Mi compañera me esperó después del turno del domingo
Nos volvimos a encontrar en la escalera justo cuando terminaba el turno. Los que salíamos, los que entraban, los rezagados que llegaban tarde para cerrar un par de pendientes. Todos los que habíamos estado esa tarde teníamos un par de días libres por delante, así que nos despedimos con esos comentarios huecos que solo sirven para rellenar el silencio del final de una jornada.
En el aparcamiento me dirigí directo hacia mi coche. Ni siquiera crucé la mirada con ella. Había pasado toda la tarde esquivándola para no delatarme delante del resto.
—¡Oye, Martín! —gritó a mi espalda, lo bastante fuerte para que la oyera todo el mundo.
Esa tarde el universo parecía empeñado en ponerme a prueba.
—¿Te acuerdas de que me dijiste que me llevabas a casa? A mi coche se le encendió una luz rara al llegar. Mañana paso a buscarlo con la grúa.
Siempre he sido un pésimo actor, pero disimulé como pude.
—¡Ah, sí, ya no me acordaba! No sé dónde tengo la cabeza estos días.
Subimos a mi coche. Yo todavía con el pulso acelerado por la jugada.
—Busca un callejón, un descampado, un parking, un hotel o lo que se te ocurra. Tengo el coño empapado desde hace tres horas y no puedo ni quiero llegar así a mi casa —me dijo mientras se abrochaba el cinturón y, con la otra mano, se desabrochaba el botón del pantalón.
Apenas salimos del recinto de la empresa deslizó la mano por debajo de la ropa, se recostó contra el asiento y cerró los ojos. Oí perfectamente cómo dos dedos se le hundían en el coño mojado, un chapoteo pequeño y obsceno en el silencio del coche.
—Si te paras al lado de un camión, avísame que no quiero dar espectáculos —murmuró con la respiración ya cambiada—. Aunque la verdad es que me pone pensar que alguien me pille con los dedos metidos hasta dentro.
En pocos minutos estaba saliendo de la ciudad. Era verano, pero los domingos por la tarde había muy poco tráfico. Ella seguía con la mano donde la había puesto, sin prisa, marcando un ritmo que la iba encendiendo despacio. Se subió la falda hasta la cintura y me dejó ver de reojo cómo se abría los labios del coño con los dedos en uve, y cómo el corazón se le hundía dentro, entrando y saliendo con un brillo pegajoso que se le extendía por el pubis. Yo, dentro de los pantalones, sentía que la polla empezaba a pedirme paso con urgencia, hinchada, apretada contra la costura. Me bajé la cremallera para darme un poco de alivio y evitar que la tela me apretara más de la cuenta. Ella alargó la mano libre y me sacó la verga del calzoncillo, la agarró de la base y la empezó a masturbar despacio, apretando fuerte cada vez que subía hasta el glande.
—Corre —susurró—. Que como me corra yo antes de que pares, después no me sirve.
En la zona nunca faltan caminos agrícolas que se pierden entre fincas de pasto. A los pocos minutos tenía el coche aparcado en un camino sin salida, frente a una valla metálica. Apagué el motor. Las luces se apagaron con él. Solo nos iluminaba la luna, tenue, asomada entre las acacias.
Abrimos las puertas y bajamos al mismo tiempo. Nos buscamos delante del capó. Besos rápidos, bruscos, manos que no sabían por dónde empezar. Lancé mi camiseta al suelo y ella se desabrochó el sujetador de un tirón. Los pantalones ya los teníamos en los tobillos, junto con todo lo demás. Le agarré las tetas con las dos manos, se las apreté fuerte, le mordí un pezón hasta que soltó un jadeo. Ella me bajó a empujones, con la palma en el hombro, hasta que quedé arrodillado delante de su coño.
—Chúpamelo —me ordenó—. Rápido, no me la dejes descansar.
Le pasé la lengua entera por la raja del coño, de abajo arriba, y noté el sabor a mujer caliente, a sudor y a horas de espera. Le abrí los labios con los pulgares y le clavé la lengua dentro, moviéndola como una polla pequeña. Después subí al clítoris, le hice círculos, la chupé como si fuera un caramelo, mientras le metía dos dedos en el coño y curvaba las yemas contra la pared de arriba. Ella se sujetaba al capó con una mano y con la otra me apretaba la cabeza contra su entrepierna, restregándome la cara sin pudor.
—Así, hijo de puta, así —gruñía—. Me cago en todo, cómo me lo comes.
Me levanté con la boca embadurnada de sus jugos. Ella se dio la vuelta sin que se lo pidiera, se apoyó con las manos en el capó y abrió un poco las piernas, arqueando el culo hacia mí. La chapa, todavía caliente del día, le enrojeció la piel de los muslos en cuanto la rozó. Le agarré una nalga con cada mano, se las separé y le escupí en el coño para que resbalara mejor.
Le metí la polla de un solo golpe de caderas, hasta el fondo. Soltó un grito ahogado, pero no encontré ningún impedimento. La calentura acumulada desde la tarde, los masajes que se había dado sola en el coche, todo había preparado el terreno. Entrar fue como llegar a una casa calurosa en pleno invierno, con olor a chimenea. La tenía tan mojada que se le oía chapotear cada vez que entraba a fondo, un ruido húmedo y sucio que rebotaba contra la valla metálica.
Seguí golpeando con fuerza, tirándole del pelo con una mano y clavándole los dedos en la cadera con la otra. Cada embestida le sacaba un gemido corto, apretado, entre los dientes. Ella había intuido desde el primer segundo que la fiesta no duraría mucho, así que se ayudaba con las yemas de los dedos entre las piernas, frotándose el clítoris al ritmo que yo le marcaba desde atrás. Le di dos palmadas secas en la nalga derecha y le quedó marcada la huella roja de mi mano bajo la luz de la luna.
—Dame más fuerte —jadeó—. Rómpeme el coño, me da igual, rómpelo.
Mi contención de toda la tarde no aguantaba ni un minuto más. Le clavé la polla hasta las bolas, saqué otra vez y volví a meter, y ya no fui capaz de aguantar más. Me aferré a sus caderas para no caerme y, con un último esfuerzo, noté cómo me fundía dentro de ella, la corrida saliéndome a chorros gordos, llenándole el coño hasta que empezó a rebosar y a resbalarle por la cara interna del muslo.
Aguantó mi peso sin decir nada. Sus dedos seguían moviéndose sobre el clítoris, cada vez más rápido. Mientras mi fuerza se apagaba y salía de ella, sentí unas contracciones que me apretaban la punta de la polla y le recorrían el vientre a ella. Su excitación había sido tan grande como la mía, y no le costó llegar al orgasmo: se sacudió apoyada en el capó, con la boca abierta contra la chapa, mientras un hilo de mi semen mezclado con sus flujos le caía entre las piernas hasta el suelo de tierra.
Nos separamos jadeando. Respiramos hondo el olor a tierra seca, a hierba cortada, a sexo. Me di cuenta entonces de que desde que habíamos entrado por el camino apenas habíamos cruzado palabra que no fuera un insulto o una orden.
Había sido un encuentro sucio, rápido, sin tiempo de disfrutarlo. Pero necesario. Nuestros cuerpos llevaban una semana acumulando tensión que pedía ser saciada de cualquier manera. Así lo hicimos.
Sacó unas toallitas del bolso y me pasó una sin decir nada. Se limpió el coño y el interior de los muslos, hizo una bola con la toallita usada y la tiró a una bolsa de plástico. Seguíamos en silencio. Nos compusimos la ropa y volvimos al coche como dos ladrones que acaban de cerrar un trabajo limpio.
Antes de arrancar, le sonó el teléfono.
—Sí, cariño, no te preocupes. Se ha liado mucho la tarde. Sí, pero ya estoy saliendo. En un ratito nos vemos.
Acababa de colgarle a su hija. Yo ya estaba saliendo a la carretera principal rumbo a su casa.
—Mañana me pillo un taxi para ir a buscar el coche a la oficina. No te preocupes por eso. ¿Y cuánto queda para que tengas listo tu apartamento?
Lo suyo era más un monólogo que una conversación. Esa semana había sido una locura, con la excitación a flor de piel desde el lunes.
La dejé en la puerta de su casa. Salió disparada del coche. Me entretuve un segundo mirándole ese culo que tanto me gustaba, todavía marcado por mis dedos bajo la falda, y, después, arranqué hacia casa de mi amigo. Necesitaba una ducha y poner un poco de orden en la cabeza.
Al llegar, él ya se había acostado. Me metí en la ducha sin cenar y me hice una paja antológica para intentar apagar la calentura que todavía llevaba encima: agarré la polla con las dos manos y me la trabajé pensando en cómo se le abrían los labios del coño al capó, en el hilo de corrida resbalándole por el muslo, hasta que me corrí contra los azulejos con un gruñido que me tuve que tragar para no despertar a mi amigo. Del tirón a la cama. Me dormí antes de terminar el pensamiento.
***
A la mañana siguiente me despertó el teléfono. Era la empresa contratista. En dos días podría volver al apartamento. La obra estaría terminada y la aseguradora enviaría una empresa de limpieza para dejarlo listo. Esbocé una sonrisa de victoria. Nada más colgar, volvió a sonar.
—Buenos días. ¿Has dormido bien? —era ella.
Su voz me terminó de despertar. La polla, también.
—Pues la verdad que sí, quedé frito. Me acaba de llamar el contratista. En un par de días tengo el apartamento listo.
—¿Has desayunado?
—Ni sé la hora que es —respondí—. Pero tengo un hambre que no veo.
—Son las nueve. He ido a buscar el coche y he comprado cruasanes recién hechos. La niña está en casa de sus abuelos. Me inventé una excusa peregrina para llevarla allí y que pase la mañana ayudándoles con unos recados. Estoy sola en casa hasta la tarde. ¿Vienes?
No me dio tiempo a contestar. Colgó sin más.
A los diez segundos, el móvil vibró. Era un vídeo corto. Llevaba un camisón fino, blanco, con el estampado de Minnie. Se bajaba los tirantes poco a poco hasta que la tela caía por efecto de la gravedad y le dejaba las tetas al aire, con los pezones duros apuntando a la cámara. El encuadre se cortaba justo cuando la mano bajaba hacia el pubis. Nunca una prenda de andar por casa había quedado tan indecente sobre el cuerpo de una mujer.
Me lavé los dientes, me puse lo primero que encontré y bajé las escaleras de dos en dos. En pocos minutos estaba delante de su puerta.
Me abrió con el mismo camisón que había visto en el vídeo. Nos empezamos a besar antes de que cerrara la puerta. El camisón salió volando hacia el salón, igual que mi ropa. Le metí la lengua hasta la garganta mientras la empujaba contra la pared del recibidor. Ella me agarró la polla por encima del pantalón, me bajó la cremallera con una mano y me la sacó ya dura, dando bofetadas con ella contra la cara interna de su muslo. No llegamos a la habitación. Caímos sobre la alfombra del recibidor como dos adolescentes que aprovechan la casa vacía por primera vez.
Ella se puso a cuatro patas encima de la alfombra, con el culo en pompa hacia mí, y giró la cabeza por encima del hombro con una sonrisa desafiante.
—Cómemelo primero —me dijo—. Quiero notar la lengua antes de la polla.
Me arrodillé detrás. Le abrí las nalgas con los pulgares y le pasé la lengua entera, desde el clítoris hasta el ojete y vuelta a bajar. Repetí el recorrido varias veces, cada vez más lento, hasta que la oí gemir con la cara contra la alfombra. Le hundí la lengua en el coño, la saqué, escupí en el agujero de atrás y le metí un dedo mientras seguía comiéndole el coño por delante. Ella se restregaba sola contra mi cara, buscando más presión.
—Métemela ya, joder, no aguanto —jadeó.
Me incorporé sobre las rodillas y le enfilé el coño desde atrás. Le clavé la polla de un empujón, hasta el fondo. Ella soltó un gruñido animal y apretó los puños contra la alfombra. Empecé a follármela con ganas, agarrándola de las caderas, mirando cómo mi verga entraba y salía brillante de sus jugos. Le di un azote seco en la nalga izquierda y otro en la derecha.
—Más —pidió—. Más fuerte.
Le agarré del pelo, tiré hacia atrás hasta que se le arqueó la espalda, y seguí embistiéndola con todo el peso. Los dos pares de mi cadera contra sus nalgas hacían un chasquido seco que retumbaba en el recibidor. Le pasé un pulgar por el ojete, se lo mojé con la saliva que goteaba desde el coño y se lo hundí hasta el nudillo. Ella pegó un grito y se corrió al momento, apretando el coño alrededor de mi polla en una serie de espasmos que me estuvieron a punto de arrastrar a mí también.
Aguanté. Salí antes de correrme y le di la vuelta sobre la alfombra. La dejé boca arriba, con las piernas bien abiertas, y volví a meter. Le agarré las tetas con las dos manos, se las apreté al ritmo de las embestidas. Ella me pasó los talones por la espalda baja y me atrajo hacia dentro.
—Córrete dentro —susurró contra mi oreja—. Hoy dentro. Todo.
Aceleré. Le clavé la polla hasta el fondo tres, cuatro, cinco veces, y noté cómo la corrida me subía desde las bolas y salía a chorros dentro de ella. Me quedé encajado, moviendo la cadera en pequeños círculos para vaciarme del todo, mientras ella se agarraba a mi culo con las dos manos.
Fue un lunes de verano fabuloso.
Del salón pasamos a la habitación. La mañana fue de besos lentos, caricias con tiempo, saliva, dedos, lengua, lubricante, juguetes que guardaba en el cajón de la mesilla y que nunca habíamos tenido tiempo de usar. Le comí el coño hasta que se corrió tres veces seguidas contra mi boca. Ella me mamó la polla despacio, mirándome a los ojos, con los labios apretados alrededor del glande, y me la sacó de la boca justo antes de que me viniera para pajearme el resto en las tetas. Sacó del cajón un vibrador rosa y se lo puso en el clítoris mientras yo se la metía muy despacio, controlando el ritmo para que no acabara demasiado pronto. Se corrió otras dos veces, con las piernas temblando y la voz rota. Recuperamos todas las caricias que la semana anterior no habíamos podido darnos, y muchas más.
Pasado el mediodía bajamos a la cocina para reponer fuerzas. Los cruasanes habían sido invadidos por un ejército de hormigas y terminaron directos en el cubo de la basura. Nos reímos mirando el desastre, desnudos los dos, con la luz del sol colándose por la persiana a medio subir.
Abrió la nevera y sacó lo que encontró: queso, tomate, un bote de aceitunas. Yo me senté en un taburete alto junto a la isla de la cocina. Ella se apoyó en la encimera, justo enfrente, y me miró con esa sonrisa que se le ponía cuando sabía que me tenía donde quería.
—¿Te das cuenta de lo que estamos haciendo? —me preguntó.
—Me doy cuenta.
—¿Y no te pesa?
Tendría que pesarme. Tendría que haberme pesado desde el primer beso en la sala de la fotocopiadora.
—Debería —dije—. Pero llevo toda la semana pensando en ti, y ninguno de esos pensamientos tenía que ver con la culpa.
Asintió, como si hubiera esperado exactamente esa respuesta. Cortó una rodaja de tomate y se la metió en la boca sin dejar de mirarme. Después cortó otra y me la acercó con los dedos. La probé de su mano. Entre el tomate, el aceite y la sal se le escapó una sonrisa que ya conocía demasiado bien.
—Nos queda toda la mañana —dijo—. Y después, cuando tengas el apartamento, nos quedarán muchas más.
No le contesté. No hacía falta. Me bajé del taburete, la levanté en brazos y la senté en la encimera. Las aceitunas rodaron por la mesa y se fueron hasta el borde. A ella le daba igual. A mí también.
Separó las rodillas sin que se lo pidiera. La luz que entraba por la ventana le trazaba una línea tibia en el muslo, justo donde unas horas antes yo había tenido la mano apretando. Me incliné para besarle el cuello, el hombro, el hueco bajo la clavícula, los pezones que se le pusieron duros al instante bajo mi lengua. Ella me hundió los dedos en el pelo y tiró, solo un poco, lo justo para recordarme que esa mañana el ritmo lo marcaba ella.
Bajé la cabeza hasta ponerme entre sus piernas y le pasé la lengua por el coño con calma, sin prisa, saboreando cada pliegue. Le chupé el clítoris con los labios blandos, en círculos suaves, mientras le metía dos dedos y los movía despacio contra la pared de arriba. Ella arqueó la espalda contra los armarios y se agarró al borde de la encimera. Cuando la noté a punto de correrse, subí, la besé en la boca para que se probara y le metí la polla despacio, hasta el fondo, con ella todavía sentada en la piedra fría.
Nos movimos despacio. Sin el hambre animal del camino, sin la urgencia del coche, sin la premura del recibidor. Esta vez había tiempo, había silencio, había una cocina en penumbra que olía a café frío y a pan del día anterior. La follé mirándola a los ojos, sin apartar la vista, sacando casi entera la polla y volviéndola a meter hasta el fondo con un movimiento largo, redondo, que le hacía cerrar los párpados y morderse el labio. Ella me pasó una mano por el pecho, me pellizcó un pezón, me arañó despacio hasta la cadera. Se corrió sin ruido, temblando por dentro, con los ojos húmedos y una sonrisa cansada. Yo la seguí a los pocos segundos, vaciándome dentro por segunda vez esa mañana, apretándola contra mí como si no quisiera dejarla marchar.
Cuando terminamos, se quedó sentada en la encimera, todavía abrazada a mi cuello, con la corrida resbalándole despacio por el muslo hasta la piedra. Apoyó la frente contra la mía y respiramos al unísono durante un largo minuto.
—Esto se nos va a complicar —susurró.
—Ya se nos complicó hace tiempo.
Se rio bajito. Me besó en los labios, sin prisa, y saltó al suelo para buscar algo de ropa con la que cubrirse antes de que la niña apareciera de vuelta mucho antes de lo previsto. Yo me quedé un instante más apoyado en la encimera, mirando por la ventana un patio con limonero.
Afuera, el lunes seguía siendo un lunes cualquiera para todo el mundo. Dentro de aquella cocina, era el principio de algo que ninguno de los dos sabíamos muy bien cómo íbamos a terminar.