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Relatos Ardientes

Lo que pasó en aquel probador no se lo conté a nadie

Lo que voy a contar pasó hace dos años, cuando todavía estudiaba arquitectura en Sevilla y vivía en un piso compartido cerca de la facultad. Lo cuento ahora porque sigue volviendo cada vez que paso por delante de un escaparate, y necesito sacarlo de adentro aunque sea escribiéndolo. Nunca se lo conté a nadie. Ni a la novia que tenía entonces, que duró tres meses más, ni a mis amigos del piso, que me hubieran tomado el pelo durante años.

Era un viernes de finales de septiembre, todavía hacía calor en la calle, y había decidido saltarme la clase de las cinco para renovar el armario. Me había quedado sin vaqueros decentes y la única camisa que me ponía para salir tenía un agujero en el codo que mi madre me había prometido coser tres meses atrás. Entré en una tienda del paseo principal, una de esas grandes con dos plantas, maniquíes sin cabeza y música a un volumen incómodo. Me llamo Mateo. Tenía veintidós años y la pinta clásica del estudiante: alto, flaco, pelo castaño que nunca se quedaba quieto, cara de no haber roto un plato en mi vida.

Estuve un rato dando vueltas entre las perchas sin decidirme. Cogía una prenda, la miraba, la dejaba. Estaba pensando en irme cuando alguien se paró a mi lado.

—¿Te ayudo a buscar algo o prefieres seguir mareando perchas?

Levanté la vista. La dependienta tenía treinta años, quizá un par más, y llevaba el uniforme negro de la tienda como si se lo hubiera diseñado ella misma. Era dominicana, eso lo entendí en cuanto abrió la boca, aunque hablaba con una mezcla de acentos que costaba ubicar. Se llamaba Camila, según la chapa metálica encima del pecho izquierdo. Pelo recogido en un moño alto, pendientes grandes, los labios pintados de un rojo que no era el de las dependientas normales. Era el rojo de alguien que sabe lo que está haciendo.

—Busco vaqueros —dije, intentando que la voz me saliera firme—. Talla cuarenta y dos, pitillos. Y una camisa.

—Ven conmigo.

Me agarró del codo con una familiaridad que no le correspondía a una empleada y me llevó hasta el otro extremo de la planta. No me soltó hasta que llegamos a un perchero del fondo. Olía a algo cítrico, a pomelo o a bergamota, no sé, yo de perfumes nunca entendí. Pero olía bien. Olía a alguien que se había puesto perfume esa mañana sabiendo que se lo iba a oler alguien.

—Estos te van a quedar bien —dijo, sacando dos vaqueros oscuros y empujándomelos contra el pecho—. Y esta camisa también. Confía en mí.

—¿Por qué iba a confiar en ti?

Sonrió sin enseñar los dientes.

—Porque llevo seis años haciendo esto y porque me caes bien. Vamos al probador.

Los probadores estaban al fondo de la planta, en un pasillo largo con cabinas a ambos lados separadas por cortinas gruesas color granate. No había nadie más esperando. La planta entera estaba medio vacía a esa hora, era la franja muerta de antes de que la gente saliera del trabajo. Camila levantó la cortina de la última cabina, la del fondo, y me hizo un gesto con la cabeza para que entrara.

—Si te quedan grandes me llamas. Estoy aquí fuera.

Cerré la cortina. Me quité los pantalones rápido, sin pensar mucho, y me probé los primeros vaqueros. Me ajustaban más de lo que estaba acostumbrado. La camisa también me marcaba un poco los hombros. Me miré en el espejo del fondo de la cabina y no me reconocí del todo. Se me veía mejor. Se me veía como si tuviera otro cuerpo.

—¿Cómo van? —preguntó la voz desde fuera.

—Creo que bien.

—Sal y los vemos en el espejo grande.

Salí. El espejo grande estaba al final del pasillo, una pared entera. Camila estaba apoyada en la cortina de enfrente, los brazos cruzados, los ojos haciéndome un repaso lento de los pies a la cabeza. Sentí calor en las orejas.

—Date la vuelta.

Obedecí sin pensarlo. Y ahí, mirando mi propio reflejo de espaldas, sentí su mano en la cintura del vaquero. Sus dedos pasaron por debajo de la cinturilla, fríos, comprobando algo que no necesitaba comprobación. Los dedos bajaron un poco más de lo que hacía falta, rozándome la curva del culo por encima del bóxer, y se quedaron ahí un segundo de más, midiéndome de una forma que no tenía nada que ver con la ropa.

—Aquí te sobra un poco. Vuelve al probador, te traigo otra talla.

Volví a la cabina sin discutir. Esperé de pie, sin saber qué hacer con las manos, mirándome a mí mismo en el espejo. Tenía la cara más roja de lo que recordaba haberla tenido nunca. Y tenía otra cosa: la polla medio dura debajo del bóxer, marcándose contra la tela, subiendo sola desde el instante en que ella me había tocado la cintura. Me la reajusté con vergüenza, como si el espejo me estuviera mirando también a mí. Camila volvió al cabo de un minuto con otros vaqueros y, en lugar de pasármelos por debajo de la cortina, entró conmigo en la cabina y la corrió detrás de ella. El cubículo era estrecho. Demasiado para dos.

—¿Esto se puede hacer? —pregunté, intentando sonar despreocupado y fallando por todos lados.

—Lo que se puede hacer y lo que se hace son dos cosas distintas, universitario.

Me miró con una sonrisa que no era inocente y se cruzó de brazos para indicarme que me cambiara delante de ella. Me quedé un segundo paralizado. Luego le di la espalda y empecé a quitarme los vaqueros con manos torpes. Sentía sus ojos en la nuca, en los hombros, en todas partes.

Esto no está pasando.

Pero estaba pasando.

Me quedé en bóxers. Y antes de que pudiera ponerme los nuevos, sentí su mano en la cadera. Una mano firme, que sabía a dónde iba. La otra vino por delante y me apretó la polla por encima del algodón sin preámbulo, comprobando lo dura que estaba con la misma seguridad con la que antes me había medido la cintura. Se me escapó un jadeo corto que rebotó en las paredes de la cabina.

—Tranquilo, Mateo. Y calladito. Ya la tienes bien parada, ¿eh? —susurró, apretando otra vez, esta vez con toda la mano, marcándome el bulto entre los dedos—. Se te nota que hace tiempo que no te la tocan bien.

—No te he dicho mi nombre.

—Lo lleva la tarjeta del banco que asoma del bolsillo de tu vaquero. ¿Quieres que pare?

Tenía que decir que sí. Tenía novia. Tenía un examen el lunes. Tenía mil razones racionales y ninguna de ellas se me ocurrió a tiempo. La mano seguía ahí, moviéndose ahora en un vaivén lento por encima de la tela, y cada roce me subía la sangre a la cara y me la bajaba en dirección contraria.

—No.

Eso fue lo único que conseguí decir.

Camila me giró hacia ella. Me empujó suave contra la pared del fondo y me besó. Su boca sabía a chicle de menta y a algo más, a café o a algo amargo debajo del dulce. Sus labios eran más blandos de lo que parecían, pero los dientes los usaba con intención. Me mordió el labio inferior justo cuando empezaba a relajarme y solté un sonido ridículo que no había hecho nunca delante de nadie. Su lengua me buscó la mía y me la chupó entera, despacio, como si me estuviera enseñando en pequeño lo que pensaba hacerme en grande. Al mismo tiempo, la mano seguía en mi entrepierna, apretando y soltando en un ritmo que me tenía empujando la cadera contra ella sin darme cuenta.

—Shhh. Hay gente fuera. Si nos pillan, los dos tenemos un problema. Y si te oyen gemir como una nena, peor todavía —me susurró contra la boca, y sonrió al ver que se me escapaba otro jadeo cuando me apretó más fuerte.

Asentí. No me salía la voz.

Sus manos bajaron por mi pecho, por el estómago, hasta el elástico del bóxer. Me lo bajó hasta los tobillos sin ningún tipo de ceremonia. La polla me saltó hacia arriba, dura, la punta ya brillando de líquido, y se le escapó a Camila un sonido bajo entre la garganta y los dientes.

—Coño, universitario. Mira lo que tenías guardado ahí abajo.

Me la agarró con la mano derecha, entera, cerrando los dedos alrededor de la base y apretando lo justo para hacerme cerrar los ojos. La movió despacio, de abajo arriba, arrastrando el pulgar por el glande cada vez que llegaba a la punta, esparciéndome el líquido que me estaba saliendo solo. Yo ya estaba duro, llevaba duro desde el momento en que ella había corrido la cortina detrás de los dos. Me ardía toda la cara y se me había secado la boca.

—Para ser un niño bueno, tienes la mirada de alguien al que se le hace agua la boca —dijo, arrodillándose frente a mí sin soltarme la polla en ningún momento—. Y una polla que no es de niño bueno para nada. A ver si sabes aguantar callado.

—No soy tan...

No terminé la frase. Me la metió en la boca de un solo movimiento, hasta el fondo, hasta que sentí el paladar blando cerrarse contra el glande, y cualquier cosa que estuviera a punto de decir se convirtió en un gemido que tuve que tragar a medias mordiéndome el puño.

Camila era buena. Buena de verdad. Su lengua hacía cosas que yo no sabía que se podían hacer, y combinaba succión con presión y con un movimiento de la mano alrededor de la base que me tenía agarrándome a la cortina por miedo a caerme. Subía y bajaba con la boca cerrada apretándome, hasta que sacaba la polla del todo y me pasaba la lengua plana por la punta, lamiendo el líquido que salía, chupándome el glande con los labios cerrados como si fuera un caramelo. Luego se la volvía a meter entera, la garganta cediéndole, y aguantaba unos segundos con los ojos cerrados y las mejillas hundidas antes de subir otra vez, con un hilo de saliva conectando su boca con la punta. Me escupió encima, un escupitajo pequeño y controlado, y usó su propia saliva para hacerme una paja larga y lenta mientras me chupaba los huevos uno por uno, metiéndoselos en la boca con una succión suave que me hizo doblar las rodillas de verdad.

Me miraba desde abajo. Eso era lo peor. Eso era lo que me iba a hacer terminar antes de tiempo. La cara de saber exactamente lo que estaba haciendo, de saber el efecto que estaba teniendo. El pintalabios rojo se le había corrido un poco y le rodeaba la boca en un cerco húmedo, la polla mía entrando y saliendo entre esos labios manchados, la barbilla brillante de saliva. Se llevó una mano libre a los pechos por encima del uniforme y se los apretó a través de la tela, y con la otra siguió pajeándome sincronizada con su boca.

—Para —susurré—. Voy a... Para.

Se separó con la boca brillante y una sonrisa de medio lado.

—Todavía no, universitario. Quiero ver hasta dónde llegas.

Me apretó fuerte la base de la polla con dos dedos, cortándome el orgasmo en seco, y me sostuvo así unos segundos hasta que el temblor bajó. Se levantó y, sin dejar de mirarme, se metió la mano por debajo de la falda del uniforme. Vi el movimiento. Sentí como si se me parara el corazón. Sacó una braga negra, sencilla, de algodón, y la dejó colgada de un dedo unos segundos antes de meterla en el bolsillo del vaquero que estaba en el suelo. La braga estaba mojada. Lo vi. Tenía una mancha oscura en el centro del algodón que no dejaba dudas de nada.

—Para que te acuerdes.

—Camila...

Me cogió la mano y se la llevó por debajo de la falda ella misma. Guió mis dedos hasta un coño empapado, caliente, sin nada de pelo, los labios ya hinchados y separados. Me hizo pasar los dedos por toda la raja, arriba y abajo, y en cuanto le rocé el clítoris ella soltó el aire por la nariz y se mordió el labio.

—¿Ves? Yo también llevo un rato así. Desde que te vi la cara en el perchero.

Me metió dos dedos míos dentro de ella, guiándome, y me los movió despacio hasta que los sacó bañados. Se los llevó a la boca y me los chupó uno por uno, mirándome fijo, sin parpadear.

—Date la vuelta.

Me giró y me apoyó las manos contra el espejo de la cabina. Sentí cómo se subía la falda hasta la cintura. Una de sus piernas se metió entre las mías para separármelas. Su mano me guió hasta donde tenía que estar, restregándome la punta de la polla por toda la raja, mojándomela con ella, resbalándola de arriba abajo hasta que me acomodó en la entrada. Empujó la cadera hacia atrás y me tragó de una sola vez, entera, hasta que sentí la tela de su falda arrugada contra mis huevos. Cuando entré, los dos contuvimos el aire al mismo tiempo. El gesto fue idéntico. Casi nos reímos contra el espejo.

—Coño, qué apretada estás —se me escapó, y me tuve que morder la lengua por lo torpe que sonó.

—Cállate y fóllame bien, universitario. Sin ruido.

—No hagas ruido —susurró contra mi oreja, y empezó a moverse contra mí.

Me apretaba con fuerza. Estaba caliente por dentro, mojada de una manera obscena, y cada vez que ella empujaba la cadera hacia atrás yo sentía cómo el coño me chupaba entero, cómo se contraía alrededor y no me quería soltar. Una de sus manos clavada en mi muslo, la otra apoyada en el espejo junto a la mía, los dedos abiertos como si estuviera intentando sujetarse a algo que se le escapaba. Yo intentaba ir despacio, intentaba durar más de lo que iba a durar, pero ella marcaba el ritmo y el ritmo era cada vez más rápido. Empezó a follarme ella a mí, en realidad, empujándome contra el espejo con la cadera, encajándose la polla hasta el fondo con cada movimiento, jadeando bajito con la boca cerrada contra mi hombro. Sentí sus dientes en la nuca. Sentí una de sus manos venir por delante y agarrarme los huevos, apretándolos con suavidad al ritmo de las embestidas.

—Más fuerte —me exhaló en el oído—. Empuja tú también. Rómpeme el coño, dale.

Empecé a empujar de vuelta, contra ella, sacándola casi entera y volviendo a metérsela de un golpe hasta el fondo. Se le escapó un gemido corto que ella misma ahogó mordiéndose la manga. La cabina entera olía a sexo, a mi polla mojada por ella, a su coño abierto, al pomelo del perfume mezclado con el sudor. La cortina del probador temblaba con cada movimiento. Por el pasillo sonaba la voz de otra dependienta hablándole a una clienta sobre unas blusas de la nueva colección. Yo tenía la frente apoyada contra el espejo, justo al lado del reflejo de su cara, que olía a su perfume y a sudor nuevo, y pensaba que cualquiera, cualquiera, podía abrir esa cortina y encontrarnos así, con mis manos abiertas contra el cristal y su falda subida hasta la cintura y su culo desnudo chocando contra mi ingle con un ruido húmedo que teníamos que tapar respirando entrecortados.

Camila se llevó una mano al coño mientras yo la seguía embistiendo. La vi en el reflejo, los dedos moviéndose rápido sobre el clítoris, la boca abierta contra mi hombro, los ojos entrecerrados. Se apretó más contra mí, se agachó un poco para que la penetración le llegara distinto, y de pronto la sentí cerrarse alrededor de mi polla con una serie de espasmos que me dejaron sin aire. Se corrió mordiéndose la palma de la mano para no gritar, empujando el culo hacia atrás para que no se la sacara, moliéndome contra ella hasta el último temblor. El coño le chorreaba. Sentí un hilo caliente resbalarme por los huevos.

Esa idea me terminó.

—No te aguantes —murmuró ella, leyéndome la cara en el reflejo—. Adentro no. Sácala y te corres encima de mí, donde tú quieras. Pero no la sueltes hasta el final, dale más, un poco más.

Le di tres o cuatro embestidas más, rápidas, brutales, con la mano abierta en su cadera para retenerla, y cuando sentí que ya no había vuelta atrás me retiré con un esfuerzo que no creí que pudiera hacer. Me agarré la polla y me terminé sobre su muslo con una serie de espasmos que casi me doblaron las rodillas. Salieron chorros gruesos, calientes, uno tras otro, primero contra la parte interior del muslo y luego contra la parte baja del culo, resbalándole por la piel morena en dos hilos blancos que se juntaban y bajaban despacio hacia la corva. Fue largo. Más de lo que yo mismo me esperaba. Cuando terminé estaba temblando de las piernas y con la mano llena de semen tibio. Camila me sujetó por la nuca y me besó hasta que dejé de temblar. Su boca seguía sabiendo a menta. Daba igual lo que pasara, ella seguía oliendo y sabiendo a algo limpio.

—Buen chico. Buen chico, universitario. Menuda descarga tenías guardada.

—¿Y tú?

—Yo ya me he corrido contigo dentro, tonto, ¿no lo has notado? —se rio bajito, mordiéndome el lóbulo—. Y en casa me ocupo otra vez con calma, pensando en esa cara que has puesto ahora mismo. Esto era para ti.

Sacó un pañuelo del bolsillo de la falda, me limpió la polla con cuidado, pasando la tela por toda la longitud y también por los huevos, se limpió el muslo y el semen que le resbalaba por detrás, y se lo guardó como si fuera una prueba. Después se ajustó el uniforme, se recolocó el moño, se puso el pintalabios sin espejo, se relamió una comisura donde le quedaba un resto brillante. Yo todavía estaba intentando recuperar la respiración apoyado contra la pared, con la polla todavía medio dura colgándome, incapaz de moverme.

—Vístete. Yo salgo primero. Esperas dos minutos.

—Camila.

—Dime.

—¿Esto...?

—Esto pasa. Ahora paga los vaqueros y vete a casa a acabar de correrte pensando en mí, que sé que lo vas a hacer.

Salió como si nada. Yo me quedé apoyado en el espejo escuchando el latido del cuello todavía dándome golpes en los oídos y la polla latiéndome todavía en la mano. Me vestí con manos torpes, equivocándome con los botones de la camisa, con las piernas flojas todavía. Cuando salí del probador, ella estaba al otro lado de la planta atendiendo a una pareja de turistas, sin mirarme.

Pagué los vaqueros y la camisa en una caja distinta. Lo hice a propósito. La cajera me cobró sin levantar la vista del lector de códigos. En el bolsillo del vaquero nuevo, doblada en cuatro, estaba la braga negra, todavía húmeda por dentro.

***

Salí a la calle con la sensación de que el aire pesaba distinto. Las piernas me temblaban un poco. La cabeza me daba vueltas. Me senté en un banco de la plaza más cercana y me quedé un rato mirando una fuente sin pensar en nada concreto. Pasaron tres autobuses. Pasaron dos parejas con cochecito. Pasó un grupo de turistas alemanes a los que un guía les explicaba algo sobre la catedral.

Volví a la tienda dos veces más durante el mes siguiente. La primera vez no estaba ella. La segunda sí, pero estaba ocupada con una clienta y sólo me dirigió la mirada un segundo, una mirada que decía algo así como «ahora no, universitario, no en mi turno». Después dejé de volver. No por orgullo. Por miedo a que se repitiera y por miedo a que no.

De eso hace dos años. La braga negra sigue al fondo del cajón de los calcetines, debajo de un par de pares que no me pongo nunca. La saqué una vez, hace pocas semanas, sólo para comprobar que existió. Sigue oliendo a aquel pomelo, aunque eso ya debe ser cosa mía. La metí otra vez al fondo y cerré el cajón. Alguna noche, cuando estoy solo en casa, la vuelvo a sacar y me hago una paja lenta con ella entre los dedos, oliéndola, cerrando los ojos y volviendo a la cabina, a su boca pintada resbalándome por la polla, al reflejo de su cara mordiéndose la mano en el espejo. Después la doblo otra vez en cuatro y la guardo, como si con guardarla bien fuera a durar más.

Lo cuento ahora porque uno termina entendiendo que algunas tardes no se quedan en la tarde. Se quedan dentro y se mueven. Y si uno no las saca, las acaba escribiendo. Aquí está la mía.

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Comentarios(9)

NocheReader22

increible!!! me quede pegado leyendolo de principio a fin

Pedro_85

necesito la segunda parte ya, no puede terminar ahi jaja

bijumetralco

buenisimo!!!

JuanSFe_23

y como termino del todo? jaja siento que me dejaste con ganas de saber mas

Rodri_Stgo

me hizo acordar a algo parecido que me paso hace unos anos, esas cosas que despues no sabes si contar o no jajaja. muy bien escrito

ElLibreroSur

me gusto que lo contaras sin exagerar ni adornar de mas. Se siente autentico

MartaRdz88

Excelente confesion! se siente que es algo que realmente viviste. muy bueno

SilvinaRdz

Muy bien contado, tiene un ritmo que engancha. Sube mas historias asi

Paquito_Sur

jaja y yo creyendo que esas cosas solo pasaban en las peliculas. muy buen relato!

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