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Relatos Ardientes

Lo que pasó con mi asistente antes de cerrar el acuerdo

Me llamo Marcos Vega y lo que voy a contar ocurrió hace poco más de un año, cuando ya llevaba casi una década como director asociado en una consultora financiera del centro de la ciudad. No voy a hacerme el modesto: soy el tipo que cierra los contratos imposibles. Metro ochenta y cinco, cuerpo de quien madruga para machacar hierro antes de que amanezca, pelo oscuro siempre en su sitio y esa seguridad que intimida a los clientes justo lo suficiente para que firmen sin demasiadas preguntas. Trajes hechos a medida, gemelos de plata, zapatos que brillan más que la mesa de juntas. El lobo de la planta doce, como me llamaban los becarios cuando creían que no los oía. Pero aquella mañana de octubre yo no era ningún lobo. Era un tipo con las manos sudadas y un nudo en el estómago que no me dejaba ni tragar saliva.

Lucía trabajaba conmigo desde hacía cinco años. Entró como auxiliar recién salida de la carrera y fue escalando hasta convertirse en mi asistente personal, mi agenda viviente, la persona que sabía exactamente cuándo necesitaba un café doble y cuándo necesitaba que me dejaran solo. Nos llevábamos bien. Demasiado bien, según la gente de la oficina. Los rumores corrían por los pasillos desde el primer año: que si nos quedábamos solos hasta tarde, que si un día nos iban a pillar encerrados en mi despacho. Nosotros nos reíamos. No había nada entre nosotros. Nunca hubo una mirada de más, ni un roce accidental que durara un segundo más de lo necesario. Éramos jefe y asistente, punto. Eso no significa que yo no me hubiera fijado nunca en ella. Lucía era menuda, castaña, con unos ojos marrones enormes que parecían entenderlo todo sin que hiciera falta explicar nada. Tenía esa forma de inclinar la cabeza cuando escuchaba que te hacía sentir que eras la única persona en el mundo. Y sí, alguna vez le había mirado el escote cuando se agachaba a recoger un bolígrafo del suelo. Creo que cualquiera lo habría hecho.

El caso es que aquella mañana teníamos la reunión que podía definir el año entero. Un fondo de inversión asiático quería comprar una cartera de activos valorada en cifras que me daban vértigo solo de pensarlas. Llevábamos tres semanas preparando la presentación, los informes de due diligence, las proyecciones, todo. Tres semanas durmiendo cuatro horas, comiendo sándwiches del Vips de abajo y contestando correos a las tres de la mañana. Yo estaba destrozado. Y los nervios me habían tomado de rehén.

Lucía llegó media hora antes de lo habitual. Traía el pelo recogido en una coleta baja, una blusa color crema que le quedaba ajustada en los sitios exactos y una falda oscura que le terminaba justo encima de la rodilla. Dejó dos cafés sobre mi mesa, abrió su portátil y empezó a repasar las últimas cifras como si fuera un martes cualquiera.

Yo llevaba cuarenta minutos con el mismo párrafo del informe de valoración. Cuarenta minutos sin enterarme de una sola línea. Notaba el pulso en las sienes, la corbata me ahogaba y cada vez que intentaba concentrarme la cabeza se me iba a todas las cosas que podían salir mal.

Lucía levantó la vista del portátil y me miró. Tenía esa expresión que yo conocía de sobra: la de cuando sabía exactamente lo que estaba pasando y ya había decidido qué hacer al respecto.

—Marcos, llevas casi una hora con la página cuatro —dijo con voz tranquila, sin reproches—. Los del fondo llegan en cincuenta minutos y tú estás bloqueado. Necesitas soltar la tensión de alguna forma o vas a entrar ahí hecho un desastre.

—Ya lo sé, Lu —contesté pasándome la mano por la cara—. Pero no sé cómo. He probado a respirar, a estirar, a tomarme el café sin azúcar. No funciona nada.

Se quedó callada un par de segundos, como si estuviera calculando algo. Luego cerró el portátil despacio, se levantó de la silla y rodeó la mesa hasta quedar a mi lado.

—Puedo ayudarte a relajarte —dijo bajando un poco la voz—. De verdad. Con las manos. O con lo que necesites. Para que entres a esa reunión siendo tú.

La miré sin entender. O más bien entendiendo perfectamente, pero negándome a creerlo.

—¿Qué estás diciendo, Lu?

—Que te haga una paja, Marcos —respondió con la misma naturalidad con la que me habría ofrecido imprimir un documento—. Para que sueltes tensión. Llevas semanas sin parar, se nota que estás acumulando de todo, y necesitas descargar antes de meterte en esa sala. Solo eso.

—Pero tú y yo nunca… Llevamos cinco años trabajando juntos y jamás…

—Por eso mismo —me cortó levantando una mano—. Porque nos conocemos y hay confianza. No te estoy proponiendo nada raro. Es algo práctico. Si te incomoda, lo dejamos y seguimos con la página cuatro. Pero dime tú si eso va a funcionar.

Tenía razón. La página cuatro no iba a funcionar. Y yo era un hombre de cuarenta años que llevaba semanas sin pensar en nada que no fueran ratios de rentabilidad y cláusulas de salida. Mi cuerpo llevaba tanto tiempo ignorado que casi había olvidado que existía de cintura para abajo.

—No me importa si a ti no te importa —dije, y me salió la voz más ronca de lo que esperaba.

—No me importa en absoluto —contestó encogiéndose de hombros—. Es como darte un masaje en el cuello. Solo que más abajo.

No esperó a que yo hiciera nada. Sus manos fueron directas a mi cinturón. Lo desabrochó con una habilidad que me pilló desprevenido, bajó la cremallera del pantalón y deslizó los dedos dentro de la ropa interior. Noté sus dedos finos y cálidos rodeándome, y antes de que pudiera procesarlo ya me había sacado al aire. Estaba medio erecto solo con la anticipación, pero en cuanto el aire fresco me tocó y sus dedos se cerraron alrededor, la sangre se me concentró entera ahí abajo en cuestión de segundos.

Lucía bajó la mirada un instante y abrió un poco más los ojos.

—Vaya —murmuró, casi para sí misma—. No me esperaba esto.

No dijo nada más. Empezó a mover la mano despacio, arriba y abajo, con un ritmo lento y constante que me hizo cerrar los ojos y dejarme caer contra el respaldo del sillón. Tenía los dedos suaves, la presión justa, y cada vez que llegaba arriba del todo hacía un giro sutil con la muñeca que me sacaba un escalofrío del fondo de la columna.

Abrí los ojos y la vi mirando hacia el ventanal. Los edificios del centro se recortaban contra un cielo gris de otoño, y ella los observaba con expresión serena, como si estuviera repasando mentalmente la agenda del día mientras su mano seguía subiendo y bajando por mi erección con esa cadencia lenta que me estaba volviendo loco. La indiferencia, esa calma absoluta, hacía que todo fuera más intenso.

No pude evitar mirarle el pecho. La blusa color crema se había abierto un poco con el movimiento del brazo, y se le marcaba el contorno de un sujetador oscuro debajo de la tela. Ella se dio cuenta sin necesidad de que yo dijera nada.

—¿Te ayudaría ver más? —preguntó sin dejar de mover la mano ni de mirar por la ventana.

—Sí —contesté con la voz rota.

Con la mano libre se desabrochó dos botones, se bajó el borde del sujetador y dejó al descubierto sus pechos. Eran pequeños, redondos, con los pezones oscuros y erguidos por el frío del despacho. Perfectos. Nunca me los había imaginado así de bonitos.

El ritmo de su mano no cambió. Seguía subiendo y bajando con esa lentitud calculada, apretando justo lo necesario en cada pasada, mientras yo sentía que el placer se me acumulaba en la base del abdomen como una ola que tarda en romper.

—Avísame cuando estés a punto —dijo de pronto, con el mismo tono que usaría para recordarme una cita—. No quiero mancharte el traje.

—Lu… ya… ya casi —avisé apenas un minuto después, con la respiración entrecortada y las manos agarradas a los reposabrazos.

Ella no se inmutó. Bajó la cabeza con calma, abrió los labios y se metió la punta en la boca justo cuando yo cruzaba el límite. El calor húmedo de su lengua me rodeó entero y exploté. Solté todo dentro de su boca, un espasmo detrás de otro, mientras ella tragaba sin apartar los labios, succionando despacio, sin prisa, hasta que no quedó nada. Noté cómo su garganta se movía cada vez que tragaba, cómo su lengua me recorría para no dejar ni rastro.

Cuando terminé, sacó la boca con suavidad, me limpió con la lengua un par de veces y me guardó dentro de la ropa interior con el mismo cuidado con el que habría colocado un documento importante en su carpeta. Subió la cremallera, cerró el cinturón, me alisó la tela del pantalón y se incorporó. Se recolocó el sujetador, se abrochó la blusa botón a botón y se pasó el dorso de la mano por los labios.

—Llevabas mucho acumulado —comentó con una media sonrisa, volviendo a su silla como si acabara de traerme un café—. Se nota.

—Lu, ha sido… joder —fue todo lo que pude decir.

—Para eso estamos —contestó abriendo el portátil—. Ahora céntrate. Quedan treinta y cinco minutos.

Y me centré. Por primera vez en tres semanas, mi cabeza funcionó sin interferencias. Los números tenían sentido, las cláusulas encajaban, las proyecciones eran sólidas. Repasamos los puntos clave juntos, ella corrigiendo detalles en voz baja y yo contestando con la seguridad de siempre. Cada vez que la miraba, Lucía sonreía sin decir nada con esos ojos marrones enormes, como si supiera exactamente en qué estaba pensando.

Entramos en la sala de juntas a las once en punto. Los del fondo asiático ya estaban sentados, con sus carpetas perfectamente alineadas y esa expresión neutra que tienen los inversores cuando quieren que pienses que no les interesa. Yo entré con la tranquilidad de quien acaba de dejar todo el estrés del mundo en el despacho de al lado. Hablé con claridad, respondí cada objeción sin dudar y cerré los puntos clave con una precisión que hasta a mí me sorprendió. Lucía estaba sentada a mi izquierda tomando notas, con su coleta impecable y su blusa perfectamente abrochada, como si media hora antes no hubiera tenido mis manos agarradas al reposabrazos mientras ella me hacía perder la razón.

Firmaron antes de la una. Todo el paquete, sin una sola modificación. Cuando salieron de la sala, mi socio me dio una palmada en la espalda y dijo que había sido la mejor presentación que había visto en años. Yo asentí y busqué a Lucía con la mirada. Ella ya estaba recogiendo los documentos con esa eficiencia suya que no dejaba lugar a la improvisación.

De vuelta en el despacho, cerré la puerta y la miré.

—Lu, gracias. En serio. No sé cómo agradecerte lo de esta mañana.

Ella apiló los papeles sobre la mesa y se encogió de hombros.

—No tienes que agradecer nada. Para eso estoy aquí. Lo que haga falta para que funciones al cien por cien.

Se giró hacia la puerta, pero antes de abrirla se detuvo un momento y dijo sin volverse:

—Y si antes de la próxima reunión importante vuelves a necesitar ayuda con los nervios, ya sabes dónde encontrarme.

Salió del despacho y cerró la puerta sin hacer ruido. Me quedé solo, mirando los rascacielos a través del ventanal, con una sonrisa que no podía quitarme de la cara.

Aquella no fue la última vez. De hecho, se convirtió en algo que ninguno de los dos mencionaba fuera de esas cuatro paredes. Antes de cada negociación importante, de cada junta con cifras de vértigo, Lucía entraba en mi despacho quince minutos antes, cerraba la puerta y me preguntaba con esa voz tranquila y profesional si necesitaba que le echara una mano. Yo siempre decía que sí. Y después salíamos juntos a la sala de juntas como si no hubiera pasado nada, ella con su coleta perfecta y yo con la cabeza más despejada del edificio.

Nadie supo nunca qué pasaba a puerta cerrada. Los rumores siguieron, claro, pero se quedaron en eso: rumores. Y cada vez que alguien le preguntaba a Lucía si entre nosotros había algo, ella levantaba una ceja, sonreía con esos labios que yo ya conocía de otra forma y contestaba siempre lo mismo:

—Solo somos jefe y asistente. Nada más.

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