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Relatos Ardientes

La noche que un desconocido me hizo suya en el baño

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Buenos Aires me había engullido por completo desde que llegué en marzo: los domingos en la Costanera, los mercados de Palermo con olor a empanadas recién fritas, los colectivos que no paraban aunque los corrías, y sobre todo las noches que empezaban cuando en España ya era de madrugada. Vine con una beca de intercambio en diseño gráfico, nueve meses, sin conocer a nadie. Me gustaba así.

Mis compañeros del programa eran simpáticos, pero esa noche habían decidido ir a algo más comercial en el microcentro: reggaetón, mesa reservada, tragos con nombre propio en la carta. No era lo mío. Vi el flyer del Depósito en Instagram esa mañana: una foto en blanco y negro del galpón vacío, letras minúsculas que decían «techno oscuro, DJ de Ámsterdam, abre a medianoche». Lo guardé en el móvil y decidí ir sola.

Llegué a las tres. La cola serpenteaba media cuadra por la calle angosta de Villa Crespo. Gente de negro: chaquetas de cuero, botas con suela gruesa, algún body transparente que dejaba ver más de lo habitual. Yo llevaba un vestido ceñido de punto fino y sandalias de plataforma que me iban a matar los pies si bailaba mucho. El pelo suelto, castaño con mechas cobrizas que en la oscuridad se veían casi rojas. Me sentí levemente fuera de lugar y completamente cómoda al mismo tiempo.

La pista principal era un galpón de techo alto con vigas metálicas expuestas. El sonido llegaba desde todas partes: kicks profundos que golpeaban el pecho como un segundo corazón, hi-hats cortantes, sintetizadores que subían y bajaban como mareas. Humo artificial espeso. Luces azules y rojas parpadeando en ráfagas irregulares. Me metí en el centro, cerré los ojos y me dejé llevar.

Bailé sola durante casi dos horas. Era exactamente lo que necesitaba: ese estado en el que el ritmo te hace olvidar que tenés un nombre.

Lo noté antes de verlo. Primero por el calor: una presencia cercana, no invasiva, pero constante. Luego por el olor: una colonia cítrica mezclada con sudor de horas de baile, algo limpio y animal al mismo tiempo. Abrí los ojos.

Altísimo. Un metro noventa, por lo menos. Piel oscura con reflejos bajo las luces estroboscópicas, perfectamente lisa. Pelo corto, casi al ras, con unas canas en las sienes que le daban más años de los que probablemente tenía. Camiseta negra sin mangas que dejaba ver los brazos: anchos, tatuados desde el codo hasta el hombro con diseños geométricos que no alcancé a descifrar en esa luz. Bailaba con una soltura que no era aprendida sino propia, las caderas moviéndose al ritmo con una precisión relajada que hacía que todo lo demás a su alrededor pareciera torpe.

Me miró.

Aparté los ojos primero. Seguí bailando. Pero él estaba ahí y los dos lo sabíamos.

La segunda vez que nuestras miradas se cruzaron, no la aparté. No sonreí. Él tampoco. Solo fue esa clase de mirada que no necesita traducción.

Empezamos a bailar cerca sin que ninguno diera un paso formal hacia el otro. Treinta centímetros. Luego veinte. Luego tan juntos que su brazo rozaba el mío en cada movimiento. Duró así varios temas: la pista llenándose más, el humo espesándose, y yo cada vez más consciente de su presencia exactamente detrás de mí.

En algún momento —no sé precisar cuándo— sus manos encontraron mis caderas desde atrás. Sin preguntar, pero sin apresurarse tampoco. Un gesto que decía: estoy acá, decidís vos. No me moví. Me quedé.

Bailamos pegados durante lo que debieron ser cuarenta minutos. Su pecho contra mi espalda, su respiración en mi nuca, el calor de él envolviéndome entera. Sentía cada centímetro de su cuerpo, y sentía también otra cosa, creciendo lentamente contra mi cadera, que él no hacía ningún esfuerzo por disimular. La polla se le fue endureciendo contra la parte baja de mi espalda, dura y larga, marcándose a través de la tela del pantalón, y yo apretaba el culo hacia atrás en cada bajada del bajo, restregándome contra ese bulto que crecía. Sus manos bajaron de mis caderas al borde del vestido, subieron un centímetro por debajo, palparon el elástico de las bragas y volvieron a subir a mi vientre. Me apretó contra él con la palma abierta sobre el ombligo y sentí, sin lugar a dudas, cuánto la tenía y cómo palpitaba.

En un momento el DJ bajó el ritmo. El tema que entró era más oscuro, más lento, con una línea de bajo que se arrastraba por el suelo. Él se inclinó a mi oído.

—Tu danses très bien —dijo. Voz grave, ronca, con una cadencia que no era argentina.

Me giré un poco, frunciendo el ceño.

—¿Qué?

Una sonrisa. Dientes blancos contra la piel oscura. Se pasó al español con acento, vocales redondas y una entonación que no ubiqué de inmediato.

—Que bailás bien. ¿De dónde sos?

—De España. Intercambio. ¿Y vos?

—De Camerún. Estudio arquitectura en la UBA.

Me tendió la mano.

—Théo.

—Sofía.

No dijimos mucho más. Théo era de pocas palabras. Sus manos, en cambio, hablaban con claridad: volvieron a mis caderas con más peso, y cuando me incliné ligeramente hacia él, me sujetó con firmeza.

El beso llegó sin anuncio. Yo giré la cabeza, él bajó la suya, y nos encontramos en el medio. Fue lento al principio: exploratorio, casi cuidadoso. Labios carnosos y cálidos. Luego más hondo, su lengua entrando con calma, su mano subiendo por mi espalda hasta la nuca para sostenerme en el ángulo exacto que quería. Me perdí ahí completamente. La otra mano se le fue directo al pecho, me apretó una teta por encima del vestido, encontró el pezón duro a través del punto fino y lo pellizcó con dos dedos. Se me escapó un jadeo dentro de su boca. Él lo tragó y siguió besándome, más hondo, mordiéndome el labio de abajo, mientras la mano de mi nuca bajaba a mi culo y me apretaba una nalga entera con la palma abierta.

Cuando nos separamos estaba sin aire. Théo me miró fijo. No preguntó nada. Solo inclinó la cabeza hacia el pasillo del fondo y levantó una ceja.

Sí.

Me tomó de la mano.

***

El pasillo trasero estaba mal iluminado, con una sola bombilla roja cerca del techo. Había gente apoyada contra las paredes, fumando en silencio, hablando en voz baja. Nos ignoraron. Théo encontró la última cabina del baño —más grande que las otras, con lavabo y un espejo largo en la pared— y cerró con el pestillo de un golpe.

Se quedó quieto un segundo, mirándome. En ese espacio cerrado se veía enorme.

Luego me empujó suavemente contra la pared y me besó distinto: sin el pudor de la pista, directo, sus manos yendo a donde quería sin que yo pudiera anticiparlo. Subieron por mis costados, llegaron a mi pecho, lo tomaron con firmeza a través de la tela fina. Un sonido se me escapó de la garganta.

—Tranquila —murmuró—. Tranquila.

Me bajó el escote del vestido de un tirón y me sacó las tetas hacia afuera. Las miró un segundo, como calibrando, y bajó la boca. La lengua caliente y áspera me recorrió un pezón, después el otro; me los chupó con hambre, se los metió enteros en la boca, mordió apenas. Yo arqueé la espalda contra los azulejos fríos. Su mano derecha se me metió debajo del vestido, subió por el muslo interno y me apartó las bragas a un lado con dos dedos. Encontró el coño empapado.

—Estás toda mojada —dijo, la boca todavía pegada a mi pezón.

—Ya sé —jadeé.

Metió un dedo primero, después dos, hasta el nudillo. Los curvó adentro, encontró el punto exacto y empezó a moverlos con un ritmo que no daba tregua, mientras el pulgar me frotaba el clítoris en círculos apretados. Yo abrí más las piernas y me apoyé en sus hombros para no caerme. Los dedos entraban y salían con un sonido húmedo que se oía por encima del bajo lejano del club. Sentí que se me iba a escapar el primer orgasmo ahí mismo, contra la pared, con él vestido y yo con el vestido a medio subir y las tetas al aire.

Bajé la mano y lo busqué. Lo encontré, ya duro, a través de la tela del pantalón. Sentí el pulso, el calor, el tamaño. Me quedé quieta un segundo procesando eso.

—Dios —dije sin pensar.

Él no respondió. Me observó mientras yo le desabrochaba el cinturón con dedos que no me obedecieron del todo al primer intento. Cuando lo saqué me quedé un momento sin saber bien qué hacer.

Joder.

Largo, grueso, oscuro en la base y más claro hacia la punta. Caliente al tacto, palpitando levemente. Mis manos no lo abarcaban del todo. La punta ya tenía una gota de líquido preseminal transparente que se estiraba en un hilo cuando pasé el pulgar por encima. Le agarré la polla con las dos manos, una encima de la otra, y todavía sobresalía la punta gorda por arriba de mis dedos. La moví despacio, arriba y abajo, sintiendo la vena gruesa que le bajaba por debajo latir contra mi palma.

Théo me sujetó la muñeca con suavidad. No para detenerme: para que lo mirara a los ojos.

—¿Segura? —preguntó. Solo eso.

Asentí.

Me arrodillé.

El suelo era cemento frío. No importó. Lo tomé con las dos manos y empecé despacio: la lengua recorriendo desde la base hasta la punta, saboreando el sabor salado en el extremo. Le lamí la corona entera, di vueltas con la punta de la lengua alrededor del glande, bajé por el frenillo, seguí hasta los huevos y se los chupé uno por uno, dejándolos brillantes de saliva. Volví arriba. Abrí la boca y lo metí lo más hondo que pude; mi garganta se contrajo, los ojos me lloraron un poco por el esfuerzo. Théo exhaló lentamente.

Su mano llegó a mi pelo, sin fuerza: solo con peso, marcando el ritmo que quería. Lo chupé con más intensidad, alternando lamidas largas con la boca moviéndose de arriba abajo. Cerré los labios con fuerza alrededor del tronco y aceleré, la saliva chorreándome por la barbilla, cayendo sobre mis tetas al aire. Cada vez que se me metía hasta el fondo, la garganta se me abría con un chasquido apagado y él soltaba un gruñido bajo, contenido. Escuché cómo su respiración cambiaba: más profunda, más controlada, apenas.

Golpearon la puerta.

—¿Hay alguien ahí?

Ninguno de los dos nos movimos. Théo me miró desde arriba con una sonrisa apenas visible.

—Seguí —dijo.

Que escuchen si quieren, pensé. Que imaginen lo que está pasando acá adentro.

La idea de que alguien estuviera al otro lado de esa puerta, consciente, esperando, me encendió algo que no había anticipado. Seguí con más ganas. Le agarré la base con una mano y con la otra le acaricié los huevos mientras la boca no paraba. Théo me apretó un poco más el pelo, marcó el ritmo, se metió hasta el fondo dos, tres veces, hasta que sentí que si seguía así se iba a correr en mi boca ahí mismo. Aflojó, salió, me miró con las pupilas dilatadas.

—Parate —dijo con la voz ronca—. Todavía no.

Me puse de pie. Me subí el vestido. Me corrí la ropa interior a un costado.

Théo me miró.

—No tengo condón —dijo, directo.

—Yo sí —respondí, y saqué el que siempre llevaba en el bolsillo lateral del vestido. Había aprendido eso el primer mes en Buenos Aires: ciudad nueva, nunca se sabe. Él arqueó una ceja. Yo encogí los hombros.

Se lo puse yo misma. Rasgué el envoltorio con los dientes, le agarré la polla mojada de mi saliva y le desenrollé el látex hasta la base con las dos manos, apretando bien. Se le marcaron las venas todavía más a través del plástico.

Me giré hacia el espejo y me apoyé en el lavabo, separando un poco los pies. Théo se colocó detrás, me sujetó la cadera con una mano y con la otra me guio la punta de la polla entre las nalgas hasta los labios del coño. La pasó dos veces arriba y abajo, empapándose con lo que le chorreaba, y empujó despacio.

La primera entrada fue la más difícil. Respiré, me relajé, volví a respirar. Él no se apuró. Esperó. Entró centímetro a centímetro, abriéndome despacio, hasta que lo tuve entero dentro, y cuando llegó al fondo sentí cada músculo del cuerpo tensarse y soltarse a la vez. Me llenaba de una forma que no había sentido antes: la punta chocaba contra algo profundo, y en la base la sentía tan gorda que las paredes del coño se me estiraban alrededor del tronco entero. Solté un gemido largo que ni intenté callar.

—Dios —repetí, esta vez en voz alta.

Théo no respondió. Empezó a moverse: salidas lentas, embestidas profundas. Sacaba la polla casi entera, hasta que solo le quedaba la punta adentro, y volvía a metérmela de una hasta el fondo. Cada embestida me hacía chocar la pelvis contra el borde del lavabo. Me aferré al borde del lavabo y miré el espejo. Mi cara ruborizada, el pelo pegado a la frente, los ojos entrecerrados, las tetas colgando por fuera del vestido bamboleándose con cada golpe. Su cuerpo oscuro detrás del mío, los brazos tatuados a cada lado sosteniéndose en la pared. Había algo en esa imagen que multiplicaba todo lo que sentía.

Subió el ritmo. Ahora me follaba en serio: la cadera le pegaba contra el culo con un sonido húmedo, plano, que se repetía. El sonido entre los dos era imposible de disimular, pero la música del club seguía al otro lado con sus kicks incansables y ahogaba buena parte de todo. Me mordí el labio; aun así se escapó un gemido. Théo me agarró el pelo y me inclinó hacia atrás, obligándome a verme en el espejo mientras empujaba más hondo, más fuerte. Con la otra mano me buscó el clítoris por delante y empezó a frotarlo con dos dedos al mismo ritmo de las embestidas.

—Mirate —me dijo al oído—. Mirá cómo te la meto.

Miré. Vi mi coño abierto en el espejo cada vez que él salía, brillante, y vi cómo la polla enorme volvía a hundirse entera. Vi mi cara descompuesta, la boca abierta, los ojos llenos de él. No podía mirar otra cosa.

El primer orgasmo llegó sin que lo buscara: una ola que me apretó el estómago y bajó en espiral, largo y continuo, el coño apretándose alrededor de él en espasmos que no podía controlar. Contuve el grito lo necesario. Él siguió sin parar, follándome a través del orgasmo, sacando y metiendo con el mismo ritmo brutal mientras yo me sacudía.

—¿Más? —preguntó al oído.

—Sí.

Me dio la vuelta. Me sentó en el borde del lavabo, me arrancó las bragas de un tirón, me separó las piernas del todo y entró de frente de una sola embestida. Se me escapó un grito corto. Nos miramos. Sus ojos eran oscuros y concentrados, sin dejar de leer mi cara. Empujó hondo, lento, y lo repitió: ese mismo ritmo deliberado que me hacía doblarme hacia él. Me agarró las dos tetas con las manos, me apretó los pezones entre los dedos y siguió metiéndola, más lento, más profundo, marcando cada empuje con un gruñido bajo.

—¿Te gusta? —preguntó, en ese español suyo.

—Mucho —dije. Y era verdad.

—Decilo.

—Me gusta cómo me la metés —jadeé, sin filtro ya—. Más fuerte.

Me enganchó las piernas por atrás de las rodillas, me abrió más, y empezó a follarme en serio otra vez, ahora de frente, viéndonos las caras. Yo le clavé las uñas en los hombros. El lavabo crujió debajo de mí. Con cada embestida sentía cómo me llegaba al fondo, cómo la punta chocaba adentro con algo que me hacía temblar las piernas.

Bajé la mano y me toqué el clítoris con dos dedos mientras él seguía. Théo me miró la mano y aceleró. La cabina se llenó del sonido de los cuerpos chocando, de mis gemidos que ya no intentaba tapar, del jadeo profundo de él encima mío.

El segundo orgasmo fue más largo, construido con cada movimiento suyo, el coño ordeñándolo apretado con espasmos que no paraban, hasta que Théo también apretó los dientes y soltó un sonido grave y contenido, se hundió hasta el fondo y se quedó quieto ahí, y lo sentí temblar dentro de mí, la polla latiendo entera mientras se descargaba, corriéndose en oleadas largas que sentí a través del látex. Cada latido me hacía apretarme un poco más alrededor de él.

***

Nos quedamos quietos durante un minuto. Solo la respiración. Él todavía adentro, todavía duro, saliendo despacio recién cuando el cuerpo dejó de temblarle. El bajo del club seguía al otro lado de la pared, indiferente a todo lo nuestro.

Théo me besó la frente. Sin palabras. Solo eso.

Nos arreglamos en silencio compartiendo el espejo. Me repasé el rímel corrido con un dedo. Él se recompuso la ropa con una calma casi doméstica. Antes de salir, me miró.

—¿Cuánto tiempo te quedás en Buenos Aires?

—Hasta julio.

—Bien. —Una pausa—. ¿Te puedo pedir el número?

Le di el número.

Salimos sin orden particular. En el pasillo había dos personas apoyadas en la pared que nos miraron con expresión de saber exactamente lo que había pasado ahí adentro. No me molestó. Caminé de vuelta a la pista con las piernas un poco flojas y algo parecido a una sonrisa que no podía terminar de controlar del todo.

Théo se fue hacia la barra. Yo volví al centro de la pista.

Era casi las seis de la mañana. El DJ seguía. Yo también.

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Comentarios(8)

Karen0910

increible!!! me dejo sin palabras

Lucho_BA

Por favor que haya segunda parte, quede muy enganchado y quiero saber como termino todo eso

marianela_82

Me encanto como lo contaste, se siente real sin ser burdo. Esas noches te quedan grabadas para siempre jajaj

PatricioM

Algo parecido me paso en una fiesta hace años, aunque mi historia termino muy diferente jaja. Buenisimo relato

SoledadMartinezS

Esa noche fue la unica vez que te viste con el o hubo mas encuentros despues? Me quede con curiosidad

Ferchu22

el ritmo esta muy bien logrado, no te da respiro hasta el final

Rober_74

Uno de los mejores de confesiones que lei en mucho tiempo. Segui publicando, tenes talento

Cappotte

excelente!!!

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