El tío maduro de mi ex apareció en mi peor momento
Bajé a la cocina a preparar un café y sentí su mirada clavada en mi espalda. Sabía lo que iba a pasar, y por primera vez en meses no quería detenerlo.
Bajé a la cocina a preparar un café y sentí su mirada clavada en mi espalda. Sabía lo que iba a pasar, y por primera vez en meses no quería detenerlo.
Solo había un chico al fondo, lavándose las manos. Me miró por el espejo y, sin decir una palabra, los dos supimos que la espera había terminado.
Le prometí a mi amigo que no tocaría a su hermanita. Lo que no le dije es que su mejor amiga se sentaba a mi lado cada clase, demasiado cerca para concentrarme en los números.
Ella tenía novia y yo arrastraba una relación que se apagaba. Nos fuimos a la costa como amigos. Lo que pasó en esa habitación de dos camas no estaba en mis planes.
Salió al pasillo a buscarme, me miró fijo y me dijo que tenía una pregunta. No me imaginaba lo que iba a pasar cuando cerró la puerta de la habitación.
Odio los baños públicos desde siempre, pero ese día no me quedó opción. Lo que no imaginé fue lo que encontraría al volver corriendo por el teléfono que olvidé sobre el depósito del agua.
La primera vez que la oí al otro lado del tabique me quedé inmóvil, conteniendo la respiración, fingiendo que dormía mientras ella creía estar completamente sola.
Pensé que el merendero estaría vacío con esa lluvia. Entonces apareció ella, me pidió fuego y, dos horas después, dejó que su vestido resbalara hasta el suelo.
Volví por Bryan, pero fue Andrés quien me detuvo en plena calle, me agarró con descaro y me citó al día siguiente. Yo ya sabía lo que iba a pasar y no hice nada por evitarlo.
Llevaba toda la cena sin bragas, sabiendo lo que me hacía. Cuando vio el callejón vacío, levantó apenas la falda roja y se apoyó en la pared sin decir nada.
Ella salió a media mañana y el apartamento quedó en silencio. Solo quedamos él y yo, y lo que la noche anterior había despertado ya no se podía ignorar.
Seis meses cuidando cada prenda que ella tendía conmigo, sin decir nada. Hasta que entendí que aquellos encajes eran un mensaje que llevaba semanas sin atreverse a decir.
No quería caricias ni promesas. Solo quería que me partiera en dos, y se lo dije a la cara apoyada en el capó de aquel coche.
Llevaba mi pequeño secreto de metal entre las piernas mientras él daba clase, convencida de que era yo quien tenía el control. Me equivoqué en cada cálculo.
Llegó a la fortaleza envuelta en sedas, convencida de que su belleza ya había comprado una vida de lujos. No imaginaba el precio que cobraría su nuevo marido esa misma noche.
Habíamos bromeado con la idea después de la película. Una semana después, mi mujer me dejó un audio a la una de la mañana y el cuarto olía a otro hombre.
Me creía la reina del dormitorio, intocable y exigente. Entonces bajaste, me abriste las piernas y descubrí cuánto me gustaba obedecerte sin protestar.
Creyó que los altos muros del laberinto la escondían de todos. No contaba con que el hombre que conocía de toda la vida la estuviera mirando desde la entrada.
Tres golpes secos en la puerta y supe que era él. No traía recibo, solo esa sonrisa torcida que me erizaba la piel cada vez que el alquiler se atrasaba.
Él revolvía las gambas con el trasero al aire mientras unas manos que no eran las suyas me apretaban contra la encimera. Y ninguno de los dos pensaba parar.