La chupada en el coche que casi me marcó
Acepté que me llevara a casa después de la fiesta, pero cuando estacionó en la oscuridad entendí que esa noche iba a ponerme a prueba.
Acepté que me llevara a casa después de la fiesta, pero cuando estacionó en la oscuridad entendí que esa noche iba a ponerme a prueba.
Me echó de su cama al amanecer, pero en la cocina me miró distinto y supe que aún quería que la hiciera portarse peor.
Cuando cerró el pestillo del baño y se colocó entre mis piernas, entendí que llevaba días esperando ese beso.
Eran las tres de la madrugada y yo no podía dejar de mirarte dormir. Quería tocarte, pero sabía que te dolía. Así que se me ocurrió otra cosa.
Tenía veinticuatro años y creía saber lo que me gustaba, hasta que aquel hombre maduro me miró desde el otro lado de la cocina y todo se vino abajo.
La retuve de la mano un segundo más de lo debido al saludarla. Ella sonrió, se mordió el labio, y supe que esa cena de despedida iba a terminar de otra manera.
Llegó sin el traje de dueña ni la voz de mando: vestido negro, pelo suelto con vetas plateadas y una frase que no le había oído nunca, «hoy solo quiero ser mujer».
Llevaba semanas con la misma curiosidad clavada en la cabeza, hasta que un viernes Marina me tomó de la mano y me dijo que ya era hora de probarlo.
Le dije que me dejara por la carretera bien iluminada. Él sonrió, tomó el desvío hacia el mirador y yo dejé que el vestido se me subiera hasta el muslo.
Nunca había hecho algo así. Pero esa tarde, mientras buscaba quién arreglara el techo, me di cuenta de que en realidad estaba cazando otra cosa.
Apenas sabía su nombre cuando ya estaba de rodillas en mi cama, suplicando que no parara. Nunca había estado con alguien que disfrutara el sexo con esa intensidad.
Se arregló como hacía años que no lo hacía, se perfumó y condujo hasta la dirección anotada en un papel amarillo. Todo, se repetía, era por el bien de su hijo.
Pidió un masaje para la contractura. Lo que no pidió fue la voz grave de él diciéndole que iba a trabajar más profundo, ni lo que ella respondió.
Nunca planeé que terminara así, pero cuando él abrió la puerta y nos vio, supe que esa noche iba a elegir con el cuerpo y no con la cabeza.
Llevaba años apagada hasta que una tarde, sola en casa, entendí que mi cuerpo seguía vivo, hambriento, y que ya nadie iba a despertarlo por mí.
Eran las siete de la mañana, todavía me zumbaban los oídos por la música, y al abrir la puerta del piso entendí que esos gemidos no venían de ningún vídeo.
Vino a casa solo para que le retratara la boca. Lo que ninguno de los dos previó fue lo que esa cámara despertaría entre nosotros aquella tarde.
Cruzó las piernas, me miró por encima del libro y supe que aquella mujer llevaba años sin pedir permiso para nada. La hora muerta del metro se volvió otra cosa.
El divorcio no me hundió: me devolvió el aliento. Esa noche, con el vestido de botones y una copa servida, dejé que un desconocido mucho más joven me hiciera sentir viva.
Bajé a la cocina a preparar un café y sentí su mirada clavada en mi espalda. Sabía lo que iba a pasar, y por primera vez en meses no quería detenerlo.