Dos semanas en Bali y una confesión que no olvido
Nunca había viajado solo hasta aquel verano. Tenía treinta y dos años recién cumplidos, acababa de cerrar una relación larga que se había ido apagando por cansancio, y lo único que me pedía el cuerpo era desaparecer quince días en un sitio donde nadie supiera mi nombre. Miré mapas toda una tarde y terminé comprando un vuelo barato a un pueblo costero del sur de Bali. Ni siquiera reservé hotel más allá de las primeras tres noches.
Los primeros días fueron extraños, y fueron extraños por mi culpa. Salía a caminar por el paseo marítimo, pedía cerveza fría en cualquier bar con terraza y me quedaba mirando a la gente pasar. Intentaba hablar con mujeres que cruzaban la mirada conmigo y la conversación se moría a los dos minutos, o descubría que lo que yo leía como interés era solo educación. La tercera noche volví al hotel enfadado conmigo mismo, me tumbé vestido encima de la colcha y me prometí que al día siguiente probaría otra cosa.
El cuarto día empecé temprano. A media mañana entré en un bar pequeño que daba al muelle y pedí mariscos y una cerveza. Comía sin prisa, mirando a los pescadores descargar cajas, cuando ella entró.
Era distinta al resto. Un poco más alta, caderas firmes, pecho amplio bajo una camiseta ajustada, piel oscura, pelo negro hasta la mitad de la espalda. Se sentó dos mesas más allá, pidió algo de beber y miró alrededor sin prisa. Cuando sus ojos cruzaron los míos, sonrió. No fue una sonrisa educada. Fue una sonrisa que me invitó a levantarme.
Me acerqué con la cerveza en la mano y le ofrecí otra. Aceptó. Se llamaba Kadek. Llevaba años viviendo en aquel pueblo y trabajaba, según me dijo con una naturalidad que me desarmó, acompañando a turistas solos que venían de paso. Me lo dijo mirándome a la cara, sin disfrazarlo, como si me estuviera ofreciendo un café. Tarifa por la noche, tarifa por el día completo, lo que quisiera acordar.
—Antes tengo que preguntarte una cosa —le dije, incómodo.
Se rio y se levantó sin que yo terminara la frase. Me tomó de la mano y me llevó al baño del bar, un sitio pequeño con pestillo. Cerró la puerta y, sin dejar de mirarme a los ojos, me pidió permiso. Asentí. Se levantó la falda despacio. No había truco. Solo ella, real y húmeda, con unos labios gruesos y un triángulo oscuro que me secó la boca. Me dejó mirar unos segundos, me tomó la mano y se la puso encima con cuidado. Gemí como un adolescente.
—¿Satisfecho? —preguntó sonriendo.
—Más que satisfecho.
—Entonces habla conmigo fuera. Acordamos lo que quieras y me pagas al llegar a tu hotel, no antes. Quiero que estés seguro de lo que haces.
Aquella frase, dicha con esa tranquilidad suya, me bastó para confiar en ella. Volvimos a la mesa. Acordamos el día entero y la noche entera, a una tarifa que me pareció ridícula para lo que estaba a punto de vivir. Pagué la cuenta del bar y caminamos hasta mi hotel por calles empedradas, rozándonos los dedos, mientras el sol empezaba a bajar sobre el mar.
***
Cerré la puerta de la habitación y me quedé de pie, sin saber muy bien cómo empezar. Kadek sí lo sabía. Dejó el bolso en la mesita, me tomó la cara con las dos manos y me besó lento, casi sin lengua al principio, como si quisiera que me relajara antes de nada. Cuando notó que mi cuerpo cedía, me mordió el labio inferior y empujó suave hacia la cama.
—Dime tres cosas que te gusten —pidió, desabrochándome la camisa—. Y una que no.
Me reí bajito, porque nunca me había preguntado eso nadie. Lo pensé un segundo. Le dije que me gustaba el cuello, que me encantaba mirar, y que el sexo oral sin prisa me volvía loco. Lo que no, un par de cosas concretas que ya he olvidado. Ella asintió como si estuviera memorizando, y no volvimos a hablar un buen rato.
Me quitó los pantalones despacio. Se puso de rodillas entre mis piernas y pasó la lengua por la cara interna de los muslos antes de acercarse al centro. Cuando por fin me tomó en la boca, lo hizo con una suavidad que no esperaba. Lengua larga y plana desde la base hasta la punta, labios apretados en el glande, una mano sujetándome firme mientras la otra me masajeaba los testículos con los dedos abiertos. Cada vez que mis caderas amenazaban con tomar el control, me frenaba con la palma abierta sobre el vientre.
—Tranquilo —murmuraba entre lametazos—. Toda la tarde es nuestra.
Aguanté como pude. Cuando me soltó, yo tenía el sexo húmedo y palpitante y el corazón retumbándome en los oídos. Me pidió que me tumbara bien en la cama y se subió encima todavía vestida de cintura para arriba. Se sentó despacio, guiándome con la mano, y cerró los ojos al sentirme dentro. Bajó hasta el fondo y se quedó quieta, respirando con la boca entreabierta.
Empezó a moverse en círculos lentos. Le subí la camiseta hasta el cuello y liberé unos pechos pesados y oscuros que le botaban suaves con cada giro. Los agarré desde la base, los amasé sin apretar demasiado, y bajé la boca a un pezón duro. Ella se sostuvo de mis hombros y empezó a subir y bajar con un ritmo nuevo, más rápido, soltando gemidos que no le pedían permiso a nadie.
Se corrió encima de mí sin que yo tuviera que hacer gran cosa. Fue un orgasmo largo, de los que recorren el cuerpo de arriba abajo en oleadas, mientras me apretaba por dentro como si no quisiera soltarme nunca. Se quedó pegada a mi pecho, temblando, y yo la abracé fuerte hasta que recuperó el aliento.
Cuando pudo hablar, me empujó para que quedara yo encima. Me pidió lo siguiente sin rodeos. Me dijo que le gustaba mucho por detrás, que llevaba tiempo sin entregarse así con nadie y que confiaba en mí, pero que necesitaba que fuera despacio al principio. Asentí. Busqué lubricante en mi neceser y me tomé todo el tiempo del mundo preparándola, primero con un dedo, después con dos, mientras le comía el cuello y le susurraba al oído lo que iba viendo.
Cuando entré, lo hice milímetro a milímetro. Ella contuvo la respiración, la soltó en un suspiro largo, y yo me quedé quieto esperando. Fue ella la que marcó el ritmo con la mano sobre mi cadera, hasta que me soltó y pude aumentar. Se corrió otra vez, con un grito corto y ahogado contra la almohada, y fue entonces cuando me dejé ir yo también, hundido hasta el fondo, mientras ella me apretaba la muñeca con fuerza y repetía mi nombre contra la tela.
***
Dormimos. No sé cuánto. Cuando abrí los ojos era casi de noche y Kadek estaba saliendo de la ducha envuelta en una toalla, con el pelo mojado y la piel brillante.
—¿Cenamos fuera? Conozco un sitio —propuso.
Cenamos langosta a la plancha en una terraza sobre las rocas, con velas rodeadas de campanillas de cristal tintineando con el viento. Le pedí que me contara cosas suyas y ella aceptó a cambio de que yo le contara cosas mías. Hablamos de familias, de trabajos, de por qué cada uno había terminado en esa mesa frente a frente. No hubo trampa ni papel de seducción en esa parte. Me gustó más por eso.
Al volver al hotel caminando por la playa, nos cruzamos con otra mujer que Kadek conocía. Se llamaba Dewi. Llevaba un vestido corto claro y un pañuelo anudado al cuello. Se abrazaron, hablaron en su idioma un minuto, y después Kadek se giró hacia mí con una sonrisa que no supe leer del todo.
—Dewi tiene la noche libre. Le he contado cómo eres. Si tú quieres, puede unirse. Solo si tú quieres.
Miré a Dewi. Miré a Kadek. Pregunté lo que había aprendido a preguntar en apenas unas horas:
—¿Estáis cómodas las dos con esto?
Las dos asintieron y se rieron al mismo tiempo, como si mi pregunta les hiciera gracia. Acordamos la tarifa de Dewi allí mismo, bajo la luz de una farola, y seguimos caminando los tres hacia el hotel.
***
En la habitación, las dos empezaron desnudándose la una a la otra con una naturalidad que me dejó sentado al borde de la cama mirándolas. Se besaban sin prisa, se acariciaban los pechos, se metían las manos entre los muslos. Era evidente que no era la primera vez que se encontraban así. Cuando se giraron hacia mí, tenían las mejillas encendidas y las bocas brillantes.
Dewi se arrodilló entre mis piernas y me tomó en la boca igual que había hecho Kadek antes, pero con un estilo distinto, más rápido, más travieso, con más lengua y menos succión. Kadek se subió a la cama detrás de mí, me rodeó el cuello con los brazos y me mordió la oreja mientras Dewi marcaba el ritmo abajo. Al cabo de un rato, Dewi me soltó y se tumbó boca arriba en el centro de la cama, abriendo las piernas y estirando un brazo hacia mí.
Me tumbé encima y entré despacio. Kadek se colocó a horcajadas sobre la cara de Dewi, ofreciéndome la espalda. Me incliné, besé los hombros de Kadek mientras me movía dentro de Dewi, y sostuve la cintura de Kadek con una mano mientras Dewi la comía desde abajo. La habitación se llenó de jadeos que iban en tres direcciones distintas y se juntaban en el aire.
Cambiamos de postura muchas veces. Dewi encima, Kadek guiándola. Las dos probando ángulos, riéndose entre ellas cuando algo no salía como querían. Yo dejé de pensar. Las miraba, las tocaba, respondía a lo que me pedían. En algún momento, Kadek le susurró al oído de Dewi algo que yo no entendí, y Dewi me empujó con la mano en el pecho para que quedara boca arriba. Se tumbó a mi lado, se inclinó sobre mi oreja y me preguntó si podía probar una cosa distinta. Le dije que sí antes de saber qué era, y me explicó primero.
Lo que vino después me costó describirlo después incluso a mí mismo, porque nunca lo había sentido. Dewi se tomó su tiempo, con lubricante y paciencia, y fue Kadek la que se sentó encima de mí mientras tanto y me cabalgó despacio, besándome con la boca abierta. No me voy a detener en detalles que para mí fueron privados. Solo diré que fue una sensación doble, una oleada que venía desde un sitio que yo no sabía que tenía y que se juntó con el orgasmo de siempre hasta formar algo que me dejó temblando un buen rato con las dos encima, abrazadas a mí, susurrándome al oído palabras en español y palabras en su idioma que no necesitaba entender.
***
Dormimos los tres apretados bajo una sábana fina hasta media mañana. Desayunamos fruta y café en la terraza de la habitación, en silencio, sin necesidad de llenar el aire con frases. Dewi se fue después de un beso largo a cada uno y una promesa vaga de volver a vernos que los tres sabíamos que no era promesa. Kadek se quedó conmigo el resto de la semana. Me llevó a playas pequeñas donde solo había pescadores, me enseñó a pedir en su idioma cuatro o cinco cosas que olvidé en cuanto volví a casa, y me despidió en el aeropuerto sin dramas, con el teléfono apagado y una sonrisa. Le dejé propina generosa por todo lo que no estaba en la tarifa.
Hace de aquello casi tres años. No he vuelto a Bali. Supongo que algún día iré. O supongo que no, y que esta historia se quedará como lo que fue: dos semanas en las que descubrí que el deseo, cuando se negocia con honestidad y sin miedo, puede enseñarte más sobre ti mismo que todos los años anteriores juntos.
Eso es, al menos, lo que yo saqué en claro. Por eso la escribo ahora, en este rincón de la red, como quien deja una confesión debajo de una piedra antes de volver a su vida.