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Relatos Ardientes

La noche que un desconocido me llevó al cañar

Aquel verano del que hablo lo tengo grabado a fuego, aunque hayan pasado años. Era una de esas tardes en las que el aire se queda quieto y la piel se vuelve eléctrica, esas tardes en las que el calor no afloja ni de noche y una se descubre buscando excusas para salir de casa. Tenía diecinueve años y un cuerpo que llevaba semanas en estado de pura anticipación, sin saber exactamente qué esperaba.

En el pueblo de mis tíos, donde pasé aquel agosto, montaban un cine al aire libre en una huerta abandonada. Sábanas blancas tensadas entre dos eucaliptos hacían de pantalla, y el proyector zumbaba en una caseta de madera. La oscuridad era absoluta, sin farolas alrededor, solo cigarras y el resplandor de la película. Llevé mi propia silla plegable porque las que prestaban se acababan siempre antes de empezar.

Llegué tarde, con la película ya empezada. El acomodador me señaló con la linterna una esquina trasera, casi pegada al cañar que delimitaba la huerta. Acomodé mi silla en el pasillo, encajada entre la última fila y los matorrales, y solo entonces noté que el sitio de al lado también estaba ocupado.

Era un chico de mi edad, quizá un par de años mayor. Pelo castaño claro, mandíbula marcada, una camiseta blanca que en la penumbra parecía fluorescente. No lo conocía de nada. Sonrió levemente al verme llegar, una sonrisa de medio lado, como si compartiéramos un secreto que aún no existía. Aparté la mirada y fingí concentrarme en la pantalla.

No recuerdo de qué iba la película. Algo de detectives, creo, con mucho tiroteo. Recuerdo, en cambio, los primeros veinte minutos en los que mi cuerpo no fue capaz de quedarse quieto. Cruzaba y descruzaba las piernas, me echaba el pelo hacia atrás, me pasaba la lengua por los labios resecos. El calor era una excusa fácil, pero el calor verdadero me venía de dentro, y sospechaba que él lo notaba.

Lo descubrí casi por azar. Él se había echado una sudadera fina sobre el regazo —raro con el calor que hacía—, y de pronto vi cómo la tela cobraba vida. Un movimiento muy lento, rítmico, casi imperceptible. Subía y bajaba un bulto bajo el algodón. Me quedé mirando, hipnotizada, sin terminar de creer lo que veía.

Él notó mi mirada. Giró la cabeza, me observó unos segundos largos y me guiñó un ojo. Sin sonrisa, sin disculpa, sin teatro. Un guiño limpio, descarado, que me dijo todo lo que necesitaba saber. La sangre me subió a la cara y, casi al mismo tiempo, sentí cómo se me empapaba la ropa interior.

Levantó un pico de la sudadera con dos dedos, lo justo para que yo viera lo que escondía. Y vaya si lo vi. Allí estaba, en su mano, gruesa y oscura, con las venas marcadas como caminos. Latía bajo su propia palma con una calma que me pareció obscena. Nunca había visto una así de cerca, y mucho menos en un sitio público.

—¿Quieres? —murmuró sin volver la cabeza, con la mirada fija en la pantalla.

No respondí. Mi mano se movió sola. Acerqué los dedos despacio, deslicé el dorso por debajo de la sudadera y, cuando lo toqué, casi me echo atrás. Estaba ardiendo. La piel era suave, tersa, casi resbaladiza, pero por dentro era pura tensión. La rodeé con la mano y comprobé que mis dedos no llegaban a juntarse.

—Despacio —pidió él con un hilo de voz—. Que esto va para largo.

Empecé a moverme con timidez, arriba y abajo, sintiendo cómo se hinchaba más con cada caricia. La cabeza se humedecía sola. Mientras mi mano trabajaba en silencio, mis ojos seguían clavados en la pantalla como si me importara lo que pasaba allí. Detrás de mí, una pareja mayor reía con alguna escena. Adelante, dos críos comían pipas. Y yo, en mi rincón, le hacía una paja a un desconocido en mitad del cine.

Él se inclinó hacia mí. Su aliento olía a regaliz y a cerveza fría.

—Vámonos al cañar —susurró—. Aquí no llego ni a la mitad.

Lo miré, y entendí que era ahora o nunca. Si me quedaba, esa historia se acabaría con mi mano cansada y él corriéndose en silencio bajo la sudadera. Si lo seguía… no sabía qué pasaría, pero quería saberlo. Cogí mi silla y me levanté como si fuera al baño.

***

El cañar empezaba a tres metros de la última fila. Las cañas eran altas, más altas que nosotros, y formaban un pasillo natural que se hundía en la oscuridad. Caminamos diez, quince pasos, hasta que el resplandor de la pantalla se quedó atrás y solo nos alumbraba la luna, filtrada en franjas plateadas entre las hojas.

Olía a tierra húmeda, a junco, a algo dulce y vegetal que no supe identificar. Él me quitó la silla de la mano sin decir palabra, la abrió en un claro improvisado y se sentó. Después se desabrochó el cinturón y se bajó pantalón y calzoncillo de un tirón. Su polla quedó libre, apuntando arriba, brillante bajo aquella luz pálida.

—Ven —dijo, y me tendió la mano.

Me arrodillé delante de él en la tierra blanda. La tenía a la altura de los ojos, y de cerca era todavía más impresionante. Junté saliva, escupí un hilo largo sobre la cabeza y la extendí por todo el tronco con la mano, hasta que relució como un cristal. Él suspiró y echó la cabeza hacia atrás.

—Mámala como sabes, anda.

Abrí la boca todo lo que pude y empecé a tragarla. Me costó al principio. Era demasiado gruesa para mi boca pequeña, y me ahogaba al segundo intento. Pero algo en aquella incomodidad me encendía. Cada vez que él jadeaba bajito, yo empujaba un poco más. Relajé la garganta, controlé la respiración por la nariz, y poco a poco fui ganando profundidad.

—Joder —murmuró, con la mano enredada en mi pelo—. Joder, qué buena boca tienes.

Aquellas palabras me prendieron por dentro como una mecha. Me oía gemir con la boca llena, sentía mi propia humedad chorreándome por los muslos, los pezones rozándome la tela del vestido. Subí y bajé con un ritmo lento, escupí más saliva, le acaricié los testículos con una mano mientras la otra seguía en la base. Él temblaba.

—Para, para —dijo de pronto, apartándome con suavidad—. Si sigues así, esto se acaba aquí.

Me incorporé, jadeando, con la barbilla brillante. Él me miró de arriba abajo y soltó una risa baja, casi de incredulidad.

—Ahora túmbate tú. Quítate las bragas.

Me las quité de un tirón y las dejé colgando de una caña, como una bandera ridícula. Él me hizo sentarme en el borde de la silla, me abrió las piernas con las dos manos y se arrodilló en la tierra. La luna le iluminaba la mitad de la cara y yo, tumbada hacia atrás, le veía la nuca y los hombros entre mis muslos.

Su lengua llegó primero como una caricia, una pasada larga y plana de abajo arriba que me hizo arquear la espalda. No tenía prisa. Saboreó cada pliegue, dibujó círculos alrededor del clítoris sin tocarlo, me obligó a esperar. Cuando por fin lo selló con los labios y empezó a succionar despacio, mi grito se enredó con el zumbido de los grillos.

—Calla, mujer, que nos van a oír.

Me mordí el labio hasta hacerme daño. Él metió un dedo, luego dos, y los curvó hacia dentro buscando ese sitio que muy pocos sabían encontrar. Lo encontró a la primera. La presión, la lengua, el aire fresco del cañar contra mi piel mojada, todo se mezcló hasta que sentí que se me iban a doblar las rodillas. Lo paré con un tirón de pelo. No quería terminar así.

—Métela ya —pedí—. Por favor.

Lo intentamos en aquella postura, conmigo abierta sobre la silla y él de rodillas. No funcionó: la silla cedía, el ángulo era imposible, su tamaño hacía que cada intento se quedara a medio camino. Él se rio bajito.

—Espera. Cámbiame el sitio.

***

Se sentó en la silla, con las piernas abiertas y la polla apuntando al cielo como una columna oscura. Me puse a horcajadas frente a él, sujetándome a sus hombros, y la agarré con las dos manos. La froté contra mí, despacio, paseando la cabeza por toda mi humedad, deteniéndome en el clítoris hasta que tuve que apretar los dientes para no gemir alto. Lo estaba torturando a él, pero también a mí misma.

—Bájate ya —jadeó—. No aguanto más.

Apoyé la cabeza en mi entrada y empecé a descender. La punta abrió mis labios y me arrancó un suspiro largo. El primer centímetro fue una bienvenida. El segundo, un aviso. El tercero ya empezaba a doler de esa manera deliciosa que una busca sin saberlo. Me detuve a media altura, jadeando, y le pasé los brazos alrededor del cuello.

—Es demasiado.

—Tú puedes —murmuró, y me besó por primera vez, con una calma que no encajaba con la situación. Su lengua entró en mi boca con la misma cadencia con la que su polla entraba en mí. Cuando me distraje con el beso, sus manos me agarraron las caderas y tiraron hacia abajo con un movimiento firme.

El grito se me quedó atrapado entre sus labios. Sentí cómo se abría paso hasta el fondo, cómo tocaba un sitio que nunca había sido tocado, cómo todavía le quedaba algo fuera. Bajé una mano, palpé entre nosotros y comprobé que sí, que aún sobraba. Aquello me hizo reír y llorar a la vez.

—No te muevas —me ordené yo más que él—. Dame un segundo.

Me quedé quieta encima, dejando que mi cuerpo se acostumbrara, sintiendo cómo cada latido suyo me llegaba al estómago. Él me besó el cuello, me bajó los tirantes del vestido y me chupó los pezones uno por uno, con una paciencia que era casi ternura. Poco a poco, lo imposible se hizo posible.

Empecé a moverme sola. Subir despacio, bajar más despacio aún, encontrar el ángulo exacto en que el placer ganaba al dolor. Pronto fui yo la que pedía más. Le clavé las uñas en los hombros, busqué su boca, jadeé palabras sin sentido. Él dejó que llevara el ritmo un rato, observándome con una sonrisa que ya no era de medio lado, sino de pura entrega.

—Acábame, anda —le susurré al oído—. Hazlo tú.

Me agarró de las caderas y empezó a embestirme desde abajo, levantándome del asiento con cada empujón. Sus testículos chocaban contra mí, la silla crujía, las cañas se mecían sobre nuestras cabezas. Algún animal nocturno salió corriendo entre los matojos. Yo no podía parar de mirarlo a los ojos.

El orgasmo me llegó sin aviso, en una ola que me partió en dos. Me agarré a su cuello, escondí la cara en su hombro y mordí. Mordí fuerte para no gritar. Mi cuerpo se contrajo alrededor del suyo en oleadas que parecían no acabar nunca, y aún temblaba cuando lo sentí endurecerse todavía más, latir como un corazón aparte y vaciarse dentro de mí en chorros calientes.

Nos quedamos así, abrazados, con él aún dentro, palpitando suave. La luna seguía colgada arriba, las cigarras seguían cantando, la película seguía sonando a lo lejos como un eco. Le besé la frente, sudada y tibia, y él me apartó un mechón de la cara con una delicadeza que no me esperaba.

—¿Cómo te llamas? —pregunté, riéndome bajito de lo absurdo que sonaba después de todo.

—Mejor no —contestó él con una sonrisa—. Así lo recordaremos siempre como esta noche.

Volví a casa a pie por el camino de tierra, con las bragas en el bolso y la silla bajo el brazo. La película había terminado y la huerta estaba ya casi vacía. Él se había quedado entre las cañas, encendiendo un cigarro. Nunca volví a verlo, ni quise buscarlo. Y todavía hoy, cuando huelo a tierra húmeda en una noche de verano, algo en mí se aprieta y vuelvo, por unos segundos, a aquel cañar.

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Comentarios (7)

Nico_Baires

que buena confesion!! me enganché desde la primera oración, se siente completamente real

Tomi_87

Por favor continua, quede con ganas de saber como termino esa noche jajaja

lectora_nocturna

Me encantó como lo narraste, se nota que es una experiencia genuina. Esos momentos en que el cuerpo decide antes que la cabeza... increible

ValencianoSur

la ultima fila del cine jajaja, un clasico que nunca falla. tremendo relato

Pablito_83

Muy bueno, corto pero intenso. Tenes mas confesiones publicadas?

MaterosBA

me recordó a algo que me pasó de joven en unas vacaciones de verano. esas cosas que uno lleva guardadas toda la vida :)

SofiaKV

Buenisimo!!! segunda parte porfavor

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