Lo que mi marido me hizo contra la puerta esa noche
El día había sido largo. De esos que arrastran sin pedir permiso: el trabajo, los recados, la cena con los niños revoloteando alrededor de la mesa, los baños, los cuentos. Cuando por fin todo quedó en silencio, mi marido y yo nos dejamos caer en el sofá con los móviles en la mano y una pereza compartida que ni siquiera nos molestamos en nombrar.
Pasó una hora, quizá menos. Yo miraba la pantalla sin leer nada, deslizando el pulgar por costumbre. Él reía bajito con algún vídeo. Los niños se habían quedado dormidos en nuestra cama, atravesados como se ponen siempre cuando uno los deja un rato sin vigilar. No teníamos ánimos para moverlos.
—Voy yendo —le dije, levantándome del sofá.
—Ahora subo.
Caminé descalza hasta el dormitorio con esa sensación rara de no tener sueño y, a la vez, querer cerrar los ojos cuanto antes. Me detuve frente a la puerta cerrada. La madera estaba fría incluso a través del pijama. Apoyé las manos a la altura del pecho, respiré hondo y cerré los ojos un momento, sin más motivo que escuchar la casa: la nevera zumbando abajo, el reloj del pasillo, el rumor lejano de un coche pasando por la calle.
Entonces oí sus pasos.
Subió la escalera despacio, intentando no hacer ruido por los niños, y supe que era él por la cadencia, sin necesidad de mirar. Se acercó por detrás. No dijo nada. Me rodeó la cintura con un brazo y, con la otra mano, me apartó el pelo del cuello.
El primer beso fue casi un roce. Apenas labios, apenas calor. Suficiente para que se me erizara la piel desde la nuca hasta los omóplatos.
Levanté los brazos por encima de la cabeza y entrelacé los dedos detrás de su nuca. Era una postura que él reconocía, una invitación sin palabras. La aprovechó. Bajó por el cuello con la boca abierta, mordiendo apenas, y yo sentí su respiración tibia justo donde el pulso se me había acelerado.
—Despacio —susurré—. Los niños.
—Despacio —repitió él, contra mi piel.
Pero despacio no significa parar. Sus manos subieron por debajo del bajo de la camiseta y se cerraron sobre mis pechos. Yo no llevaba sujetador desde hacía rato; lo había dejado en la silla del baño y el pijama era una camiseta vieja que me quedaba demasiado fina. Lo notó al instante y respiró distinto.
Me apretó con las palmas enteras, sin prisa, midiéndome. Tengo los pechos grandes, siempre los he tenido, y a él todavía se le va la cabeza con ellos como la primera vez. Me los sostuvo desde abajo, cogiéndolos enteros, y volvió a apretar. Los pezones se me pusieron duros antes de que llegara a tocarlos. Cuando lo hizo, fue con la yema de los dedos, dibujando círculos primero y luego pellizcando con cuidado, lo justo para que se me escapara un suspiro.
—Calla —murmuró, sonriendo contra mi cuello.
—Tú calla.
Tiró suavemente de uno de los pezones y tuve que apoyar la frente contra la puerta para no perder el equilibrio. Las piernas me empezaban a fallar como si hubiera bebido más de la cuenta. Notaba todo el cuerpo concentrado en un punto entre los muslos, un latido que no había estado ahí cinco minutos antes y que ahora pedía atención con urgencia.
Me arqueé hacia atrás y empujé el culo contra él. Quería sentirlo. Quería saber si estaba como yo. Lo estaba. Su erección presionaba a través del pantalón y me arrancó un escalofrío al rozar la curva de las nalgas. Me moví despacio, frotándome contra él, y lo oí soltar el aire de golpe.
—Vas a hacer que pierda los nervios —dijo.
—Esa es la idea.
Bajé mi mano derecha por mi propio cuerpo, por debajo de la camiseta, hasta encontrarme las costillas. Me deslicé los dedos por encima del vientre y los llevé hasta el pecho contrario al que él tenía ocupado. Me acaricié yo misma mientras él me acariciaba, y la idea de hacerlo a la vez, de tenernos los dos pendientes del mismo cuerpo, me puso todavía más.
Él se dio cuenta. Por supuesto que se dio cuenta. Me cogió la mano, me la guió hasta la otra teta y susurró:
—Esta también es mía.
—Toda tuya.
Su mano libre cambió de rumbo. Bajó por el costado, recorrió la cadera y se metió por dentro del pantalón del pijama, pero solo un poco. Me lo hizo bajar hasta media nalga, lo justo para que las bragas me quedaran a la vista. Después tiró de la tela hacia arriba, metiéndomelas un poco entre las nalgas, y volvió a apretarme con las dos manos.
Se me escapó un gemido pequeño. Me lo tragué con la boca cerrada.
—Calla —repitió, divertido.
—No puedo —y era verdad.
Mi mano había bajado sola. Por encima del pijama, me presioné el sexo con la palma. Sentí la humedad atravesando la tela. Me había mojado en cuestión de minutos, y eso me hizo sonreír en mitad del temblor. Lo amaba, todavía, después de tantos años. Todavía me hacía esto.
Aparté un poco la tela del pantalón y deslicé los dedos por debajo. La braga estaba empapada, completamente, como si me hubiera vertido encima un vaso de agua. Me toqué por encima del algodón fino y me arqueé contra mi propia mano. Tengo el pubis depilado, suave, sin un solo pelo en los labios ni en el monte, y me gusta cómo se nota cada caricia, cada presión, cada cambio de presión.
Él me observaba desde detrás. Ya no tocaba; solo respiraba caliente contra la nuca, dejándome hacer. Imagino lo que veía: yo apoyada contra la puerta, con las dos manos ocupadas, una en el pecho y otra metida dentro del pantalón, las caderas moviéndose solas.
—Sigue —dijo bajito.
Y seguí.
Aparté la tela de la braga hacia un lado y me toqué directamente. Estaba húmeda hasta la entrada. Recogí la humedad con dos dedos y la subí hasta el clítoris, lubricándomelo todo, y después me froté en círculos lentos, cerrados, exactamente como necesitaba.
Él volvió a la carga. Sus manos bajaron por mi pantalón y, de un solo gesto, me lo llevaron hasta los muslos. Después agarró las bragas y las arrastró con él, dejándolas a la misma altura. Sentí el aire frío del pasillo en el coño mojado y se me cerraron los ojos.
—Abre las piernas —pidió.
—No puedo, las tengo enganchadas con el pijama.
—Lo justo. Para mí.
Conseguí abrirlas un par de centímetros, lo que me daban de sí los pantalones bajados. Él se arrodilló detrás de mí. Lo escuché más que verlo: las rodillas en el suelo de madera, su respiración cambiando de altura, la mejilla rozando la curva de mi nalga.
—¿Qué haces? —pregunté con la voz tomada.
—Mira hacia delante. Apoya las manos.
Me abrió un poco más las nalgas con las palmas. Después me separó los labios con los pulgares. Quedé totalmente expuesta, con la vergüenza y el deseo peleándose en mitad del estómago. Me empujé hacia atrás sin pensar.
El primer dedo entró sin esfuerzo. Estaba tan empapada que solo hubo un escalofrío de bienvenida. Lo deslizó hasta el fondo, despacio, y se detuvo allí. Después salió y me tocó el clítoris con la yema, apenas un golpecito, lo suficiente para que se me escapara un sonido entre los dientes.
—Chist.
—Sí, ya, chist tú.
Volvió a la entrada y, esta vez, fueron dos dedos. Los movió lentamente, abriéndome desde dentro, y con la mano libre me sujetaba una nalga, me la apretaba, intentaba morderla. Yo apoyé la frente otra vez contra la puerta y respiré hondo, intentando no hacer ruido, intentando aguantar.
Aceleró. Sus dedos entraban y salían de mí con un ritmo que conocía de memoria, el que sabía que me llevaba al borde sin dejarme caer del todo. Bajé mi propia mano hacia el clítoris. Me lo froté con cuidado, recogiendo la humedad de la entrada con el meñique y volviendo a subirla. Dos manos sobre mí, las suyas y las mías, y todavía no era suficiente.
En un momento, me cogió la mano y la guió hacia abajo. Me hizo meter mis propios dedos junto a los suyos. Cuatro dedos a la vez dentro de mí, los suyos y los míos enredados, moviéndose despacio. Sentí cómo me llenaba, cómo me abría más de lo habitual, cómo el aire se me iba del pecho.
—Para —jadeé—, para o me corro.
Sacó la mano. Yo saqué la mía. Volví a llevarla al clítoris sin pararme. Necesitaba algo que no fuera dentro o me iba a derrumbar contra la puerta.
Pensé que volvería a meter los dedos. No lo hizo. Me abrió las nalgas con las dos manos y, sin avisar, pasó la lengua por mi ano. Fue una caricia rápida, casi tímida, y aun así se me cortó la respiración. Me incliné un poco más, ofreciéndole, y él entendió. Repitió el gesto, esta vez más lento, dibujando un círculo con la punta.
—Por favor —susurré, y no sabía exactamente para qué pedía por favor.
Volvió a meter dos dedos en el coño mientras seguía con la lengua arriba. Era demasiado. Era exactamente lo que quería y, a la vez, demasiado. Las piernas me temblaban. Me agarré con las dos manos al marco de la puerta para no caerme.
Y entonces se metió entre mis piernas.
No sé bien cómo se las arregló con el pantalón a media altura, pero lo hizo. Quedó tumbado boca arriba, con la cabeza justo debajo de mi sexo, y sentí su aliento exactamente donde lo necesitaba. Me lamió de abajo arriba, una sola pasada larga, lenta, deliberada. Después se quedó en el clítoris.
Aguanté un minuto, quizá dos. El tiempo que tardó en encontrar el ritmo, en pegar los labios, en succionar como sabía que me gustaba mientras dos dedos me llenaban por dentro.
Sus manos pasaron por debajo a sujetarme el culo y a guiarme contra su boca. Dejé de pensar. Le agarré el pelo con una mano. Con la otra, me apreté yo misma un pezón hasta que dolió un poco, lo suficiente para que el placer no me consumiera entera. Las caderas se me movían solas contra su cara.
—No puedo —avisé sin voz—, no puedo.
Él me apretó más fuerte y aceleró. Sentí cómo todo se me concentraba justo ahí, justo en ese punto, y cómo al mismo tiempo se me iba a explotar en cualquier sitio. Me mordí el dorso de la mano para no gritar. Levanté la cabeza, abrí la boca y solté un gemido sordo, ahogado, que se quedó atrapado entre la palma y los dientes.
Me corrí en su boca. Me corrí largo, intenso, con la frente pegada a la madera y las rodillas a punto de doblarse. Él no se apartó hasta que noté el último temblor, hasta que mi mano dejó de tirarle del pelo.
Cuando se incorporó, me costó separarme de la puerta. Tenía las piernas blandas y la cara caliente. Me subí las bragas y el pantalón con torpeza, riéndome bajito, todavía con el pulso descontrolado.
Él me giró hacia su cuerpo. Lo besé en la boca sin pensar, despacio, profundo, con su sabor mezclado con el mío. Le pasé los brazos por el cuello y me dejé sostener un minuto, escuchando cómo respiraba.
—Gracias —murmuré contra sus labios.
—Gracias a ti.
—Otra noche te toca a ti. Te lo prometo.
—Lo voy a tener apuntado.
Abrió la puerta sin hacer ruido. Los niños seguían dormidos, atravesados, ajenos a todo. Nos colamos en la cama por los huecos que dejaban, cada uno por un lado, y nos buscamos las manos por encima de las sábanas.
Me quedé dormida así, con los dedos enredados en los suyos, pensando que mañana, en algún momento del día, lo iba a mirar de cierta forma desde el otro lado de la cocina, y los dos íbamos a saber.