La madura que dejó de mandar por una tarde
Llegó sin el traje de dueña ni la voz de mando: vestido negro, pelo suelto con vetas plateadas y una frase que no le había oído nunca, «hoy solo quiero ser mujer».
Llegó sin el traje de dueña ni la voz de mando: vestido negro, pelo suelto con vetas plateadas y una frase que no le había oído nunca, «hoy solo quiero ser mujer».
Llevaba semanas con la misma curiosidad clavada en la cabeza, hasta que un viernes Marina me tomó de la mano y me dijo que ya era hora de probarlo.
Le dije que me dejara por la carretera bien iluminada. Él sonrió, tomó el desvío hacia el mirador y yo dejé que el vestido se me subiera hasta el muslo.
Nunca había hecho algo así. Pero esa tarde, mientras buscaba quién arreglara el techo, me di cuenta de que en realidad estaba cazando otra cosa.
Apenas sabía su nombre cuando ya estaba de rodillas en mi cama, suplicando que no parara. Nunca había estado con alguien que disfrutara el sexo con esa intensidad.
Se arregló como hacía años que no lo hacía, se perfumó y condujo hasta la dirección anotada en un papel amarillo. Todo, se repetía, era por el bien de su hijo.
Pidió un masaje para la contractura. Lo que no pidió fue la voz grave de él diciéndole que iba a trabajar más profundo, ni lo que ella respondió.
Nunca planeé que terminara así, pero cuando él abrió la puerta y nos vio, supe que esa noche iba a elegir con el cuerpo y no con la cabeza.
Llevaba años apagada hasta que una tarde, sola en casa, entendí que mi cuerpo seguía vivo, hambriento, y que ya nadie iba a despertarlo por mí.
Eran las siete de la mañana, todavía me zumbaban los oídos por la música, y al abrir la puerta del piso entendí que esos gemidos no venían de ningún vídeo.
Vino a casa solo para que le retratara la boca. Lo que ninguno de los dos previó fue lo que esa cámara despertaría entre nosotros aquella tarde.
Cruzó las piernas, me miró por encima del libro y supe que aquella mujer llevaba años sin pedir permiso para nada. La hora muerta del metro se volvió otra cosa.
El divorcio no me hundió: me devolvió el aliento. Esa noche, con el vestido de botones y una copa servida, dejé que un desconocido mucho más joven me hiciera sentir viva.
Bajé a la cocina a preparar un café y sentí su mirada clavada en mi espalda. Sabía lo que iba a pasar, y por primera vez en meses no quería detenerlo.
Solo había un chico al fondo, lavándose las manos. Me miró por el espejo y, sin decir una palabra, los dos supimos que la espera había terminado.
Le prometí a mi amigo que no tocaría a su hermanita. Lo que no le dije es que su mejor amiga se sentaba a mi lado cada clase, demasiado cerca para concentrarme en los números.
Ella tenía novia y yo arrastraba una relación que se apagaba. Nos fuimos a la costa como amigos. Lo que pasó en esa habitación de dos camas no estaba en mis planes.
Salió al pasillo a buscarme, me miró fijo y me dijo que tenía una pregunta. No me imaginaba lo que iba a pasar cuando cerró la puerta de la habitación.
Odio los baños públicos desde siempre, pero ese día no me quedó opción. Lo que no imaginé fue lo que encontraría al volver corriendo por el teléfono que olvidé sobre el depósito del agua.
La primera vez que la oí al otro lado del tabique me quedé inmóvil, conteniendo la respiración, fingiendo que dormía mientras ella creía estar completamente sola.