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Relatos Ardientes

Te distraje mientras jugabas con tus amigos

Estoy boca arriba en la cama con la luz apagada y la sábana enredada en los tobillos. Afuera llovizna y la persiana deja entrar un reflejo naranja del farol de la calle. Tu lado del colchón está frío y todavía huele a la camiseta que te dejaste tirada al lado de la almohada. Vas a tardar un par de horas en volver, así que tengo tiempo de sobra para hacer lo que me prometí cuando saliste por la puerta.

Cierro los ojos. Subo la mano por el vientre. Te recuerdo.

No me sirve cualquier recuerdo. Hoy quiero ese.

La noche del torneo. La noche en que te puse de rodillas sin tocar la silla.

***

Habías llegado del trabajo con esa cara de cansado que te conozco de memoria, te metiste en la ducha sin saludarme y saliste envuelto en una toalla con el pelo todavía goteando. Yo estaba en el sillón con un libro que no estaba leyendo, esperando una mirada. No la conseguí. Pasaste de largo, te sentaste en la silla del escritorio y, sin secarte siquiera, te pusiste los auriculares.

—Cinco minutos —me dijiste sin mirarme—. Empezamos la partida.

Cinco minutos se transformaron en una hora.

Desde el sillón te miraba la espalda. Estabas desnudo de la cintura para arriba; los hombros mojados todavía, un par de gotas bajándote por la columna. Tu voz iba y venía con esa cadencia de partida en serio. Daniel, tu amigo de siempre, te respondía desde el auricular con risas y maldiciones. Tu mano izquierda se aferraba al borde de la mesa cada vez que la cosa se ponía fea. La derecha, tensa, apuntaba con el ratón.

Aguanté. Aguanté un buen rato.

Hasta que no aguanté más.

Me levanté del sillón en silencio. Me quité la camiseta, el sostén, el pantalón corto. La tanga me la dejé puesta a propósito, porque sabía que iba a necesitarla. Me acerqué a tu espalda descalza, despacio, evitando el parquet que cruje cerca de la puerta.

Te puse las manos en los hombros.

Pegaste un pequeño respingo, pero no soltaste el ratón.

—Estoy en plena ronda —murmuraste en voz baja, intentando no abrir el micrófono.

—Ya sé —contesté en un susurro al oído.

Te apoyé los pechos en la espalda. La piel todavía húmeda de la ducha contra mis pezones. Te abracé desde atrás y te besé en el cuello, justo debajo del pelo. Sentí cómo se te tensaba la mandíbula, cómo tu respiración cambiaba de ritmo. En el auricular, Daniel decía algo de un flanco a la izquierda. Tú contestaste con un monosílabo seco, intentando que no se notara nada.

Me dediqué entonces a ese juego mucho más interesante.

Te lamí el lóbulo de la oreja, despacio, y bajé con la lengua por el costado del cuello. No mordí fuerte. Solo lo justo para que se te erizara la piel. Tu mano izquierda apretó más el borde de la mesa. La derecha pulsó algo a destiempo y te escuché putear entre dientes.

—Me están tirando de todos lados, Dani —dijiste al micrófono, fingiendo que ese era el motivo.

Vamos a ver cuánto aguantas.

Pasé las manos por tu pecho. Te acaricié los pezones. Después, despacio, las bajé hasta el borde de la toalla que se te había aflojado entre las piernas. Te besé otra vez detrás de la oreja y rocé con los dientes esa zona en la que sé que te derrites.

Te oí tragar saliva.

Salí de tu espalda y rodeé el escritorio por el costado, deslizándome por debajo de tu brazo derecho que seguía sosteniendo el ratón con una concentración casi cómica. Me agaché. Te besé el costado del cuello. Bajé. Te besé el costado del torso, el flanco, hasta la cintura. Mordí allí, suavecito, donde sé que te hace cosquillas.

—Hoy estoy fatal —le dijiste a Daniel, con una sonrisa apretada que tu amigo no podía ver—. Dame un segundo.

—Si quieres dejamos esta y agarras algo de comer —contestó Daniel, ajeno a todo.

—Tranquilo, sigo.

Sí, seguiste. Pero no en el sentido que tú pensabas.

Me fui hacia abajo, abriéndote las rodillas con las manos. La toalla se cayó al suelo sin que la sostuviera nadie. Te alejaste un poquito de la mesa con un movimiento mínimo, como si estuvieras estirando la espalda, lo justo para que yo pudiera meterme entre la silla y el escritorio. Quedé de rodillas frente a ti, con tu sexo ya semiduro a la altura de mi boca.

Te miré desde abajo. Tú tenías los ojos clavados en la pantalla, pero la mandíbula te temblaba.

Me lo metí entero en la boca de un solo movimiento.

Sentí cómo te recorrió el escalofrío desde los hombros hasta los muslos. Te llevaste la mano al teclado y, antes de que se te escapara nada, apretaste la tecla del micrófono. Justo a tiempo. El gemido contenido te explotó en silencio dentro de la garganta. Te endureciste en mi boca a una velocidad que no te conocía.

—Vuelve, hermano —se oyó a Daniel de fondo—. Tengo a uno bajando por el túnel.

Lo escuché por encima de tu hombro. Tu voz volvió, áspera, controlada con esfuerzo.

—Voy.

Empecé despacio. Vaivén lento, profundo, con los labios bien apretados al subir y la lengua plana al bajar. Quería que sintieras cada centímetro. Te apoyaste en el respaldo de la silla y me agarraste el pelo con la izquierda, suave, sin guiarme todavía. La derecha intentaba seguir jugando, pero los clics empezaban a llegar tarde.

Aceleré.

Alterné estocadas profundas, las que me hacían lagrimear y babear, con embestidas cortas en la punta, succionando duro como sé que te gusta. Sentí cómo te hinchabas un poquito más cada vez. Sentí también cómo, entre mis piernas, la tanga se iba humedeciendo sin que yo todavía me hubiera tocado.

Bajé una mano. Esquivé la tanga por el costado. Me toqué.

El primer roce fue un latigazo. Yo también tuve que morderme los labios para no gemir alto y arruinarte la partida. Empecé a hacerme círculos lentos en el clítoris mientras la otra mano apretaba la base de tu sexo para acompañar el ritmo de mi boca.

Te miré desde abajo otra vez. Tenías los dientes apretados y los ojos vidriosos. La pantalla te reflejaba en las pupilas, pero ya no la veías.

—Espera, espera, Dani —dijiste, bajísimo—. Caí. Reanímame.

—Aguanta, hermano, voy.

Cada vez que Daniel hablaba, tú aprovechabas para taparte la boca con los nudillos. Cada vez que tú hablabas, yo aprovechaba para chupar más fuerte y hacerte temblar en la mitad de la frase. Era un juego dentro del juego. Yo sabía que estaba ganando.

Mi cuerpo lo sentía antes que mi cabeza. La punzada caliente subía y bajaba desde el vientre hasta la garganta. Mis dedos, dentro y fuera, en círculos, se movían cada vez más rápido. Mis gemidos, contenidos en mi propia garganta llena, se transformaban en una vibración que viajaba por todo tu sexo.

Tú lo sentías. Te oía respirar como si te faltara el aire.

—¿Estás bien, hermano? —te preguntó Daniel.

—Sí, sí. Es que me trabé, espera.

Mentira.

Aumenté el ritmo. Sin tregua. La mandíbula me dolía, la garganta cedía cada vez más, los ojos me lloraban del esfuerzo y del placer mezclados. Me corrí ahí, con tu sexo en mi boca, sin avisar. Acabé encima de mis propios dedos con un gemido sordo que se ahogó contra tu cuerpo. Empapé la tanga. Sentí que se me caían dos lágrimas por la mejilla y supe que tú las viste, porque te tembló la mano.

Saqué la cabeza un segundo. Te dejé un hilo de saliva colgando entre mis labios y tu sexo. Necesitaba aire.

Te miré.

Tú me devolviste una mirada de animal acorralado. Te mordías el labio inferior. Tu mano izquierda dejó el pelo y me agarró por la nuca.

—Vuelvo en cinco —murmuraste a Daniel—. Tengo que ir al baño.

—Dale, dale, te pongo en pausa.

—No, juega tú. Vuelvo enseguida.

Apagaste el micrófono.

Apenas escuché el clic, te volví a meter en la boca. Esta vez no fingí ningún ritmo. Esta vez me dejé llevar por el tuyo. Tus dedos en mi nuca controlaban la profundidad y la velocidad. Yo, con las manos abiertas sobre tus muslos, te miraba desde abajo como si todo el mundo se hubiera reducido a esa silla, ese escritorio, ese parpadeo azul de la pantalla detrás de ti.

Empezaste a gruñir. Bajo, ronco, sin censura ya. Tus caderas se levantaban un poquito de la silla cada vez que entrabas hasta el fondo. Mi garganta cedía. Mis ojos lloraban. Sentí cómo te ponías más duro, más caliente, y supe que estabas cerca.

—Me corro —dijiste, casi sin voz.

Asentí con los ojos.

Te corriste con un gemido largo, gutural, que de seguro escuchó el vecino del tercero. La leche caliente me llenó la boca, me chorreó por la barbilla, me cayó por el cuello y por el escote. Tragué lo que pude. El resto lo dejé caer entre mis pechos como una marca.

Me quedé arrodillada un segundo, recuperando el aire, lamiéndote la punta a lengüetazos lentos para limpiarte. Te miré. Tenías la cabeza echada para atrás, los ojos cerrados, una sonrisa nueva.

Volviste a apretar el micrófono.

—Listo, Dani, ya estoy.

—Tardaste, eh.

—Lo justo.

***

Yo seguía en el suelo. Tú seguiste jugando media hora más, con los pies descalzos rozándome los muslos por debajo de la mesa. Mi mano no salió de entre mis piernas. Me toqué dos veces más, apretando los dientes para no hacer ruido, mirándote desde abajo con los labios todavía sucios.

Cuando colgaste con Daniel, me agarraste de la mano, me levantaste del suelo y me llevaste a la cama sin decirme una sola palabra.

Esa parte ya es otro recuerdo. Otro día.

***

Vuelvo a la cama de hoy. A la lluvia, al farol naranja, a tu lado vacío. Mis dedos hacen exactamente lo mismo que esa noche: vaivén corto adentro y círculos lentos en el clítoris. La otra mano me aprieta un pezón, fuerte, hasta que duele un poquito.

Mis caderas no paran. Las sábanas se han enredado todavía más en mis tobillos y siento que me voy. Me viene en oleadas, una atrás de la otra, cada vez más larga, cada vez más profunda. Muerdo la almohada. Cierro los ojos. Te llamo en mi cabeza, sin decirlo en voz alta.

Cuando abro los ojos, las piernas me siguen temblando solas. Tengo la respiración rota y la garganta seca. Bajo la mano y palpo a un lado.

Hay un charco.

Un charco grande, en tu lado.

Sonrío con esa sonrisa que tú conoces bien.

Voy a dejarlo ahí.

No voy a poner una toalla. No voy a darle vuelta a la sábana. Cuando llegues a las dos de la madrugada y te metas en la cama bostezando, lo vas a sentir frío en el muslo y vas a saber, sin que yo te diga nada, lo que estuve haciendo.

Y quizás, si tengo suerte, decidas castigarme.

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Comentarios (9)

MarceloK

increible!!! me encanto, uno de los mejores que lei en mucho tiempo

GamingFan22

necesito que sigas escribiendo... quede enganchado y no puede ser que termine ahi

Guti83

lo lei dos veces y la segunda fue aun mejor. Esas cosas que pasan sin que el otro se entere son las mas intensas

MarisolR22

me recordó algo que me pasó a mi, esa sensacion de tener un secreto mientras el otro ni se imagina nada jaja

NachoBaires

y el se enteró alguna vez??? quiero saber como termina esto

Lucas87

genial, segui así :)

Sol_Nocturna

Que bien contado, se siente la tension en cada párrafo. Una confesion de esas que te dejan pensando un rato

Ramiro_Lec

jajaja tremendo, la situacion es de pelicula. Muy bueno

LectorNocturno

Me encantó el detalle de los silencios, esas pausas que dicen mas que las palabras... es lo que hace que el relato sea tan bueno. Esperando mas!

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