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Relatos Ardientes

Pagué a mi limpiadora por cada prenda que se quitaba

Tengo treinta y seis años y nunca creí que el dinero pudiera comprarlo todo hasta que me mudé al ático de Diagonal Mar. Todo lo que toco se convierte en cifras: cuentas, fondos, contratos firmados con una pluma de mil euros que casi nunca uso. Mi vida transcurre entre llamadas con Londres y cenas en restaurantes donde la carta no tiene precios. Lo confieso aquí sin orgullo y sin vergüenza: el placer, para mí, no está en lo que poseo, sino en lo que puedo lograr que la gente haga cuando ve un fajo de billetes encima de la mesa.

El ático lo compré después de una operación que me hizo ganar más de lo que mi padre ganó en treinta años de fábrica. Suelos de mármol blanco, ventanales hasta el techo, una vista del mar que parece pintada por encargo. La empresa de limpieza con la que trabajaba antes era impecable, pero aburrida. Aquella semana abrí la web de una agencia nueva y, entre las fichas, me detuve en una.

Yuleidy. Treinta años, cubana, recién llegada de La Habana. La foto la mostraba seria, con un moño tirante y un uniforme que no le hacía justicia. Aun así, los ojos negros se le notaban desde el otro lado de la pantalla. Tenía la piel del color del café tostado, los pómulos altos y una línea de mandíbula que no encajaba con el delantal. Pedí los datos por mensajería privada, pagué el doble del precio de tarifa y reservé los lunes a las nueve de la mañana.

—Necesito eficiencia y discreción —le dije por teléfono la noche anterior—. Lo demás, lo iremos viendo.

Ella respondió con un sí amable y un acento que me dejó la boca seca.

***

Llegó puntual. La saludé en el rellano con la chaqueta del traje todavía puesta, aunque no tenía a dónde ir. Llevaba una blusa blanca con un botón de más cerrado, una falda negra a la rodilla y unas zapatillas que la hacían parecer más bajita de lo que era. La piel le brillaba después de subir desde el metro y un mechón rebelde se le escapaba del moño.

Le mostré el ático con la lentitud calculada de quien enseña una jaula. La cocina abierta de acero, el salón con sofá de cuero crudo, el dormitorio con cama king-size frente a la ventana, el baño de doble ducha. Yuleidy asentía con educación y tomaba notas mentales. Cada vez que se inclinaba para mirar un rincón, la falda le subía un dedo, y yo me obligaba a apartar la vista hacia el ventanal.

—Si necesita algo, estoy en el despacho —dije, y me retiré.

Lo de necesitar algo era una mentira. Lo único que necesitaba era verla trabajar.

Pasé las dos primeras horas mirando la pantalla del portátil sin leer una palabra. Ella aspiraba alfombras, vaciaba el lavavajillas, doblaba toallas con una precisión que solo dan las casas donde sobra el orden. Cuando se agachaba para recoger algo del suelo, los muslos morenos se le tensaban bajo la falda. Cuando se estiraba a limpiar lo alto del armario, la blusa se le ajustaba al pecho hasta dibujar el sostén. Yo bebía café frío y me convencía de que solo era curiosidad.

A media mañana le acerqué una taza.

—Trabaja rápido —dije—. Me gusta eso.

—Gracias, señor —respondió, sin mirarme directamente.

Ese «señor» me cambió algo por dentro.

***

Empecé despacio, casi a modo de juego.

—El mármol se raya con las suelas. Si limpia descalza, le añado cincuenta euros al final del día.

Yuleidy levantó la cabeza y me estudió un momento. No dijo nada. Se sentó en el borde del sofá y se quitó las zapatillas con cuidado. Los pies eran finos, las uñas pintadas de un rojo muy oscuro. Se levantó y siguió como si nada, pero ya no era como si nada.

—¿Hace mucho que vino de Cuba? —pregunté desde el sillón.

—Cuatro meses —contestó ella.

—¿Familia aquí?

—Mi madre quedó allá. Le mando lo que puedo.

Asentí. Lo había imaginado. Mi padre también había mandado dinero a un sitio durante años; saber que del otro lado del mundo alguien depende de tus billetes lo entiende todo el que ha vivido la deuda.

A mediodía vi mi oportunidad.

—El baño principal hay que dejarlo brillando. El vapor le va a estropear esa blusa. Quítesela y le doy cien más.

Yuleidy se puso muy seria. La sonrisa amable de la mañana se borró.

—Señor, eso no entra en el contrato.

Saqué la cartera y dejé sobre la encimera un fajo de billetes que ella miró sin querer mirar.

—Doscientos. Solo somos usted y yo. La puerta está cerrada y aquí no hay cámaras.

Ella respiró hondo. Pensó. Vi cómo le pasaba por la cabeza la lista de facturas, el alquiler, la mensualidad de su madre. Cuando se desabrochó el primer botón, lo hizo despacio, casi como si esperara que yo me arrepintiera. No me arrepentí. La blusa cayó sobre el respaldo de una silla. Debajo llevaba un sostén negro, sencillo, que apenas contenía un pecho pesado y de areolas oscuras. Los pezones se le marcaban a través de la tela bajo el aire acondicionado.

Recogió la fregona y siguió. Cada vez que se inclinaba sobre la bañera, las gotas de agua le bajaban por el escote y dejaban un brillo que parecía pintado a mano sobre la piel oscura. Yo la observaba desde el marco de la puerta, con la mano en el bolsillo, sin disimular del todo.

***

El siguiente paso lo dimos en la cocina.

—La falda le va a impedir agacharse para fregar el suelo. Trescientos euros si la deja en una silla.

—Por favor… —empezó.

—Quinientos —corté—. Solo en ropa interior. Decida usted.

A Yuleidy se le humedecieron los ojos, pero no lloró. Tomó los billetes, los dobló y se los guardó dentro del sostén. Después se bajó la cremallera lateral de la falda y la dejó caer al suelo. Llevaba un tanga negro que se le clavaba en unas caderas anchas y un culo redondo, alto, de los que solo da la genética. Se agachó para fregar como si nada, y el sudor empezó a brillarle en la columna.

Yo me senté en una silla alta de la isla y me bebí un whisky a temperatura ambiente. La erección bajo el pantalón era evidente. Ella lo notó, claro que lo notó. La gente que ha trabajado de cara al público sabe leer cualquier cuerpo en dos segundos.

—Eres preciosa, Yuleidy —le dije, tuteándola por primera vez—. Tienes una piel que parece pulida.

No respondió. Pero los pezones se le pusieron más duros y la mandíbula le tembló.

***

—Cambia las sábanas del dormitorio. Setecientos euros si lo haces sin sostén.

Esa vez tardó menos en decidir. Se llevó las manos a la espalda, se desabrochó y dejó caer el sostén sobre los billetes anteriores. Sus pechos se soltaron pesados, naturales, ni grandes ni pequeños sino exactos para el cuerpo que los sostenía. Los pezones eran gruesos, largos, oscuros. Le rebotaban con cada gesto mientras estiraba la sábana bajera.

Me coloqué detrás de ella sin tocarla. Olía a un perfume barato y a sudor limpio. Le acerqué la boca al oído.

—Última oferta del día. Mil euros si te quitas eso último. Y dos mil más si me dejas tocarte.

Yuleidy se dio la vuelta con los brazos cruzados sobre los pechos. Por un segundo creí que iba a abofetearme. En lugar de eso, dijo algo en voz muy baja, casi para sí misma.

—Yo no soy lo que parece.

—Lo sé —contesté—. Por eso te pago tanto. Si fueras lo que parece, valdrías menos.

Bajó la mirada, dolida, pero asintió. Se llevó los pulgares al elástico del tanga y lo deslizó por las piernas. La tela cayó al suelo. Tenía el sexo afeitado, los labios gruesos e hinchados, brillantes. Levantó la cabeza despacio y me sostuvo la mirada por primera vez en todo el día.

—Toque, señor. Pero acuérdese de lo que paga.

***

La toqué como había imaginado tocarla desde la primera foto. Las manos blancas hicieron un contraste que se me quedó tatuado: la piel oscura calentándose bajo mis dedos, las manchas rojas que iban dejando los pellizcos, la respiración de ella partiéndose poco a poco. Le subí los pechos, los pesé en las palmas, le mordí los pezones lo justo para hacerla soltar un quejido. Bajé una mano entre sus muslos y sentí cómo la humedad la traicionaba. Frotaba con dos dedos, despacio, en círculos, mientras le susurraba al oído.

—Me dijiste que no eras esto. Pero tu cuerpo dice otra cosa.

Yuleidy cerró los ojos y apretó los labios. Las caderas le buscaban la mano sin querer.

—Tres mil más —añadí—. Y todo lo que haya en la cama es tuyo.

Lloró un poco. Asintió.

***

La empujé sobre las sábanas recién puestas y me deshice del traje a tirones. La camisa se quedó colgando de una silla, el pantalón en mitad del pasillo, los calzoncillos en el suelo del dormitorio. Cuando me coloqué entre sus muslos abiertos, ella se mordió el labio inferior. Le acaricié la cara con la mano libre.

—Si quieres parar, paramos —dije, casi sin reconocerme—. La oferta sigue en pie igual.

Negó con la cabeza.

—Acabe lo que empezó, señor.

Entré despacio, no por delicadeza, sino por placer. Quería sentir cada centímetro como si fuera el primero. Yuleidy se aferró a las sábanas, jadeó, soltó algo en su acento que no entendí. La embestí desde arriba con un ritmo controlado, viéndola apretar los ojos y soltar pequeños gemidos contra la almohada. Le agarré las muñecas y se las sujeté a los lados de la cabeza. Le besé el cuello, la mandíbula, los pechos. Le mordí un pezón hasta que abrió la boca en un grito mudo.

La di la vuelta y la puse de rodillas sobre la cama. La piel oscura del culo brillaba al lado de la sábana blanca como si alguien hubiera puesto un mueble nuevo en una casa antigua. Le di una palmada, suave la primera, más fuerte la segunda. Ella ahogó un grito en la almohada.

—Pídelo —murmuré.

—Por favor —contestó con voz rota.

—Pide lo que quieras.

—Más, señor. Más fuerte.

La obedecí. La embestí desde atrás con la mano firme en su nuca, hundiéndola contra el colchón cada vez que arqueaba la espalda. Sus gemidos cambiaron de tono, dejaron de ser de protesta, se volvieron una cosa más honda, más larga, más suya. Cuando se corrió, se contrajo entera alrededor de mí y soltó un grito que rebotó contra el ventanal.

Aguanté lo que pude. Me retiré antes de terminar y la hice girarse otra vez para tenerla mirándome a la cara cuando llegué.

***

Cuando terminamos, los dos estábamos vacíos por dentro, como si hubiéramos vendido algo y no estuviéramos seguros del precio. Yo me quedé tumbado de espaldas. Ella se levantó despacio, fue al baño, abrió el grifo. La oí llorar bajito un momento. Después se lavó la cara y volvió. Recogió los billetes uno por uno, los contó con las manos quietas y los guardó en el bolsillo del delantal que estaba en una silla.

—¿La semana que viene? —pregunté, sin atreverme a mirarla.

Yuleidy se vistió sin prisa. Botón a botón. Cremallera. Zapatillas. Cuando ya estaba en la puerta, con la bolsa al hombro, se giró.

—La semana que viene, señor. Pero el precio sube.

Cerró ella misma. No me dejó decir nada.

Me quedé un rato sentado al borde de la cama, todavía oliendo a su perfume, y pensé que por primera vez alguien me había vendido algo más caro de lo que yo podía pagar. Y que lo iba a pagar igual, lunes tras lunes, hasta el día en que ella decidiera que ya estaba.

Lo confieso aquí, donde nadie me conoce, porque en mi círculo no podría contarlo. Para todos sigo siendo el hombre del traje gris, el del ático con vistas, el que controla la sala con una mirada. Para una mujer de Cuba, soy el imbécil que paga cada lunes por sentirse menos solo.

Y volveré a abrir la puerta el lunes que viene.

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Comentarios (7)

PatoNocturno

increible!!!

CuriosaYoli

Necesito la segunda parte, me engancho desde el primer parrafo!!

FernandoK81

¿ella sabia de verdad lo que estaba pasando o se hacia? me quede con esa duda jaja

RobertoLect

Buenisimo, la tension se siente en cada linea. De los mejores que lei en mucho tiempo

Richi_54

entre por el titulo y no me arrepiento para nada jajaja

LunaCordoba

me recordo a algo que vivi hace años pero nunca tuve ese valor. Tremendo

MaeraX

Me encanto la forma de contarlo, sin apurarse ni forzar nada. Eso no es tan comun por aca

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