleaños que todavía no he recogido.
Mateo me buscó con la mirada. Yo le sonreí, agotada, y le hice una señal con la cabeza.
—Voy a darme un baño —le dije—. Te espero.
***
Me encerré en el baño. El agua caliente me lavó el sudor, los restos de la noche, la huella de los dedos de Octavio en el brazo. Mientras me enjabonaba, oí los gemidos de Lorena al otro lado de la pared. Eran distintos a los de Belén. Eran los gemidos de una mujer que sabe perfectamente lo que quiere y cómo lo quiere. Profundos. Sin permiso.
Me quedé bajo la ducha, sin prisa, esperándolo.
***
Belén, según supe después, lo había escuchado todo desde la cama. La fantasía se le rompió de golpe con el grito en el pasillo. Se vistió con su uniforme arrugado, manchado, y se escabulló de la casa antes de que el sol terminara de salir, como un fantasma que no quiere que lo nombren.
Cuando salí del baño, la casa estaba en silencio. Mateo me esperaba en la puerta del dormitorio, ya vestido, el pelo todavía húmedo.
—Se ha quedado dormida —dijo, refiriéndose a Lorena—. Vámonos.
Me tomó de la mano.
—A casa. Ya descansamos en casa.
Salimos dejando atrás una noche entera de desenfreno y de caos. En el coche, de camino, apoyé la cabeza en su hombro. Él me apretó la mano sin decir nada. Habíamos vivido todo en pocas horas: lo más oscuro y lo más tierno, el placer compartido y la violencia del que no entiende que no es no. Y al final, como siempre, volvíamos juntos. Los dos. Solos.
Sabía que esa no iba a ser la última fiesta. Lo sabía y, mientras el coche tomaba la avenida vacía, ya estaba pensando en la próxima.